Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1) CAPITULO 22
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CAPITULO 22

Retomó la lectura donde la había dejado, llevaba varios días en lo que se había encontrado con algo desconcertante: varias páginas de prosa anodina, frases vacías sobre visitas sociales, el clima, la cena.

Era como si la narradora, tras la conmoción, hubiera intentado desesperadamente describir una normalidad de una vida burguesa que ya no existía.

La escritura misma era plana, muerta. Nada tenía que ver con las primeras páginas del libro y mucho menos con las últimas.

Hasta que de pronto, como un cable que se tensa de nuevo, la retórica agresiva y obsesiva regresó. Septiembre. Un segundo viaje de Edmund a Londres. Ella, de nuevo, tras él.

Le seguí de nuevo. ¿Qué otro remedio me quedaba? Septiembre olía a hojas podridas y a la misma mentira. Y otra vez, el mismo ritual sórdido: el club, el descenso a Whitechapel, la mujer distinta pero con la misma miseria en los ojos.”

La náusea del relato atravesó la distancia de los siglos para instalarse, con una frialdad parásita, en el centro del pecho de Vera.

Y otra vez...de regreso a Edimburgo, otro titular en el periódico. No. No puede ser. No otra vez. No es posible. Esto ya no puede ser una mera coincidencia.

Otra "dama de compañía ocasional", encontrada en otro callejón. Esta vez, el crimen descrito era aún más salvaje. Mutilaciones. Falta de... órganos. El artículo especulaba con un asesino que tenía conocimientos de medicina, por la precisión de los cortes.

Edmund no es médico. Es abogado. Un hombre de leyes, respetable.

Pero... recuerdo sus cartas de la Expedición del Nilo, en Sudán.

Su padre, el general, lo envió para que "se hiciera un hombre".

Sirvió como ayudante de enfermería. Vio cosas horribles, escribió.

Aprendió a vendar, a suturar, a... a cortar.

No, no puede ser……que el mismo hombre que me rescató de la oscuridad.

No puede ser el que me prometió un futuro.

Pero la evidencia es un grito sordo que retumba en mi mente : dos mujeres, ambas con él horas antes, ambas fallecidas de una forma terrible horas después.

No es coincidencia. Es patrón.¿ Es... él?

¿Y si nunca fue el sexo lo que buscaba con ellas? ¿Y si lo que sacaba de su compañía era algo aún más siniestro? ¿Algo que solo la proximidad y la oscuridad podían darle? ¿Un... material para sus horribles experimentos, para saciar una sed nacida en los campos de muerte de Sudán?”

La narradora ya no tenía dudas. Y Vera, leyendo esas líneas escritas con la tinta del horror y la traición más absoluta, tampoco.

No se trataba de un escándalo. Se trataba de la posibilidad aterradora de que Edmund no fuera solo un cliente, sino el mismísimo auténtico terror de Whitechapel.

Y su padre, Alistair, guardaba ese secreto como el más preciado y venenoso de los legados familiares.

Aquel fin de semana, Vera se impuso la tarea de no permitir que Lucian rozara, ni por asomo, el perímetro de su secreto.

Se obligó a sostener una normalidad impecable, casi quirúrgica: habitó los silencios con destreza y respondió con la precisión justa.

Sabía que él lo había detectado -Lucian siempre descifraba lo que ella omitía-, y agradeció su elegancia: no hubo grietas, ni asedios, ni preguntas. Solo una presencia respetuosa.

Tras una cena de una calma absoluta, Lucian se dirigió a su equipaje de cuero negro. Extrajo de él un ejemplar de la primera edición del nuevo libro de Vera; un volumen de tapas duras y sobrias que todavía conservaba el aroma a tinta fresca y papel recién cortado.

-Es para Mr. Clifford -dijo, extendiéndoselo junto a su elegante bolígrafo-. Creo que le encantaría tener una primera edición de tu nuevo libro. ¿Te importaría dedicárselo?

Vera tomó la pluma y escribió despacio, con su caligrafía precisa, mientras su mente se desviaba un segundo. - Tengo que hablar con él. Averiguar si el nombre de Edmund aparece en los informes de los Lockhart-. Pero cerró esa puerta de inmediato. No esa noche.

Le devolvió el libro a Lucian con una leve sonrisa. El misterio podía esperar.

La dedicatoria estaba hecha. La investigación podría esperar.

Esa noche, bajo el techo de la casa que habían hecho suya, solo les pertenecía a ellos dos.

Y Vera, por primera vez en días, permitió que el peso del secreto se alejara unos centímetros, para hacer espacio a la simple, poderosa presencia del ahora y disfrutar de la compañía de un alma que se adaptaba a la suya a la perfección.

Vera localizó a Mr. Clifford esa misma noche de domingo. No podía permitirse seguir avanzando entre sombras; necesitaba validar si la figura de Edmund era el eslabón perdido del linaje Lockhart o si su intuición, por primera vez, había errado el diagnóstico.

La respuesta llegó con la demora propia de la distancia: Clifford se encontraba fuera, disfrutando de un retiro en la costa con su joven esposa.

No regresaría hasta el martes. Le prometió, no obstante, que los archivos serían su primera prioridad al volver y le propuso una cita para la mañana del miércoles.

Vera aceptó, sabiendo que aquellas cuarenta y ocho horas de espera serían el ejercicio de paciencia más exigente de su vida.

Aquel miércoles, Vera acudió a la cita con una botella de malta excepcional; una disculpa líquida y silenciosa por haber interrumpido su retiro.

La recibió la esposa: una mujer de una belleza evidente, pulida con una meticulosidad casi estratégica.

Vera detectó en ella un hambre familiar; el deseo feroz de una existencia brillante, a salvo de un pasado que se adivinaba áspero.

Comprendía esa necesidad de huir del origen, aunque no compartiera los medios, y admiró aquella ambición sin rastro de juicio.

La joven la condujo hasta el despacho. Mr. Clifford la aguardaba tras un escritorio sepultado bajo carpetas de cuero, documentos de gramaje antiguo y anotaciones apresuradas. Vera apenas tuvo tiempo de ocupar su lugar cuando él rompió el silencio.

-Miss Montclair -dijo él, sin preámbulos, señalando la silla frente a él-.

Busqué el nombre de Edmund de manera obsesiva, en todos los registros de los Lockhart que pude consultar.

No había ni rastro de un Edmund Lockhart .

Estaba a punto de darle la frustrante noticia cuando… se precipitó un giro del destino.

Se ajustó las gafas, un gesto nervioso.

-Mi esposa, un tanto… torpe en ocasiones, volcó su taza de café cerca de los archivos más antiguos.

Al limpiar el desastre y reorganizar los papeles húmedos, uno de ellos se desplegó.

Era un árbol genealógico detallado, de finales del siglo XVIII a mediados del XIX.

Y allí, justo en la generación apareció el nombre.

Hizo una pausa dramática, con su mirada fija en Vera.

-Edmund no era un Lockhart de sangre, Miss Montclair. Era el esposo de Victoria Lockhart. Su tatarabuela.

Las palabras de Mr. Clifford provocaron en Vera un colapso de su sistema nervioso.

Sintió cómo el aire se solidificaba en sus pulmones, transformándose en una masa inerte que se negaba a circular.

Un zumbido de frecuencia aguda invadió su cabeza, anulando la acústica de la habitación: el rumor distante de la ciudad, la respiración del anciano y el tictac del reloj de pared desaparecieron, dejando solo un vacío blanco.

No era un dolor vulgar; era la sensación física de ver cómo los cimientos de su propia historia se desintegraban en silencio.

No era un Lockhart… pero estaba dentro de la familia.

Se había casado con una Lockhart. Había entrado en el linaje.

Su sangre, sus posibles crímenes, su oscuridad…

todo se había fusionado con la historia de los Lockhart a través del matrimonio.

¿Pero qué tenía eso que ver con el secreto familiar de padres a hijos con progenie?

¿Quería decir eso, que él podría ser la manzana podrida que podría destruir todo un linaje?

La habitación empezó a girar. Los bordes de su visión se difuminaron en una neblina gris. El zumbido se volvió un rugido. Antes de que pudiera articular una palabra, o siquiera un pensamiento coherente, las piernas le fallaron y la oscuridad, fría y repentina, se la tragó por completo.