Capítulo 5. Londres
El avión de Marga Vi lanov a aterrizó en Gatwick bajo un cielo gris. En la terminal, Ricard Riubrugent la esperaba con su habitual aire de elegancia calculada.
—Q uerido, ¿cómo estás? —d ijo ella, esbozando una lev e sonrisa.
—B ien. ¿Cansada? —p reguntó, evaluándola con la mirada.
—E n absoluto. Ya sabes mi secreto: buena comida, un baño de gong al mes, algo de sueño, el alcohol justo y, por supuesto, el tabaco eliminado de mi vida. —L a mentira salió de sus labios con tal naturalidad que casi se creyó sus propias palabras.
Mientras hablaban, caminaron con tranquilidad hacia el parking , donde un coche con chófer los esperaba.
—¿ El alcohol justo? —R icard alzó una ceja, escéptico.
—E l otro día me permití un scotch … bueno, un par. —M arga dejó escapar una ri sa ligera.
—D e vez en cuando, una pastilla para el corazón de esas que prescriben por aquí no vendría mal —c omentó Ricard, con un toque de sarcasmo.
Ambos entraron en el Jaguar de alquiler.
—C harles, a Trinity, por favor —i ndicó Ricard con su característico ton o calmado.
—M e acomodo, descanso y mañana haré gestiones por Londres. Repasaré el plan para ejecutarlo según tus indicaciones —r espondió Marga con una serenidad que contrastaba con las tensiones invisibles e n el aire.
—¿ Nos verem os mañana?
—S eguro —a firmó ella co n firmeza.
El hotel Four Seasons se convirtió en el refugio temporal de Marga. Allí permaneció durante un día completo, asegurándose de que nadie, salvo los empleados del hotel, percibiera su presencia. Su anon imato era clave para los movimiento s futuros.
Mientras tanto, Albertí y Peaks llegaron a Londres al día siguiente, alertados por Scotland Yard tras el control de pasaportes en Gatwick, que había confirmado el paradero de Marga.
La dupla se instaló en el vestíbulo del Four Seasons, vestidos de manera discreta, casi banal, confiando en que su presencia pasara desapercibida, o al menos e so creían.
Poco tiempo después, Marga apareció, saliendo del ascensor, con su elegancia habitual, envuelta en un pañuelo al estilo clásico que parecía una reinvención propia de la moda de antaño. Cada detalle de su aspecto estaba calculado, proyectando una imagen de control absoluto.
Albertí la observó atentamente; sus instintos le indicaban que actuar precipitadamente sería un error. Sin pruebas concretas, detenerla era una maniobra condenada al fracaso. Con discreción, ambos se prepararon para seguirla, listos para el siguiente paso en su inve stigación.
—E s ella —d ijo Albertí con firmeza, clavando los ojos en Marga.
Melvin Peaks dejó escapar una sonri sa ligera.
—T al y como me la imaginaba. Una mujer por la que un idiota perdería la cabeza, la cartera… y e l corazón.
Albertí no se molestó en ocultar su desdén.
—U n imbécil , tal vez.
—¿ La seguimos? —p reguntó Peaks, inclinándose ligeramente hacia su compañero.
—P rimero voy a llamar a mi contacto en Scotland Yard. Que la tengan vigilada también. No vamos a perderla.
Mientras tanto, Marga tomó del brazo a Ricard con total naturalidad y salieron juntos por la puerta principal del hotel, dirigiéndose hacia el coche que ya los esperaba.
Jaume y Melvin reaccionaron al instante, apresurándose tras ellos. Abordaron rápidamente un taxi, dando instrucciones al conductor de seguir el veh ículo , que se dirigía a un restaurante en pleno centro d e Londres.
El abogado y su acompañante fueron conducidos a la mesa más apartada del restaurante, un rincón reservado para los VIP, donde ni Albertí ni Peaks se atrevieron a acercarse demasiado, temerosos de ser descubiertos.
Desde una distancia prudente, permanecieron atentos, tratando de pasar desapercibidos mientras observaban cada m ovimiento.
Entretanto, del Four Seasons salió, con pasos rápidos y decididos, la verdadera Marga.
Vestía vaqueros, camisa blanca y una chaqueta negra ajustada, una combinación sencilla que en ella resultaba deslumbrante.
Su belleza podía dejar sin aliento, pero también poseía una mirada que helaba a cualquiera que osara sostenerla más de tres segundos.
Marga sospechaba que alguien podía estar siguiéndola; no dejaba nada al azar.
La precaución era parte esencial de su naturaleza, y recurrir al truco de la doble no era nada nuevo para ella.
Lo había utilizado infinidad de veces, ya fuera para esquivar a la prensa o para librarse de admiradores inoportunos.
Esta vez, sin embargo, el juego era más peligroso y cada paso debía calcularse con precisión q uirúrgica.
A la salida del lujoso hotel, un coche la esperaba. Sin perder tiempo, el conductor la llevó a toda velocidad hacia la casa de Wildford Jenkins. Eran las siete de la tarde, justo antes de la hora d e la cena.
Una vez allí, Marga permaneció en el veh ículo unos minutos, observando con paciencia. Poco después, vio llegar a la mujer de Jenkins acompañada de su hijo. Tras esperar lo suficiente para no levantar sospechas, salió del coche y se dirigió a la puerta.
La residencia de los Jenkins era una casa imponente, pintada de un elegante color crema, en el exclusivo barrio de Kensington.
La criada tardó apenas treinta segundos en abrir la puerta, pero ese tiempo fue suficiente para que la figura de Marga proyectara su habitual mezcla de magnetismo y amenaza.
Sin pensarlo demasiado, la mujer del servicio la hizo pasar al interior.
Mientras atravesaba el umbral, un niño de no más de cinco años apareció corriendo y se detuvo al verla.
Sus ojos curiosos se encontraron con la gélida mirada de Marga.
Tras un instante, retrocedió apresuradamente y subió las escaleras hasta desaparecer en su habitación.
Su expresión lo decía todo: había algo en aquella presencia que lo había es tremecido.
Poco después, apareció Jenny, la mujer de Wildford Jenkins, lista para recibirla.
—¡ Marga, qué sorpresa! Wildford no me dijo nada de tu visita —e xclamó Jenny, entre sorprendida y ent usiasmada.
—N i yo a él —r espondió Marga, con una sonrisa calculad a—. Estoy en Londres por otros asuntos y pensé que os haría ilus ión verme.
—¡ Claro! Por supuesto. Wildford estar á al caer.
—E stupendo. Tim está adorable, es u n encanto.
—L a verdad es que sí. Pero pasa, vamos al salón. ¿Te quedas a cena r, verdad?
—N o quiero molestar.
—¡ Por favor! Voy a avisar a Romina para que ponga un plato más.
Ya en el salón, Jenny comenzó a hablar sin cesar, revelando detalles con una precisión casi exhibicionista. Entre divagaciones, confesó a Marga ciertos pormenores de la empresa que habrían provocado la inmediata reprimenda de su marido.
Mencionó que pronto se mudarían a Madrid, donde Wildford establecería la nueva dirección europea de Tygone.
Según explicó, los máximos directivos consideraban que el negocio tenía más futuro en el sur de Europa.
Durante la charla, tomó las manos de Marga en un gesto amistoso, sugiriendo futuros encuentros sin reparar en la distancia real entre ciudades.
Marga simuló una sonrisa, pero por dentro hervía. Se sentía traicionada y decepcionada consigo misma. Jenkins había estado preparando su caída y ella no lo había percibido. Ahora debía mantener la c ompostura.
Perdida en sus pensamientos, apenas reaccionó cuando Jenkins entró e n la sala.
—¡ Cariño, hola! —saludó él.
—H ola, amor. Mira quién ha venido.
La expresión de Jenkins cambió de inmediato: de jovial a tensa. Marga lo saludó con calma, como si nada ocurriera.
La incomodidad aumentó cuando Jenny anunció que Marga se quedarí a a cenar.
—Q ué ilusión, ¿verdad, Wildford?
—E norme —r espondió él c on ironía.
La niñera llevó a Tim a dormir mientras servían la cena. La conversación fue superficial hasta que Jenny subió al piso superior.
A solas, Marga no perd ió tiempo.
—M adrid parece un destino prometedor —d ij o—. Quizá demasiado, considerando lo fácil que ha sido desmantelar todo lo que construí.
Jenkins sostuvo su mirada.
—Y a nada puede cambiarse. Pero te ayudaré a encontrar trabajo si te vas antes del café.
Marga ladeó la cabeza.
—Q ué generoso.
—E stás en mi casa. No empieces.
—S olo me intriga tu capacidad para destruir sin pestañear. Tu familia debe de estar orgullosa.
—C uidado con lo que dices.
—¿ Arruinarme era necesario? Supongo que instalarte con tu preciosa familia l o era más.
—S on decisiones de l Consejo.
—C laro.
En ese momento, Jenny regresó, cortando l a tensión.
Tomaron el postre: un apple pie con crema. Marga no lo probó; su disciplina se lo impedía. Jenkins dejó el plato limpio. Jenny ape nas comió.
La conversación volvió a tensarse cuando Marga mencionó lo que Jenny le había contado antes. Con una sonrisa medida, pidió café, sabiendo que eso provocaría que la pareja se retirara a la cocina.
Aprovechando el momento, Marga sacó de su bolso una pequeña cajita y, con movimientos calculados, depositó una micropastilla en cada una de las copas de champán de sus an fitriones.
Cuando llegaron los cafés, el ambiente parecía haber cambiado. Contra todo pronóstico, los tres brindaron. Marga pidió disculpas por su tono y sus formas durante la velada, dirigiéndose a la pareja de ingleses. Jenny y Jenkins aceptaron sus disculpas, sin sospechar nad a extraño.
En ese instante, Jenkins ofreció su ayuda para encontrarle trabajo, y sus palabras fueron pronunciadas delante de Jenny, como si buscara cerrar cualquier malentendido en el aire, aunque la esposa no comprendiera exactamente lo que sucedía.
Los tres consagraron el gesto con un brindis de champagne francés, el preferido de Jenkins, apasionado del espumoso galo.
Marga había aprovechado a la perfección es e detalle.