Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1) CAPITULO 20
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CAPITULO 20

Con la partida de Lucian a Londres y el manuscrito de su propia novela entregado, Vera se sumergió en Eximere con una devoción casi monástica.

Ya no leía; investigaba. Cada palabra era una pista, cada confesión de dolor, un motivo.

Necesitaba entender la naturaleza exacta de la bomba que tenía entre las manos, la que justificaba que su padre hubiera cruzado la línea más sagrada.

“Regresé al antro donde Edmund se había reunido con ella.

Estaba a oscuras, cerrado. Las calles de la ciudad se enroscaban ante mí y una rabia sin salida me empujaba a vagar sin destino.

El cansancio me arrastraba, pero algo más profundo y sombrío me mantenía en pie.

Era de madrugada. No había dormido, pero el verano me ofrecía su tibieza; el aire era un cómplice mudo.

Al doblar una esquina, junto a un corral abandonado, la vi. Una mujer yacía boca abajo, inmóvil. Creí que se había desvanecido. Me acerqué. La toqué. La llamé dos veces. No hubo respuesta.

Le volví la cabeza.

La sangre manaba de su cuello.

Me incliné un poco más y la reconocí. Era ella. La misma que había estado con Edmund apenas unas horas antes. De pronto, el mundo perdió todo sonido. No grité. Solo huí.

Corrí con las manos aún manchadas con su sangre, sin atreverme a mirar atrás, el corazón desbocado. Un silencio espeso me persiguió, más tenaz que cualquier sombra”.

Vera cerró el libro con un movimiento pausado.

Aquello ya no era una sospecha: aquellas páginas no solo custodiaban un lamento, sino un origen.

Alguien de su propia sangre había tenido motivos de sobra para temer que ese pasado volviera a respirar.

De pronto, el peso del volumen en sus manos se volvió insoportable; ya no sostenía un libro, sino la prueba de que su historia familiar se había cimentado sobre un abismo.

Vera empaquetaba su existencia con una exactitud milimétrica y gélida.

Cada volumen, cada candelabro de hierro y cada pieza de porcelana eran envueltos en papel de seda no por afecto, sino como parte de un inventario que debía ser preservado.

El loft ya no era su fortaleza; el rastro de la intrusión permanecía en el aire como una distorsión en la frecuencia del lugar.

No se marchaba por temor a una nueva violación de su espacio, sino por una cuestión de higiene mental: una vez que la geometría del silencio había sido alterada, el lugar perdía su propósito.

Para Vera, un santuario que ha sido diseccionado por ojos extraños deja de ser un refugio para convertirse, simplemente, en una estructura vacía.

La música de Satie flotaba en el aire, un contrapunto melancólico al ritual de la partida.

No llevaba las cajas directamente a la casa de Lucian; las apilaba en orden, destinadas a un guardamuebles.

Necesitaba un nuevo refugio, una nueva fortaleza que solo ella diseñara y consagrara.

La casa compartida era un puerto, no la tierra firme que anhelaba.

Fue entonces cuando el intercomunicador rompió la cadencia de su despedida. La voz al otro lado era grave, inconfundible: su padre.

Vera no se inmutó. Pulsó el botón para abrir la puerta de la calle, pero no la de su loft. Cuando los pasos firmes resonaron en el rellano, abrió solo lo necesario, su cuerpo bloqueando la entrada, impidiendo cualquier vista del interior desmantelado.

-Padre -lo saludó, su voz era un muro de hielo pulido.

Alistair, impecable en su abrigo de tweed, intentó mirar más allá de su hombro. -¿No me vas a dejar pasar, Vera? Necesitamos hablar.

-Es un mal momento -replicó ella, sin ceder un centímetro-. Estoy haciendo obras. Hay operarios trabajando en los forjados y el entorno es impracticable. No es el escenario adecuado para una conversación tranquila en estos momentos.

Su padre sostuvo el envite, evaluando la resistencia del argumento. Vera no concedió un ápice de su perímetro. Finalmente, Alistair optó por una retirada táctica, aunque su tono no perdió la autoridad que le caracterizaba.

-Entonces, mañana. A la una, en The Witchery . -No fue una invitación, sino la notificación de un acta-. Es un asunto de importante, Vera. Esto ya no admite más demora.

Ella asintió, un movimiento leve de la cabeza que no significaba aquiescencia, solo reconocimiento.

-A la una -repitió, sin compromiso en el tono.

Alistair la miró un instante más, como si buscara una grieta en su fachada, pero solo encontró la superficie impenetrable que ella había perfeccionado durante años. Dio media vuelta y se marchó, sus pasos se alejaban escalera abajo.

Vera cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

El loft estaba en silencio, solo roto por el último acorde del piano que moría en el aire.

La cita era una trampa, o un ultimátum. Pero también era una oportunidad.

Por primera vez, su padre estaba lo suficientemente inquieto como para salir de las sombras y enfrentarla en terreno neutral.

Mañana, en The Witchery , la guerra fría se volvería diálogo. Y Vera tendría que decidir si blandía la verdad que guardaba en Eximere , o si seguía jugando al ajedrez en la oscuridad. Mientras tanto, las cajas esperaban, y su nuevo refugio, en algún lugar de Edimburgo, aún no tenía nombre.

Antes de enfrentar a su padre, Vera necesitaba recuperar su centro. Buscaba el único tipo de espacio sagrado que no podía ser profanado por manos humanas, así que, en la quietud grisácea del amanecer, se dirigió a Corstorphine Hill .

Se vistió con sencillez: pantalones de lana, un suéter de cachemira negro y botas de senderismo; su armadura más casual. Al subir por los senderos olvidados, la niebla baja se enroscaba a sus tobillos como un fantasma amable, envolviendo el mundo en un silencio húmedo.

De su abuela, Joana Montclair, no solo había heredado el apellido; había recibido una sensibilidad afilada para escuchar lo que el mundo susurra entre líneas.

Joana le había enseñado el idioma de las plantas: sus secretos para sanar y su capacidad para dañar.

Vera no creía en lo sobrenatural de salón, pero sí en los ecos que los muertos dejan en los lugares que amaron.

Caminó en silencio absoluto, dejando que su respiración se acompasara con el latido lento de la colina.

Escuchaba el arrullo de una paloma torcaz y el gemido del viento entre los pinos como si fueran sílabas de un idioma antiguo.

No buscaba voces, sino resonancia; quería que aquel paisaje indiferente le reflejara su propio caos.

¿Era prudente enfrentar a su padre? ¿Qué peligro latía tras el Eximere? No esperaba que el viento le respondiera, sino que la quietud permitiera que su propia intuición fluyera clara. Se detuvo en un claro donde la niebla se abría como un velo. Cerró los ojos y no pidió nada. Solo escuchó.

Vera cruzó el umbral de The Witchery sintiendo el peso de la historia sobre sus hombros.

El restaurante era un santuario de penumbra y opulencia: paneles de roble del siglo XVII, el brillo apagado de la plata antigua y un ejército de velas que apenas lograba disipar las sombras de los rincones.

Era el lugar favorito de su padre para los negocios que requerían discreción y una pizca de intimidación.

Lo vio al fondo, sentado al frente de la mesa que parecía un altar, esperando a que ella entregara la pieza que completaba su tablero: Eximere .

Al sentarse, él anunció, sin consultar:

-He pedido ya -sentenció, mientras el sumiller se retiraba con una reverencia casi imperceptible-. Un Borgoña de buena añada y una crema de langosta. Y por supuesto, he incluido un tartar de ternera añeja escocesa; considero imperativo que no perdamos el vínculo con nuestras costumbres.

Vera no movió ni un solo músculo, aunque el gesto de su padre -esa vieja costumbre de colonizar hasta sus gustos más básicos- le produjo una punzada de náusea que no llegó a su rostro.

Aceptó el Borgoña con una inclinación de cabeza casi imperceptible.

No estaba allí para debatir sobre gastronomía, sino para diseccionar el silencio que su padre había construido durante décadas .

Era la primera jugada: desequilibrarla, reafirmar el control, o quizás, como ella intuyó, no perder un solo segundo en nimiedades antes de ir al grano.

Los platos llegaron. Justo cuando Vera tomaba la cuchara, antes de que el primer sorbo pudiera tocar sus labios, su padre dejó caer las palabras, frías y limpias como cuchillas:

-Vamos a dejarnos de juegos, Vera. Sé que tienes el libro que te solicité. Es un viejo montón de páginas apenas legibles. Y sé que, conociéndote, no cederás. No vas a dejar de hurgar en el misterio que encierra para los Lockhart.

Hizo una pausa, clavándole la mirada.

-Solo quiero advertirte. No tienes idea de lo que estás a punto de desenterrar, ni de las consecuencias que traerá para toda esta familia. Incluida tú.

Vera depositó la cuchara con suavidad sobre el plato. Un silencio cargado se extendió entre ellos.

-En el caso hipotético -dijo, con una voz que era pura seda sobre acero- de que tuviera ese libro… ¿Cómo te puede generar tanto miedo un manuscrito viejo e ilegible?

Ella ya sabía la respuesta de antemano desde el momento en que su padre le reclamó el libro. Vera había esperado durante cinco meses para poder adentrase en sus páginas y saber que secretos entrañaba Eximere , mientras que su padre lo sabía sin haberlo leído.

Su padre asintió lentamente, como si leyera su pensamiento.

-Porque el contenido no se lee, Vera. Se transmite. De padres a hijos. Se le transmite al primogénito, siempre.

Ella no se inmutó.

-Si es un secreto que pasa al primogénito -replicó, clavando el dedo en la lógica-, entonces sólo debería saberlo el tío Mortimer, no tú. Él es el mayor.

Alistair no apartó la mirada. Apretó su mandíbula y cuando habló de nuevo, su voz perdió por un instante la frialdad y adquirió un tono casi lúgubre, de fatalidad.

-Porque ese conocimiento solo se transmite cuando hay descendencia -sentenció su padre, con una frialdad pétrea-. Siempre ha sido así. Y quiero que el libro quede custodiado por un Lockhart de género masculino, como ha sido la norma inmutable de nuestra línea.

La revelación cayó en la mesa entre los platos intactos.

No se trataba de jerarquía, ni siquiera únicamente de proteger el apellido.

Se trataba de una maldición heredada, un fardo tóxico que saltaba entre generaciones y se depositaba en quien tenía descendencia; Aunque para Vera, por circunstancias de la vida -su elección de no tener hijos, su naturaleza de outsider-, se convertía en el eslabón más débil… o el más peligroso.

Vera lo miró, y por primera vez, no vio solo a un padre frío y controlador. Vio a un guardián. Aterrorizado de lo que custodiaba, y aún más aterrorizado de que ella, la hija que siempre escapó a su control, fuera la llave que pudiera abrir la caja.