Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1) CAPITULO 8
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CAPITULO 8

Dos días después de hablar con Morrison, tras evaluar las complicaciones técnicas en la reconstrucción del volumen, Vera decidió que la inacción era un lujo que ya no podía permitirse. Ejecutó la llamada a Mr. Clifford con la determinación de quien activa un resorte necesario.

-Mr. Clifford, lamento la premura. Soy Vera Montclair. Me gustaría retomar la cuestión del registro genealógico de la que hablamos en el estudio de Lucian. La investigación sobre el legado está alcanzando una fase crítica y su pericia documental me resulta, en este punto, indispensable.

La voz del anciano llegó a través de la línea con una vitalidad contenida, propia de quien ve en el pasado un territorio vivo.

-Será un placer, Vera. Esta casa custodia más archivos que estancias habitables. ¿Le parecería adecuado acudir mañana por la tarde? Podremos someter esas cajas a un análisis riguroso y hablar sin las interrupciones del mundo exterior.

Al día siguiente, Vera se presentó ante la mansión de los Clifford; una construcción de piedra arenisca que parecía sostenerse en pie por pura inercia aristocrática.

El propio Mr. Clifford la recibió en el umbral, arropado por un housecoat de lana con un deterioro venerable, y la condujo a su estudio: una habitación donde el mobiliario había capitulado hace tiempo ante el avance de las estanterías, los mapas antiguos y las cajas de caoba repletas de documentos.

Tras ofrecerle asiento con una cortesía pausada, el anciano abrió un archivador.

-Empecemos por el cimiento -dijo, con la voz de quien disfruta del peso de la historia-.

He validado los archivos y, en efecto, su abuelo, George Lockhart, es hijo de Alistair Lockhart I y Constance Blackwood.

Los Lockhart poseían tierras aquí y en las Tierras Altas, pero…

-hizo una pausa cargada de intención- hubo un fallo estructural, un incidente que manchó la reputación del nombre a finales del siglo XIX.

Vera no contuvo el aliento; su mente, por el contrario, activó una alerta gélida. Acababa de encontrar la grieta exacta en la cimentación de su propia historia.

-¿Un incidente? -preguntó con calma estudiada.

-Sí -asintió Mr. Clifford, bajando la voz-.

Hubo una denuncia por envenenamiento; el acusado era Charles Lockhart, tío bisabuelo suyo.

El caso nunca se resolvió, pero la familia optó por exiliarse a Francia durante un tiempo, huyendo del inevitable qué dirán de la época.

Su abuelo nació allí, de hecho, aunque regresaron a Escocia cuando él apenas tenía dos años.

El muerto era sir Reginald Montagu, un terrateniente vecino con el que Charles Lokchart había mantenido una disputa por los límites de una propiedad y -según rumores de la época- por el afecto de una misma mujer, Elisabeth Douglas, la joven esposa de Charles.

Reginald murió dos días después de una gran cena en la mansión Lockhart. Falleció en su propia casa de campo. La autopsia reveló altas dosis de digitalina en su organismo.-un compuesto derivado de la dedalera que Charles Lockhart investigaba por sus propiedades medicinales.

La investigación se centró en el oporto que Montagu había consumido esa noche en casa de los Lockhart, pero nunca se pudo probar que la toxina hubiera sido introducida allí.

Podría haber sido administrada después, en su propia casa, por cualquiera que tuviera acceso.

La botella, de cualquier modo, desapareció.

Sin un arma del crimen concluyente y con numerosos enemigos personales y deudas de juego, el caso contra Charles Lockhart se desinfló. Se archivó oficialmente como " Homicidio sin autor conocido ".

Mr. Clifford extendió sobre la mesa una copia amarillenta de un periódico de 1913. El titular era claro: “Misteriosa muerte en la mansión de los Lockhart: ¿Accidente o crimen?” .

-Lo interesante -continuó Mr. Clifford- es que Charles era médico, como mi bisabuelo.

Trabajaron juntos en el Royal Infirmary.

Guardé algunas de sus cartas… -Buscó en una caja y extrajo varios documentos-.

Ahí es donde menciona un “proyecto personal” del que no podía hablar, pero que, cito, “prometía redefinir los límites de la ciencia y la moral” .

Vera sintió un escalofrío.

-Mr. Clifford -dijo con voz serena-, ¿conserva algún diario o cuaderno de mi tío bisabuelo, Charles?

-Lamentablemente, no -respondió él-. Pero sí sé que, antes de morir, donó parte de sus documentos a la Sociedad Histórica de Edimburgo. Podríamos investigar allí… si le interesa.

Vera sonrió. La demora de Morrison ya no era un obstáculo, sino una oportunidad. El pasado de los Lockhart estaba más vivo de lo que imaginaba, y Mr. Clifford acababa de entregarle la llave.

Cada pista que Mr. Clifford desenterraba era un nuevo hilo tirando de una madeja que podía desmoronar la reputación de los Lockhart, pero ella, adicta a la verdad como otros al opio, lo seguía sin vacilar.

Su propia novela quedó relegada a un segundo plano; las páginas de Eximere y los viejos documentos históricos eran ahora su narrativa principal.