Expediente Serotonina Capítulo 1. Melvin
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Expediente Serotonina

Expediente Serotonina

Por Pere Colomer Domenech

© inepub.com

Capítulo 1. Melvin

La conferencia del doctor Melvin Peaks se inició puntualmente ante un buen número de asistentes deseosos de escuchar las teorías del neurocientífico que había hecho famosos a varios asesinos, pero también a él mismo.

Empezó a saborear la popularidad en un late night de la cadena estadounidense NBZ; ese día se anticipó sin avisar al FBI, que lo tenía a sueldo, desenmascarando en directo, con su estilo fuera de lo común y ante millones de telespectadores, a una banda de violadores.

Tras sus averiguaciones y sospechas, aprovechando una entrevista que le hicieron para presentar su último libro, provocó una tremenda confrontación con el presentador, consiguiendo que no cortasen la emisión mientras apretaba las tuercas al locutor, quien no pudo evitar confesar, en directo, sus delitos y los de otros tantos directivos de la productora, una «banda» que estuvo acosando laboralmente primero y después abusando sexualmente de once aterradas mujeres que trabajaban en la cadena de t elevisión.

Esa tarjeta de presentación tenía un doble filo: por una parte, su estilo fresco, directo, tenaz, siendo capaz de escudriñar en lo más profundo de las mentes humanas, intuyendo y haciendo emerger a la superficie a los malvados; y, por otra, la dudosa obediencia a las consignas de la policía le conferían enemigos y, a la vez, simp atizantes.

En el tríptico que anunciaba la conferencia de Barcelona rezaba: «¿Por qué los criminales malvados son malditos?». Ponente: Dr. Melvin Peaks, el neurocientífico que descuartizó a la NBZ.

El inspector jefe de homicidios de los Mossos d’Esquadra , Jaume Albertí, seguía atentamente la conferencia del doctor Peaks.

No tenía otro remedio: el canadiense era colaborador del cuerpo de policía catalán desde hacía algunos meses.

En el área de Barcelona se habían sucedido, en el transcurso del año anterior, un número excepcional de asesinatos sin resolver, y un alto mando del cuerpo de los Mossos había leído acerca de los trabajos de Peaks con el FBI.

Sabiendo que vivía en Madrid, le hizo una propuesta de colaboración con la policía catalana, propuesta que no pudo rechazar porque percibió que el Estado español era la cabeza de Europa en número de crímenes violentos y de suicidios desde hacía algunos años, y trabajar en un país así le motivaba extraordin ariamente.

A Albertí le habían impuesto a ese colaborador.

Lo consideraba un tipo peculiar, algo caricaturesco; a veces, más que aborrecerlo, le cargaban sus clases magistrales y su exceso de profundidad, insustancial para un policía de medio pelo, aunque cuando tenía el día lúcido le encantaba compartir con él una cerveza y tertuliar de estupideces mundanas para reír un rato.

A veces le sacaba de quicio, pero tragaba sapos porque esa capacidad reveladora y su intelecto compensaban muchísimo el resto de peros; un tipo que tanto lo amas como lo odias, pero sobradamente útil, pensaba a menudo Jaume Albertí, y sobre todo cuando era el protagonista y hablaba en público, divertido, sorprendente, tedioso, osado y excesivamente famoso, una contradicció n andante.

—A quí, justo aquí detrás de mí, en febrero de 1941, colgaba un símbolo que representó a los mayores verdugos de la historia de la humanidad. Brutales, despiadados, responsables de innumerables crímenes. ¿Alguien sabe de qué hablo?

La sala de la Universidad de Barcelona enmudeció.

—E n esa fecha, aquí se instaló la Exposición del Libro Alemán, y para adornarla colgaron una enorme esvástica.

Un símbolo que, para muchos, fue motivo de orgullo —P eaks hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en la audienci a—.

Pero, simbolismos aparte, voy a ponerles en un aprieto.

Supongo que, si alguien aquí ha cometido un asesinato, sabrá lo que se siente antes, durante y después de perpetrar el crimen.

Se produjo un murmullo en el paraninfo.

—L es ruego silencio —d ijo Peaks, levantando las manos en un gesto conciliado r—. ¿Qué sentían esos verdugos nazis cuando abrían la espita del gas? —S u tono era pausado, casi hipnótico.

—P lacer —g ritó alguien de la audiencia.

—O no —r espondió Peaks, con una ceja arquead a—.

¿Creen ustedes que criminales como esos son capaces de cometer un homicidio sin sentir absolutamente nada?

¿Sin que les tiemble la voz, las manos , sin que su mente se nuble, sin una sola lágrima, sin que su corazón palpite al doble de su velocid ad normal?

Silencio absoluto e n la sala.

—P ues sí, señores, este mundo está repleto de seres hu manos que no sienten absolutamente nada cuando abren en canal a su víctima, cuando asfixian a sus esposas, maridos o hijos, cuando disparan un tiro en la boca de quien desean ver muerto, o cuando gasean para exterminar a una raza entera en sus campos de concentración.

¡Repleto! En cada barrio hay decenas de ellos, estamos rodeados de maldad —M elvin empezó a subir el tono, su voz resonando como un eco de las broncas de su padre cuando lo sorprendía fumand o—.

¡CRUELDAD, ENVIDIA, ODIO, CELOS, B RUTALIDAD!

Melvin inspiró y expiró varias veces fuertemente, oyéndose por los altavoces del auditorio de una forma exagerada.

Parecía más un vocalista de heavy metal entre canciones que un neurocientífico hablando de trastornos psiquiátricos.

La sala practicó de nuevo el mutismo hasta que alguien empezó a aplaudir y el resto de la audiencia le siguió casi sin sabe r por qué.

—S ilencio, por favor —s eguía gritando Melvi n—. ¿Cuántos de ellos creéis que hay hoy a quí mismo?

Los asistentes estaban divirtiéndose e hicieron caso a Peaks.

De nuevo los espectadores callaron mientras el conferenciante bajaba del escenario hasta el pasillo central de butacas.

Allí, con su característica mirada y gesticulación dramatizada, como un científico excéntrico salido de una película, les hablaba a menos de un palmo de las caras de los allí presentes.

—P ues mínimo un cinco por ciento de todos ustedes tiene alguna psicopatología. Así que, entre nosotros, tenemos a un sociópata. ¿Usted, quizás? —l e preguntó a un hombre de mediana edad, corpulento, sentado en la fila dos.

Sin detenerse, siguió caminando rápidamente hacia su próxima pregunta. Giró sobre sí mismo en el pasillo; su figura desgarbada, pero elegante, captó todas la s miradas.

—¿ O usted, señora? —S e acercó a ella y, en voz baja, pero casi comiéndose el micrófono, le dij o—: ¿Es usted esqui zofrénica?

Siguió «bailando» por el auditorio a sus anchas, enumerando más de quince patologías diferentes e intentando provocar que alguna «víctima» tuviera el valor de enfrent arse a él.

—T u madre lo sabe perfectamente, saboreó su propia sangre cuando la abrí en canal.

—¿ Pero quién puñetas es usted? —g ritó Melvin a una persona del público, mientras lo agarraba por la solapa; aquel tipo se levantó seguidamente, sacando de su bolsillo una pist ola y encañonando la sien del confe renciante.

Un gran griterío de horror se apoderó de la sala.

Todos se pusieron en pie; algunos se tiraron al suelo, otros se escondieron tras sus asientos.

Nadie, absolutamente nadie, corrió a socorrer al doctor.

Pasaron cinco, diez, quince, veinte y veinticinco segundos.

Peaks le aprehendió tranquilamente la pist ola a aquel hombre.

El público, confundido, gritaba, silbaba, daba palmas y alguno lloraba, mientras el propietario de la pist ola reía y se abrazaba con Melvin.

Jaume Albertí, desde su asiento, sufría en silencio.

Aunque en el fondo le atraía esta parte del espect áculo , pensaba que tanto teatro a veces sobraba.

Sin embargo, reconocía que las audiencias salían encantadas, como en la primera, segunda y tercera vez q ue la vio.

Esa escenificación era el inicio del final de su conferencia, a la que le agregaba un toque dramático para poner en pie al público.

Seguidamente, Melvin acabó exponiendo sus últimas averiguaciones acerca de si la maldad era adquirida o heredada, revelando que estaba llevando a cabo una cadena de entrevistas, efectuando pruebas a asesinos y otros psicópatas, gracias a la colaboración con la policía, la fiscalía y el departamento de prisiones de Catalunya.

—¿ Qué tipo de presos está entrevistando? —p reguntó uno de los a sistentes.

—B usco perfiles extremos: asesinos múltiples, los peores que puedan existir. Porque considero que cuanto más radicales sean los síntomas de la maldad, las deducciones emergerán mucho antes —r espondió Melvin, con un tono ahora más pausado, como si invitara a re flexionar.

—¿ Cómo busca las pruebas? —i nquirió otra persona desde la audiencia.

—D e forma parecida a como lo hicieron los neurocientíficos Gerard Roth y Kent Kiehl con casos de homicidas.

Realizaban resonancias magnéticas de los cerebros de criminales y hallaron algunas pruebas.

Pero yo estoy profundizando con lo que llamo tortura neuronal.

Planteo a mis investigados una batería de preguntas a presión con una metodología propia.

Cuando lean mi nuevo libro la podrán descubrir.

Y les digo, sin ánimo de espect áculo barato, que en un futuro no muy le jano encontraremos las razones definitivas del origen de la maldad.

Estoy seguro de ello —a firmó con un aire de orgullo que llen ó la sala.