Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1) CAPITULO 3
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CAPITULO 3

El mensaje llegó un jueves por la tarde, mientras la llovizna golpeaba los ventanales del loft como un metrónomo antiguo.

Vera estaba sentada en su sillón favorito, con Dorian ronroneando sobre sus piernas y una taza de té de bergamota enfriándose lentamente.

No esperaba ninguna comunicación; de hecho, su predisposición al mundo exterior era, por elección, un territorio casi inerte.

Pero al reconocer la autoría de Lucian en el encabezado, un leve estremecimiento recorrió la superficie de su calma.

Las palabras eran breves y destilaban esa cortesía arquitectónica que tanto le atraía:

Querida Vera,

Dentro de una semana viajaré a Edimburgo por asuntos de trabajo. No quisiera parecer inoportuno, pero me resultaría imperdonable estar tan cerca de ti y no intentar, al menos, robarte unos instantes de conversación.

No pretendo interrumpir tu paz -sé cuánto valor le concedes al silencio-, pero me gustaría poder comentarte algo que creo te resultará realmente interesante.

Si el destino (o tu disposición) lo permiten, estaré encantado de invitarte a una cena discreta; solo por el placer de compartir una charla con alguien que entiende el valor de lo auténtico.

Con estima,

L.

Vera leyó el mensaje una sola vez. No hubo un gesto de sorpresa, ni la más mínima alteración en su semblante; su rostro era un lienzo de neutralidad perfecta. Se levantó con una lentitud deliberada y caminó hacia el ventanal.

En el exterior, los tejados empapados de Edimburgo brillaban bajo un cielo de acero grisáceo.

Sostenía la taza de té con ambas manos, no por consuelo, sino para registrar el pulso de su propio calor contra la cerámica.

Observaba la ciudad como si fuera un plano inacabado, procesando la invitación de Lucian no como un gesto romántico, sino como una nueva coordenada en el mapa de su silencio.

Lucian había esperado. Había entendido. No había presionado. Y, precisamente por eso, el eco de su mensaje resonó más fuerte que cualquier intento de seducción.

Mientras Dorian estiraba perezosamente las patas sobre la manta de pelo largo, Vera consideró que, quizá -solo quizá-, una cena con Lucian no alteraría de forma irreversible la geometría de su mundo.

Dio por finalizada la lectura sin emitir respuesta . Aún no. Necesitaba procesar la invitación, o al menos, permitirse el lujo de evaluar que todavía tenía la opción de declinarla.

Vera pasó los dos días siguientes inmersa en la escritura de su nueva novela, tan absorta en el ritmo febril de las palabras que el mundo exterior quedó reducido a un murmullo lejano.

Cuando entraba en ese estado -ese trance creativo que solo ella sabía habitar- el tiempo perdía su forma y las obligaciones se desdibujaban.

Fue precisamente esa cadencia hipnótica lo que la llevó a olvidar por completo que no había respondido aún a la invitación Lucian.

Esa misma tarde de domingo, mientras el cielo de Edimburgo se fundía en tonos de plomo y malva, Vera redactó su respuesta con la precisión de quien talla un diamante.

Sentada en la penumbra del loft, con el rumor de un jazz pausado llenando los rincones, midió cada palabra con una seguridad gélida.

No solía concederse sorpresas -no por falta de imaginación, sino por un exceso de arquitectura personal-, pero la invitación de Lucian se inclinaba más hacia el enigma que hacia la improvisación, y eso siempre había sido su punto débil.

Admitió que aceptaría aquella cena; el misterio le intrigaba, pero la compañía, por una vez, pesaba más en la balanza.

Despachó la respuesta y, sin permitirse más análisis, exhaló de manera leve y pausada. No era una señal de duda, sino de capitulación: la aceptación de que, por una noche, el orden de su mundo quedaría en manos de otro.

Esa noche, sin embargo, no había lugar para Lucian en su mente. Había otro asunto que exigía su atención: el viejo tomo rescatado de la casa de su tío Mortimer.

El loft estaba en penumbra, apenas iluminado por una lámpara de bronce art déco. Sonaba Moment to Moment , suave y melancólico, y una copa de vino tinto descansaba junto al sillón.

Vera se puso los guantes de algodón negro -una liturgia silenciosa para no dañar las maltrechas páginas de su recién adquirido tesoro- y colocó el libro sobre la mesa como si fuese una reliquia sagrada.

El cuero de la cubierta, reseco y cuarteado, despedía un olor a tiempo detenido.

Al abrirlo, una pequeña nube de polvo antiguo se elevó en el aire, como si el libro exhalara después de un largo sueño.

Las páginas estaban quebradizas, dañadas por el tiempo y algo más…

algo visceral. Apenas se distinguían fragmentos, palabras sueltas que emergían como suspiros desde el abismo: ' Angustia vital…

. El agua gélida devorando mi cuerpo….agosto de 1888...

macabro crimen....destripada… Londres... “¿Cómo puede ser tan cruel?”…'

Vera frunció el ceño. La caligrafía cambiaba abruptamente: letras elegantes y controladas se quebraban de pronto en trazos frenéticos, como si varias almas hubieran forcejeado por dejar su huella en el mismo papel.

Algo en la textura de aquellas líneas -en la urgencia de la tinta, en el temblor de las curvas- le recorrió la espalda con un escalofrío. No era miedo, sino el reconocimiento instintivo de la verdad.

Era posible… demasiado posible… que aquel libro no fuera un diario cualquiera, sino la confesión fragmentada de quien había caminado entre las sombras del Londres de 1888. Y quizá, la razón por la que alguien lo había escondido en la biblioteca de la familia , entre polvo y olvido.

Cerró el libro con delicadeza, acariciando la tapa como si quisiera tranquilizarlo.

-Parece, Dorian -murmuró-, que esta vez el pasado ha venido a buscarme a mí.

El gato, desde el sillón contiguo, la observó con sus ojos verdes y emitió un suave ronroneo.

Y en el aire del loft, entre la calma y la penumbra, quedó flotando la sensación de que algo -o alguien- acababa de despertar.