Expediente Serotonina Capítulo 1. Melvin #2
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Capítulo 1. Melvin #2

Melvin, canadiense de nacimiento, alto y delgado hasta casi parecer escuálido, tenía una cara redonda y una nariz algo gruesa y larga.

Sus ojos azul turquesa y labios muy finos le daban un aire peculiar.

Aunque su cuerpo no era atlético y sus hombros eran estrechos, su altura y su vestimenta siempre distinguida le proporcionaban una presencia señorial.

Recogió sus papeles, su ordenador y se marchó con el rector de la Universidad, no sin antes despedirse de algunos de los trescientos asistentes, entre ellos alumnos, criminólogos, neurólogos, forenses y, claro, según sus propias estadísticas, algunos p sicópatas.

—M elvin, nos vemos en fiscalía. Tengo que pasar primero por la comisaría —l e dijo Albertí en un tono seco.

—¿ Has disfruta do, Jaume?

—E res un gran showman. A algunos les caes bien; a otros, les das miedo, no creo que nadie te coloque en el punto medio —r eplicó Jaume sin cambiar su expresión.

Melvin asintió sonriendo mientras salía de la Universidad.

Le encantaba esa sensación: el nerviosismo antes de empezar y el alivio pleno al terminar.

A pesar de su seguridad en sí mismo, siempre tenía un pequeño recelo de que algo pudiera ir mal.

Por su parte, Álvaro Constans, el rector de la Universidad, estaba satisfecho: se habían superado las expectativas y el Paraninfo se había quedado pequeño.

Cuando estrechó la mano de Melvin para despedirse, quedaron en que, una vez terminado el libro, buscarían un auditorio de mayor capacidad.

Melvin se despidió, subió al taxi que le esperaba en la puerta y se dirigió directamente a la oficina del fiscal Castillo, ubicada en la Ciutat de la Justicia . El viaje fue corto, no más de quince minutos, acompañados de una ligera conversación con e l taxista.

—¿ Dó nde vamos?

—A la Ciutat de la Justicia —M elvin observó el taxi Mercedes y sonrió al comenta r—: Taxi ejemplar. Limpi o, limpio.

—G racias, señor. Yo a esto lo llamo hacer feliz a l cliente.

—P ues sí. Oiga, esa foto de ahí, ¿de quién es?

—Mi hermano.

—Y a, ¿se llevan bie n ustedes?

—A hora no. Murió.

—L o siento. Y, si no es molestia, ¿cómo fue? ¿Enfermedad? ¿ Accidente?

El taxista frenó de golpe, clavando el ABS y haciendo que Melvin se empotrara con el reposacabezas delantero.

—P ero oiga, ¿qué hace? ¿Quiere matarme? —M elvin elevó el tono, desconcertado por e l frenazo.

—E l taxi es mío y freno cuando me place. Más si alguien me irrita.

—P erdone si le he molestado, con mi acento canadiense intento expresarme lo mejo r posible.

—M ire, señor canadiense preguntón, mi her mano fue asesinado por un loco de mierda. Hablar de eso me crispa, porque todavía no lo han trincado, ¿sabe?, y eso me enfurece enormemente —e l taxista gritaba, su tono variaba entre furia contenida y tensión.

—U sted es un servicio público y esa foto está a la vista de sus clientes. Así que somos libres de opinar y preguntar —r epli có Melvin.

—P ero sin avasallar —e l taxista moderó su tono, arrancando de nuevo el coche.

—S iga. No le diré nada más. Y, por favor, conduzca, que me esperan —c ontestó Melvin, tratando de mantener la calma.

—¿ Qué quiere saber? ¿Lo que pasó? ¿Eso le interesa? Si pillo a ese hijo de puta , lo de scuartizo.

—Y o no lo haría. Lo estudiaría. Soy neurocientífico, algo así como un m édico que…

—… un loquero, vamos —i nterrumpió el taxista, con un dej e irónico.

Melvin rio como siempre que le llamaba loquero. Le había ocurrido tantas veces que ya era casi un apodo más.

La Ciutat de la Justici a de Barcelona era un conjunto de varios edificios relativamente nuevos, donde se ubicaban, entre otros, los juzgados penales de Barcelona.

El fiscal Castillo ocupaba uno de los despachos de la cuarta planta del edificio P, un despacho relativamente amplio, diseñado para albergar reuniones de hasta ocho personas.

Peaks y Albertí se encontraron en el vestíbulo.

Mientras trabajaba imperturbable en varios casos de homicidios múltiples, esperaba la llegada de su visita.

—H ola, Castillo. Él es el Dr. Melvin Peaks, el científico del que le hablé —dijo Jaume.

—U n placer, doc tor Peaks.

—L lámame Melvin —r espondió con una liger a sonrisa.

—Y a mí, Juan.

—¿ Puedo? —p reguntó Melvin mientras movía una silla para sentarse.

—P or favor, sentaos y decidme: ¿exactamente qué necesita s, Melvin?

Melvin sabía por las palabras de un juez de Madrid, con quien mantenía una buena relación, que el fiscal Castillo «disponía» de los criminales más extravagantes de todo el Estado; los que había trabajado con Jaume Albertí eran criminales demasiado comunes.

Así que fue directo: le expuso a Juan que, además de ayudar a los Mossos , necesitaba casos reales de asesinos fuera de lo común, excepcionales por sus actos y mot ivaciones.

—¿ En qué casos colaboráis juntos? —p reguntó el fiscal.

—A hora nos asiste con el de pornografía infantil —r espondió el inspecto r Albertí.

—E so no me sirve para el libro, necesito algo más… extremado , digamos.

—E sto no es Estados Unidos… aunque creo que te podríamos proporcionar algún ejemplar fuera de lo común. ¿Tú qué dic es, Jaume?

—Y a le dije a Melvin que estamos trabajando en muchos casos, pero para él son del montón. Los «elementos» más especiales son secretos.

—¿ Podéis compartirlos? —i nquir ió Melvin.

—P ero a ver una cosa, Malvin… —c omenzó el fiscal.

—Es Melvin.

—C omo podrás entender, no te podemos dar información de casos abiertos y secretos. Es muy peligroso.

—¿ Y queréis darme casos de tíos muertos o que llevan más de dos años en prisión, lobo tomizados?

—E n nuestras cárceles no se lobotomiz a a nadie.

—N o pongas la mano en el fuego.

—P or España sí, en los ochenta se erradicó.

—N o tengo pruebas, pero más de un tarado debe conservar algún electroencefalolóbulo —i nsistía Melvin con v ehemencia.

—N o sigas por ahí. Somos un Estado de derecho consumado. Vamos a ver cómo podemos ayudarte, pero danos algo de tiempo.

—N o tengo demasiado.

—P ues esto es una Administración pública, y ya sabes el dicho: las cosas d e palacio…

—U n dicho que en mi país es in existente.

—N o entiendo tu actitud. Vienes invitado y estás rozando la mala educación. Aquí mando yo —s entenció el fiscal.

El ambiente se enrareció. Melvin necesitaba avanzar y no veía agilidad. Salió del despacho cerrando la puerta con fuerza, lo suficiente para hace rse notar.

En el despacho de Castillo:

—¿ Pero a ese canadiense qu é le pasa?

—E s algo impertinente. Viene aquí a estudiar el comportamiento de nuestros asesinos y, a veces, parece que quiere darnos lecciones. Pero es un buen tipo. Algo incisivo, tajante y excéntrico, aunque reconozco que nos ha solucionado casos espinosos.

—¿ Po r ejemplo?

—K evin de Latorre, ¿ recuerdas?

—¿ El violador de Sitges?

—C on pocas pist as nos dijo que su perfil era el de un demente bipolar, cariñoso, capaz de engatusar a chicas con sus historias para luego violarlas y matarlas.

—¿ Y?

—N os aseguró que estaría en tratamiento o en un manicomio moderno cerca de los crímenes. Allí lo encontramos. Latorre estaba internado, pero se escapaba de vez en cuando.

Jaume Albertí estaba convencido de que Peaks era un tipo muy útil a pesar de su originalidad.

Él era un policía de los de siempre, un servidor incansable, un tipo duro, delgado, fortachón, con la cara huesuda y musculada, con ojos grises, nariz más bien larga, pero torcida por alguna de las incontables peleas con delincuentes comunes.

Tenía el pelo castaño y peinado hacia detrás.

Algunas personas le habían dicho que se parecía a ese actor inglés, Gary Oldman, pero él mismo creía que no se asemejaba en absoluto.

A pesar de ser como era, Jaume necesitaba a Melvin, quien entró de nuevo en el despacho de Castillo.

—T engo alguna neurona que me da problemas. Disculpas —d i jo Melvin.

Castillo miró a Peaks y luego a Albertí, quie n asintió.

—J aume, ¿te parece que Marga es un elemento fuera de lo común?

—S í, y Alexande r también.

—D e momento, empezad con Marga. El moreno ya veremos —d ijo el fiscal.

Peaks y Albertí se marcharon de la fiscalía.

Jaume reflexionaba mientras caminaban: quería manejar ese caso con discreción, aunque reconocía que el canadiense era brillante, pero sus ataques de científico chiflado hacían la relación agotadora.

Ambos caminaron por el parking del edificio P, ubicado en el só tano , hasta llegar al coche d e Albertí.

—M ejor que te pongas a buenas, Albertí. Nos queda compartir muchas horas. Me caes bien, incluso con lo soso que eres —b romeó Peaks mientras ajustaba su chaqueta.

—V ete a la mierda. Ponte el cinturón, vamos a comisaría —r espondió Albertí, directo com o siempre.

—¿ Empezamos ya? —p reguntó Peaks, curioso, mientras abrochaba el cinturón.

—A Marga todavía no la hemos pillado, pero es de los expedientes más alucinantes que he tenido e n mi vida.

—S oy todo oídos —r espondió el canadiense, inclinándose un poco hacia adelante co n interés.

—H ace meses, muchos meses, que estamos detrás de ella, y no conseguimo s pruebas.

—E xplícame —d ijo Melvin, acomodándose en el asiento, listo para escuchar.