Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 30 LA QUE MURIÓ #2
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CAPÍTULO 30 LA QUE MURIÓ #2

Había perdido el pedernal. Había perdido el queso. La venda estaba empapada. Conservaba la pieza de obsidiana porque la llevaba colgada dentro de la camisa, unida a un cordón que se había enredado alrededor de sus dedos.

Pensó en Aelyn escribiendo listas.

Pensó en Rheskan volando por encima del patio.

Pensó en su padre sentado junto a una ventana, fingiendo que el cansancio no podía tocar a un rey.

Darian apareció entre todos aquellos recuerdos. Cada versión de él llevaba la misma cara. El muchacho que le había enseñado a perder en un juego de estrategia sin enfadarse. El hombre que le había prometido abrir puertas. El heredero que sostuvo su muñeca sobre el barranco.

La fiebre mezcló sus voces.

Puedo mantenerte viva.

La heredera ha muerto en Cendral.

Isolde hundió la mano en el agua. El frío le dio unos segundos de claridad. Bebió con la palma y apoyó la cabeza contra las raíces.

Debía permanecer despierta.

Contó respiraciones. Perdió la cuenta en diecisiete. Empezó otra vez.

En algún momento oyó a los soldados.

Las voces llegaban deformadas por los túneles. Hablaban de una recompensa, del regente y de un viejo que había atacado a una patrulla. Isolde buscó la lanza. Los dedos no alcanzaron la madera.

La brasa bajo su piel se encendió.

Las raíces respondieron con un resplandor tenue.

Los soldados pasaron por una galería inferior. Sus lámparas proyectaron sombras sobre el techo y luego desaparecieron.

Isolde soltó el aire.

La brasa se apagó con él.

Despertó después ante el sonido de pasos distintos. Una persona caminaba con cuidado, probando el suelo. Se detenía para escuchar. Carecía del ritmo de una patrulla.

Isolde intentó incorporarse. La herida respondió con una oleada de dolor. Encontró la lanza y arrastró la punta hacia ella.

—Si puedes oírme —dijo una voz masculina desde el túnel—, golpea la piedra una vez.

Isolde permaneció quieta.

—Si eres de la Guardia —continuó la voz—, golpea dos. Así sabré que debo marcharme antes de que intentes arrestarme.

El humor seco le recordó a Aelyn. La memoria dolió.

Isolde levantó la lanza unos centímetros y la dejó caer.

Un golpe.

* * *

La cavidad interior estaba oscura salvo por un resplandor que salía de una figura tendida sobre la piedra. Una capa roja cubierta de barro. Cabello negro pegado al rostro. Una mano cerrada alrededor de un colgante roto.

Kaoran se quedó junto a la abertura durante un momento más, con una rodilla apoyada en la piedra húmeda.

El respeto lo detenía. El miedo resultaba útil cuando avisaba de una roca floja o de una corriente que debía evitarse.

La garganta había guardado a una joven herida cuando ningún otro lugar podía hacerlo.

Entrar como si fuera dueño de la cueva, de la montaña o de la vida que encontraba dentro era repetir la misma violencia que había llevado a Cendral a romperse.

Se quitó los guantes y los dejó fuera de la cavidad. La piel desnuda le permitió sentir el calor irregular que salía de las raíces. Después apagó la lámpara. La luz amarilla podía asustar a alguien que despertara entre piedras y agua. Dejó que la brasa roja fuera la única claridad.

En la oscuridad, la respiración de Isolde le pareció más clara.

Su ritmo era irregular: una inhalación corta, un silencio y otra respiración demasiado leve.

Kaoran contó hasta cinco entre ellas. Luego hasta seis.

Cuando llegó a siete, deslizó dos dedos por la piedra hasta encontrar el borde de la capa roja.

—Escúchame —dijo, aunque no sabía si ella podía hacerlo—. No voy a preguntarte qué pasó. No voy a pedirte que seas fuerte. Únicamente voy a sacarte de aquí.

La figura bajo las raíces no se movió. Pero la brasa de su mano tuvo un pulso más alto. Kaoran lo tomó como una respuesta porque, en una garganta, uno aprende a no exigir palabras cuando un cuerpo apenas puede ofrecer calor.

Recordó la primera persona a la que había sacado de una cueva.

Era un muchacho de diecisiete años, herido por una flecha durante una escaramuza de frontera.

Kaoran tenía entonces el uniforme limpio, una espada nueva y la certeza de que salvar a alguien le daría derecho a sentirse bueno.

El muchacho sobrevivió, pero al volver al campamento lo obligaron a cargar un estandarte en la siguiente batalla. Murió dos semanas después.

Desde entonces, Kaoran no confundía rescatar a alguien con devolverlo enseguida al lugar que lo había roto.

La heredera de Caleryon era, en cierto modo, más peligrosa.

Porque un reino entero la estaría esperando.

Porque cada persona que la amaba tendría una razón para acercarse y una necesidad de que despertara siendo quien era antes.

Pero nadie salía de una montaña igual que entraba. Nadie debía exigírselo.

Kaoran observó el colgante en la mano cerrada de Isolde. Los dedos estaban tan rígidos por el frío que no intentó abrirlos. Dejó que lo conservara. Algunas personas necesitaban una cosa pequeña para recordar que todavía elegían algo.

Luego miró la herida bajo las costillas.

La sangre había formado una costra oscura sobre el vendaje improvisado, pero seguía filtrándose en los bordes.

Kaoran preparó el paño húmedo y la venda limpia.

Primero debía calentarla. Después tendría que presionar la herida.

Después llevarla fuera antes de que el río invadiera la cavidad.

Era una lista de cosas que debían hacerse en el orden correcto.

Kaoran se acercó.

Se detuvo antes de tocarla.

La había visto de lejos una vez, años atrás, durante un festival de Caleryon.

Una niña sobre un caballo blanco, demasiado seria para su edad, mirando las almenas como si ya supiera que algún día tendría que defenderlas.

Había visto en ella el mismo fuego que había visto en su madre.

Pensó que los Valarys eran peligrosos por eso.

La crueldad quedaba fuera de la cuestión.

El peligro nacía del fuego, que siempre terminaba pidiendo algo cuando lo dejaban solo.

La mujer que tenía delante parecía una superviviente.

Su respiración era tan débil que Kaoran tuvo que inclinarse hasta casi tocarle los labios para sentirla.

La herida bajo las costillas seguía abierta.

El agua y el barro habían limpiado parte de la sangre, pero no el peligro.

Sus dedos estaban azules de frío, salvo por una línea roja que ardía bajo la piel.

Kaoran apoyó dos dedos en su cuello.

Pulso.

Débil.

Terco.

Una luz roja escapó de la mano de Isolde y tocó sus nudillos. No lo quemó. Era la misma brasa que Rheskan había sentido. Un fuego pequeño, sin control, luchando por no apagarse.

Kaoran miró alrededor. La cavidad no era segura. El agua subía lentamente por el túnel. Las raíces rojas sostenían el techo, pero cada vibración de la montaña hacía caer polvo sobre el cabello de la joven.

—No puedes quedarte aquí —dijo.

Isolde no respondió. Sus ojos se abrieron apenas. No enfocaban. Durante un instante, Kaoran pensó que veía a otra persona en ellos, una sombra dorada muy antigua. Después la mirada se nubló de nuevo.

—¿Quién...? —susurró ella.

Kaoran se quitó la capa de piel y la extendió sobre ella. No dio su nombre. Todavía no.

—Alguien que ha llegado tarde demasiadas veces —dijo—. Esta vez no.

La mujer intentó incorporarse. El movimiento le arrancó un sonido de dolor tan bajo que casi se perdió bajo el agua.

—Rheskan —murmuró.

—Vive.

No sabía si era prudente decirlo. Pero la brasa en su mano se estabilizó un poco después de oír la palabra.

—Mi madre...

—Vive.

Los ojos de Isolde volvieron a abrirse. Esta vez la mirada encontró la suya durante un segundo.

—Darian...

Kaoran conocía la respuesta, pero el río subió un palmo de golpe y la montaña rugió sobre ellos antes de que pudiera pronunciarla.

El techo dejó caer una piedra del tamaño de un puño junto a la cabeza de Isolde.

No quedaba tiempo para preguntas.

Kaoran deslizó un brazo bajo sus hombros y otro bajo sus rodillas.

Isolde pesaba menos de lo que debería una mujer que había sobrevivido a una montaña.

Cuando la levantó, la brasa de su mano tocó el pecho de Kaoran a través de la capa.

El viejo guerrero miró hacia el túnel inundado, hacia el camino que llevaba de vuelta a las personas que la buscaban, y hacia la oscuridad más profunda de la garganta.

Después ajustó el cuerpo moribundo de Isolde contra él.

Y empezó a caminar.