CAPITULO 6
Vera cruzó el vestíbulo de la Biblioteca Nacional con paso firme; su abrigo negro de lana dibujaba una estela a su espalda.
No necesitaba preguntar direcciones; conocía aquel laberinto de piedra y silencio mejor que su propia casa.
Golpeó suavemente la puerta del taller de restauración con los nudillos, un gesto cargado de la familiaridad de quien sabe que está a punto de entrar en su santuario.
-Mr. Morrison -dijo al ver al hombrecillo de gafas redondas y bata gris que abría-. Necesito su discreción una vez más.
El señor Morrison era un hombre que había aprendido a escuchar el silencio de las páginas antes de formar su primera frase completa. Consagrado a la restauración de libros desde los doce años, veía en cada volumen no un objeto, sino un paciente al que devolver la dignidad del tiempo.
-Señorita Montclair. Siempre es un placer trabajar con alguien que aprecia el arte de la paciencia. ¿Qué tesoro nos trae hoy?
Vera abrió su carpeta de cuero y extrajo varias carpetillas numeradas, cada una con un bloque de páginas de Eximere .
-Necesito que estas secciones sean restauradas por especialistas diferentes -explicó, deslizando las carpetillas sobre la mesa-.
Usted se quedará con la primera. El Conservador A, en Edimburgo, recibirá las páginas 1-50.
El B, en Londres, las 51-100. Y el C, en Oxford, el resto.
Ninguno debe conocer la existencia de los otros.
Mr. Morrison asintió, comprendiendo de inmediato el plan.
No era la primera vez que Vera fragmentaba la verdad para protegerla. -Fragmentar para proteger -murmuró, admirando la estrategia-. Y luego… ¿la encuadernación?
-Una vez que todas las páginas estén restauradas -continuó Vera-, serán enviadas directamente a la Srta.
Evangeline de Canterbury. Ella es la única que tendrá el conjunto completo, pero solo para ensamblarlo.
Su especialidad es la velocidad y la precisión, no la lectura pausada.
Además yo puedo supervisar el último tramo del proceso, como lo he hecho en anteriores ocasiones.
-Un plan impecable, como siempre. ¿Alguna instrucción específica para el papel?
-Mínima intervención, Morrison -sentenció Vera, con una voz que no admitía matices-. El objetivo es la consolidación, no la cosmética. Quiero que el volumen conserve la naturaleza de su propia cronología; que respire su edad sin la impostura de lo reciente. Y, Morrison…
-Sí, señorita Montclair.
-Esto no sucedió.
El restaurador recibió los folios con unas manos que conservaban la memoria táctil de mil siglos.
Su leve temblor no era un tributo a la edad, sino el síntoma de una reverencia técnica.
Morrison sabía que Vera no le estaba entregando un libro, sino los fragmentos de una colisión histórica; y que su labor, como siempre, no consistía en reparar el papel, sino en apuntalar un abismo.