Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1) CAPITULO 1
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Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1)

Eximere: El legado de la sangre (Eximere 1)

Por Barbarah J.

© inepub.com

CAPITULO 1

La lluvia tamborileaba suavemente contra los amplios ventanales de su loft, en las Tierras Altas de Escocia.

Afuera, el paisaje se perdía entre brumas plateadas y colinas cubiertas de brezo, mientras dentro, el aire olía a una mezcla de café recién molido con un leve toque de sándalo.

Dorian, su inseparable gato negro, dormitaba sobre la cama, justo al lado de la maleta abierta donde reposaban, perfectamente dobladas, las prendas que había elegido con la precisión de quien conoce su propio ritual.

En el viejo tocadiscos, herencia de sus abuelos maternos, sonaba At last! de Etta James .

Vera abrió las puertas de su closet hecho a medida -un espacio que era más santuario que almacén- y extrajo el vestido negro de seda que colgaba como una sombra elegante.

Lo tendió sobre la cama con la reverencia que merece una segunda piel.

Cerca, en el zapatero de roble oscuro, sus zapatos de tacón aguardaban en su compartimento forrado en terciopelo, como joyas esperando ser coronadas.

Cada movimiento suyo era una coreografía.

No empaquetaba, sino que consagraba cada objeto para el viaje, transformando la maleta en un relicario de su esencia.

Su loft parecía un santuario cuidadosamente tejido entre estética y silencio; un espacio tan depurado y elegante que parecía respirar con ella.

Minimalista, sí, pero con ese matiz oscuro y sofisticado que la definía.

Los sofás de piel negra relucían bajo la luz tenue del atardecer, acompañados por un par de mantas blancas de pelo que suavizaban la dureza de lo monocromático del conjunto.

En invierno, gruesas cortinas de terciopelo negro caían pesadamente sobre los ventanales, aislando el mundo exterior; en verano, las sustituía por telas más ligeras que dejaban pasar una claridad más amable, pero la hacían invisible al resto del mundo.

La sola idea de enfrentarse a una multitud de desconocidos y frases de cortesía repetidas hasta la extenuación, le resultaba agotadora.

La exposición pública era para ella un mal necesario, un tributo ocasional a la maquinaria editorial que, por suerte, ya entendía sus límites.

Solo acudía a dos eventos al año, y siempre bajo sus condiciones: lugares discretos, aforos reducidos, horarios escogidos por ella.

Mientras cerraba la cremallera de la maleta, una media sonrisa cruzó su rostro.

Sabía que tras las horas de firma y la inevitable conversación social, la esperaban sus pequeños placeres parisinos: un paseo por Le Marais al atardecer, la subasta en el Hôtel Drouot, la tienda donde aún le reservaban su lencería de encaje favorita, y esa perfumería escondida en una callejuela donde el tiempo parecía detenido.

Apagó la luz del dormitorio, tomó su abrigo largo de lana marrón y, antes de salir, acarició a Dorían con un gesto leve.

-Solo serán tres días -murmuró-. Te dejo el reino, por ahora.

Tras la firma de libros -unas horas que se le antojaron un siglo de conversaciones banales-, Vera se desprendió del último admirador como quien se quita un guante usado.

Respiró hondo en la calle, dejando que el aire frío limpiara el eco de las sonrisas forzadas.

Sus pasos, ahora más ligeros, la llevaban hacia el Hôtel Drouot, donde las subastas silenciosas y el arte antiguo le devolverían la compostura.

Había visto en el catálogo de la subasta un libro que anhelaba hacía tiempo y ese día se sentía afortunada, tenía la convicción de que se haría con él.

Cuando Vera entró en la sala de subastas del hotel, la envolvió al instante la penumbra rojiza que siempre distinguía aquel lugar.

Las obras del día se distribuían sobre paneles de madera oscura, mesas laterales y vitrinas sencillas, que brillaban bajo una iluminación dirigida, pensada para resaltar detalles sin perder la atmósfera sombría del conjunto.

Entre los asistentes, Vera se movía con esa elegancia que no necesita anunciarse: impecable, precisa, como una figura escapada de un cuadro antiguo, ajena al ruido y a la prisa del mundo moderno .

Un vestido negro de seda bajo el abrigo de lana marrón, labios color borgoña, y esa mirada que parece haber visto demasiado como para dejarse impresionar por nada.

Vera Montclair era esa mujer que no se recuerda, sino que se padece su ausencia.

A sus cincuenta años, poseía una belleza que no buscaba la mirada ajena; la dictaba.

Su cabello, de un rubio níveo donde las hebras de color plata empezaban a tejer una autoridad silenciosa, enmarcaba una piel cuya palidez parecía diseñada para absorber la luz de las velas.

Tenía la fotogenia distante de las actrices del cine clásico, pero con una mirada de acero grisáceo capaz de diseccionar la intención de cualquiera que se atreviera a sostenerla.

Alta, esbelta y dueña de una indolencia estudiada, Vera no habitaba los espacios: los colonizaba con un silencio que resultaba más elocuente que cualquier discurso.

Tomó asiento en una de las sillas tapizadas de la sala de subastas, dejando que la penumbra del lugar la envolviera como un viejo hábito.

Con un gesto preciso, casi coreografiado, deslizó su abrigo sobre el respaldo, dejándolo caer con ese peso elegante que solo tienen las prendas bien hechas.

Después acomodó su bolso de piel negro sobre sus piernas.

Solo entonces, con las manos libres y la espalda bien erguida, alzó la mirada hacia el estrado, lista para observar hasta que tuviese que intervenir.

Por fin era el turno del lote 47:

Una edición encuadernada en piel de “Les Fleurs du Mal” , de Baudelaire. Ella sabía -solo con ver el dorso- que no era una primera edición. Aun así, lo deseaba por el gesto, por el peso simbólico.

El arte, pensaba, también se mide por las emociones que evoca, no por los certificados que lo avalan.

La puja se abrió en 250. Vera alzó su mano con toda la serenidad que la caracterizaba, hasta que una voz desde atrás desafió su oferta.

- Trescientos.

Grave, serena, masculina, con el tipo de acento inglés que revela educación y desdén a partes iguales.

Vera levantó su perfilada ceja, sin girar la cabeza.

- Trescientos cincuenta.

- Cuatrocientos.

Entonces sí se volvió para conocer a su rival.

Encontró unos ojos grises -como un día de tormenta-, grandes y brillantes, que la traspasaron sin pedir permiso.

La puja continuó unos segundos más, con algún postor esporádico intentando competir, pero el duelo real era entre Vera y el desconocido inglés. Finalmente, ella lo dejó ganar. No por debilidad, sino por la elegancia de saber cuándo retirarse .

- Un placer competir con alguien que sabe perder con tanta elegancia -oyó que él le decía, y su tono no era de burla, sino de genuino reconocimiento.

-No es una primera edición-, dijo con una media sonrisa y su pícara malicia cuando se volteó a verlo.

Él le sonrió divertido, como si hubiera estado esperando ese comentario. -Lo sé. Pero valía la pena ver quién más lo sabía.

El silencio se tendió entre ellos.

Un puente de miradas nació entre los ojos grises de ambos. Esa pausa exacta que solo existe cuando dos personas se reconocen en el mismo nivel de lucidez .

Se hizo el silencio entre los dos rivales.

-Entonces, felicidades -dijo Vera, con voz baja y medida-. Ha comprado usted un excelente símbolo de vanidad.

-Y usted ha renunciado con elegancia. No sé cuál de los dos se merece la enhorabuena.

Esa frase le sacó una sonrisa real.

Pequeña, casi imperceptible. Pero real.

Cuando ella se levantó para dirigirse a la salida, él, inclinando apenas la cabeza, dijo:

-Si alguna vez desea hojearlo sin compromiso, me encantaría compartirlo con quien lo entendió antes de comprarlo.

-Tal vez -respondió Vera-. Si la vanidad lo permite.

Él sonrió mientras la vio alejarse.

Vera estaba sentada en una de las mesas del Café Drouot , justo al lado del hotel donde acaba de asistir a la subasta, con una copa de vino blanco mientras el murmullo suave de los asistentes de la subasta se colaba por la ventana.

El café, tenía el aire sobrio y acogedor de un bistró clásico parisino.

Las paredes eran de un tono cálido, la madera vieja crujía bajo las sillas, y las luces eran tenues, lo suficiente para sentirse protegida pero no demasiado aislada.

Ella terminó su copa con calma y la dejó con delicadeza sobre la mesa. Se alzó para marcharse cuando, en ese momento entró él, su rival en la puja.

Él la observaba con el ejemplar recién adquirido en sus manos. Verla en ese momento, al final de su copa, lo impulsó a hacer lo que había callado en la subasta.

La detuvo con esa cortesía que nunca suena invasiva, pero tampoco admite negativa.

-¿Sería demasiado pedirle una dedicatoria, madeimoselle ?-preguntó, extendiéndole el libro con una media sonrisa-.Sería… un modo de inmortalizar este duelo tan civilizado.

Vera lo miró con esa calma que desarma.

Tomó el libro, lo abrió en la primera página, lo observó unos segundos… y luego lo cerró suavemente.

-Cometer semejante sacrilegio sería imperdonable -dijo con voz baja-. Ninguna pluma merece mancillar a Baudelaire, ni siquiera la mía. Además no sabría a quién dedicárselo.

Él sonrió, divertido, es la respuesta que estaba esperando por su parte. -No buscaba una dedicatoria -replicó con suavidad.-Esperaba algo más valioso que un autógrafo.

-¿Ah, sí? -Vera arqueó una ceja, contenida pero curiosa-.Y eso sería…

-Una forma de seguir esta conversación -dijo, y fue entonces cuando bajó la voz, cargándola de una intención deliberada-. Permítame presentarme: soy Lucian Duvall, y ha sido todo un honor batirme en duelo con usted, señorita Montclair.

El porte de Lucian era impecable: atlético sin exageración, sólido sin brutalidad. Parecía menos un hombre y más una escultura clásica que hubiera descendido de su pedestal para caminar entre mortales.