Expediente Serotonina Capítulo 2. Marga #2
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Capítulo 2. Marga #2

—Que espere.

Pero la secretaria, obedeciendo órdenes despóticas y amenazadoras de Jenkins, encendió la pantalla que estaba colgada en la pared del fondo de la sala de reuniones. Diez segundos después, Jenkins apareció en un primer p lano , aullando.

—M arga, ¿qué es lo que no entiendes cuando digo urgente? —d ijo en inglés Wildford, con un tono cargado de furia.

—M i reunión interna es muy importante y estábamos a punto de acabar —r espondió Marga, manteniendo la c ompostura.

—M e importa una mierda. Largaos todos de la sala, todos menos tú, Marga. ¡¡Ya!! —g ritó Wildford Jenkins, con su rostro enrojecido que llenaba la pantalla.

Todos los empleados de la oficina de Barcelona salieron de la sala de juntas tras un gesto de ella con los ojos y la cabeza.

Marga pensó en ese momento que quizá no era tan invencible como otros creían, pero debía aparentarlo y prefería no cavilar demasiado sobre sí misma, porque no sabía adónde podría conducirla el exceso de autor reflexión.

Se acomodó en el sillón presidencial, erguida, con una expresión y mirada soberbias.

Jenkins se acercó a la cámara, provocando una distorsión de su rostro, y comenzó, con un tono mucho más tranquilo, a explicarle a Marga que el Consejo, que él presidía, había decidido llevar a cabo una auditoría de gestión de la oficina de Barcelona.

En los próximos días, un equipo de Londres aterrizaría en Les Corts para realizar una investigación al respecto.

Marga preguntó si las razones eran exclusivamente la bajada de ventas.

—L a bajada de ventas es impresionante, pero más alarmante es la cantidad de demandas laborales que hemos tenido en el último mes —dijo él.

—S i bajan las ventas es porque no habéis sido capaces, en la Central, de reaccionar, a pesar de mis advertencias. La única solución era reducir costes, y estaba s avisado.

—N o.

—¿ No? ¿Te asusta que hayamos despedido a veintiocho personas, pero que en seis meses hayamos llegado al mismo nivel de beneficios? —r eplicó ella, d esafiante.

—M edio año, Marga, eso es una eternidad para los accionistas. Pero no voy a seguir discutiendo contigo. Maxwell y sus muchachos llegarán la semana que viene. Espero máxima colaboración. Hablaremos cuando hayan regresado a Gra n Bretaña.

—¿ Y qué esperáis encontrar? ¿Pruebas para d espedirme?

—S eguramente vamos a cerrar la oficina. Europa del sur ya no parece ser interesante para la compañía.

—V aya sandeces. Nunca se habló de eso en el comité de dirección —d ijo Marga, totalmente sorprendida, empezando a alterarse.

—M arga, basta. Yo no de cido solo.

Marga siguió peleando por orgullo y porque siempre había triunfado en todos los trabajos.

Era su primer gran tropiezo laboral y se preguntaba si debería haber actuado de otra forma para evitar ese naufragio.

Mientras pensaba, Jenkins desapareció de la pantalla.

Ella se quedó inmóvil en su silla. Cogió un lápiz y lo empezó a destrozar, amartillando la mesa de pino natural, rallándola toda.

La rabia la inundó, una furia que no pudo frenar.

Empezó a dar golpes de pies a todas las sillas y lámparas, usando su precisa técnica de ninjutsu.

El estridente sonido alertó a los compañeros de oficina, que entraron rápidamente en la sala de juntas.

Marga ya no estaba allí. Había bajado hasta el parking por su ascensor privado, cogió su coche y llamó por teléfono.

—E rnest, esta noche me recoges a las nueve por casa, ¿d e acuerdo?

—E s que hoy… bueno, a ver cómo me lo monto… al lí estaré.

Ernest era un hombre casado, exnovio de Marga, que se lo trajinaba cuando a ella le apetecía o cuando necesitaba un desahogo que su barco no le proporcionaba.

Él siempre había estado enamorado de ella, a pesar de los malos tratos y vejaciones que recibía.

Era un pobre hombre, dominado por su mujer, pero más aún por Marga.

Ernest llamó puntualmente al timbre de la vivienda de Marga, una torre en la calle Planella de Barcelona.

Ella salió vestida con minifalda y medias negras, una blusa estampada y una chaqueta a juego con el resto.

Las botas de caña alta le conferían un aspecto absolutamente sexi.

Era una mujer muy elegante, pero con un aire que dejaba claro que tenía poc os amigos.

Fueron a cenar al restaurante preferido de ella en el Eixample.

Almejas con alcachofas para ella, garbanzos con espardeñas y huevo frito para él.

Le siguieron dos rodaballos salvajes acompañados de cebollitas caramelizadas, todo regado con un Borgoña de 2009.

Sorbete de mora y mango, cafés y dos copas de whisky de malta.

Los dos, a pesar del estado de absoluto cabreo de Marga, rieron mucho.

Ernest era un gran conversador y amante; en la cama era perfecto, o eso creía ella.

Casi doscientos euros de cena que habían relajado un poco a Marga, pero faltaba lo mejor y más necesario.

Medio bebidos fueron a un club que Marga hacía tiempo quería probar; él no sabía ni de qué le hablaba: un swingers club .

Cuando entraron allí, contemplaron una enorme pisc ina cubierta, llena de gente desnuda bañándose, barras de bar por todos lados, llenas de cuerpos bellísimos, de gente básicamente joven, y ellos, pasados los cincuenta, no daban la nota porque Marga estaba estupenda y él era carne de gimnasio. Sonaba Digging Y our Scene .

—¿ Es un club de intercambio d e parejas?

—M ira qué rubia, deberá tener treinta y dos o treinta y tres años.

—¡¡ Marga, p or favor!!

—C all a y vamos.

Se dirigieron a la barra donde estaba la rubia escultural, a la que acompañaba un morenazo de ojos verdes que quitaba el hipo.

Marga fue directa hacia él, pidió un whisky y, mientras empezaba a darle conversación, el moreno la empezó a besuquear.

Ernest no sabía qué hacer, pero miró a la rubia, que estaba completamente desnuda, y no dejó pasar la ocasión.

Ambas parejas intercambiadas fueron al privé y allí Ernest descubrió que estaba con una prostituta que le pidió cuatrocientos euros justo antes del acto final.

Él no racaneó, a pesar de que no le gustaba nada la prostitución; tampoco quería problemas y, sí, la chica lo merecía, y tenía que reconocer que mal no se lo había pasado, aunque él hubiera preferido estar con su Marga, la inalcanzable Margarita Vilanova.

Ella utilizó al cachas durante una hora, como si se hubiese montado en una montaña rusa de las fuertes, y allí lo dejó, mal plantado, y también a Ernest en la habitación contigua. Ya estaba satisfecha y quería estar sola, objetivo alcanzado: una buena cena y sexo bastante «salvaje».

Ernest la buscó por todo el local, la llamó, pero ella ya tenía el móvil apagado. La supuesta cena de empresa había acabado fatal; cogió su coche y llegó a casa. Su mujer se despertó cuando Ernest se metió e n la cama.

—¿ Qué tal, cariño? ¿Cómo ha ido la cena con los alemanes?

—B ien, ha ido bien.

Ella olía algo especial en él y, sorprendentemente, le entró un ataque libidinoso que él no supo corresponder; su mente estaba obnubilada con Marga.

Le había dejado tirado en un club de supuestos intercambios, pero que realmente era un prostíbulo camuflado, y su mujer, que apenas le hacía caso sexualmente hablando, ese día, a las tres de la madrugada, se le tiró encima, atraída por el olor a perfume de una prosti tuta cara.

Marga llegó a casa, se bebió dos vasos de agua, como de costumbre cuando tomaba alcohol en exceso, y se introdujo en su jacuzzi de espuma.

No podía dormir; los pensamientos retorcidos eran inevitables.

Su mente planeaba una venganza contra Jenkins, y eso la mantenía con fuerzas para no tirarlo todo por la borda.

Le encantaba hacer daño a los demás, pero en el fondo estaba sola.

Años atrás, hubiera querido hijos, una familia…

seguramente con Fede, pero este la traicionó, la manipuló hasta que dejó de compadecerse y pasó a la acción, olvidando la sensibilidad de los demás.

Si era necesario hacer daño, lo hacía sin clemencia.

Se quedó dormida hasta que Sonsoles, la chica de servicio, la despertó a las ocho de la mañana.

—N o me molestes, necesito dormir —l e ordenó, volviendo a su cama hasta las once.

Mientras reflexionaba, un pensamiento la atormentaba: ¿qué se había pensado el desgraciado de Jenkins?

Va a enviar su patrulla inquisidora como simple coartada para cerrar la oficina, ¿echar a todos a la calle?

, ¿incluida a mí? Por el estilo de la empresa, dudaba que ofrecieran condiciones dignas de despido.

Tygone había pactado con el Gobierno español hacía dos décadas, comprometiéndose a invertir en instalaciones por todo el territorio estatal, con la condición de aplicar la legislación laboral británica.

El Gobierno, seducido por la promesa de empleo, claudicó sin r esistirse.

Marga tenía claro que Jenkins sería despiadado.

Practicaría el despido libre, como ella había aplicado a los veinticinco trabajadores despedidos en los últimos meses.

Aunque, a diferencia de Jenkins, ella les ofreció una indemnización mínima: cinco días por año trabajado.

Jenkins nunca perdió la ocasión de recri minárselo.

No perdió tiempo. Llamó a su abogado de confianza, Ricard Riubrugent, rogándole que fuera a su casa esa misma tarde.

Mientras esperaba, tomó un segundo té verde, preparado por Sonsoles.

Vivía en una casa privilegiada en Barcelona, una construcción a cuatro vientos con quinientos metros cuadrados de jardín y pisc ina.

Vivía sola desde que su difunto esposo, Fede, falleció en un accidente de coche cinco a ños atrás.