Capítulo 2. Marga
Completó una trasluchada perfecta. Iba sola, sí, y su barco respondía con precisión a cada maniobra, como si fuera parte de ella.
Le tenía respeto al Mediterráneo, mar que conocía sobradamente y, para su suerte, nunca tuvo ningún percance grave que evitara practicar ese deporte con mucha asiduidad, siempre que el trabajo, su otra pasión, se lo permitiese.
El sol encima del hotel Vela, desde su ubicación referenciada entre las torres de Santa Adrià y el faro del puerto, le reveló que era la hora de regresar.
Tenía una reunión programada a las cinco con el personal; las dificultades financieras parecían desvanecerse, pero aún necesitaban un último empujón.
Arrió la vela mayor, enrolló el génova rápidamente y puso en marcha su motor.
La distancia hasta la entrada al puerto era de menos de doscientos metros.
A su popa, el dos mástiles de Fran todavía estaba planeando; él iba casi siempre acompañado de sus dos marineros asalariados a jornada completa.
A este capitán de pacotilla no le espera ninguna reunión, quizás el entrenador personal o el partido de pádel de las seis —s usurraba ella, mientras el viento se llevaba sus palabra s—.
Ojalá se le rompa el timón ahora y se empotre contra las rocas —g ritó locamente Marga, sabiendo que sus soflamas no habrían sido e scuchadas.
Con esa fuerza del viento, normalmente solo salían al mar los más habituados, algún tablero de todo tipo y una decena de kitesurfs.
El Masnou era un municipio, originariamente pesquero y comerciante, de no más de veinticinco mil habitantes permanentes y otros tantos miles los fines de semana y períodos vacacionales.
La proximidad con Barcelona, menos de treinta kilómetros, había provocado que durante el siglo XX fuera un destino vacacional de segundas residencias.
En la actualidad, los servicios y alguna pequeña industria predominaban como generadores de la mayor parte de l a riqueza.
En el amarre de Marga, un marinero del puerto estaba preparando los cabos para atracar.
Casi siempre era el mismo, un hombre que adoraba las propinas de Marga y, también, sus curvas.
Ella tenía cincuenta y dos años muy bien llevados; a pesar de lo absorbente y estresante que era su cargo en la empresa farmacéutica, tanto el mar, su cuidada alimentación, la viudedad como la práctica del ninjutsu la habían beneficiado considerablemente.
Era alta, rubia teñida, con un color bastante aproximado al original de su juventud.
Su cara más bien redonda, de difícil sonrisa, con nariz pequeña, angulosa, ojos claros muy rasgados, casi orientales y un cuerpo musculado, le conferían un aspecto atractivo, pero que en cierto sentido podía intimidar.
Su mirada, cruel y despótica en ocasiones, alejaba a m ás de uno.
Para ciertos hombres, ella suponía un reto.
Sabían que había enviudado hacía un tiempo y no se le conocía pareja estable.
Marga vivía en Barcelona y, a El Masnou, donde había trabajado en otra compañía farmacéutica, iba a sacar a pasear su barco y a las reuniones de la Junta Directiva del Club Marítimo, de la que era vicep residenta.
Su carrera profesional fue meteórica en sus inicios.
Tras estudiar Químicas en Sarrià, trabajó en Umbert Chemicals, fabricante de productos químicos para la salud, con un contrato que fue mejorado año tras año hasta ser realmente sustancioso.
De allí se marchó, tras varios problemas internos, hasta su empresa actual, una filial de una compañía de Gra n Bretaña.
Desde el puerto, Marga vio los dos mástiles del barco de Fran ya atracados en el pantalán de enfrente.
Le dio una buena propina al marinero, pidiéndole que recogiera bien todo y que le guardase las llaves hasta el próximo día.
Se despidió con una palmada cariñosa en la espalda, un gesto que, para un hombre de sesenta y largos, más bien bajo y delgado, seguramente le provocaría soñar con «ese pedazo de mujer», como él solía decir, durante va rios días.
Fran, resignado, observó cómo Marga arrancaba su coche y abandonaba a toda velocidad el puerto.
—E l próximo día metéis más trapo —l es dijo Fran a sus marineros, con cierto fastidio.
La aut opist a estaba despejada. En media hora, Marga llegó al barrio de Les Corts, donde tenía su oficina.
Entró como siempre, prácticamente sin saludar, se metió en su despacho y se tomó una ducha rápida.
Tenía una estancia con vistas al Tibidabo, equipada con cocina, baño completo, una sala de reuniones, un office y un vestidor abarrotado de ropa de trabajo, casual y deportiva.
Faltaban diez minutos para la reunión. Mientras se acababa de maquillar, llamó a su secretaria, pidiéndole que les dijera a todos los convocados que entrasen en la sala de reuniones.
Marga, directora general de Tygone para el sur de Europa, reportaba directamente a Londres.
Siempre le gustaba aparecer en escena cuando todo el mundo ya estaba preparado. Odiab a esperar.
Estaba radiante. El sol del día había dejado un brillo en su piel y, vestida con un traje chaqueta entallado, sin una sola arruga, entró en la sala de reuniones como si Marlene Dietrich hubiera aparecido en el escenario de El ángel azul .
Quince directores de área estaban bajo su mando.
Ninguno apenas tomaba decisiones. La mayoría vivía atemorizada, no solo por cometer errores, sino por no alinear sus pensamientos con los de Marga: lo que ella había pensado, pensaba o pensaría.
Todo, absolutamente todo lo que superaba cuatrocientos euros era consultado con ella.
Y, aunque solía tildarlos de cobardes, Marga era quie n decidía.
Entre sus cincuenta colaboradores, las risas a sus gracias eran forzadas.
Si alguien se atrevía a discutirle algo, probablemente no duraría más de dos semanas en la compañía.
Desde Londres estaban fascinados con los resultados obtenidos en el último ejercicio fiscal.
Les importaba poco cómo tratase a sus empleados.
Lo esencial era la última línea de la cuenta de r esultados.
La corporación carecía casi completamente de valores éticos.
Muchísimos consultores de recursos hu manos y varios jefes del departamento de personal habían dimitido repetidamente.
Si Marga era temida, el CEO, Wildford Jenkins, era aún peor: un killer sin compasión.
En sus diez años al mando, los beneficios de la empresa se habían incrementado un 500 %, pero ninguno de los trabajadores originales permanecía en la compañía.
En aquellos días, no todo era gloria para Marga.
En el ejercicio de 2019, las ventas habían caído un 40 % respecto al año anterior en los países del sur de Europa, bajo su liderazgo.
El motivo principal era la irrupción de dos competidores que acapararon el mercado de medicamentos genéricos con contratos que Tygone no pudo retener.
Marga sabía que no era exclusivamente culpa suya: Jenkins había prohibido bajar de cierto umbral de margen, provocando ese enorme bache.
Y luego llegó la pandemia, que agudizó aún más la crisis.
—D ime, Santi, ¿has solucionado lo que te pedí ayer? ¿Hay posibilidad de recuperar el contrato con la Federación Farmacéutica de Extremadura? —p reguntó Marga, con un tono que no admitía ind ecisiones.
—P ues realmente no tengo todavía una respuesta en firme de ellos. Estoy esperando a que me digan —c ontestó Santi, con un lev e titubeo.
—¿Esperando a qué? —insistió Marga, con su tono cortante.
—A que contesten —r espondió Santi, intentando mantener la calma.
—A ver, si vosotros fuerais directores generales de esta compañía, ¿qué le diríais a Santi en este momento?
Y ahora no quiero gente cobarde. Si tenéis miedo a contestar o sois temerosos de vuestra sinceridad, dejadla a un lado.
Esta es una empresa participativa, y deberíais aprender a tomar decisiones.
¿Qué hago? —p reguntó, mirando a todos con una expresión que helab a la sala.
Nadie contestó lo que ella esperaba; nadie tuvo valor para decirle a Santi que era un inútil, que su corta carrera de menos de un año en Tygone había estado plagada de inacciones, que había llegado su hora, que ya era historia en Tygone.
Y así fue. Marga lo despedazó en pocos segundos, sin apenas inmutarse, como de costumbre, pues nunca había demostrado tener sentimientos: ni dolor, ni pena, ni lástima ni amor por los demás.
—P rimero de todo, este año los bonus os los vais a pintar al óleo, por cobardes.
En segundo lugar, Santi, cuando salgas por la puerta de la oficina, te darás cuenta de que ya no volverás.
Deberás encontrar un futuro bien diferente.
Con suerte, llegarás a ser cajero en el fast food de la esquina.
Tus constantes errores no han sido para aprender, sino para menospreciar y mortificar a tus compañeros.
Pide perdón y márchate ya. No quiero volve r a verte.
Santi, de veintiséis años, licenciado en Químicas y con un MBA, se levantó enfurecido.
Cuando iba a abrir la boca, el colega a su lado le dio una patada en la espinilla, obligándolo a callar.
Con ese gesto, le hizo comprender de forma instantánea que Marga era muy, muy peligrosa.
Enfrentarse a ella quizá le hubiera proporcionado un instante de placer, pero una eternidad de sufrimiento.
Santi se puso la chaqueta, se apretó fuerte la corbata y, dirigiéndose a todos, tras tragar saliva, pidió perdón.
Se mordió la parte trasera de la lengua tan fuerte que notó el sabor de su sangre en la garganta.
Se marchó llorando, sin que el resto le dedicara apenas una mirada de ternura o simplemente de adiós.
Justo en ese momento, entró la secretaria en la sala de juntas, anunciando a Marga que tenía una videoconferencia urgente y no programada con Wildford Jenkins. Marga, sin inmutarse, le respondió: