Capítulo 4. Zürich #3
El chófer detuvo el coche frente al edificio en Urania Strasse.
Aquella casa tenía un significado especial para ella.
Era su refugio, un lugar donde podía disfrutar de ciertos placeres sin el peso constante de las miradas inquisitivas que sentía en Barcelona.
Y, por si fuera poco, tenía a Jürguen, quien no solo se encargaba de su transporte, sino que también cumplía con las tareas de mayordomo durante sus estancias en Zúrich.
Esa ducha le encantaba: tenía una alcachofa extragrande y cuadrada, y un pavimento de piedras rugosas que le masajeaban los pies.
Se desnudó, se miró al espejo y sonrió: estoy estupenda, ese ciru jano plástico es un auténtico artista.
Tenía un cuerpo como el de una niña de veinticinco años.
Se besó a sí misma en el espejo y se introdujo bajo el agua a cuarenta y dos grados.
Empezó a enjabonarse suavemente, acariciando sus hermosos pechos, y siguió coqueteando con dulzura con su sexo y, a pesar de saber que estaba cansada, no pudo resistirse y pulsó el botón verde.
Jürguen tardó exactamente treinta segundos en entrar en la ducha.
—H as estado yendo al gimnasio , ¿verdad?
—C omo a ti te gusta.
—E stás estupendo; sabes, me has puesto muy libidinosa solamente verte. Estabas muy guapo en el a eropuerto.
—¿ Y ahora no?
—A hora estás para que me comas.
Jürguen se arrodilló en aquel suelo rugoso, pero tenía la lección aprendida e iba preparado y, si el cometido era en la ducha, se ponía rodilleras de hockey patines.
Le dio placer de arriba abajo, con sus manos , con sus labios, con la lengua y los pies.
Se detuvo en sus genitales y trabajó un buen rato.
Le encantaba oír cómo gemía y gritaba de placer en modo in crescendo con cada minuto que pasaba.
Se la imaginaba con la boca abierta, la cabeza hacia detrás y con las manos tocándose los senos.
En la escena de la ducha, sus amantes tragaban bastante agua, y ella lo sabía porque a veces oía cómo casi se ahogaban, y eso le daba un placer absoluto.
Pensar que algún día uno de ellos moriría entre sus piernas, mientras ella llegaba a la enajenación, le daba un goce extra.
La muerte era esencial en la vida; ver morir a alguien gracias a sus actos lo consideraba absolutamente primordial para entender la existencia como ella la concebía.
Marga se lo quitó de encima tras embriagarse. No soportaba que la tocasen tras sus orgasmos, así que acabó de ducharse y descansó un buen rato e n su cama.
Jürguen terminaba de preparar la mesa para la cena mientras Marga hablaba por teléfono c on Ricard.
—S í, claro, pero primero iré al banco. Por eso estoy aquí. Aunque nadie puede saberlo. Los Mossos inquisidores me prohibieron salir por culpa del estúpido de Foraster —d ijo Marga, con un tono de irritación contenida.
—Por mi parte todo listo, ya verás. —respondió Ricard, práctico.
—P erfecto —c ontestó ella, colgando el teléfono sin más p reámbulos.
Se giró hacia Jürgen, que ajustaba los últimos detalles e n la mesa.
—J ürgen, la caja fuerte… supongo que está conectada, ¿verdad? —p reguntó Marga, con la seguridad de quien ya conoce la respuesta.
—S í, todo en orden —r espondió él, sin levantar la vista de su tarea.
—E res un diamante. Por cierto, ponme The Piper…, de Syd y sus chicos —a ñadió, con una sonrisa que apenas disimulaba su sat isfacción.
Sobre las 19:30 horas empezaron a llegar las cuatro invitadas: cuatro mujeres, amigas de la alta sociedad, poco liberadas y en parte esclavas de sus maridos, directivos de grandes empresas suizas o multinacionales implantadas en Zúrich.
Jürgen las condujo hasta las habitaciones donde tomaban la ducha obligatoria incluida en las reglas del juego, engalanándose con sus vestidos más sexis.
—Q ueridas —d ijo Marga en su perfecto alemá n—, ¿habéis venido con hambre y ganas de diversión? Entiendo que las normas ya son conocidas y ninguna de vosotras tiene el período . ¿Cierto?
Todas respondieron afirmativamente. Jürgen guiñó el ojo derecho a Marga en un gesto de tranquilidad y co mplicidad.
—E ntonces sentémonos a la mesa. La temperatura es de veintiséis grados, así que quedaos, por favor, todas en ropa interior, como de costumbre.
Todas las mujeres eran esbeltas, bellas, y la primera competición era ver quién llevaba el mejor conjunto de lencería.
Jürgen, en su tablet , iba apuntando todos los detalles y puntuaciones.
Ellas sabían que la que perdiera en los juegos debía pagar una suma sustanciosa.
Era la gracia. Marga jugaba como una más, sin saber realmente todo lo que tenía preparado su equipo.
La cena se desarrolló mientras su hombre fiel y amante en Suiza daba órdenes a los cocineros y camareros que la preparaban: siete degustaciones de platos y siete vinos.
Debían adivinar ciertas características de cada manjar y de cada caldo.
Las preguntas iban apareciendo en las tablets que tenía cada una de ellas incrustadas e n la mesa.
El primer plato eran unas verduras y flores cocinadas al vapor.
Exactamente veintitrés vegetales eran los que tenían que probar y adivinar.
El vino era un blanco: «desprende olor a membrillo», pensó Marga y escribió su opción.
Los cuatro platos siguientes y sus bebidas fueron excepcionales.
Participaban una vez al semestre, y no todas, ya que había turnos con otras «amigas».
Aún faltaba el postre, la sustancia del juego.
El vino ayudó mucho a que la siguiente diversión se desarrollase con toda normalidad.
Todas debían quitarse sus tangas, dejándolos en una bandeja de plata que estaba en una mesa adyacente.
Cada una de ellas lucía un tipo de «peinado», tatuaje, piercing o similar, y eso también puntuaba; sus esteticistas trabajaban intensamente unos días antes.
La mesa, que era circular y cubierta con una mantelería de color grana, se había elevado unos cuarenta centímetros y ahora sus sillas eran taburetes.
Cada una se sentó en el suyo y entonces se sirvió el postre: una copa helada con un líquido espeso en su interior.
Mientras lo saboreaban, un hombre con la cara tapada y totalmente desnudo se sumergió debajo d e la mesa.
Ellas debían mantener su compostura y su impavidez mientras las acariciaba.
La que denotara un gesto de placer o un gemido era la perdedora de todas las pruebas, siendo inútil haber tenido una puntuación aceptable en el resto.
Todas ellas habían «resistido» ese postre, pero siempre había algún nuevo artista capaz de tumbar de placer a m ás de una.
Todas sorbían el helado de limón ácido, coco y fruta de la pasión sin dirigirse la palabra, intentando concentrarse cuando fuera su turno.
Marga estaba seria, mirando a sus contrincantes, y vio cómo la mujer frente a ella, la esposa del banquero más importante de Zúrich, se estaba mordiendo el labio.
—A manda, cariño, ¿no te gusta el sorbete? —l e pregu ntó Marga.
Amanda asintió y empezó a comer rápidamente el sorbete para desconcentrarse, pero tragó demasiado rápido y empezó a gemir sin control.
Sus manos se deslizaron por debajo del mantel hasta coger la cabeza del hombre.
La apretó contra ella y siguió gritando mientras las demás la miraban con una mezcla de envidia y tensión.
Amanda se inclinó hacia delante y luego hacia atrás, cayendo al suelo.
Allí, el hombre continuó con violencia, mientras Amanda perdía el control.
Su respiración se volvió errática; se llevó las manos al cuello, incapaz de recuperar el aire.
El hombre no se detenía. Las demás intentaron ayudarla, pero Marga apoyó su zapato de aguja sobre la espalda del hombre, empujando la escena hacia un desenlace irreversible. Amanda exhaló un últim o suspiro.
El hombre se levantó y una de las mujeres, horrorizada, intentó atacarlo con un cuchillo de mesa, pero él la apartó de un manot azo y desapareció en otra estancia.
—Y a lo sabéis, es el juego. El placer tiene lados oscuros y conllev a riesgos.
Las otras tres mujeres lloraban y gritaban, entre temerosas y conmocionadas por la escena. Mientras se vestían, el silencio se impuso, hasta que una de ellas irrumpió gritando:
—T ú la has matado. Tú has empujado a esa bestia para que la asesinara.