CAPITULO 21
En los días posteriores, el eco de las palabras de su padre aún resonaba en su cabeza como un tañido lúgubre.
Necesitaba acción, un acto tangible de reafirmación.
Así que se dedicó a buscar un nuevo refugio, un santuario que fuera solo suyo, como lo fue su loft antes de que la sombra del secreto de los Lockhart lo alterara todo.
Vera visitó varias casas, pisos y otro loft. Recorrió las estancias con su habitual mirada clínica, pero su mente estaba obstruida, lastrada por el peso del secreto hereditario. Nada lograba resonar en su frecuencia. Los espacios no susurraban hogar; eran, sencillamente, estructuras vacías.
Con su búsqueda en punto muerto, entró en una vieja cafetería. El olor a café amargo y mantequilla era un bálsamo de normalidad. Pidió un espresso y un par de shortbread , saboreándolos con lentitud, dejando que la precisión del dulce contrarrestara la amargura de sus pensamientos.
Al alzar la vista, al otro lado de la calle, un edificio georgiano de piedra antigua captó su atención. Y, en el primer piso, un amplio ventanal devolvió un haz de sol justo en ese instante, lanzándole un destello cegador y preciso. Un guiño deliberado de la arquitectura.
Parpadeó, apartando la mirada del resplandor. Cruzó la calle con paso firme y se dirigió hacia la fachada, donde colgaba un discreto cartel :” Se vende”.
Por una fortuna que rozaba lo improbable, la agente de la inmobiliaria estaba en ese mismo momento dentro, mostrando el piso a la que sería la última visita de la mañana. -“Suba ahora, si quiere”-, le dijo la voz al otro lado del interfono.
La agente la esperaba frente a la puerta del primer piso.
Era una mujer que rondaba la sesentena, poseedora de esa elegancia atemporal que solo se adquiere en los círculos adecuados; vestía un traje de lana con una caída perfecta y exhibía unos modales cuya cortesía, aunque impecable, dejaba claro que ella también sabía distinguir un buen linaje de un simple comprador.
Al traspasar la puerta Vera lo supo de inmediato.
El piso era exactamente lo que no sabía que estaba buscando.
Un espacio amplio y luminoso, de techos altos y ventanales generosos que inundaban las estancias de una luz clara y norteña.
Amplias y silenciosas habitaciones. Pero fue el patio interior -un remanso de paz cerrado y privado con un pequeño jardín de hierbas silvestres - lo que le robó el aliento.
La paz era palpable, un silencio urbano pero aislado.
Y luego estaba el baño principal… una fantasía hedonista que hizo que su imaginación volara: una bañera exenta frente a una ventana baja hacia el patio, espacio para velas, estanterías para sales y aceites. Su santuario de relax absoluto.
No necesitaba más. El piso le había guiñado un ojo, y ella había entendido el mensaje.
Aquí, entre la luz y el patio secreto, lejos del peso de los Lockhart y en un territorio aún no compartido con Lucian, podría reconstruir su fortaleza.
Y, quizás, desde este nuevo núcleo de calma, desentrañar el secreto que su padre estaba tan desesperado por mantener enterrado.
Con la compra y posterior mudanza, Vera y Lucian llevaban más de tres semanas sin verse.
No hubo reproches ni el drama innecesario de la dependencia; ella se había consagrado por completo a la creación de su soberanía.
Necesitaba que aquel espacio adoptara su frecuencia, transformándolo en un refugio a su imagen y semejanza, donde el orden fuera un manifiesto de su voluntad.
Vera se sentía segura junto a Lucian, cómoda en la intimidad que habían construido, pero había aprendido muy pronto a no depender de nadie.
Nunca sintió la casa de su infancia como un hogar, y esa carencia había sembrado en ella una necesidad casi visceral: la de poseer un lugar propio donde sentirse a salvo.
Por eso, hasta que no estuvo todo en su sitio -cada objeto elegido, cada silencio domesticado- no se permitió abrir la puerta a nadie más.
Cuando por fin terminó, lo invitó el primer fin de semana.
Cocinó un asado de cerdo con patatas y boletus que llenó la estancia de un aroma cálido y reconfortante.
Más tarde, ya con la noche asentada, se acomodaron en el sofá de piel, una copa de vino en la mano, mientras el jazz más sensual flotaba en el aire como un susurro.
Lucian la observó durante un largo instante antes de hablar.
-Nunca he conocido a nadie con una esencia como la tuya-dijo él, su voz un rumor grave que navegaba sobre la música-. Eres independiente hasta la extenuación y, sin embargo, conservas una vulnerabilidad que no resta un ápice de tu sofisticación. Es un equilibrio extraordinario.
Vera comprendió que no era una lisonja gratuita; había una advertencia en sus palabras. Él hizo una pausa, consciente de que se adentraba en un territorio minado.
-Sé que custodias algo. Un secreto, un peso que no te pertenece del todo.
No voy a exigirte que me abras esa puerta; solo quiero que sepas que habito este mismo espacio.
No para resolverlo, ni para invadir tu perímetro.
Solo para estar. Para que, si alguna vez necesitas soltar la carga, aunque sea un segundo, no tengas que hacerlo en el vacío.
Vera supo que había sido sincero y que hablaba desde el corazón, así que se limitó a alzar su copa de vino en silencioso agradecimiento y a rozarle suavemente el tobillo con su pie desnudo.
Dorian, ajeno a cualquier solemnidad, parecía encantado con su nuevo territorio. Recorría las estancias con calma, rozándose contra los muebles y las puertas, apropiándose del espacio con la naturalidad de quien ya se sabe en casa.
Una vez concluida la mudanza y acortadas, por fin, las distancias físicas y emocionales con Lucian, Vera volvió a sumergirse en Eximere.
Sentía la urgencia de llegar al fondo del secreto de los Lockhart, de confirmar -o desterrar para siempre-la sospecha de que alguien de su linaje, quizá el propio Edmund, hubiera estado implicado en los crímenes que ensombrecieron el Londres de 1888.
Las páginas avanzaban y la voz de la narradora retomaba el hilo tras el hallazgo del cadáver. Contaba cómo, después de aquella noche, regresó a Edimburgo con el pulso aún tembloroso y la mente atrapada en una sola pregunta que se repetía sin descanso.
“¿Es posible? ¿Es solo una coincidencia monstruosa? La misma mujer que vi con Edmund, viva y respirando su miseria... horas después, muerta en un callejón. ¿Puede el mundo ser tan cruelmente irónico, o hay un hilo que los une, un hilo que sostiene un cuchillo?
Edmund regresó dos días después, impecable, educado, inescrutable. No había rastro en él de la turbiedad de Whitechapel, solo la cortesía habitual.
Luego, llegó la noticia. No fue un rumor, sino tinta impresa en la primera plana del periódico que Edmund leía con desinterés junto al desayuno. El titular gritaba sobre un crimen atroz en Whitechapel. Una prostituta, mutilada de una manera que las palabras describían con morboso detalle.
"Mutilada... destripada..." Las palabras danzaban ante mis ojos, negras y afiladas. No eran eufemismos. Eran descripciones de carnicería. Yo solo vi la sangre en su cuello, en la oscuridad. No vi... no vi el resto. Dios mío, ¿qué le hicieron?
La náusea me subió por la garganta de golpe, ácida e imparable. No hubo tiempo. Arrojé el periódico como si me quemara y salí corriendo, atravesando la casa como un fantasma, hasta la parte trasera del jardín.
El aire fresco me golpeó la cara, pero ya era demasiado tarde.
Me doblé sobre la tierra, junto a los rosales que apenas empezaban a brotar, y lo solté todo.
El té, las tostadas, el miedo, la repugnancia.
Cada espasmo era un intento de expulsar las palabras que acababa de leer: mutilada, destripada, ocasional. ”
Vera sintió que la náusea del relato se filtraba a través del papel, como si la ponzoña de aquel secreto hubiera conservado su toxicidad a través de las décadas.
Cerró el volumen con una lentitud impecable y apoyó la palma de la mano sobre la tapa, sintiendo el frío del cuero contra su piel mientras intentaba restablecer su propio orden interno.
¿Era aquel el origen del pavor de su padre?
¿Temía Alistair que el apellido, tan meticulosamente blindado, terminara por sucumbir al peso de un horror que llevaba más de un siglo aguardando en la sombra?
Pero algo no encajaba en aquel sistema. Si el perpetrador no había sido uno de los suyos, ¿por qué aquel silencio era administrado como una herencia envenenada? ¿Por qué la verdad se transmitía únicamente de padres a hijos… y solo cuando la línea sucesoria estaba asegurada?
Aquello no era un simple intento de salvaguardar un apellido; era un mecanismo de control, de supervivencia biológica. La verdad no era peligrosa por lo que revelaba del pasado, sino por su potencial para replicarse en el futuro.
Tal vez el verdadero pavor no residía en quién había ejecutado el crimen.
Tal vez el miedo era quién tenía la capacidad de volver a ejecutarlo.