Capítulo 3. Club marítimo
La escuela de vela de El Masnou era una de las más prestigiosas de la costa del Maresme.
Durante casi setenta y cinco años, el club marítimo había formado a más de cien navegantes anuales, acumulando centenares de triunfos nacionales e internacionales.
Ivana era, en la actualidad, la directora técnica de la academia de navegación.
Además, trabajaba como monitora federativa y del club, debido a la falta de personal y a las directrices impuestas por la comodoro.
Ivana no podía comprender, aunque reconocía que no era experta en números, cómo, teniendo todos los fines de semana y días de ve rano prácticamente llenos, la escuela seguía perdiendo dinero.
Eso, al menos, era lo que deducía de los sermones con los que Marga la castigaba const antemente.
Marga, miembro de la Junta Directiva y responsable de los asuntos deportivos del club, realizaba esas labores de forma gratuita, como todos los directivos, pero con una clara ambición: acumular poder para llegar a ser p residenta.
—N o puedes poner a otro monitor. Ese cursillo lo has de hacer tú, Ivana. La cuenta de explotación exige que te arremangues —r epetía Marga con in sistencia.
—N o doy abasto. Planifico, organizo, vendo, formo, limpio… ¿qué más? No entiendo cómo no salen los números… —c ontest aba Ivana.
—T ampoco tienes que entenderlo. Para eso estamos nosotros —r espondía Marga, con su habitual aire de sup erioridad.
Ivana y Marga eran polos opuestos en todos los sentidos.
Ivana, de treinta y tres años, tenía una presencia entrañable y afable.
De media estatura, con cabello oscuro y facciones angulosas, pero agradables, destacaban en ella unos ojos marrones llenos de vida y una figura atlética fruto del deporte.
A pesar de ello, no estaba del todo satisfecha con su físico; siempre sintió que le faltaba altura para lograr su sueño de ser jugadora de baloncesto.
Durante su época de formación, fue un profesor de INEF quien, reconociendo su habilidad, pero la falta de capacidades para practicar el básquet, la orientó hacia la vela, donde finalmente pudo destacar.
En los últimos meses, Ivana afrontaba una situación personal dolorosa.
Tras casi once años de matrimonio, su relación con Jordi había terminado en un divorcio extraño.
Jordi se había enamorado de otro hombre.
Aunque ella lo aceptó absolutamente contrariada, no podía dejar de preguntarse cómo nunca llegó a percibir esa faceta desconocida de su exmarido.
La situación era especialmente difícil para su hijo Xavi, de diez años, quien sufría de manera desmesurada.
No habían sido capaces de explicarle toda la verdad, aunque sabían que el momento de sincerarse con él acabaría llegando.
Determinada a resolver los problemas del club, Ivana recurrió a un buen amigo contable, quien la ayudó a revisar y analizar las finanzas de la escuela de vela.
Tras varios días de simulaciones, llegó a una conclusión inequívoca: el club podía tener pérdidas, pero su escuela era rentable y generadora de beneficios.
Esta situación debía ser reconocida y modificada.
Convencida de su posición, Ivana inició una campaña activa en los diferentes grupos de trabajo del club, instando al gerente a revisar las cuentas.
Sin embargo, el gerente, Rogelio, era simplemente otro monigote de Marga.
Marga percibió rápidamente la creciente oposición hacia su gestión.
Investigó, manipuló y, sin miramientos, decidió cortar de raíz el problema, despidiendo a dos jefes de departamento que apoyaban a Ivana.
Para Marga, las humillaciones eran para los demás.
La cama siempre se la hacían sus sirvientes; el trabajo sucio no iba con ella.
Pero Ivana le dio vueltas a la situación y decidió aprovechar una oportunidad única: a bordo del barco del jurado de regatas, se encontró con un influyente y vete rano miembro de la directiva, don Javier de Comelles.
Durante diez minutos, Ivana expuso su caso con argumentos precisos y datos claros.
Don Javier, impresionado, planteó el asunto en la siguiente Junta Directiva.
La reunión terminó con un acuerdo: revisar la contabilidad analítica, revertir los despidos siempre que fuese posible y ajustar los gastos de manera más equitativa.
Incluso se barajó la posibilidad de contratar más monitores en la próxima temporada.
La reunión dejó a Marga visiblemente golpeada.
Aunque la negatividad la abrumaba, también sentía cómo las dificultades la fortalecían.
Era en esos momentos cuando se sentía como un dios todopoderoso, recordando su pasaje favorito de la Biblia: «Jehová nos dice: mía es la venganza; yo les daré su merecido» (Ro manos 12:19).
—Y a sabéis que las malas hierbas hay que arrancarlas de cuajo. No podemos permitir que quienes critican nuestra gestión siembren discordia entre los socios —d eclaró Marga co n firmeza.
—N i siquiera consultaste los despidos. Has ejercido tu poder de manera desproporcionada —r eplicó con dureza uno de los miembros de la junta.
—¿ Acaso la eficiencia se consigue con consenso? Las acciones decididas son las que preservan el futuro. Y esa es mi única prioridad —r espondió Marga, con una sonrisa c ontrolada.
—E so es una simplificación peligrosa —m urmuró otro directivo, incómodo ante el despliegue de autoridad.
—D ifiero de tu estilo autoritario y retrógrado. ¿A qué viene ahora esta agresividad? —i ntervino el presidente, cruzando l os brazos.
—I vana ha demostrado ser una presencia disruptiva en la gestión del club.
Su insistencia en cuestionar las decisiones del gerente no solo es improcedente, sino que amenaza la estabilidad que tanto nos ha costado construir —c omentó Marga con una calma calculada, dirigiéndose al presidente con una mirada firm e—.
Espero que tomes las medidas necesarias para evitar que esta situación se prolongue.
El club necesita líderes que sepan mantener el orden, no voces que siembren discordia.
—¿ Es cierto eso, Rogelio? —p reguntó el presidente al gerente allí presente.
—I vana no tiene ni idea de números. Mete las narices en asuntos que no le corresponden —r espondió Rogelio, tratando de agrada r a Marga.
—V olveré a hablar con ella —a seguró Foraster, el p residente.
—Q uizá ha llegado el momento de demostrar tu liderazgo. Las decisiones importantes requieren acción y firmeza, no solo presencia decorativa —c oncluyó Marga, con una calma calculada que apenas ocultaba su desdén.
Marga era cada día más déspota, o eso pensaba la mayoría en el Club Marítimo.
Sabían que sus problemas en Tygone la tenían alterada, así que prefirieron no ahondar en el caso de Ivana y dejar que Rogelio se encargase.
Marga salió enfurecida de la reunión, consciente de que su gestión estaba en entredicho.
Sabía que la directiva optaría por no tomar decisiones radicales, priorizando siempre la puñetera paz, pero estaba segura de que el tiempo jugaría en su favor.
Solo les daba unos días para r eaccionar.
Puerto deportivo de El Masnou, días después. Domingo
Todos los Optimist habían salido al mar, remolcados por dos zódiac tripuladas por sendos monitores.
Hoy a Ivana le tocaba quedarse en la oficina: papeles, sin cursillos.
Había llegado más temp rano que de costumbre, después de dejar a su hijo en el centro de vela.
A Xavi le encantaba navegar. Disfrutaba aprendiendo con sus amigos y adoraba el ambiente entre los cursillistas y los monitores.
Ivana salió de la oficina para hablar con un marinero del club y pedirle que arreglara el caos del hangar número dos.
Era un desorden total: barcos viejos, velas tiradas, cabos sueltos, mástiles y botavaras rotas, obenques deshilachados y un sinfín de material abandonado por antiguos propietarios.
Desde la rampa de salida de los barcos, vio al marinero a lo lejos, acompañado por un niño.
¿Qué demonios hacía ese niño all í?, pensó.
—¡ Jorge! ¿Quién es ese?… Xavier, ¿qué haces aquí? Com és que no estàs a l’aigua? —e xcl amó Ivana.
—I vana, perdone —r espondió Jorge, disculpándos e—. Es que el chaval se ha portado fatal y lo han castigado a limpiar aqu í conmigo.
—¿ Cómo dices? Xavi, què ha passat?
— R es —r espondió el niño, encogiéndose d e hombros.
—A ver, hijo mío, no me vengas con monsergas. ¿Qué has hecho para que no te dejen salir a navegar? Dime —i nsistió Ivana, entre nerviosa y cabreada.
—N ada, de verdad, mamá. El monitor dice que deje de fastidiar al gordito del grupo, que le hago bullying constantemente. Pero yo solo hago cachondeo como los demás, pero tanto como eso de bullying , la verdad.
—¿ Qué mo nitor era?
—J osep María —r espo ndió Xavi.
—J orge, ¿está preparada la zódiac n.º 6? —p regu ntó Ivana.
—S í, señ ora Ivana.
—V enga, Xavi, coge el chaleco. Nos vamo s al agua.
Subieron a la lancha neumática y, sobrepasando la velocidad permitida dentro del puerto, fue en busca de la barca que llevaba Josep Maria.
El mar estaba absolutamente l lano y, al salir de la bocana del puerto, aceleró a fondo.
A menos de media milla estaba el grupo de Optimist y las dos zódiac flotando sin viento.
A toda velocidad, Ivana rodeó ambas zódiac.
Los monitores, sentados en la borda, se irguieron, sorprendidos ante la mirada amenazante de Ivana, quien dejó de dar gas de golpe y maniobró para abarloar junto a la neumática de los monitores.
—J osep Maria, tira el ancla y deja la zódiac fondeada.
Sonia —d ijo, dirigiéndose a la otra monitor a—, te quedas con Xavier.
Josep Maria, sube a mi lancha; vamos a dar una vueltecita.
Sonia, explícales a los chicos lo que es la corriente, en lugar de perder el tiempo tontamente, que para algo cobras. ¿Venga, chaval, su bes o qué?