Capítulo 7. Tomografía computerizada
Melvin se sentía profundamente estimulado; finalmente tendría la oportunidad de interactuar con lo que él denominaba «sus capturas necesarias».
Este momento representaba un avance crucial en su investigación, centrada en un estudio met iculos o de las mentes de criminales acusados de asesinato.
Junto a Jaume, había gestionado las solicitudes al fiscal y a la judicatura, quienes ya habían organizado las visitas: la de Marga en la prisión de Figueres y la de Alexander en Lledoners.
Ambos discutieron extensamente la estrategia para las entrevistas con los presos.
Melvin insistió, casi suplicando, en realizar las pruebas diagnósticas sin interferencias, buscando conclusiones que pudieran ser dete rminantes.
El canadiense había estudiado a fondo el historial del domini cano .
Aunque no consideraba su caso particularmente excepcional, mantenía la esperanza de encontrar en su cerebro algún indicio que lo hiciera especial.
Jaume, firme en su decisión, lo acompañaría durante la entrevista, aunque prometió no intervenir salvo que fuera estrictamente necesario.
Confiaba en que el neurocientífico realizara su trabajo sin generar tensiones con los funcionarios de l a prisión.
La sala de entrevistas era lúgubre: paredes de cemento armado sin ventanas y un mobiliario austero.
Alexander entró con la piel marcada por golpes que, según se decía, habían sido propinados por la policía.
La atmósfera cambió de inmediato; Melvin sintió un escalofrío de inquietud, mientras que Jaume permaneció impasible, acostumbrado a situaciones similares.
Alexander se sentó en una silla que chirrió al contacto.
Melvin, con calma, intentó ganarse la confianza del preso, explicándole que realizaría pruebas para identificar posibles rasgos mentales diferenciados que pudieran explicar su comportamiento vehemente.
Sin embargo, la curiosidad del neurocientífico lo llevó a formular preguntas provocadoras.
Ajustó su postura en la silla, dejando que el silencio inicial pesara sobre la sala.
Sus ojos se fijaron en Alexander, estudiándolo como un científico observa una anom alía bajo el mi croscopio.
—A lexander, ¿alguna vez has sentido que tus impulsos son más fuertes que tú? —p reguntó, con una voz que buscaba provocar reflexión más que confrontació n—. Algo que te consume y que, por más que luches, termin a ganando.
Alexander entrecerró los ojos, intentando descifrar las intenciones del neuroc ientífico.
—¿ Impulsos? ¿Qué clase de impulsos? —r espondió, en un tono cargado de recelo.
Melvin esbozó una leve sonrisa, como si la pregunta hubiese sido una victoria en sí misma.
—I mpulsos que desafían la lógica. Que convierten el miedo en fuerza y la ira en acción. Como cuando… —h izo una pausa estratégic a—. ¿Cómo lo describirías tú? ¿Un destello de clarida d, quizás?
El preso permaneció en silencio, pero su mirada delataba un cierto grado de intriga y, a la vez, de ignorancia ante esas palabras demasiado peripuesta s para él.
—¿ Sabes, Alexander? —p rosiguió Melvin, inclinándose ligeramente hacia adelant e—. Algunos de los criminales más notorios de la historia han descrito el acto de destruir como liberador. Incluso dirían que les da un propósito. ¿Es eso lo que sientes? ¿ Propósito?
—¿ Qué intentas insinuar? —e spetó Alexander, tensando la mandíbula.
—N ada que tú no quieras decirme. Pero exprésate: ¿el momento previo, justo antes de un crimen…? ¿Es como si el mundo se ralentizara y pudieras verlo todo con claridad o es simplem ente caos?
Alexander se reclinó hacia adelante; sus ojos estaban encendidos de furia.
—¿ Quieres saber qué siento? Siento ganas de romperte la cara ahora mismo, e so siento.
Jaume, desde el fondo de la sala, dio un paso adelante, pero Melvin levantó una mano , indicándole que no int erviniera.
—I nteresante —r espondió Melvin, con una calma que parecía diseñada para irritar aún más al pres o—. Esa ira que sientes ahora, ¿es diferente de la que sientes cuand o… actúas?
Alexander forcejeó con las esposas; su respiración se volvió m ás pesada.
—¡ Cállate! ¡No sabes n ada de mí!
Melvin ladeó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando una reacción esperada.
—Q uizá no lo sé todo, pero estoy empezando a entender. Y eso, Alexander, es lo que me interesa. ¿Tienes ganas de… matarme? —p reguntó, con un brillo frío en los ojos, como si lo desafiara a cruzar un límite invisible.
—¡ Peaks, coño! —e xclamó Jaume, alarmado por el giro que estaba tomando la con versación.
—C ontéstame, Herreros —i nsistió Melvin; su voz ahora era más firme, casi avivada por la tensión e n el aire.
Alexander lo miró fijamente; una sonrisa torcida se dibujó en su rostro antes de escupir las palabras:
—E l día que salga, prepárate. Me he quedado contigo, pelafustán, pendejo hijo de la gran puta.
El domini cano forcejeó con las esposas que sujetaban sus muñecas, las férulas apenas amortiguando el dolor de sus fracturas. Jaume intentó intervenir, colocándose entre ambos, pero Alexander lo empujó con una fuerza inesperada, lanzándolo contra la pared.
—¡ Guardias! —g ritó Melvin, con un tono ahora cargado de autoridad.
Dos celadores irrumpieron en la sala, reduciendo a Alexander con movimientos rápidos y precisos.
Mientras lo inmovilizaban, lo sujetaron para que Melvin pudiera administrarle el pentotal sódico.
Los permisos judiciales ya estaban en regla, y el neurocientífico no perdió tiempo en preparar el equipo.
En cuestión de segundos, Alexander cayó en un sueño profundo. Melvin, con una exactitud pasmosa, utilizó un aparato portátil de última generación para realizarle un TAC cerebral en una sala habilitada para ello.
Cuando salieron de la prisión, Melvin caminaba en silencio; su rostro reflejaba una mezcla de frustración y autocrítica.
Sabía que su soberbia, esa necesidad de demostrar su superioridad intelectual, lo había llevado a cruzar líneas que no debía.
Si realmente quería dejar un legado, un impacto duradero en el campo de la neurociencia, necesitaba aprender a controlar sus impulsos.
Desde el inicio de su colaboración, Jaume nunca había comprendido del todo el objetivo final de Melvin.
Para el policía, los asesinos se dividían en dos categorías: los que estaban como una regadera y los que eran simplemente unos «hijos de puta ».
Pero Melvin veía más allá de esa simplificación.
Su objetivo era descubrir si los psicópatas tenían estructuras mentales diferentes al resto de los sere s humanos.
En sus investigaciones previas, Melvin había encontrado patrones tangibles: los psicópatas asesinos mostraban una menor densidad en el sistema paralímbico, la región encargada de procesar emociones como la culpa, el arrepentimiento y la empatía.
Estos individuos carecían de remordimientos, pero lo más inquietante era que su instinto asesino parecía intensificarse con el tiempo, como una adicción que crecía exponen cialmente.
Cuando analizó las tomografías de Alexander, Melvin confirmó lo que sospechaba: el desarrollo de la amígdala y la corteza prefrontal del domini cano estaba significativamente por debajo de los estándares establecidos por la comunidad c ientífica.
Muchos de sus colegas atribuían estas anom alías a factores genéticos, pero Melvin tenía una teoría diferente.
Creía que los factores ambientales desempeñaban un papel predominante en el desarrollo anor mal del cerebro, moldeándolo de manera irregular desde la infancia hasta la adolescencia.
Para él, la biología heredada era solo una parte de la ecuación; el entorno era el verdadero arquitecto de esas mentes pe rturbadas.
De Alexander, Melvin apenas podía extraer conclusiones relevantes.
Su historial y las conversaciones mantenidas con él no ofrecían pist as de nada excepcional.
Era simplemente un joven mulato, descendiente de centroameri canos , marcado por una vida en los bajos fondos.
Su pequeño defecto genético, combinado con las vivencias de un entorno hostil y la desestructuración de su familia, parecía ser el detonante de sus explosiones incontrolables de violencia.
—¿ Y esas pastillas? —p reguntó Jaume, rompiendo el silencio con un tono in quisitivo.
Melvin levantó la vista de sus notas, arqueando una ceja c on desdén.
—C horradas —r espondió el científico, casi con ind iferencia.
Jaume no se dejó intimidar por el tono de Melvin.
—N o estaría yo tan seguro —r eplicó, con una voz cargada de desafío y pre ocupación.
Prisión para mujeres de Puig de les Basses-Figueres, 18 de febrero de 2022
Jaume, esta vez, se quedó fuera, conversando con el director de la prisión, un antiguo colega que había cambiado las patrullas por la administración carcelaria.
Mientras tanto, Melvin observaba a Marga tras el cristal.
La mujer, que alguna vez había proyectado un porte dominante y una belleza casi intimidante, ahora parecía desmejorada.
La vestimenta de la prisión y la falta de maquillaje habían despojado su imagen de ese aire de sofisticación que solía ac ompañarla.
Melvin sabía que debía, esta vez más que nunca, controlar su carácter. No podía permitirse otro fracaso como el de Alexander. Ahora necesitaba tacto, inteligencia y, sobre todo, paciencia.
Antes de que Melvin llegara al módulo de entrevistas F, el abogado de Marga, Riubrugent, le había comunicado noticias inquietantes.
Los Jenkins, prácticamente toda la familia, habían muerto, incluido el servicio.
Solo el hijo había sobrevivido. Aunque inicialmente se barajó la hipótesis de un parricidio seguido de suicidio, las pruebas circunstanciales y las grabaciones de seguridad, aunque borrosas, apuntaban a Marga.
Scotland Yard, ansioso por cerrar el caso, necesitaba la colaboración de los Mossos para procesarla en amb os países.