CAPITULO 2
El tren desde París había llegado envuelto en una niebla densa, como si Escocia quisiera recibirla con su melancolía habitual.
Vera entró en su loft de Edimburgo con la calma de quien vuelve a territorio sagrado.
Dejó el abrigo sobre el perchero, descalzó los tacones con un gesto medido y llamó a Dorían, que acudió con la solemnidad de quien sabe quién reina en esa casa.
-París sigue siendo igual de insoportable y fascinante -le dijo mientras servía una copa de vino blanco y se dejaba caer en el diván-.
Las firmas, las sonrisas vacías, la gente que cree conocerte porque ha leído tus palabras...
agotador. Dorían la observaba desde el alféizar, con la misma paciencia que un confesor antiguo.
-Pero ha sido más fascinante que otras veces, eso es cierto -murmuró, mientras en su mente desfilaban las conversaciones con Lucian y el eco de sus miradas.
El gato parpadeó lentamente, como si aprobara su cautela. Vera esbozó una sonrisa leve, consciente de lo absurdo que resultaba hablar de sentimientos con un ser que solo pedía afecto y silencio.
Al día siguiente, mientras desenvolvía con parsimonia los souvenirs de su viaje -perfumes con notas orientales, seda negra de una delicadeza extrema y un par de volúmenes rescatados de un anticuario del Sena-, la quietud de su ritual fue interrumpida por un mensaje de su padre.
Breve, como todos los suyos, pero con la capacidad de despertar una hostilidad antigua.
Alistair le informaba, sin el más mínimo matiz de emoción, de que su tío Mortimer planeaba liquidar el fondo bibliográfico de la familia; pretendía desmantelar la biblioteca ancestral para reconvertirla en una sala de juntas o, lo que resultaba más ofensivo, en un espacio polivalente para las recepciones de sus hijas.
Vera sintió un nudo en el pecho, mezcla de rabia y nostalgia.
Aquellos libros eran más que papel: eran la memoria de una estirpe que alguna vez tuvo nobleza de espíritu, antes de que la decadencia intelectual los devorara.
Su apellido, por parte de padre, arrastraba títulos y linajes que nunca le interesaron, pero los libros… eso era otra historia.
Por un instante, Vera, recordó las manos cálidas de su abuela materna pasándole las páginas de un viejo tomo de cuentos. Aquella mujer sin estudios, sin joyas ni blasones, había sido la única capaz de comprenderla sin juzgarla.
-Ella sí sabía lo que valía un libro -susurró.
Y con ese pensamiento, Vera Montclair decidió que no permitiría que la ignorancia borrara otra herencia. Ni siquiera una que había jurado dejar atrás.
La entrada de la mansión del tío Mortimer conservaba aún la dignidad silenciosa de lo que alguna vez fue un prodigio arquitectónico.
El camino, antes perfectamente delineado por setos recortados y rosales ingleses, hoy estaba ligeramente invadido por la maleza; aun así, la geometría original seguía insinuándose bajo el desorden, como si la casa recordara con nostalgia su propia grandeza.
La fachada de piedra -un gris antiguo salpicado de musgo y líquenes- se alzaba imponente, erosionada por la lluvia escocesa pero todavía majestuosa.
Las gárgolas, ennegrecidas por el tiempo, conservaban esa expresión vigilante que siempre dio a la mansión un aire entre solemne y inquietante.
Las ventanas de guillotina, altas y estrechas, estaban enmarcadas por molduras que algún artesano del siglo XVII había tallado con obsesiva precisión.
El gran portón de madera oscura, incrustado con herrajes de hierro forjado, seguía resistiendo el clima y los años con una terquedad admirable.
Se detuvo un instante antes de entrar y pudo ver ambas versiones superpuestas: la mansión que fue -viva, brillante, vibrante- y la que ahora quedaba, envuelta en un silencio que no era abandono, sino memoria.
Vera llegó con la puntualidad quirúrgica que la caracterizaba, sabiendo que cualquier retraso se interpretaría como una provocación.
La recibió su madre con el habitual beso en el aire y una sonrisa suavemente forzada .
Elisabeth era una mujer esbelta, de belleza marchita y aire aristocrático aprendido.
Tras casarse con el padre de Vera -hombre de rancio pedigrí- se dedicó a borrar con esmero todo el rastro de sus orígenes humildes, como si su pasado fuera una mancha que la elegancia podía limpiar .
Su padre, más ocupado en disimular el desdén que en dar afecto, le ofreció un asentimiento leve, mientras su hermano -ese eterno adolescente atrapado en el cuerpo de un hombre satisfecho de sí mismo- le soltaba algún comentario condescendiente sobre “ sus libros y sus rarezas ”.
Vera observaba la comida familiar desde la distancia emocional que siempre había interpuesto entre ella y aquel clan al que, por más que lo intentara, jamás había sentido pertenecer.
Su padre provenía de una antigua familia noble cuyo linaje, antaño impecable, se había ido desmoronando a medida que sus descendientes perdían la clase, el criterio y el rigor que alguna vez les dio prestigio.
Su madre, en cambio, venía de un origen completamente distinto: hija de inmigrantes -una catalana y un francés- que la habían criado entre sacrificios y esperanzas hasta que, ya instalada en Londres, conoció al padre de Vera y se casó con él, con su apellido, su mundo y sus privilegios.
Su hermano mayor, eterno niño mimado y devoto de su madre, había crecido bajo el cuidado indulgente de esta.
Se casó joven, tuvo dos hijos y, tras un divorcio temprano y poco elegante, mantenía con ellos una relación tan dispersa como sus prioridades.
El tío Mortimer, por su parte, llevaba años viudo desde que su esposa, Anna, falleciera por una enfermedad cardíaca, un suceso que terminó de marchitar la ya tambaleante unidad familiar.
Y luego estaban Alice y Victoria, sus primas: prácticamente idénticas sin ser gemelas, dos copias de belleza impecable pero intelecto limitado, siempre perfectamente coordinadas en peinado, opinión y falta de criterio.
La comida se desarrolló bajo las pautas de un guion previsible.
Su tío Mortimer disertaba con una arrogancia técnica sobre las reformas de la prodigy house , ajeno al sacrilegio arquitectónico que estaba perpetrando.
Sus primas, Victoria y Alice, se limitaban a emitir una letanía de frivolidades sobre la última temporada y hombres intercambiables, mientras su padre, Alistair, intentaba sostener una pátina de autoridad entre tanto ruido.
Vera apenas intervino; se limitaba a procesar la escena como una patóloga de la decadencia, diseccionando cada gesto de aquella familia que, tras el barniz del apellido, no era más que una estructura en ruinas.
Había acudido por una sola razón, y no era precisamente para celebrar el cumpleaños de Victoria, sino para rescatar los únicos vestigios de valor que aún quedaban en aquella casa: los libros.
Esperó a que el último brindis se consumiera y, con la elegancia de quien no pide favores, sino ejerce derechos, le recordó a su tío el asunto pendiente.
Mortimer, satisfecho con su propia generosidad, accedió a acompañarla.
Recorrieron juntos los pasillos que ella conocía desde niña: fríos, solemnes, cubiertos de retratos que parecían juzgarla con su misma sangre. Al llegar a la biblioteca, Vera se detuvo un instante. Aquel espacio seguía oliendo a tiempo detenido: cuero, polvo y páginas dormidas.
-Puedes llevarte los que quieras -dijo su tío con displicencia-. Nadie más los va a leer, y dudo que mis hijas sepan distinguir un Byron de un manual de jardinería.
Ella esbozó una sonrisa breve, contenida.
-Tranquilo, solo rescataré los que aún respiran.
Mientras seleccionaba las obras, el eco de la voz de su hermano llegó desde el salón, reclamando también “alguno de esos volúmenes antiguos para dar carácter a su despacho” .
Vera permaneció impasible. Sabía que, en aquella casa, la indigencia intelectual siempre había gozado de una impunidad absoluta.
Para Alexander, los libros no eran recipientes de memoria, sino atrezo de prestigio.
Vera recorría la biblioteca con la devoción silenciosa de quien camina entre almas dormidas.
La penumbra del atardecer se filtraba por los ventanales altos, tiñendo el polvo en suspensión de un tono dorado y melancólico.
Sus dedos, largos y precisos, rozaban los lomos de los libros con la delicadeza con que se toca un instrumento antiguo.
No buscaba títulos ni autores -buscaba vibraciones-, esa resonancia imperceptible que solo los ojos que han leído demasiado y las manos que han amado los libros entienden.
Fue entonces cuando lo sintió.
Una energía distinta, un leve escalofrío en la yema de los dedos. Alzó la vista: en lo alto de la estantería más vieja, casi oculta tras un globo terráqueo cubierto de telarañas, reposaba una encuadernación oscura, apenas visible. No parecía esperar ser descubierto; más bien, parecía esconderse.
Arrastró la escalera de hierro, que chirrió con un gemido centenario, y subió con paso lento, como si ascendiera hacia un secreto.
Al tomar el libro entre sus manos, notó que el cuero estaba extrañamente frío, y que una ligera capa de polvo se desprendía al mínimo roce, como si fuese a descomponerse en cualquier momento.
Había marcas en la estantería de que alguien lo había cogido y devuelto a su lugar en algún momento.
Apenas visible, el titulo del viejo libro era "Eximere" grabado en letras doradas desvaídas.
No recordaba haberlo visto jamás entre los archivos familiares.
Lo sostuvo un momento entre las manos, dejando que el peso del objeto la anclara al suelo.Sintió una mezcla de curiosidad y recelo.
Ese fue el último que eligió, sin pensarlo.
No lo abrió allí. No quiso. Algo en su instinto -esa intuición fría que la había salvado tantas veces- le dijo que ese libro no debía ser leído bajo el techo del tío Mortimer.
Acomodó el volumen entre un ejemplar de Berenice y una primera edición de Stevenson; un refugio de papel y cuero para la verdad que acababa de rescatar. Luego se giró hacia su tío, que aguardaba en el umbral con una impaciencia mal disimulada.
-Ya está -sentenció con su serenidad habitual-. He terminado.
Se despidió de la familia con esa mezcla de cortesía y premura que era su sello personal.
Como siempre, fue la primera en abandonar la escena, restando importancia a unas horas que se le habían antojado perennes.
Esa noche, al cargar las cajas en su coche, no experimentó paz, sino la ligereza de la exención.
Lo que dejaba atrás -aquel linaje hueco y aquella mesa de afectos coreografiados y artificiales- ya no tenía el poder de reclamarla.
Había rescatado el pasado para, por fin, dejar de pertenecerle.