Expediente Serotonina Capítulo 6. Alexander #2
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Capítulo 6. Alexander #2

No había disyuntiva posible. La apretó con la potencia de un tipo de un metro sesenta y ocho, pero tan musculado como un caballo de tiro.

Sintió cómo los huesos de Mayerlin crujían y se rompían poco a poco; quien masculló por última vez algo totalmente ininteligible.

La dejó en el suelo y detrás de él estaba su padre, en pie, con la mirada perdida.

En ese instante, Alexander recibió una patada en la espalda de su progenitor, quien se irguió raudamente y lo tumbó con un suave empujón.

Fue a la cocina y, debajo del fregadero, en el armario de los trastos, había una soga.

La tomó vorazmente. Carlos Manuel seguía en el suelo y él, con la cuerda en la mano , le dirigió sus últimas palabras como hijo.

—P adre, ¿tienes ganas de suicidarte? ¿No crees que ya has vivido s uficiente?

—H ijo, yo no quería, ya sabes, esta maldita enfermedad —d ijo el padre sollozando, sabiendo que su vida llegaba a su fin.

—¿ Y?

—E l suicidio es una opción, pero no te ngo valor.

Alexander cogió el bote de pastillas y, de las quince que quedaban, se las hizo tragar todas.

Hizo un nudo trenzado de horca, se lo pasó por el cuello de su padre, y el otro extremo lo ató a la pata del sofá del comedor.

Abrió la ventana, cogió a su padre y lo lanzó al vacío; el pobre negro no dijo nada, estaba totalmente rendido a su inevitable destino.

Su hijo se sentó en el sofá, miró a su alrededor, no sintió nada, ni dolor, ni compasión, ni algo de tristeza siquiera; solamente sentía alivio.

Se había librado de la violencia paternal para siempre.

Se miró las manos llenas de sangre y contempló a su madre muerta en el suelo; su rostro expresaba dolor, y también sufrimiento, pero no pudo identificar esa emoción porque la desconocía.

Sabía que la policía no tardaría en llegar, y era mejor explicar que él había llegado justo después de que su padre hubiera matado al vecino, a su madre y se hubiera ahorcado.

Una, dos, tres sirenas de policía y una…

dos ambulancias. No está mal, más de diez servidores públicos que han dejado de hacer otras cosas, quizás menos interesantes, para venir a una casa de asquerosos domini canos ; ya era hora de que alguien nos hic iera caso.

En menos de cinco minutos, Alexander estaba en el suelo de su casa, boca abajo, con las manos esposadas y el pie de un policía encima de su espalda.

Entre los Mossos y el personal sanitario descolgaron a Carlos Manuel, pero no fue una tarea fácil, ya que la cuerda que lo sujetaba se estaba deshilachando rápidamente, con el peligro de romperse y de que cayera a la calle.

A Mayerlin la metieron en una bolsa para fiambres, como la nombraban coloquialmente entre los cuerpos de seguridad, al comprobar que ya era cadáver.

El hijo oyó perfectamente el crec, crec de la cremallera de la bolsa de tela plastificada de co lor negro.

Alexander intentó explicarse, pero sus palabras parecían chocar con una barrera i mpenet rable. Ninguno de los policías le prestaba atención, excepto el sargento Escofet, el vete rano de homicidios más experimentado del cuerpo de la Central de Catalunya.

Escofet, un hombre rudo y pragmático, no destacaba por su empatía.

Cer cano a los cincuenta y cinco años, su figura atlética se veía deslucida por una pequeña protuberancia abdominal, resultado de una dieta desordenada o quizás de su afición por la cerveza y el vino.

Era el tipo de policía que prefería la acción directa a las palabras vacías, lo cual no ofrecía esperanzas a Alexander en es e momento.

Al notar que el sargento parecía prestarle atención, Alexander se dirigió a él, desesperado, con la voz quebrada:

—¡ Comandante, le aseguro que cuando llegué todo esto ya estaba así! Excepto mi madre… Ella aún murmuraba, pero murió en mis brazos —g ritó entre sollozos, intentando contener el temblor en sus manos.

Escofet lo miró sin inmutarse y corrigió con un tono seco:

—S argento. Soy sargento.

Alexander quiso insistir, seguir explicándose, pero Escofet le dio la espalda con indiferencia. El vete rano sargento tenía otros intereses en mente. Sin decir más, decidió echar un vistazo a los cadáveres.

Primero descendió al piso del vecino, llevándose consigo a un mosso y a Alexander. Quería ver de primera mano la reacción del domini cano , quizás percibir algún gesto, alguna señal que pudiera revelar lo que había ocurrido.

Se asomaron los tres a la ventana por donde Alexander había lanzado a Assan.

Escofet cogió a Alexander, lo empujó fuertemente, dejándole medio cuerpo colgando para que viera el cadáver desde arriba —y si cae, pues mejo r—, pensó Escofet.

Estaba harto de tanto asesino suelto con malditas coartadas falsas, imposibles de rebatir.

Era necesario hacer limpieza de vez en cuando; las cárceles estaban llenas de escoria miserable imposible de rehabilitar , pensaba.

Con la fuerza del policía y la gravedad, Alexander cayó al vacío, pero pudo encajar la cadena de las esposas con una tubería saliente por el patio de luces.

Sus dos muñecas crujieron y él entendió, por el dolor tremendo que estaba sufriendo, que se las había partido, un martirio que le provocó un desmayo.

Escofet miró hacia abajo y vio a Alexander colgado y, al parecer, sin vida.

—U no menos. Recójanlo y a la morgue —d ijo el sargento.

—P ero aún respira —d ijo otr o policía.

—V enga y no os distraigáis —d ijo Escofet, sacando su pist ola, quitándole el seguro, cargándola y apuntando al mulato.

Justo en el instante antes de disparar apareció el jefe de los servicios s anitarios.

—E se hombre respira todavía, vamos a rescatarlo —d ijo ai radamente.

Escofet enfundó su arma y se marchó de la escena mientras subían a Alexander.

Lo estiraron en el suelo y lo reanimaron, volviendo en pocos segundos en sí.

Le sacaron las esposas; tenía ambas muñecas con fractura abierta.

A pesar de ello, el caribeño, fuerte como un toro, se incorporó y fue corriendo detrás de Escofet, gritando como un energúmeno, y, pegando un salto, le propinó una patada en toda la cara, habiendo volado hasta esa altura como si de un karateka experto se tratase.

Escofet cayó al suelo redondo y, cuando fue a rematarlo, notó un golpe de porra en la cabeza, dos más en sus piernas y otro en la espalda.

Cayó al suelo siendo apalizado, no por doce, pero sí por varios hombres sin piedad.

Lo volvieron a esposar como pudieron y se lo llevaron a comisaría.

—¿ Es un criminal común, no crees, Jaume? —p reguntó Melvin, desairado.

—N o, no lo es —r espondió Jaume, sin titubeo s—. To ma Veyron.

—¿ Y?

—H ace meses que sospechamos de ese me dicamento.

Melvin alzó una ceja, intrigado.

—Explícate.

—M uchas de las personas que han muerto en esta ciudad en los últimos meses tomaban esa medicina —d ijo Jaume, adoptando un tono más serio.

Melvin bufó, visiblemente incrédulo.

—¿ Y habéis comprobado si todas toman Coca-Cola? Menuda estupidez. El Veyron es un buen antipsicótico. Yo mismo lo he recetado a algunos pacientes cuando ejerzo como p siquiatra.

Se hizo un breve silencio antes de que Melvin añadiera con decisión:

—Q uiero hablar con ese d ominicano.