Expediente Serotonina Capítulo 3. Club marítimo #2
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Capítulo 3. Club marítimo #2

El monitor, de diecisiete años, subió a la lancha de Ivana con el rostro desencajado.

Estaba aterrorizado y no sabía qué esperar, aunque podía intuir los motivos.

Ivana soltó el cabo y aceleró rumbo a Barcelona.

Ni él ni ella dijeron una palabra durante los diez minutos que Ivana condujo a toda velocidad, hasta que, de repente, cortó el motor y dejó la lancha flotando en completo silencio.

—M ira, nen, no quiero ni una mentira, así que yo te hago una pregunta y tú me respondes con sinceridad y a la primera. Estoy lo suficientemente cabreada para no dejarme torear. ¿Entendido? —d ijo Ivana, con voz firme.

—S í —r espondió el monitor, con voz t emblorosa.

—¿ Ha hecho realmente mi hijo bullying ?

—Y o… no sé, yo…

—N o me vaciles. Te juro que te dejo aquí, en medio del mar, chavalín.

—N o, no ha hecho bullying —c onfesó el monitor, completamente nervioso.

—¿ Y entonces quién ha decidido castigarlo por algo que no ha hecho, eh? —g ritó Ivana, visiblemente alterada.

—E lla.

—¿ Quién carajo es ella? —g ritó Ivana, acercándose a l monitor.

—L a vicep residenta.

Ivana arrancó de nuevo la barca, dejó al monitor con el resto del grupo y se dirigió directamente hacia el puerto. Maldita alimaña, utilizar al niño para joderme a mí. ¿Qué se ha pensado la mala pécora esta?, pensaba mientras quemaba gasolina. Llegó a la rampa y dejó la barca mal amarrada.

—J orge, súbela, por favor —v ociferó, sin detenerse.

Salió a paso ligero, casi corriendo, hacia la sede del club marítimo.

Entró prácticamente sin decir buenos días al portero y vio al presidente del club, Foraster, tomando un café con varios socios.

Ellos, con sus polos blancos de marca pija, contrastaban con su chándal corporativo naranja, empapado de sudor.

Ivana sabía que no podía sacarse la parte de arriba, a pesar del calor, porque las manchas de las axilas serían demasiado evidentes.

Tragó saliva y se dirigió al p residente.

—P erdone, señor Foraster, ¿tiene un minuto? Necesito hablar con usted de un tem a urgente.

—I vana, deme cinco minutos. Estoy terminando de hablar con esto s señores.

—G racias. Buenos días, señores —d ijo ella, haciendo una especie de r everencia.

Estaba muy alterada y hacía esfuerzos titánicos por no descontrolarse.

Sin embargo, estuvo a punto de soltar una fresca cuando los dos socios del polo blanco le pegaron una repasada de arriba abajo, sonriendo y relamiéndose como dos viejos verdes.

Lo que eran, vamos, pensó ella. Mientras esperaba, aprovechó para refrescarse en el lavabo.

Se miró al espejo: estaba guapa, con ese moreno de mar y el cabello algo despeinado que le daba un atractivo especial.

Salió del baño y vio a Foraster esperándola en la puerta de su despacho.

Él entró primero, acomodándose en su sillón, mientras ella tomaba asiento en una de las sillas de c onfidente.

—D ígame, Ivana, ¿qué se le ofrece?

—M ire, tenemos un problema. Y uno realmente grave, muy grave —d ijo ella, más cabreada que nerviosa.

—C aramba, ¿tengo que asustarme?

—S i usted cree que utilizar a un niño como arma vengativa por envidia y poder por parte de la comodoro del club puede dar miedo, pues sí, asústese.

—¿Cómo dice?

Mientras tanto, Marga pasaba por el pasillo de los despachos y vio la escena.

No la avistaron, así que dio media vuelta y se dirigió hacia el bar.

Allí aún estaban los socios del polo blanco que, al verla, intentaron entablar conversación.

Cualquier mujer más o menos de buen ver era un objetivo potencial para ellos.

Marga los miró por encima del hombro, sonr ió y dijo:

—¿ Coñac, carajillo, whisky? ¿Qué toman , señores?

—L os tres tomamos carajillo de coñac. ¿Le apetece tomarse algo con nosotros? —d ijo uno de ellos.

—S í, claro. Un malta del mejor, con hielo.

—U n Balvenie 17 years on the rocks para la señorita Marga —p idió el polo blanco más joven, de unos sesenta y ocho años.

—¿ Y qué me cuentan? ¿Tienen ya candidato para las elecciones presi denciales?

—S olamente se presenta Foraster por enésima vez, así que no hay muc ha opción.

—¿ Y si me presentase yo? ¿Cómo lo verían?

Se hizo el silencio. Los tres hombres la miraron de arriba abajo, como si fuera una « dancer » del Calípolis Friction Dance , al que solían ir a escondidas de su s mujeres.

Marga, impecablemente vestida, llevaba una chaqueta gris marengo y un escote lo suficientemente prominente como para que los tres no dejaran de babosear repugn antemente.

—¿ Sería usted capaz de poner este club donde debería estar hace años?

—L a bajada de las cuotas nos ha provocado la entrada de socios de clase media, y lo peor es que muchos de nuestros socios históricos están considerando darse de baja si continuamos admitiendo este tipo de perfil —a ñadió, con una elegancia calculada y un matiz de desprecio apenas d isimulado.

—B ien dicho, Marga. Esta es la actitud y la visión que debería tener el presidente de nuestro club —r espondió uno de los tres vete ranos , asintiendo con a probación.

—D iscrepo de usted, Marga —i ntervino otro, más mesurad o—. Según el estudio que encargó Foraster, en el cual entiendo que usted participó, se nos informaba de que no había suficiente mercado para cuotas de mil euros como usted pretende , ¿cierto?

—Y o no pretendo mil euros, yo pretendo más, que esto sea la élite, como el Yacht Club de Mónaco.

Este club debe ser un bastión de exclusividad, no un lugar donde se mezclen familias como la del señor Umbert con Peláez, ese electricista del Besòs.

Nuestra obligación es preservar que el futuro de nuestros hijos esté rodeado de quienes realmente compartan su clase social y sus valores.

Eso incluye preservar relaciones acordes, incluso en términos raciales.

Esta vez, los zorros plateados dejaron de mirarla buscando más carne visible. Sus ojos se fijaron en los de Marga, como intentando descifrar si sus palabras eran una broma o si hablaba en serio. El aire se tornó denso, y el silencio se prolongó durante unos segundos que parecía n eternos.

—¿ O no lo ven así, caballeros? —p reguntó Marga, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas sobre su confianza.

—B ueno, sí, pero quizá habría que pensar que… —c omenzó a decir uno de ellos, t itubeando.

—Y o soy quien debe considerar. Les sugiero que no se preocupen por esos detalles —c ortó Marga, en un tono que no dejaba espacio para la réplic a—.

Si me presento, espero contar con su apoyo para llevar este club a su máximo esplendor.

Ya les avisaré con tiempo si desean involucrarse en la campaña, las reuniones informativas y otras tareas rel acionadas.

Mientras hablaba, Marga vio a Ivana salir del despacho de Foraster caminando a paso ligero.

La observó marcharse en dirección a la escuela de vela, con una expresión que mezclaba determinación y rabia contenida.

Sin perder tiempo, Marga se dirigió directamente al despacho de Foraster y, como de costumbre, entró s in llamar.

A Foraster lo tenía dominado absolutamente; sabía de su vicio y adicción a la cocaína. Foraster vio cómo se acerc aba Marga.

—P asa, pasa, es tu casa —d ijo Joaquín Foraster, iró nicamente.

—H ola, Joaquín, ¿todo bien con Ivana? —p reguntó Marga, cerrando la puerta t ras de sí.

—S iéntate, Marga —c ontestó él, mientras se deshacía del nudo de su corbata con las manos te mblorosas.

—T engo poco tiempo —r espondió ella, sin intención de a comodarse.

—T enemos un problema —d ijo é l—. Esto es mu y difícil.

—E xplícate —e xigió Marga, con un tono que mezclaba curiosidad y desdén.