Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 30 LA QUE MURIÓ
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CAPÍTULO 30 LA QUE MURIÓ

La chimenea de raíces era el tramo más peligroso de la garganta.

No había espacio para la lanza, así que la dejó bajo una piedra con una marca de tres cortes.

Escaló con manos y rodillas, sintiendo cómo la raíz roja se calentaba bajo sus dedos.

Algunas estaban vivas de una forma que los árboles no eran.

Latían muy despacio. Otras estaban muertas y se deshacían al tocarlas.

En la mitad del ascenso oyó la montaña rugir.

El sonido no venía de arriba ni de abajo. Venía de todas partes. El agua vibró. Las raíces se tensaron. Kaoran se pegó a la pared y esperó a que pasara.

En el rugido reconoció algo que no había oído desde su época de guardián: era una criatura intentando sostener algo que se rompía.

—Todavía no la entierres —dijo, sin saber si hablaba a la montaña o a sí mismo.

La raíz bajo su mano ardió un poco más caliente.

Cuando alcanzó la cavidad superior, encontró una marca fresca de dedos en el barro. Isolde había llegado hasta allí. Se había apoyado contra la pared. Había intentado seguir. Después, el rastro se perdía detrás de una cortina de agua.

Kaoran se acercó a la cortina y descubrió un túnel bajo. Del otro lado había una raíz roja rota. La fractura era reciente y dejaba salir una luz débil.

Una brasa.

Kaoran apoyó la palma en la raíz rota y cerró los ojos.

El calor no era natural. No del todo. Le recordó a las viejas cámaras de Cendral, a la forma en que la piedra se calentaba antes de que una grieta se abriera. Pero también había algo humano en ese resplandor: una irregularidad, una debilidad que subía y bajaba como una respiración.

La persona que estaba al otro lado no podía sostener el fuego mucho tiempo.

Kaoran examinó el túnel. Era demasiado estrecho para entrar con la mochila puesta.

Dejó el pan, el aceite y la manta junto a la entrada.

Se quedó con las vendas, la cantimplora y el cuchillo.

Ató una cuerda corta a una raíz firme y se la sujetó a la cintura.

No esperaba caer. Nadie que espera caer llega lejos.

Pero esperaba que la montaña intentara mover el suelo cuando menos le conviniera.

Antes de entrar, oyó un sonido detrás de él.

Fue el roce de una garra contra la piedra, muy lejos, filtrado por corredores que no aparecían en ningún mapa. Rheskan no estaba allí. Kaoran lo sabía. Aun así, el eco tenía la misma desesperación que había visto en los ojos dorados del dragón desde la orilla.

—La busco —dijo hacia la oscuridad—. Tú sostén la montaña un poco más.

No esperaba que el dragón entendiera. La raíz roja se calentó bajo su mano. Fue suficiente.

En el túnel, el agua le llegó a los muslos.

Kaoran avanzó de lado, apoyando el hombro contra la pared.

Cada pocos pasos se detenía a escuchar. El río tenía ritmos: el golpe constante contra el basalto, el siseo de pequeñas corrientes entrando por grietas, el eco profundo de los pozos.

Una respiración humana no podía ocultarse de alguien que hubiera aprendido a escuchar entre ellos.

Al principio no oyó nada.

Luego encontró una piedra con tres arañazos.

No eran marcas de corriente. Eran rectas, separadas, hechas con una uña o una hebilla. Kaoran sonrió, aunque nadie podía verlo.

—Sigues dando órdenes —murmuró.

Había tres opciones al final de aquel túnel: seguir el agua, subir por un hueco seco o abrirse paso bajo una raíz que había caído. Los tres arañazos apuntaban hacia la raíz. Isolde no sabía que alguien vería la señal. La había dejado porque una parte de ella se negaba a desaparecer sin explicación.

Kaoran se metió bajo la raíz.

El espacio al otro lado era tan bajo que tuvo que arrastrarse. El agua había dejado barro rojo en las piedras. Allí encontró otra cosa: un colgante pequeño, roto por la mitad. Tenía un borde de metal oscuro y un dibujo casi borrado de un halcón.

No lo recogió de inmediato.

Primero buscó sangre.

Había una línea oscura que iba hacia arriba.

La siguió con paciencia. En dos ocasiones tuvo que detenerse cuando la montaña tembló.

Una vez una piedra cayó sobre su espalda y le raspó la capa.

Otra vez la cuerda de su cintura se tensó y tuvo que usar el cuchillo para liberar una raíz que se había enroscado alrededor.

Cada retraso le parecía demasiado largo.

Pero sabía que las personas heridas no se salvaban porque alguien corriera hacia ellas. Se salvaban porque quien llegaba conservaba las manos útiles.

En la parte más alta de la garganta, el túnel se abrió sobre una cavidad que el río no alcanzaba todavía.

Era un refugio antiguo. Kaoran reconoció los signos de los guardianes en la pared: una mano abierta para agua, dos líneas cruzadas para desprendimiento, un círculo incompleto para fuego.

Alguien había usado aquel lugar antes para esperar que la montaña se calmara.

La brasa estaba más fuerte allí.

Kaoran se arrodilló y tocó el suelo.

El barro estaba tibio.

Vio una marca de rodilla, una huella de mano y el borde de una capa roja arrastrado sobre la piedra. No había más sangre reciente. Eso podía significar que la herida había dejado de sangrar.

O que ya no quedaba fuerza para moverse.

La segunda posibilidad se quedó con él mientras avanzaba.

Más adelante, el refugio se dividía en dos pequeñas cámaras.

La de la izquierda estaba inundada. La de la derecha tenía raíces rojas en el techo y un hilo de luz entrando por una grieta.

Kaoran encontró allí una piedra pequeña colocada sobre otra, de una manera demasiado deliberada para ser casualidad.

Debajo había un trozo de tela negra y roja. Era una venda, torcida y manchada.

Kaoran la sostuvo un instante.

No necesitaba que le dijera a quién pertenecía.

—Ya casi —dijo.

No sabía si hablaba a ella o a sí mismo.

Al fondo de la cámara, una cortina de raíces ocultaba una abertura. De detrás salía el resplandor rojo. Kaoran escuchó. Esta vez la respiración era más débil. Estaba allí, pero cada silencio entre respiraciones era demasiado largo.

Se quitó la mochila por completo. Dejó el cuchillo a un lado. Las armas no servían en una cavidad donde solo quedaban una persona herida y una montaña inestable.

Desató la última venda limpia y la dejó preparada alrededor de su muñeca.

Llenó un paño con agua de la cantimplora.

Pensó en la ruta de regreso: la raíz baja, la chimenea de piedra, el cauce estrecho, la cascada, el claro.

Pensó en el tiempo que tardaría cargando a alguien.

Pensó en qué rocas podían derrumbarse y dónde podría detenerse sin que el río los alcanzara.

Era suficiente para el primer paso.

La brasa parpadeó una vez.

Kaoran se obligó a esperar tres respiraciones antes de apartar las raíces.

Era una regla vieja. Cuando una persona herida estaba al otro lado de una puerta, la urgencia intentaba convertir cualquier gesto en un golpe.

Pero las raíces podían sostener una piedra.

La piedra podía sostener una pared. La pared podía ser lo único entre una persona y el río.

Quien llega con prisa puede terminar de romper lo que la caída dejó a medias.

Una respiración.

El agua siguió subiendo por el túnel, pero no había llegado al refugio alto.

Dos respiraciones.

La luz roja volvió a aparecer entre las raíces, más débil que antes. Kaoran notó que no era una llama constante. Seguía el ritmo de alguien que perdía la conciencia y regresaba a ella.

Tres respiraciones.

Apoyó el hombro contra la raíz más gruesa y desplazó el peso hacia la pared. La raíz se abrió apenas. Detrás, una piedra suelta amenazó con caer. Kaoran la sostuvo con una mano y, con la otra, deslizó una cuña de madera que llevaba en el cinturón. La piedra se quedó quieta.

No era una solución para siempre.

Únicamente para el tiempo necesario.

Pensó en los hombres y mujeres que esperaban en Nydel.

Pensó en la madre de Isolde, en el hombre de la capa roja, en la amiga que llevaba el dolor como una espada.

Si lograba sacar a la heredera, todos querrían acercarse.

Todos tendrían razones. Todos creerían que su amor les daba derecho a una respuesta.

Kaoran no los odiaba por eso. La gente asustada confunde muchas cosas con amor.

Pero la joven que estaba detrás de las raíces necesitaría primero algo más sencillo: agua, calor, silencio y el derecho a despertar sin que un reino la estuviera esperando con preguntas.

No podía prometerle todo eso. El mundo de fuera era demasiado grande y demasiado herido.

Podía prometerle el primer tramo del camino.

Se inclinó para recoger el colgante roto que había encontrado antes.

El metal estaba frío, pero un borde aún conservaba el calor de una mano.

Kaoran lo envolvió en una tira de tela limpia y lo guardó dentro de la capa.

No era suyo. Se lo devolvería cuando ella pudiera cerrarlo alrededor de su propio cuello.

La raíz volvió a crujir.

Kaoran se puso de pie con cuidado. El cuerpo protestó; la rodilla izquierda, mal curada desde una batalla olvidada, le recordó que ya no tenía veinte años. La ignoró. Siguió adelante porque nadie más podía dar el siguiente paso; la valentía quedaba fuera del cálculo.

Escuchó una vez más la respiración al otro lado.

Seguía allí.

Muy débil.

Muy terca.

La clase de respiración que había sostenido reinos sin pedir permiso.

Kaoran no sabía si aquella joven quería volver a sostener nada cuando despertara. Esperaba que no. Esperaba que la montaña le hubiera enseñado lo que él había tardado toda una vida en aprender: nadie debe ser salvador todo el tiempo para merecer ser salvado.

La brasa se apagó.

Kaoran no esperó una cuarta respiración.

Apartó las raíces.

* * *

Isolde llegó a la última cavidad sin recordar cómo había cruzado la anterior.

El espacio era pequeño, protegido por raíces rojas y una pared de piedra caliente. Se dejó caer junto a un hueco donde el agua formaba un charco limpio. La lanza se le escapó de la mano.