Capítulo 8. Ivana
A sus treinta y tres años, se mantenía como una chica de veinticinco.
Cada mañana corría una hora por la playa y desayunaba mucha fruta, huevos y un buen tazón de kéfir con perlas de goji, semillas de chía, sin olvidarse de su ración de jengibre crudo, que la ayudaba a retrasar el envejecimiento, a hacer la digestión y a tener las articulaciones en perfecto estado, o eso creía ella, como tantos otros que practicaban esa nueva religión del bienestar.
A las nueve debía estar en la Ciutat de la Justícia para declarar como testigo en el juicio verbal exprés contra Marga Vi lanov a, acusada del asesinato del presidente del Club Marítimo de El Masnou.
La vista previa comenzó con el habitual retraso.
En la sala, además de la acusada, se encontraban varios testigos: las viejas glorias del club, con quienes Marga había conversado antes de la muerte de Foraster; Ivana y otros monitores del club; el neurocientífico Melvin Peaks; y el equipo de Jaum e Albertí.
La fiscalía presentó pruebas contundentes: la entrega de la droga y la presencia de Marga en el momento de la muerte.
Sin embargo, la defensa argumentó que esto no demostraba asesinato, sino, en el peor de los casos, tráfico para consumo propio.
Alegaron que, si Marga hubiera intentado detener a Foraster en su consumo desenfrenado, podría haber provocado una reacción violenta.
El fiscal, por su parte, presentó al secretario de Foraster como testigo, quien afirmó que la droga había sido proporcionada por Marga y que el presidente llevaba meses sin consumir.
La defensa rebatió con el testimonio de un barman y un camello, quienes aseguraron que Foraster había consumido reci entemente.
Cuando llegó el turno de Ivana, relató el caso de bullying que había sufrido su hijo y la persecución que ella misma había padecido a manos de Marga.
Mientras hablaba, Melvin no pudo evitar fijarse en ella.
Había algo en su presencia que lo cautivó, una atracción que no deseaba sentir, pero que lo distrajo de su objetivo.
El juez, incapaz de tomar una decisión clara, dictó prisión provisional sin fianza para Marga hasta el juicio definitivo o la presentación de nueva s pruebas.
Melvin observó a Ivana mientras la sala comenzaba a vaciarse. Su postura reflejaba determinación, pero había algo más: una fragilidad oculta tras su actitud firme. Decidió acercarse con pasos medidos, consciente de que necesitaba presentarse, pero sin ser demasiado intrusivo.
—T us palabras en el estrado han sido claras y precisas. Has manejado la situación con mucha integridad. Soy Melvin, el doctor Melvin Peaks —d ijo, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto r espetuoso.
Ivana se detuvo y lo miró de arriba abajo, evaluándolo con cierta distancia.
—Y a sé quién eres. El científico que parece querer ayuda r a Marga.
—M ás que a Marga, estoy aquí por un interés más amplio —r espondió Melvin, modulando su ton o—. Mi objetivo es entender el comportamiento hu mano en sus formas más extremas.
Ivana dejó escapar una leve risa, cargada de ironía.
—¿ Eso es todo? ¿Un interés intelectual? Vaya, qué p ragmático.
Melvin sonrió ligeramente, manteniendo la calma.
—P ragmático, quizás. Pero también necesario. Cada detalle importa cuando intentas descifrar patrones complejos.
Ivana cruzó los brazos, mostrando su des confianza.
—¿ Y qué esperas conseg uir de mí?
—T u perspectiva. Has visto a Marga en situaciones que pocos han observado. A veces, quienes la rodean entienden su naturaleza mejor que ella misma —d ijo Melvin, midiendo cada palabra, consciente de que debía mantener un tono profesional, per o cercano.
Mientras hablaba, su mente divagaba momentáneamente.
No era solo información lo que buscaba. Había algo más, algo que le inquietaba pero que no quería admitir: deseaba la atención humana de Ivana, una conexión que iba más allá de sus habituales «pacientes».
Se sorprendió a sí mismo, vulnerable ante una mujer que no encajaba en su lógica científica, pero que, de alguna manera, lo hacía sentir más expuesto.
Ivana alzó una ceja, visiblemente intrigada.
—¿ Eso es una forma elegante de pedirme in formación?
—E s una forma precisa —r eplicó Melvin, con un tono que mezclaba seriedad y sutilez a—. ¿Podrías ayudarme a entender cómo interactuaba co n tu hijo?
Ivana suspiró, observándolo como si estuviera valorando si valía la pena seguir hablando.
—¿ Y qué harás con esa in formación?
—C onstruir hipótesis. Mi interés es descubrir si los actos de personas como Marga son el resultado de decisiones conscientes o de algo más arraigado, algo que trasciende su propi o control.
—¿ Como excusarla?
—N o. Como entenderla. Entender no significa justificar, pero sí puede revelar mucho sobre la forma en que el entorno moldea nuestras d ecisiones.
Ivana lo miró detenidamente, su expresión suavizándos e un poco.
—D e acuerdo, doctor. Pregunta.
Melvin sin preámbulos inició el inter rogatorio.
—¿ Cómo describirías su actitud haci a tu hijo?
—M aquiavélica. Diseñó un plan con la clara intención de que sufriera.
Melvin asintió lentamente, procesando la in formación.
—¿ Crees que era personal o simplemente una estrategia para lograr algo más?
—E ra personal. Pero estaba vinculada a su necesidad de eliminarme como obstáculo.
—¿ Cómo rea ccionaste?
—I ntenté exponerla públicamente, y ahí fue cuando comenzó su pe rsecución.
Melvin mantuvo su tono neutral, pero sus palabras estaban cargadas de intención.
—E se rasgo de imposición que mencionas... revela más de lo que parece. Gracias por co mpartirlo.
Ivana entrecerró los ojos, desconcertada por su calma.
—N o lo hago por ti. Lo hago porque quiero que pague por lo que ha hecho.
—E so es algo que entiendo perfectamente —r espondió Melvin, con un gesto respetuoso, sin perder su c ompostura.
—¿ Y lo del presidente? —p reguntó Melvin, con un tono que parecía casual, pero que escondía una intención calculada.
—S e le fue de las manos . No sé si lo de Foraster estaba pensado o fue un error de cá lculo —r espondió Ivana, con un deje de cansancio en su voz.
Mientras hablaban, Ivana intentó mirarlo desde otra perspectiva.
Ese hombre rubio, alto y algo desaliñado, era el opuesto a lo que ella solía encontrar atractivo.
Un canadiense de mediana edad, algo mayor que ella, que parecía más cómodo en su mundo de teorías y libros que en cualquier interacción humana.
Sin embargo, había algo en su mirada, en su forma de hablar, que la intrigaba lo suficiente como para seguir la conversación.
Quizás, pensó, podría ser útil para acabar de procesa r a Marga.
Ambos se dirigieron al bar de la Ciutat de la Justícia , donde continuaron charlando en un ambiente más relajado.
Melvin, por su parte, parecía irreconocible.
Algo en Ivana lo había desarmado, despertando en él una curiosidad que no sabía cómo manejar.
Ella, en cambio, seguía dolida por el abandono de su marido y no tenía interés en relacionarse con hombres, mucho menos con alguien como Melvin, que era una paradoja viviente de lo que ella podría necesitar.
Sin embargo, contra todo pronóstico, esa conversación marcó el inicio de una relación llena de claroscuros y vaivenes.
Esa noche, Melvin regresó a su apartamento en la Plaça del Sol , donde se refugió en su soledad angustiosa.
Mientras hojeaba un libro, su mente divagaba entre Ivana y Marga.
Fantaseó con Marga, imaginándola en su casa de Suiza, ambos con una copa en la mano , él provocándola hasta desatar su ira.
El sueño terminaba en un río de placer, pero, al despertar, la realidad lo golpeó.
Marga seguía siendo una espina clavada, una piedra preciosa p or tallar.
Por otro lado, Ivana representaba algo distinto, un ímpetu que no sabía cómo clasificar. Decidido a no dejar que sus emociones lo dominaran, Melvin trazó un plan: usar la conexión con Ivana y el caso de su hijo como una pieza clave para adentrarse más en las vidas de amba s mujeres.
A sus cuarenta y ocho años, Melvin reconocía que sus relaciones habían sido esporádicas, con personas agradables que le ofrecían momentos de compañía, pero nunca algo duradero.
Más que desear una pareja estable, siempre había fantaseado con llevarse a casa a algún homicida, diseccionar su mente y mantener largas conversaciones hasta altas horas de la madrugada.
En sus sueños, se veía enfrentándose a una pieza de caza mayor, llevándola al límite y venciendo con vítores y aplausos.