CAPITULO 1 #2
Rozaba la cincuentena con una elegancia que pocos alcanzan.
Su cabello castaño, espeso y ondulado, empezaba a salpicarse de gris perla en las sienes, acentuando su aire solemne.
La nariz recta, de líneas aristocráticas, contrastaba con un labio inferior inesperadamente carnoso que suavizaba su severidad.
Mientras hablaba con Vera, sosteniendo el libro como si fuera una extensión de su propia historia, ella no pudo evitar fijarse en sus manos: cuidadas, firmes, las de un hombre acostumbrado a la precisión, no a la fuerza bruta.
Respiraba una compostura tranquila, una seguridad que no necesitaba alardes.
Lucian era atractivo, sí, pero lo realmente desconcertante era la sustancia que translucía: inteligencia, profundidad y un misterio que parecía aguardar, con paciencia infinita, a que alguien digno se atreviera a descifrarlo.
Ella sostenía su mirada, y en ese segundo algo invisible se tensó entre ambos: una cuerda fina, hecha de inteligencia, deseo y cautela. -No acostumbro a regalar mis conversaciones, Monsieur Duvall. -No acostumbro a pedirlas dos veces.
Vera deslizó una sonrisa imperceptible, mezcla de ironía y desafío. -Entonces tendrá que aprender la virtud de la espera.
Y se marchó, con la calma de quien sabe que acaba de dejar a un hombre en llamas.
Al día siguiente, en la intimidad de su suite, Lucian hizo lo que mejor sabía hacer: investigar a personas que eligen vivir lejos del dominio público. Su trayectoria profesional le había granjeado acceso a redes discretas, contactos privilegiados y un sistema de información casi quirúrgico.
No tardó en trazar el mapa invisible de los rituales parisinos de Vera: la pequeña librería en el distrito VI donde buscaba primeras ediciones; el café Le Procope, donde solía leer cada tarde, acompañada solo de su taza de té negro; y la floristería casi secreta donde compraba aquellos lirios morados tan oscuros que los ojos inexpertos juraban que eran negros.
No quería invadirla. Quería acercarse lo suficiente para arañar la superficie de su enigma. Y, quizá, crear el escenario perfecto para un encuentro que pareciera obra del azar .
No lo movía la obsesión, sino una curiosidad técnica.
Deseaba entender su frecuencia, anticipar sus silencios y, finalmente, descifrar el código que la mantenía íntegra.
Aquella belleza de proporciones clásicas, fusionada con una inteligencia que operaba con precisión milimétrica, resultaba una anomalía fascinante en su mundo.
Lucian era consciente de que a una mujer como Vera no se la ganaba con la retórica del halago ni con la moneda falsa de las promesas; solo la paciencia, el rigor intelectual y un respeto absoluto por sus perímetros abrirían esa puerta.
Aquel desafío era, precisamente, lo que más estimulaba su instinto.
Estaba habituado a la rendición inmediata, a esa urgencia por complacer que otras mujeres exhibían como un perfume demasiado barato.
Vera, en cambio, era aire puro y gélido: una cima que no se dejaba escalar, sino que exigía que uno estuviera a su altura antes de permitir siquiera el primer paso.
En su último día en París, Vera cambió los tacones y el vestido de seda por unos botines de cuero negro y un traje de corte masculino color café, con una camisa negra abierta hasta el esternón.
Se perdió entre las calles lluviosas, siguiendo su ruta personal de placeres discretos.
Además de los libros, cultivaba dos amores secretos: los perfumes exclusivos que mezclaba con maestría hasta hacerlos únicos, y la alta lencería, tan exquisita que solo confeccionaban dos o tres piezas por talla.
Una vez que la compra de lencería fina y perfumes oscuros hubo saciado su alma de coleccionista, se dirigió a su café de siempre. Bajo el brazo, un viejo libro recién rescatado de una pequeña librería.
La luz ámbar y sus siglos de historia impregnando las paredes del café Le Procope , envolvían a Vera como un refugio silencioso.
Sentada en una mesa pequeña junto al espejo manchado por el tiempo, acariciaba distraídamente el borde de su copa de vino, disfrutando del murmullo grave de uno de los locales más viejos de París.
Sobre la mesa una vieja copia del libro que no pudo conseguir el día de ayer en la subasta.
No estaba leyendo. El libro permanecía cerrado. Quería leerlo, pero su mente vagaba lejos: pensaba en la frase de su última novela inconclusa, en la mirada de un hombre desconocido en una subasta, en Dorian durmiendo junto al ventanal del loft.
Cuando oyó su voz, no se sorprendió.
-Curioso-dijo Lucian, alzando una ceja mientras se acercaba-. Siempre imaginé que Les Fleurs du Mal maridaban mejor con café que con vino.
Vera levantó lentamente la vista.
Sonrió apenas, con esa elegancia distante que no invita a quedarse, pero tampoco rechaza.
-Y sin embargo -respondió-, el vino permite que Baudelaire se deslice mejor por la garganta. El café solo despierta; el vino… libera.
Lucian esbozó una sonrisa apenas perceptible.
Pidió un espresso y, con una naturalidad que desarmaba cualquier intento de protesta, ocupó el espacio frente a ella como si el azar hubiera estado de su parte.
Su presencia era serena, pero destilaba una intencionalidad absoluta; cada palabra y cada pausa parecían haber sido medidas no para analizarla a ella, sino para estar a la altura de la frecuencia que Vera imponía al mundo.
-Me preguntaba si volvería a verla -dijo él, su voz integrándose en el murmullo del café-. Aunque supongo que, en su caso, las casualidades son solo una falta de información.
-Exactamente -replicó ella, sin desviar la vista del libro-. No existen las casualidades, solo la persistencia. Y debo admitir que la suya muestra una factura impecable.
Lucian se mantuvo erguido, sosteniendo su mirada con una quietud que desafiaba la distancia entre ambos.
-¿Solo impecable?
-Por el momento -contestó ella, posando la copa con una delicadeza milimétrica-. Aunque tiene algo a su favor: ha logrado que no sienta la tentación de ignorarlo. Y en mi registro, eso es una anomalía considerable.
Él sonrió; una expresión que no buscaba la complacencia, sino que confirmaba una certeza interna.
-¿Puedo confesarle algo, Vera?
-Depende de la naturaleza de su confesión.
-No suelo ser persistente -admitió él-. Pero hay estructuras que no permiten otra opción que el análisis profundo.
Vera se inclinó apenas unos milímetros, lo justo para que su fragancia -una nota ambarada y cálida- invadiera el perímetro del perfume amaderado de Lucian. En ese espacio mínimo, las dos atmósferas colisionaron en un silencio absoluto.
-Entonces le deseo suerte, Lucian. Los enigmas, cuando se resuelven, suelen revelar que el vacío era su único contenido.
-O desvelan una estructura todavía más fascinante -replicó él, sosteniendo el envite.
Un silencio denso siguió a esa frase.
Dentro, el camarero dejó dos copas de vino sin que ninguno de los dos lo hubiese pedido.
Vera lo miró, alzando la suya con gesto sereno.
-Brindemos, entonces.
-Por qué? -preguntó él.
-Por las mentes que aún saben jugar.
Lucian sonrió, y en esa sonrisa Vera intuyó algo nuevo: no era un hombre que buscara conquistarla, sino descifrarla.
Y eso -por primera vez en mucho tiempo- le resultó más peligroso que seductor.