Capítulo 3. Club marítimo #3
—¿ Es cierto lo de su hijo? Lo digo porque, dependiendo de tu respuesta, veo pocas alt ernativas.
Marga lo miró fijamente, ev aluándolo.
—¿ Has esnifado hace poco? —p reguntó, con una frialdad que lo dejó sin palabras.
—¿ C ómo dices?
—¿ Cuánto rato hace que no te metes? —i nsistió Marga, con frialdad.
—Y a te puedes ir de mi despacho. ¿Qué cojones te has pensado? —g ritó Foraster, perdiendo la c ompostura.
—M e voy, pues —r espondió Marga con aparente calma, mientras se levantaba y salía por la puerta.
Marga se levantó y salió por la puerta del despacho de Foraster, quien salió corriendo tras ella, la cogió del brazo y la hizo entrar de nuevo, cerrando de un portazo resonante.
—¿ Qué coño quieres? —g ruñó el presidente del club.
—Q ue dimitas. A Ivana la despido yo de inmediato por desacato —s entenció Marga, sin inmutarse.
—¿ Pero qué dices, Marga? Yo no me voy a ninguna parte. Pienso volverme a presentar.
—N o, hombre, no. Llevas demasiados años. Dé janos paso a los más jóvenes —r espondió ella con tono c alculador.
Mientras Marga pronunciaba estas palabras, se levantó de la silla y cerró con llave la puerta del despacho de Foraster. Se dirigió hacia el perchero y sacó de su bolso un paquete envuelto en papel rojo brillante.
—¿ Qué estás haciendo?
—T e he traído un regalo para celebrarlo. Veng a, ábrelo.
—P ero ¿qué regalo ni qué ocho cuartos? —d ecía él, mientras refunfuñaba y abría e l paquete.
Joaquín Foraster acabó de abrirlo y dentro había una caja de cristal transparente que contenía, por lo menos, veinte gramos de cocaína.
Al presidente le cambió la cara; intentaba pensar, serenarse y deseaba echar a patadas de su despacho a Marga, pero en un adicto nunca hay dispersión, solamente concentración para ponerse bien puesto: su fuerza de voluntad estaba anulada.
No se pudo resistir; sacó de su pequeño bolsillo interior de la chaqueta una minúscula cucharita de plata y probó la droga.
Se reclinó sobre su sillón, totalmente enajenado.
—D ios es in superable.
Foraster llenó la cucharilla, ofreciéndosela a Marga, y ella no tuvo más remedio que simular que esnifaba, tirando la droga al suelo subrepticiamente.
Él, ya colocado, siguió esnifando sin cesar, como si fueran patatas fritas con extra de glutamato, y no pudo parar: una tras otra, llegó a meterse más de veinte o veinticinco cucharaditas de polvo blanco.
Estaba ido. Ella lo observaba atentamente, con gestos de placer, contemplando cómo triunfaba la autodestrucción cuando empezó a sangrar por la nariz; aun así, él seguía drogándose sin cesar, con ganas, gritando, aspirando fuertemente, abriendo la boca, tocándose la nariz, sintiéndose potente, fuerte, invencible, hasta que su cabeza se desplomó como un peso muerto y se hundió en el resto de droga que quedaba encima de la mesa.
Marga lo observó durante treinta segundos, quizá de los más placenteros d e su vida.
—Q ue ardas en el infierno.
Inmediatamente después salió del despacho gritando:
—¡ Auxilio! ¡Que alguien me ayude!
La poca gente que estaba en el bar corrió hacia Marga, preguntándole qué había sucedido. Unos cuantos socios entraron en el despacho del presidente y vieron aquel espect áculo lamentable: sangre, cocaína y un hombre muerto con la cara encima del veneno qu e lo mató.
Marga estaba feliz, tenía el camino libre, aunque ahora le faltaba hundir a la maldita alimaña esa —c avilaba Marga sobre Ivan a—, y no podía perder demasiado tiempo; sabía que su bullying podía revertirse como u n bumerán.
Ivana estaba en el puerto esperando que regresasen los barcos del cursillo para recoger a su hijo, mientras Marga encendía su descapotable, saliendo a toda velocidad hacia el puerto.
En ese instante llegó la policía al Club Marítimo de El Masnou.
A Marga le importaba muy poco haber matado a Foraster; le interesaba más ir a por su siguiente víctima.
Condujo lo más rápido que pudo hasta el puerto, mientras la policía desalojaba el Club Marítimo y esperaba a que llegaran el inspector jefe de homicidios, Jaume Albertí, y la policía c ientífica.
Los pequeños veleros de los niños habían llegado al embarcadero. Ivana le dijo al marinero que, por favor, le desmontase el barco al niño; ella tenía una urgencia familiar.
—C ariño, ¿te has puesto el cinturón? —p reguntó Ivana a su hijo.
—Sí, mami.
Marga llegó al puerto, pero Ivana se había esfumado.
Albertí llegó al club con su dispositivo y, poco después, se presentó la policía científica.
Tomaron fotos, muestras de la cocaína y huellas, y encontraron en la mano derecha de Foraster una pequeña cucharilla de plata.
Llevaba muerto unos treinta minutos y todavía no había signos de rigor mortis, si bien fue muy difícil arrancársela de la mano , síntoma de su adicción.
Albertí mandó los narcóticos al laboratorio y ordenó capturar a Marga Vilanova.
Comisaría de los Mossos d’Esquadra , Sabadell, 10 de febrero de 2022
—¿ Puedo acompañarte a pillar a esa rareza? —d i jo Melvin.
—D e momento voy solo.