CAPITULO 7
Los días se deslizaban en un ritmo sereno y predecible para Vera: las mañanas dedicadas a su novela, donde las palabras fluían con la precisión de quien conoce el peso de cada sílaba; las tardes, revisando los bocetos y planos que Lucian le enviaba para la biblioteca del castillo -corrigiendo un detalle aquí, sugiriendo un cambio de textura allá-, en un diálogo constante y cómodo que empezaba a sentirse tan natural como el té de las cinco.
En el fondo de su mente, latía siempre la esperanza de que el teléfono interrumpiera el silencio con la voz de Mr. Morrison anunciando que Eximere estaba listo.
Pero Vera conocía el ritmo pausado de la restauración, ese culto a la paciencia que exige la cirugía sobre el papel.
Sabía que las estaciones podían cambiar de color tras los ventanales de la biblioteca antes de volver a sentir el peso del libro reconstruido.
Y, en el fondo, apreciaba esa demora; era el recordatorio de que las verdades más antiguas no pueden forzarse, solo aguardarse.
Bajo la luz ambarina del atardecer, Vera dejó la taza de té sobre la mesa de roble.
Con su viaje a Londres programado- para una sesión de trabajo con su editorial-, decidió que era el momento de integrar a Lucian en su itinerario.
Necesitaba enfrentarse a los planos físicos de la biblioteca; la escala real siempre revelaba matices que la imaginación, por muy entrenada que estuviera, tendía a omitir.
Ejecutó la llamada con la parsimonia de quien inicia un movimiento de ajedrez.
No hubo urgencia, solo la gestión necesaria para que su voz cruzara la distancia entre Edimburgo y el estudio de Lucian en Londres.
Tras unos instantes, el acuerdo quedó sellado: una visita a su despacho para revisar los planos de North Berwick sobre el papel, seguida de un almuerzo discreto.
Vera dio por finalizada la comunicación con un movimiento seco, dejando que el silencio volviera a colonizar el loft.
No era una espera, era un engranaje en marcha.
Mientras la llovizna arreciaba, ella se permitió observar la ciudad, consciente de que en Londres, por fin, las estructuras empezarían a cobrar una forma tangible.
El taxi se detuvo frente a un edificio de líneas severas, un prisma de cristal y acero que reflejaba el cielo plomizo de Londres.
Vera cruzó las puertas de bronce pulido hacia un vestíbulo silencioso, donde el sonido de sus botines negros de tacón bajo sobre el mármol gris era el único eco permitido.
Vera había optado por una armadura de lana color carbón, de un corte tan preciso que dictaba el compás de su paso.
Bajo la chaqueta, la seda cruda de la camisa suavizaba la severidad del conjunto, mientras que el abrigo de cachemira -un tono berenjena tan oscuro que rozaba la sombra- era su única concesión a la paleta exterior.
Con esa presencia blindada, se dirigió hacia la planta 42, donde Lucian la aguardaba en su atalaya de cristal y acero.
Aguardaba en la recepción delante del despacho de Lucian, cuando finalmente la puerta se abrió salió él acompañado por un hombre mayor, de porte distinguido y rostro afilado, con esa elegancia discreta que solo da el dinero heredado por generaciones.
Aprovechando la conjunción que creó ese instante, decidió presentarlos a ambos.
-Mr. Clifford -dijo Lucian-, permítame presentarle a la mente creativa detrás del proyecto de su biblioteca: Vera Montclair, una escritora de talento excepcional y la artífice de la transformación que pronto verá en el castillo.
Los ojos azules de Mr. Clifford escudriñaron a Vera con una curiosidad que rozaba la inspección.
-Montclair… -repitió, paladeando el apellido con su voz ronca-. No es un nombre que resuene entre las familias de bien de Escocia, y creía conocerlas a todas. Los míos llevan tres siglos ejerciendo la medicina en esas tierras.
Vera, imperturbable, sostuvo su mirada.
-Es el apellido de mi abuelo materno. Lo adopté como nombre artístico. En realidad, soy Vera Lockhart.
El rostro de Mr. Clifford se iluminó.
-¡Lockhart! Eso ya es otra historia. Un apellido de cimientos sólidos, sin duda.
He custodiado la salud de más de uno… -Cerró los ojos, rastreando los folios de su memoria-.
Veamos… Douglas Lockhart, Arthur, la severa Elisabeth…
-Vera negaba con una cortesía milimétrica mientras el anciano desgranaba su genealogía.
Al fin, él sentenció-: ¿George Lockhart?
-Era mi abuelo -confirmó Vera.
Lo dijo con la frialdad que la caracterizaba en su semblante.
No hubo una sacudida interna, sino una constatación técnica: el nombre de Douglas era el anclaje necesario para que Clifford validara su posición en el tablero.
Vera no buscaba una conexión familiar; buscaba la llave de acceso a un archivo que solo se abría ante los de su propia sangre.
-¡Un hombre de una pieza, sin duda! -exclamó él, con una sonrisa genuina-De los que ya no quedan; firme como el granito de estas tierras. Me honró con su amistad durante años, hasta el día de su partida. En paz descanse -dijo mientras se persignaba.
Vera no desaprovechó la oportunidad.
-Justamente estoy recopilando la historia de mi familia para un legado personal. Ya que yo colaboro en devolverle el alma a su biblioteca… ¿consideraría ayudarme compartiendo lo que recuerde de los Lockhart? Su perspectiva como médico de la familia sería invaluable.
Los ojos de Mr. Clifford brillaron con una emoción rara en un hombre de su posición. Su joven esposa rara vez mostraba interés por sus historias del pasado. Aquello era un regalo.
-Sería un placer, querida -respondió, con un entusiasmo casi juvenil-. ¡Podemos empezar cuando guste!
Mientras Lucian observaba, impresionado por la maestría con la que Vera había tejido aquella complicidad, supo que algo importante acababa de comenzar.
La oficina de Lucian en la City era la antítesis del ruido exterior: un santuario de vidrio esmerilado, acero pulido y silencio alfombrado.
Desde el piso 42, las vistas abarcaban la cúpula de San Pablo y el Támesis serpenteando entre la historia y el capital contemporáneo.
No había papeles visibles, ni fotografías personales; solo el resplandor de un monitor de gran formato sobre un escritorio de roble, un reloj de pie Breguet junto a la ventana y una edición en francés de L'Étranger sobre una repisa baja.
Vera recorría cada detalle con mirada analítica, buscando en los objetos alguna grieta que delatara al hombre detrás del gestor.
Pero comprendió, en cuestión de segundos, que Lucian -al igual que ella- había convertido aquel espacio en un campo estéril: un escenario donde solo se permitía mostrar lo mínimo sobre su persona.
Justo entonces, Lucian entraba, después de despedirse de Mr. Clifford, y cerraba la puerta tras de sí, aislándolos por fin del mundo exterior.
Después de repasar los planos de la biblioteca con esa complicidad que nacía naturalmente entre ellos, Lucian la llevó a almorzar a un refugio de manteles blancos en Lombard Street.
Era un rincón de la City que homenajeaba con una elegancia casi arquitectónica la herencia española de su abuela; allí, el sabor del Mediterráneo se servía con la misma precisión que Lucian aplicaba a sus bocetos.
Vera agradeció el gesto en silencio; él no solo recordaba su genealogía, sino que sabía dónde encontrar la mejor cocina catalana de Londres.
La sobremesa se alargó entre platos que a Vera le sabían a memoria: el aroma del azafrán en la paella, la textura de una coca recién hecha, una deliciosa crema catalana……
sabores que su abuela le había enseñado a querer décadas atrás, en una cocina llena de sol y voces.
Por un instante, Vera no fue una mujer de cincuenta años, sino una niña otra vez, segura y amada.
Lucian la observaba en silencio, reconociendo en sus ojos ese viaje al pasado.
Hubiera querido detener el tiempo, alargar esa paz, pero el reloj -y la responsabilidad- lo reclamaban.
A unas semanas del cierre fiscal, su presencia en la oficina era imprescindible.
Sus clientes, con patrimonios inmensos, confiaban en su meticulosidad suiza y su intuición londinense.
-Lamento que esto no pueda durar más -dijo al levantarse, con un tono que era casi una disculpa-. Pero prometo que la próxima sobremesa no tendrá hora de salida.
Ella asintió. No hacían falta más palabras. Algunos regalos, por breves que sean, se recuerdan para siempre.