Expediente Serotonina Capítulo 4. Zürich
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Capítulo 4. Zürich

A pesar de haber enviado un informe minucioso a Gran Bretaña para evitar la visita de los auditores, el esfuerzo fue en vano .

Los hombres de Maxwell estaban a punto de llegar; era cuestión de horas.

Marga, sentada en su despacho, aparentaba estar más tranquila que la semana anterior, aunque en su interior sabía que su situación era precaria.

Su psique, reacia a aceptar la realidad, se asemejaba a un toro caminando hacia la plaza, inconsciente del destino que lo aguardaba.

Sin embargo, todavía albergaba fuerzas para lidiar con los ingleses y confiaba en jugar su última carta: los antecedentes que su abogado estaba recopilando sobr e Jenkins.

Respirando hondo, Marga llamó a todo el personal para darles inst rucciones:

—L os hombres de Jenkins están al llegar. Van a buscar cualquier cosa para cerrar esta oficina y todas las subsedes del sur de Europa. Si queréis conservar vuestros puestos de trabajo, hay que hacer lo que sea necesario. ¿M e explico?

El silencio llenó la sala. Nadie quiso preguntar nada; las semanas previas habían estado llenas de presión y estrés.

En los pasillos, Cruella, como la llamaban en privado, había orquestado jornadas agotadoras para preparar la documentación.

Aunque nadie la soportaba por su actitud autoritaria y despiadada, sus empleados se aferraban a los altos sueldos y beneficios laborales.

Era una jaula de oro, donde sobrevivir significaba pasar desapercibido y evitar a toda costa una cita en su despacho, lugar de humillaciones y despidos fu lminantes.

Marga alzó la voz con una mezcla de ironía y dureza:

—¿ Alguna duda? ¿Entonces no vais a rendiros como de costumbre? ¿Podréis aguantar la presión? Y que os quede claro: esconded vuestras vergüenzas y mostrad nuestr os logros.

—E stamos contigo, lucharemos para que no cierren la oficina —d ijo uno de los empleados, el «mampo», conocido por su constante devoción hacia Marga y, según rumores, por su enamoramiento reprimido.

La secretaria irrumpió, visiblemente alterada.

—Es urgente.

Marga la observó con ojos inquisitivos y le indicó con un gesto que se acercara.

—E stá aquí el inspector Albertí —le susurró.

—L argaos todos. ¿Por qué línea?

—N o, aquí, en l a oficina.

—H azlo esperar cinco minutos. ¡He dicho que fuera todos! ¿O está is sordos?

A solas, Marga respiró hondo, tomó una de sus pastillas y se dirigió al baño. Frente al espejo, reforzó su maquillaje y su determinación antes de recibir al inspector.

—I nspector —s aludó, esbozando una sonrisa que ocultaba su incomodidad, a pesar de pensar en lo atractivo que era ese policía fortachón, a quien ya se lo imaginaba encim a de ella.

—S eñora Vilanova.

—M arga —r espondió ella, suavizand o su tono.

Sentados en el sofá, Marga notó el arma de Jaume asomando bajo la chaqueta del inspector, lo que le provocó un escalofrío que confundió c on placer.

—¿ Ha visto cómo se drogaba el señor Foraster?

—N o, yo entré en su despacho; ya estaba allí esnifando como un loco. Intenté pararlo, pero no pude; estaba muy e nganchado.

—¿ Por qué se fue usted tan rápido del club?

—M ire a su alrededor y lo co mprenderá.

—¿ E n domingo?

—Y a entiendo que usted no acabe de percibir la responsabilidad que conlleva dirigir la sede de una mult inacional.

—N o, pero tengo el encargo de atrapar asesinos y quitarlos de la ci rculación.

—¿ Qué má s deseaba?

—¿ Usted le había provisto alguna vez de cocaína al señor Foraste r, cierto?

Marga se levantó, miró por la ventana viendo la iglesia del Tibidabo y se santiguó internamente, aunque era agnóstica.

—Y o y otros tantos —dijo ella.

—L o digo porque estamos analizando la droga y veremos qué sale de ahí. Le ruego que no viaje al extranjero hasta nu evo aviso.

Albertí se marchó, cruzándose en el ascensor con los hombres de Maxwell, vestidos al estilo financiero de la City.

Eran cinco hombres y una mujer que ocuparon la sala de juntas de Marga, dando instrucciones para tener libertad de movimientos y que todo el personal estuviera allí inmediatamente a su disposición.

Desde la central de Londres bloquearon el sistema informático, cortando la conexión de red, inhibiendo las conexiones inalámbricas e inutilizando la red de telefonía móvil.

Nadie podía enviar ni recibir nada desde ese momento.

Pidieron la lista de los empleados, la cotejaron con la suya y los reunieron a todos en el auditorio del edificio.

—B uenas tardes, señores —d ijo la jefa de la operación, hablando un castel lano torpe pero firm e—. Soy Rebeca Maxwell y vamos a pasar lista antes de comenzar.

Faltaban dos personas: una que estaba enferma y otra que no había acudido a la cita.

Este último era, precisamente, el contable, una pieza clave en toda la investigación.

La ausencia no pasó desapercibida para miss Maxwell, quien retorció el sobrecejo con repulsa al recibir el informe de las ausencias.

Su figura, rígida y autoritaria, evocaba la imagen de una Margaret Thatcher en su apogeo, con su cabello pelirrojo recogido en un peinado impecable y una boca retorcida que le confería un aire profundamente di ckensiano.

Miss Maxwell, una mujer en la cincuentena que llevaba consigo la impronta de años de batalla en el mundo corporativo, tomó las riendas con naturalidad.

Su voz, impregnada de un castel lano forzado pero comprensible, resonó en el auditorio con una autoridad inapelable.

Dio las instrucciones con un tono severo y met iculos o que no admitía margen para el error:

—C omenzaremos con los interrogatorios individuales. Cada uno será llamado por orden alfabético y se le formularán preguntas relacionadas con sus responsabilidades en la empresa. Espero sinceridad absoluta, ya que cualquier contradicción será interpretada como ob strucción.

Los empleados intercambiaron miradas nerviosas. Era evidente que el ambiente se había vuelto más denso con la llegada de miss Maxwell y su equipo. Las sospechas, los rumores y el temor a represalias mantenían a todo s en vilo.

—E n cuanto al contable ausente —c ontinuó miss Maxwell, ajustándose las gafas con un gesto mecánic o—, exijo que alguien lo localice inmediatamente. Necesito saber si su ausencia es una simple falta de compromiso o algo más… relevante.

La mención al contable hizo que algunos empleados bajaran la mirada, temerosos de estar implicados indirectamente.

En el fondo de la sala, Marga permanecía en silencio, analizando cada palabra y gesto de miss Maxwell.

Conocía bien esas tácticas de intimidación; después de todo, las había utilizado ella misma en más de un a ocasión.

—C hicos, cada uno a un despacho. Distribuiros las declaraciones del personal. Yo me quedo aquí y empiezo por usted, señora Vi lanov a; luego seguiré con Vicens, Martínez Huesca, Ferrer, López Jaén y hasta Zamorano.

Los interrogatorios se prolongaron durante toda la tarde, estirándose hasta bien entrada la noche. La tensión en la oficina era palpable, pero dos de los hombres de Maxwell, al terminar sus interpelaciones, se desplazaron al domicilio del contable.

Gonzalo Cruanyes, un hombre de cuarenta y pocos años, llevaba bastante tiempo en Tygone y era fiel a la empresa, aunque muy contrario a la gestión de Marga en lo referente a los recursos hu manos .

Estaba en su casa hablando por teléfono con un compañero de trabajo, quien le explicaba la apabullante entrevista que había tenido con uno de aquellos ingleses.

Querían saber desde los planes comerciales reales al detalle, las acciones de marketing llevadas a cabo, hasta la opinión del porqué de las bajadas de ventas y la pérdida de clientes.

Cruanyes, hombre soltero y solitario, no había ido al trabajo porque Marga le había ordenado que no lo hiciese.

Él sabía que parte del descenso de los ingresos era culpa de la desmotivación del personal, por el incremento excesivo en los objetivos de los comerciales, imposibilitando prácticamente que se consiguiesen las remuneraciones variables del pasado.

A eso se le añadió que la competencia le había arrebatado dos grande s cuentas.

Cuando sonó el timbre, un escalofrío recorrió su espalda. Inmediatamente pensó lo peor. «Es Marga», se dijo, «y viene a fu stigarme».

Contestó al interfono de su piso , con un nudo en la garganta: un tercero primera de la calle Balmes de Barcelona.

—¿ Sí?

—¿ Mister Cruanyes? Somos de Tygone Britain. Abra, por favor.

Con los nervios de punta, Gonzalo abrió la puerta y, mientras el ascensor subía, se despeinó rápidamente, se colocó el pijama y subió la calefacción a veintiocho grados para reforzar la impresión de estar enfermo.

Cuando los auditores entraron en su pequeño salón, él se dejó caer con dramatismo en una butaca y les indic ó el sofá:

—A delante, siéntense.

Uno de ellos le miró fijamente:

—¿ Está usted enfermo, señor Cruanyes?

—A léjense un poco más, no sea que les contagie —r espondió él, con voz forzada y entrecortada por fingidos ataqu es de tos.

Los auditores intercambiaron miradas de desagrado. Entre el calor sofocante de la sala y las constantes toses de Gonzalo, el ambiente era insoportable. Finalmente, uno de ellos habló, mientras aflojaba s u corbata:

—S upongo que sabe que estamos llevando a cabo una auditoría. Necesitamos r espuestas.

—Y a se lo dije a la secretaria —r eplicó Gonzalo, resopland o—. Estoy con gripe desde hace dos días y no creo que esté en condiciones de responder; tengo mucho dolor de cabeza.

—S e rá rápido.

—M e da igual, me encuentro fatal. Esperen unos días.

El sudor comenzaba a acumularse en las frentes de los dos ingleses. Se sacaron las chaquetas y miraron a Cruanyes con creciente im paciencia.

—D í ganos , usted tiene cuenta en el Barclays , ¿verdad?

—¿ Por qué? —t itubeaba el contable mientras respondía.

—¿ Podría conectarse a su cuenta corriente?

—E sto es una agresión a mi intimidad. No piens o hacerlo.