Expediente Serotonina Capítulo 6. Alexander
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Capítulo 6. Alexander

Albertí no estaba. Melvin había llegado puntualmente a la comisaría, pero no era conocido por su paciencia.

Sin dudarlo, entró en el despacho de Jaume sin que nadie lo detuviera.

Estaba furioso y necesitaba descargar su frustración.

El bochorno que habían sufrido en Londres seguía fresco en su mente.

Aunque la eficiente intervención de Scotland Yard había salvado el caso, dándoles las pist as necesarias para atrapar a Marga, Melvin no podía ignorar el daño a su ego.

La r eputac ión de los Mossos , y la suya propia, había estado a punto de caer por l os suelos.

Era consciente de que el proceso judicial contra Marga Vi lanov a sería lento. Faltaba mucho para que pudieran interrogarla o verla cara a cara, así que Melvin necesitaba encontrar otros casos que nutrieran su libro, otras mentes perturbadas que di seccionar.

—B uenos días, loquero —s aludó Albertí, entrando al despacho con un café e n la mano.

—¿ Has podido pegar ojo? —p reguntó Melvin sin preámbulos, con un to no amargo.

—Q ué va. Los guiris se nos han merendado. Vaya pelaga tos somos.

—N o te fustigues. La tenemos presa. Venga, un café y a seguir. Dame más tralla, necesito combustible —c alma ba Melvin.

—A lexander. Quero seno puro.

Melvin sonrió, visiblemente má s animado.

—S ííííí.

Barcelona. Túnel de lavado. Enero de 2022

La espuma de jabón de cinco colores diferentes se desvanecía con la presión de un potente chorro de agua clara, dejando al descubierto el morro brillante de un Seat León rojo.

Los rodillos peludos del túnel de lavado giraban lentamente, mientras Alexander esperaba a que el enjuague y el secado automático terminaran.

Su trabajo no había concluido: aún faltaba el repaso final a los cristales del coche, un detalle por el que a veces conseguía una prop ina extra.

Las propinas eran esenciales. Con su salario, que no llegaba a los mil euros netos mensuales, cualquier ayuda adicional era bienvenida.

Esa noche, las agujas del reloj marcaban las ocho, y hacía tiempo que había oscurecido.

Alexander estaba agotado. Había pasado más de doce horas trabajando en el túnel de lavado con apenas una pausa de diez minutos para el desayuno y media hora para comer.

El almuerzo, como siempre, lo había preparado su madre esa misma mañana a las sei s y media.

El cansancio le pesaba en los hombros, pero Alexander no se permitía descansar más de lo estrictamente necesario. Su rutina era incesante y monótona, pero no podía imaginar otra forma de vivir… al menos, n o todavía.

Alexander, un joven de veintiséis años, vivía en el barrio de la Maurina, en Terrassa. Era hijo de dos domini canos que habían llegado a España casi tres décadas atrás, buscando una vida mejor. Sin embargo, la realidad había sido implacable con s u familia.

Su padre, Carlos Manuel, llevaba años sin trabajo.

Sus días se reducían a beber, maltratar a su esposa, Mayerlin, y visitar al psiquiatra para obtener recetas de ziprasidona, un medicamento para tratar su trastorno explosivo inminente.

Últimamente, había comenzado a probar un nuevo fármaco, el Veyron, aunque los resultados eran inciertos.

Alexander había intentado que su padre fuera internado, pero nunca recibió apoyo de las administraciones.

Las plazas en el sistema sanitario español eran limitadas, y para un domini cano enloquecido, simplemente no habí a espacio.

Mayerlin, por su parte, había pasado por innumerables empleos antes de terminar trabajando como limpiadora en un matadero.

Su rutina era agotadora y, para sobrellevar sus frustraciones y angustias, recurría al alcohol.

Era su forma de anestesiar el dolor, aunque sabía que no era la solución.

Su único refugio emocional era el párroco del barrio, en la iglesia María Auxiliadora.

Él la alentaba a seguir adelante, a no dejarse arrastrar por la desesperación, la desgracia y la oscuridad que parecían envolve r su vida.

Alexander se quitó el mono de trabajo y se vistió con rapidez.

Estaba agotado y solo quería llegar a casa para descansar.

Ese día no tenía ánimos para enfrentarse a nada ni a nadie, aunque en el fondo temía que su padre pudiera tener uno de sus brotes, provocado por su destructiva mezcla de alcohol y antip sicóticos.

Entró en el portal de la finca, donde su familia había alquilado, hacía décadas, un cuarto piso diminuto de treinta y cinco metros cuadrados.

Era el mismo lugar al que sus padres habían llegado tras cruzar el Atlántico, en busca de un futuro en España.

Subió por la estrecha escalera, construida sin espacio suficiente para instalar un ascensor.

Subía rápido, casi corriendo, como si quisiera dejar atrás el cansancio de la jornada.

Pero antes de llegar a su destino, a mitad de tramo, lo detuvo un vecino.

—¿ Vas a dármelo o no? —l e espetó un hombre con rasgos árabes y piel oscura, con un tono cargado de im paciencia.

—P ronto, Assan. Ahora no puedo —r espondió Alexander con tono apagado, queriendo esquivar la con versación.

—N o me fastidies, llevo semanas esperando que me pagues —d ijo el vecino, visiblemente irritado.

—M ira, no te prometo nada, pero, si todo va bien, el lunes cobro algo. Lo primero que haré será tapa r lo tuyo.

—¡ No! Si tienes vicios, págatelos tú solito —r ecriminó Assan con dureza, cruzando l os brazos.

—E scucha, lo tendrás… y no te pongas gili… —r eplicó Alexander, alzan do la voz.

—E res un pu to sudaca.

—Y tú un moro de m…

Antes de que el domini cano acabara la frase, Assan sacó una barra de metal enorme e intentó golpear a Alexander en la cabeza.

Este lo evitó esquivándolo, le robó la barra y se la clavó en el estómago, atravesando por completo su cuerpo.

Un líquido color castaña confitada salió a presión del estómago de Assan.

Había comido hacía una hora y los jugos gástricos estaban haciendo su trabajo, pero salieron de su cuerpo inesperadamente, mezclados con su sangre, sobre la cara y el pecho de Alexander.

Assan se vio tan sobrecogido que apenas gimió.

El caribeño abrió la ventana del patio de luces, le cogió la chaqueta, se limpió la mezcla de bilis, tajine, glóbulos blancos y rojos, y lanzó a su vecino por allí, sin hacer demasiado estruendo.

Nadie denunciaría nada; en ese barrio todo lo que no era normal era corriente.

Nadie evidenciaría ni desaparición ni muerte hasta que, en un día soleado o gris, empezara a oler muy mal en esa finca y, al cabo de unos días u horas, cuando el hedor fuera insoportable, él iría, lo quemarí a y punto.

Asunto concluido, pensó, mientras seguía subiendo hacia su casa, saltando los escalones de dos en dos.

Entonces empezó a oír cada vez más fuertes los gritos de una mujer, gritos de pavor, de tormento, gritos de…

su ¡¡¡MADRE!!! Corrió como un loco hacia arriba, reventó la puerta de su casa de una patada y vio cómo su padre, botella en la mano izquierda y con la otra, bien cerrada, estaba apaleándola.

Alexander apartó a Carlos Manuel, su padre, de muy malas maneras, estampándole la botella de ron Trinidad en la cabeza y dejándolo inc onsciente.

Mayerlin, su madre, balbuceaba, no paraba de desangrarse por la comisura bucal derecha, estaba realmente muy mal herida.

Él cogió una sábana para hacerle un torniquete en la pierna.

El padre estaba inmóvil en el suelo, con un bote de pastillas abierto y derramadas por el suelo.

El hijo las vio y cogió dos, tragándoselas sin agua.

Las necesitaba. Sabía que la segregación de serotonina aliviaría su agresividad; había heredado la virulencia de su padre y necesitaba, como él, esas píldoras para no hundirse y sentir que su estado de ánimo pasaba de negativo a positivo constante.

Pensó en sí mismo y en su situación: acababa de matar a un hombre, aunque eso era bastante normal en el barrio y él no era al único que había asesinado voluntariamente, justificadamente o no.

Ahora tenía a su padre, que acababa de darle una paliza a su madre, inconsciente, muriéndose, y necesitaba diez segundos pa ra pensar.

Como de costumbre, no sentía ni dolor, ni pena ni compasión por esas casi muertes de sus papaítos.

Era consciente de que no tenía esos sentimientos porque él era así y la medicación, el Veyron, hacía más de lo que el doctor le había prometido: lo despertaba de su letargo sensitivo, a pesar de que, en ocasiones, tenía apetito de suicidio.

Saboreaba esa idea sin importarle las consecuencias, y le faltaban razones, a pesar de la mierda de subsistencia que tenía, y los motivos para seguir existiendo eran aún muy superiores a los de acabar su vida: las mujeres, el alcohol y conseguir algún día dinero de verdad.

Ni ese sueldo rid ículo que se ganaba en el túnel de lavado ni los sobresueldos por trapicheo eran suficientes para tener una vida acomodada.

La madre gritó. Su hijo fue a atenderla, la miró, estaba muy mal, y él tenía dos opciones: apretar fuertemente y todo habría acabado, o bien intentar salvar a su negra madre; y si sobrevivía, explicaría a todo el mundo que su padre era un salvaje caribeño que había estado a punto de asesinarla, aunque así solamente conseguiría ensuciar la r eputac ión de los domini canos de Terrassa y tener que aguantar insultos y menosprecio de esos blanquitos racistas que te observaban constantemente el color de la piel y la entrepierna para ver si realmente eran tan diferentes de las suyas. Pedazos de escor ia, pensó.