Expediente Serotonina Capítulo 4. Zürich #2
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Capítulo 4. Zürich #2

—¿ Cree usted que no podemos acceder a las cuentas de todos los empleados? Con una simple petición de investigación por fraude fiscal a la Agencia Tributaria basta. No nos subestime.

—E sto es indecente. Voy a llamar a mi abogado —d ijo, casi gritando Gonzalo, mientras su voz se quebraba por el miedo.

Uno de los hombres lo agarró por el brazo y lo hizo sentar frente a su ordenador de mala s maneras:

—¿ Trullo o pacto? Ust ed decide.

—I dos a la mierda con vuestro Halloween de lo s cojones.

—S tewi, nos vamos. Gonzalo se va a la cárcel sin pasar por la casilla de salida.

A Cruanyes le entró el canguelo y cogió su móvil para llamar a alguien de confianza. Los hombres de Maxwell se disponían a salir por la puerta cuando él, mientras tapaba el micro del teléfono tras haber hablado, l os detuvo:

—E h, vosotros, carne de gimnasio sin cerebro. ¡Esperad!

Los dos ingleses continuaban su camino al oír los insultos del contable.

—P erdonen ustedes, señores auditores… Un segundo, ¿podem os hablar?

Volvieron a entrar y cerraron la puerta t ras ellos.

—Usted dirá.

—¿ Qué me vais a dar si hablo?

—N o vas a la cárcel, devuelves lo que has robado, serás despedido sin indemnización, pero sin manchas en tu expediente. Solo tienes ¿cuaren ta y seis?

El contable estaba azorado, sudaba más que los que iban con traje. Apagó la calefacción, se sacó la bata gruesa de invierno y las zapatillas con cara de ciervo y pensó en lo primero que le vino a la cabeza: las culpas, siemp re ajenas.

—T odo es culpa de ella, de la Sra. Vi lanov a; es la que orden a y manda.

—¿ Qué le ordenó?

—H ablar con la co mpetencia.

—¿Para qué?

—T rans ferencias.

—S ea más conciso, deje de ser una fly that breaks our balls .

—C ojonera, se llama mosca cojone ra… A ver…

—… Venga, cajonera… —g r itó Stewi.

—F acilitábamos información de principios activos y formulaciones… Nos moví an dinero.

—¿ Cuánto?

—U n o ochenta.

—¿ Ciento oc henta mil?

—N o.

— F ucking shit , ¿cuánto?

—U n millón ochoci entos mil.

—¿ Usted ha tenido ingresos por valor de más de un millón ochocientos mil euros?

El silencio se hizo insoportable hasta que uno de ellos asintió con la cabeza y abrió la puerta. Allí esperaba Marga Vi lanov a, quien había escuchado cada palabra. Sin perder un segundo, entró en el salón y se plantó frente a Gonzalo, a quien abofeteó. Su mirada era glacial; su postura, imponente.

—A quí tienen al responsable de la debacle de la oficina, señores.

Por unos miserables euros, ha traicionado todo lo que representamos —d eclaró Marga, con una calma que solo acentuaba su despreci o—.

Espero que cada uno de ustedes tome nota de lo que significa actuar con semejante falta de p rincipios.

Los auditores recogieron cada palabra, logrando que Gonzalo, aterrado y con lágrimas en los ojos, confesara la implicación de otros cuatro empleados del departamento de administración en la venta de información confidencial. Era un golpe devastador pa ra Tygone.

Cuando todo terminó, los tres hombres de Maxwell y Marga abandonaron el piso y se subieron a un taxi de regreso a la oficina. Eran las once de la noche. Tygone era un lugar desolado, pero dentro les esperaba Rebeca Maxwell, satisfecha con los r esultados.

—T rabajo bien hecho —d ijo Rebeca Maxwell, antes de despedirse de Marga con una sonrisa de triunfo. La oficina de Barcelona tenía los días contados.

Jenkins recibió una llamada de Rebeca Maxwell, quien le explicó que Marga había sido incapaz de controlar a su corrupto departamento de administración y evitar el desastre.

A pesar de la promesa de los auditores, todos los implicados estaban siendo detenidos por los Mossos d’Esquadra , acusados de apropiación indebida, hurto, falsificación documental y otros tanto s delitos.

Jenkins tenía claro que esa oficina estaba podrida; la r eputac ión no la podría levantar ningún nuevo director.

Era mejor cerrar y dirigir todo el sur de Europa desde Londres.

Los abogados se pondrían a trabajar de inmediato para higienizar toda la inmundicia; era necesario hacer un buen baldeo, culpar a la banda del contable, también a Marga, y recuperar el máximo diner o posible.

Marga Vi lanov a llegó a casa como una tormenta contenida.

Había sido incapaz de sospechar que un grupo organizado en su empresa se había vendido a la competencia.

¿Cómo podía ese maldito contable haberla traicionado?

Con lo que le pagaba, malnacido, ladrón, pensaba Marga mientras se tragaba de golpe un whisky.

Se dejó caer en el sofá; volvía a sentirse sola. En cuestión de días había eliminado al presidente del club y había llevado a Tygone al precipicio. Tan buena que me creo… y no soy más que una ilusión rota. Valgo para destruir y poco más —p ensó, mientras el eco de su fracaso resonaba en su mente.

Entonces, como un golpe inesperado, la imagen del accidente de su marido irrumpió en su memoria.

El coche, con las ruedas apuntando al cielo, parecía un animal herido bajo una noche estrellada.

Recordó la llamada de la policía, el trayecto frenético hasta el lugar del accidente, a solo quince minuto s de casa.

Fede seguía atrapado en el coche cuando llegó.

Los bomberos luchaban por sacarlo, mientras una joven colgaba del cinturón de seguridad; su cabeza ensangrentada atravesaba el cristal delantero.

El coche humeaba, como si compartiera el sufrimiento de sus ocupantes.

A Fede lo llevaron al hospital Clínic aún con vida, pero murió en el segundo semáforo.

La chica, partida por la mitad, era su amante: la pescadera de la parada frente a su restaurante en el Mercat del Ninot.

Marga se frotó la cara con ambas manos , intentando despejarse.

Se sirvió un segundo Macallan Sienna, esta vez sin hielo.

Bebió con más calma, pero sin detenerse a saborearlo.

La imagen de la pescadera, con el rostro cubierto de sangre, seguía persiguiéndola.

De repente, se levantó de un salto, lanzó el vaso vacío contra el suelo e insultó, extrañísimo en ella, gritando:

—¡ Maldita zorra! ¡Maldito hijo de perra!

El dolor por haber descubierto la infidelidad de Fede, sin haber tenido la oportunidad de abofetearlo ni de escupirle en la cara a su fulana, la consumía. Pero al menos había escupido sobre el cadáver de Fede antes de que cerraran el ataúd. Ese recuerdo le arrancó una sonri sa amarga.

Estaba algo borracha; odiaba estar ebria.

Sabía que no podía permitirse perder la cabeza; necesitaba mantenerla fría y despejada.

Como hacía siempre, pasó el «limpiaparabrisas» mental para aclarar sus pensamientos y se tomó un té helado.

Acto seguido, marcó el número de Riubrugent, que seguía e n Londres.

—¿ Dormías, Ricard? —p reguntó con voz firme.

—N o, aún no. ¿Qué ocurre, Marga? —r espondió él, alertado.

Marga no perdió tiempo y le explicó la captura de casi todo el departamento de admin istración.

—¿ Tienes algo sobre Jenkins? —p reguntó , directa.

—S í, y es jugoso —c ontestó Riubrugent, con un tono que insinuaba sat isfacción.

—¿ Corrupción? ¿Amantes? ¿Problemas financieros? —i nqu irió ella.

—N ada de eso. Cuando regrese, te lo cuento. Por aquí no —d ijo él , esquivo.

—N o vuelvas. Asegúrate de todo lo que has descubierto. Nos vemos pronto —s entenció Marga, con un tono que no admití a réplica.

—¿ Cuándo? ¿Dónde? —i nquirió Riubrugent, intentando obtener una respuesta concreta.

—P or aquí tampoco —r espondió ella con contundencia, antes de cortar l a llamada.

Las opciones eran pocas y el tiempo seguía su curso implacable.

Marga sabía que tenía que actuar rápido y con precisión.

Marcó el número de su secretaria y le dio instrucciones claras: Jürguen debía preparar su apartamento de Zúrich y alquilar un avión privado para varios días.

Aunque tenía prohibido salir del país por la policía, todo estaba met iculos amente planeado, camuflado y baj o control.

Prefería alojarse pasando desapercibida.

Para Marga, su casa siempre había sido su refugio.

El viaje a Suiza tenía un propósito específico: recuperar los ahorros que mantenía allí, fruto de sus operaciones más cuestionables.

Aún no decidía si los guardaría en su masía del Empordà o en la casa de Barcelona, pero el tiempo apremiaba.

Aterrizó en Zúrich al amanecer. La esperaba un coche azul marino y un conductor impecable, como los que siempre exigía. Era alto, de piel morena, rasgos marcados y un estilo imposible d e ignorar.

—F rau Vi lanov a, ¿seguimos el plan que dibujamos ayer o quiere ajustar algo? —p reguntó Jürguen, con voz grave y pr ofesional.

Marga lo miró unos segundos, calculando el siguiente m ovimiento.

—E sta noche tiene sesión. Han pasado diez meses desde la última vez que jugó. ¿Le apetece o prefiere descansar?

—E stoy cansada, pero lo necesito. Me ayudará a desestresarme. Ci nco y uno.

—¿ Cinco contándol a a usted?

—S í.

—Y de número uno quiero a Ronald. ¿E s posible?

—P or supuesto.

Llovía en Zúrich. La ciudad, normalmente ordenada y pulcra, se veía envuelta en un gris melancólico que parecía teñirlo todo.

No era una ciudad fea, en absoluto; pero con mal tiempo resultaba mejor cerrar los ojos y evocar los Alpes iluminados por el sol tras una tormenta que enfrentarse a la humedad que calaba hasta el tué tano de l os huesos.

El apartamento había sido una compra excepcional, aunque conseguirlo no fue fácil.

Las estrictas leyes suizas limitaban a los extranjeros la adquisición de propiedades inmobiliarias.

Pero Marga no era de las que aceptaban un «no» fácilmente.

Si algo se interponía en su camino, lo superaba, o casi siempre lo hacía.