Expediente Serotonina Capítulo 5. Londres #2
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Capítulo 5. Londres #2

No pasaron más de tres minutos antes de que la pareja cayera desplomada sobre la mesa.

Marga, con su habitual frialdad, decidió que era mejor que durmieran la mona en el suelo.

Sabía que, con su exjefe fuera de juego, el consejo podría reconsiderar su decisión y mantenerla en el cargo de directora general.

Quizá incluso podría aspirar a controlar toda la compañía.

Llamó al chófer, que esperaba fuera. Al entrar en la cocina, el hombre se colocó unos guantes de látex y, sin dudar, golpeó a la sirvienta que fregaba los platos. La mujer cayó al suelo cerámico, inconsciente, en medio de la impecable cocina de lo s Jenkins.

Subió al primer piso y encontró a la niñera en su habitación, leyendo el último número de Hello , mientras estaba estirada en la cama. La joven se sobresaltó al ver a un hombre desconocido, pero no tuvo tiempo de reaccionar antes de que él la golpeara con fuerza, dejándola inc onsciente.

Mientras tanto, Marga entró en la habitación del niño, que dormía plácidamente. Abrió la ventana de par en par y cerró la puerta con cuidado. Fue su único acto de bondad en meses, un gesto que no mitigaba la oscuridad de sus in tenciones.

El chófer cargó a la niñera y la dejó en el suelo de la cocina junto a la sirvienta.

Marga, por su parte, esparció documentos y fotografías comprometedoras por el comedor, imágenes que evidenciaban las visitas de Jenkins a Barcelona.

Había controlado cada uno de sus movimientos, incluso provocando que cayera en trampas cuidadosamente diseñadas.

Pero ahora, las pruebas eran irrelevantes: esto ya no era un problema de r eputac ión; era una cuestión de vida o muerte.

Con precisión, ordenó a su hombre que dejara la espita del gas abierta.

Él hizo un pequeño corte en la tubería de la cocina y escondió un explosivo de tamaño reducido detrás de la nevera.

Salieron rápidamente de la casa, subieron al coche y, mientras se alejaban, el chófer accionó el detonador desde su móvil.

La explosión fue inmediata, una detonación que envolvió la casa en llamas.

Marga Vi lanov a se dirigió al aeropuerto a toda velocidad, con She , de Suede, resonando en el coche. La canción, una de sus favoritas, parecía el acompañamiento perfecto para su huida.

Mientras tanto, Jaume Albertí y Melvin Peaks regresaron al hotel Four Seasons, frustrados tras descubrir que la mujer a la que habían seguido hasta el restaurante no era Marga. Decidieron preguntar en la recepción por la señora Vi lanov a, pero solo consiguieron quedarse con cara de tontos.

Fue entonces cuando su contacto de Scotland Yard los llamó.

—S e ha incendiado la casa de Jenkins —a nunció e l oficial.

—¿ Cuándo ha sido, teniente? —p reguntó Albertí, con el ceño fruncido.

—A ún están los bomberos allí. Menos de una hora.

—¿ Y nosotros qué pintamo s en esto?

—S u mujer, Mrs. Vi lanov a. Es taba allí.

—¡ No puede ser!

—L as cámaras de seguridad la captaron saliendo d e la casa.

Albertí apretó lo s dientes.

—M aldi ta bestia.

—¿ Algún herido, teniente?

—C uatro fallecidos y un superviviente: un niño, el hijo de Jenkins —r espondió el oficial de Scot land Yard.

La policía inglesa activó controles exhaustivos en todos los aeropuertos de Londres.

Pero Marga Vi lanov a ya no era Marga. Bajo la identidad de Carles Tarré, con un nuevo pasaporte, el sexo cambiado, peluca, nariz postiza y lentillas azules, su transformación la hacía irreconocible.

Voló a Girona sin problemas, mientras Albertí y Scotland Yard activaban registros exhaustivos para identificar a los pasajeros que viajaban de Londres a España.

Aeropuerto de Girona, 11 de febrero de 2022

La tramontana soplaba fuerte, con rachas que superaban los ciento veinte kilómetros por hora, causando retrasos en los aterrizajes y despegues. El vuelo de Marga —C arles Tarr é— había aterrizado hacía más de una hora, y los pasajeros comenzaban a pasar el control de p asaportes.

—¿ Pasaporte, señor? —d ijo un policía desde la cabina, revisando los documentos de los pasajeros procedentes de fuera del espacio Schengen.

Marga —C arle s— entregó el pasaporte con una voz grave y medida.

—G racias. Mi compañero le acompañará a revisar el equipaje —a ñadió el agente.

Otro mosso la miró detenidamente mientras revisaba el pasaporte. En ese instante, una alerta apareció en la pantalla: una imagen de Marga, la mujer buscada. El policía comparó la fotografía con el rostro de Carles y pulsó un botón baj o la mesa.

—G racias. Mi compañero irá con usted a revisar su equipaje.

—¿ Por qué? —d ijo Marga, intentando mantener un t ono grave.

—¿Disculpe?

—¿ Por qué tienen que revisar mi equipaje? —r eplicó, intentando son ar segura.

—E s nuestra obligación. Por favor, siga adelant e, señora.

Otro mosso se plantó frente a Marga —C arle s— y la guió hasta una sala donde había una gran mesa y dos ag entes más.

—P or favor, señor, deposite aquí la maleta y ábrala.

Mientras cumplía las órdenes, un agente seguía inspeccionando el pasaporte y el rostro de Carles.

—P or favor, desvístase —o rdenó uno de los Mossos co n firmeza.

—¿ Está usted de broma? Quiero hablar con mi abogado. ¿Qué es este atropello?

—A quí no entra ningún abogado. Esto es el aeropuerto. D esvístase.

Marga sabía que estaba acorralada. Comenzó a desvestirse, pero, al depositar su chaqueta en la maleta, atacó con sus afiladas uñas a uno de los agentes, hiriéndolo en el ojo.

Los otros Mossos se abalanzaron sobre ella y la redujeron de inmediato.

Entró una policía, quien completó el registro y confirmó su identidad.

Marga fue detenida y puesta a disposición judicial, cerrando el capítulo de una huida calculada per o fallida.