Capítulo 7. Tomografía computerizada #2
Marga, sin embargo, no se inmutó. Había accedido a regañadientes a la entrevista con Melvin, más por estrategia que po r interés.
—M arga, me preguntaba si reconoces mi nombre.
—V agamente —r espondió ella, en un tono que denotaba d esinterés.
—S oy el doctor Melvin Peaks. Estoy colaborando con los Mossos en una inve stigación.
—A hórrate las presentaciones. Lo que busques, hazlo rápido —i nterrumpió Marga, inclinándose ligeramente hacia atrás, como un depredador que está a punto de saltar sobre su presa.
Melvin esbozó una sonrisa casi impe rceptible.
—M e gusta tu actitud. Es directa, aunque eso no siempre significa que se a sincera.
—N o estoy aquí para complacerte, doctor —d ijo con sorna.
Melvin dejó que el silencio se asentara unos segundos antes de continuar.
—H e revisado tu expediente. Es curioso cómo se repiten ciertos patrones. ¿Sabías que el análisis de la cocaína arroja datos int eresantes?
Marga arqueó una ceja.
—¿ Así es como se conduce tu investigación? ¿Hablando de cocaína y patrones? Qué poco original.
—T al vez. Pero los patrones son importantes, especialmente cuando alguien es tan metódico como tú —r eplicó Melvin, ajustando el tono de su voz para ser más incisivo.
Marga lo miró fijamente, intentando leer algo en su expresión.
—D ime algo, doctor. ¿Disfrutas más en las aulas o con estos intentos de interrogatorio? Porque, si esto es una muestra de tu trabajo, empiezo a entender por qué me han pedido colaborar.
—N o hay disfrute en esto, Marga. Es curioso que lo menciones. ¿Acaso tú disfrutas de lo que haces?
Marga dejó escapar una risa breve, seca, cargada de ironía.
—¿ Es esa tu pregunta? ¿Quieres saber si disfruto? Me parece que tienes una idea demasiado simpli sta de mí.
Melvin se inclinó ligeramente hacia adelante, sin dejar d e mirarla.
—S implista, no. Precisa. Porque detrás de cada acción hay un propósito, y detrás de cada propósito hay una lógica. Pero lo que realmente me interesa es si la lógica que sigues es tuya o si alguien más la diseñ ó para ti.
La sonrisa de Marga se desvaneció por un instante.
—N o necesito que nadie me diseñe nada. Lo que hago lo decido yo , siempre.
—¿ Incluso cuando las decisiones implican vid as ajenas?
—L as vidas ajenas no me preocupan, doctor. Pero dime, ¿te preocup a la tuya?
La amenaza velada en sus palabras fue suficiente para hacer que Melvin se detuviera un instante. Pero, en lugar de retrocede r, avanzó.
—M e preocupa entender las decisiones. Esa es mi labor. Y, en tu caso, esas decisiones parecen carecer de algo fundamental : empatía.
Marga cruzó los brazos con elegancia.
—A h, la eterna palabra. Empatía. Es fascinante cómo los científicos os empeñáis en analizar algo que apenas co mprendéis.
—T e equivocas. No se trata de analizarla, sino de identificarla. En tu caso, parece que siempre est á ausente.
Marga lo observó durante unos segundos, evaluando cada palabra, c ada gesto.
—Q ué curioso. Me habían dicho que eras brillante, pero no veo más que un hombre que busca llenar vacíos con sus palabras. Dime, doctor, ¿cómo intentas llenarlos en tu vida? ¿O es que con tu grotesco cuerpo nadie se relaciona contigo po r repulsa?
Pasaron diez segundos eternos sin respuesta de Melvin. Se había quedado sin habla. Y, antes de que pudiera responder, Marga se levantó de la silla con elegancia y se dirigió a la puerta.
—E s suficiente por hoy. Realmente esperaba más. Pero, bueno, no siempre se puede encontrar un adversario a la altura.
Mientras Marga desaparecía por la puerta, Melvin permaneció sentado, observando el espacio vacío frente a él.
Sabía que había sido manipulado, pero no podía evitar preguntarse si detrás de las palabras de Marga había algo más que provocación.
Entonces empezó a encolerizarse poco a poco.
Señaló con el dedo hacia la puerta por donde Marga había desaparecido y alzó la voz, por si aún po día oírlo:
—¡ Que sepas que ahora pasarás por el tubo, como todos! ¡Te voy a hacer un TAC, te gu ste o no…!
Su voz resonó en la sala, pero Marga ni siquiera se giró. Con movimientos elegantes, desapareció por la puerta del módulo, dejando tras de sí un aire de desafío palpable.
En las dependencias comunes, Marga, con el rostro endurecido, pidió hacer una llamada urgente. El guardia, acostumbrado a lidiar con reclusas de carácter fuerte, no s e lo negó.
—R icard, me tienes que sacar de aquí —o rdenó al teléfono con la determinación de quien nunca acepta un «no» como respuest a—. No voy a permitir que ese mata sanos canadiense me haga un TAC. Haz lo que sea necesario.
—C uenta con ello. Lo otro no será fácil, pero lo conseguiremos. De entrada, hemos pedido libertad con fianza para sacarte de la preventiva —r espondió Ricard con un tono confiado.
Mientras tanto, en la sala de entrevistas, Melvin se encontraba al borde del colapso. Cuando el gerente de la prisión le informó de que no se le podía realizar la prueba tomográfica a Marga, su frustració n estalló.
—¡ Lo siento, doctor, pero no podrá ser! —d ijo el gerente, intentando mantener la calma frente a la ira del c ientífico.
—¿ Cómo que no? ¡Están obligados! La policía envió una petición formal —r eplicó Melvin, elevando la voz hasta un tono casi d esgarrado.
El gerente negó con la cabeza, firme en su decisión.
—L a interna ha presentado una queja formal por malos tratos psicológicos. Su abogado nos ha advertido que, si intentamos realizarle cualquier tipo de prueba, nos demandarán penalmente. Tiene derecho a r echazarla.
Melvin apretó los puños, con el rostro enrojecido p or la ira.
—¿ Malos tratos? ¡Miren la grabación, por favor! ¡Esto es una vergüenza! ¡En España así es imposible trabajar! —g ritó, golpeando la mesa con rabia contenida.
Jaume entró justo a tiempo, con una expresión serena pero cargada de pre ocupación.
—P eaks, vamos. Esto ya no tien e remedio.
Melvin y Jaume salieron de la prisión en un silencio incómodo. Jaume intentaba razonar con él, pero Melvin apenas escuchaba, sumido en una mezcla de autocrítica y derrota.
—S abes, Jaume, a veces siento que no puedo controlar ni mi propia cabeza —c onfesó el científico finalmente, en voz baja.
El mosso lo miró de reojo, sorprendido por el tono casi vulnerable de su colega.
—¿ A qué te refieres?
Melvin hizo una pausa, con la mirada perdida en el horizonte.
—M is brotes de excitación, mi falta de tacto… Es como si mi infancia y mi juventud hubieran dejado heridas que nunca cicatrizaron. Hoy fallé. Fallé con mis dos presas. No conseguí lo q ue quería.
Jaume permaneció en silencio, dejándole espacio para continuar.
—Y , en el caso de Marga —a ñadió Melvin, con un tono más sombrí o—, no hay duda. Es un ser extremadamente inteligente, retorcido y maquiavélico. Me ganó claramente l a partida.