Capítulo 2. Marga #3
La muerte de Fede la cogió desprevenida.
Él gestionaba la intendencia de sus vidas: casas, patrimonio, acciones, viajes, encuentros familiares y otras cuestiones de menor interés.
Cuando murió, sintió el peso abrumador de esas responsabilidades más que la pérdida de su compañía.
Fede era un amante mediocre, incapaz de satisfacerla, y ella buscaba constantemente alternativas.
Él lo sabía, pero nunca le hizo saber que conocía sus infidelidades, sus juguetes y demás necesidades sexuales.
Llamaron a la puerta mientras Marga escribía en la pizarra de la biblioteca, una sala semiovalada rodeada de libros hasta el techo. En el centro, una gran mesa elíptica de madera de iroko dominaba e l espacio.
—S iéntate, querido —d ijo Marga a Ricard, que tendría unos cinco o seis años más que ella.
—¿ Podría tomar un café, por favor?
—P or supuesto. ¿Sonsoles? —a pareció por la puerta la criad a—. Un café para el señor.
—S í, señora, e n seguida.
La asistenta era filipina, de mediana edad, y llevaba bastantes años con Marga, quien, a pesar de ser una persona agria y dura, la trataba sin más adjetivos, ni bien ni mal: le ordenaba las tareas, le pagaba puntualmente y la dejaba vivir en paz.
Sonsoles no fallaba en nada: ni un minuto tarde ni un té demasiado caliente ni frío, a cuarenta y dos grados, como a Marga l e gustaba.
—T ú dirás, Marga —d ijo e l abogado.
—T engo un problema y hay que solventarlo urgentemente, ya sea por las buenas o las malas. Ya conoces mi estilo: no voy a permitir que nadie m e aplaste.
—¿ Quién?
—E l inglés va a por mí. Quiere cerrar todas las oficinas en España. Hay que ponerse manos a la obra.
—S e veía venir. Estos británicos son grandes financieros, pero poco tra bajadores.
—A quí les hemos limpiado los excrementos durante años y, ahor a, ya ves.
—¿ Cómo te ayudo?
—Q uiero toda la información que puedas conseguir sobre Jenkins y su familia. Usa los contactos que necesites en Inglaterra. Colocaremos toda la roña posible, verdadera o falsa, y la sacaremos a la luz. Pero tiene que se r urgente.
—¿Qué más?
—V an a despedirme y no me van a dar nada. Ni siquiera la s gracias.
—R ecuerda que buena parte de tu patrimonio está pignorado como garantía de las acciones —s eña ló Ricard.
—E so no tiene que afectar en nada, ¿no? Son acciones Tygone Worldwide.
—N o exactamente —d ijo e l abogado.
Marga comenzó a enfurecerse. Ricard le estaba advirtiendo de que podría perder todo el patrimonio dado como garantía cuando aceptó el cargo de directora general del sur de Europa.
Fue una condición sine qua non : debía adquirir un paquete de acciones valorado en más de ocho millones de euros, y ella aceptó pagarlas contra beneficios futuros, garantizándolas con su patrimonio personal.
El poder tenía un precio y, en este caso, era excesivo.
Acostumbrada al éxito desmesurado, Marga había desarrollado una fe inquebrantable en sus capacidades.
Por ello, prestó escasa atención a los riesgos cuando firmó la garantía.
Todo lo que se había ganado con años de esfuerzo, junto con la herencia de sus padres, estaba en peligro.
Solamente le quedaba lo que había evadido fiscalmente y depositado en un banco en Suiza.
Atrapada por la incertidumbre, Marga tuvo un momento de debilidad.
Sus pensamientos se volvieron nebulosos y caóticos.
—M e conoces y soy capaz de todo, pero estos dos golpes me hacen cuestionarlo todo. Tengo ese deseo de abandonar —c onfesó, con una mezcla de rabia y dese speración.
—¿ Abandonar qué? —p reguntó Ricard, p reocupado.
—T odo. Estoy sola, no me q ueda nada.
—M arga, por favor, somos muchos los que te a preciamos.
—Q ué ironía. Lo único que apreciáis de mí es mi dinero. Sin embargo, esa ira que me consume y esas ansias de sangre son lo único que me mantienen viva —c ontestó, con una sonri sa gélida.
—I ncluso conociéndote, consigues que me estremezca —a dmitió Ricard, sorprendido por la intensidad de sus palabras.
—T us halagos, aunque triviales, me ayudan —r espondió ella con frialdad.
Ricard le confirmó que cerrar una empresa por malos resultados suponía una asunción de responsabilidad, y ella era administradora única en esa sociedad. Pero su abogado la calmó dándole esperanzas: llegado el caso, podrían luchar por aquello que ella consideraba que le p ertenecía.
Marga se tornó colérica. Riubrugent intentó serenarla, pero solo lo logró cuando le propuso montar un dispositivo especial para ir a Londres e «higienizar» el problema con todo el equipo de desinfección.
La rabia de Marga disminuyó, pero apareció otro sentimiento: el odio, alimentado por un deseo ferviente de venganza.
Supervisaría cada detalle de la operación en Londres personalmente.
Al mismo tiempo, se prepararía para recibir a los auditores en Barcelona, manteniéndose imperturbable y calculando cuidadosamente su próxima jugada.
La tempestad en su interior se había convertido en la chispa que avivaba su voluntad d e triunfo.
Sabadell. Complejo Central Ègara de los Mossos d’Esquadra . Despacho de Jaume Albertí. 21 horas, día 7 de febrero de 2022
—U n ejemplar interesante que podría ser magnífico, pero me gustaría que me explicases sus crímenes —d ijo Melvin, mientras apoyaba las manos en la mesa co n interés.
—T enemos dos delitos no probados. El fiscal cree que lleva unos cuantos cadáveres a sus espaldas, entre ellos el de su marido, pero yo no lo veo claro. Lo del marido se archivó, se consideró como un accidente —r espondió Albertí, casi encogiéndose d e hombros.
—¿ Y el otro crimen? —p reguntó Melvin, frunciendo el ceño, impaciente por obtener más detalles.