Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 29 EL VIEJO GUERRERO #2
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CAPÍTULO 29 EL VIEJO GUERRERO #2

—Varek exige revisar la zona una última vez —dijo el oficial—. Darian quiere que el informe quede cerrado antes de partir hacia Caleryon.

—Ya hemos buscado.

—Buscad mejor.

Kaoran apagó la lámpara y se ocultó detrás de las raíces. Los soldados subieron hasta la repisa. Uno pateó las cenizas.

—Alguien estuvo aquí.

—Un explorador —dijo otro.

—El soldado perdió la bolsa. Quizá acampó antes de morir.

El oficial examinó la venda.

—Sangre reciente.

Kaoran sacó la espada sin hacer ruido.

Una piedra cayó desde la abertura interior y golpeó la pared. El sonido se propagó por el túnel. Los guardias levantaron las lámparas.

—Hay alguien dentro.

Kaoran salió de su escondite.

—Yo.

El oficial se volvió.

—¿Quién sois?

—Un hombre que busca a su sobrino.

—Ya os han dicho que os marchéis.

—Mi familia tiene problemas para obedecer.

El primer guardia atacó. Kaoran desvió la espada, golpeó la muñeca y usó el propio impulso del hombre para lanzarlo al barro. El segundo intentó rodearlo. Kaoran le dio con la empuñadura bajo la mandíbula. El oficial retrocedió y sacó una piedra azul.

—Por autoridad del regente…

Kaoran le lanzó la espada corta. La hoja atravesó la manga y clavó el brazo contra una raíz, lejos del cuerpo.

—La autoridad debería aprender a caminar sin esas piedras.

Recogió las armas y las arrojó al agua. Ató a los tres hombres con sus cinturones.

—Cuando os soltéis, diréis que un viejo os atacó y siguió río abajo.

—Os encontrarán.

—Eso espero. Río abajo.

Kaoran recuperó la espada y entró en la abertura. Ahora tenía menos tiempo.

El túnel descendía primero y después giraba hacia el corazón de la montaña.

Había gotas de sangre en las paredes. La persona herida utilizaba la lanza rota como bastón.

A veces arrastraba la punta. A veces la levantaba para no dejar rastro.

Esa alternancia mostraba que aún pensaba a pesar de la fiebre.

Kaoran avanzó despacio. La piedra de Cendral guardaba bolsas de gas y grietas que podían tragarse una pierna. Probó el suelo con la vaina antes de cada paso.

Encontró el pedernal junto a un charco. Más adelante apareció el trozo de queso, todavía envuelto. La persona había empezado a abandonar peso.

—No abandones el agua —dijo hacia la oscuridad, aunque nadie podía oírlo.

La galería desembocó en una cavidad atravesada por un río subterráneo. Las raíces rojas descendían del techo y entraban en el agua. Al otro lado había una marca de la lanza.

Kaoran se metió en el río. La corriente le llegó a la cintura. El frío mordió las cicatrices antiguas de sus piernas.

En mitad del cruce oyó un rugido lejano.

Procedía de la montaña o de un animal atrapado detrás de ella. Kaoran se quedó quieto. El agua vibró alrededor de su cuerpo. Una ráfaga caliente atravesó la cueva y apagó la lámpara.

La oscuridad quedó teñida por un pulso rojo.

Una brasa aparecía y desaparecía entre las raíces de la otra orilla.

Kaoran volvió a encender la lámpara. El resplandor ya se había apagado, pero ahora conocía la dirección.

Salió del agua y encontró una rodilla marcada en el barro. La persona se había caído allí. Había permanecido un tiempo apoyada contra la pared y luego había continuado.

—Terquedad —murmuró—. Útil en dosis pequeñas.

El túnel se estrechó. Kaoran tuvo que dejar la mochila y avanzar de lado. El calor aumentaba. Las raíces latían bajo sus dedos con un ritmo distinto al de la montaña.

Encontró la lanza rota junto a una bifurcación.

Una de las galerías descendía hacia el agua. La otra subía hasta una grieta por donde entraba aire. En la pared había una mancha de sangre y tres líneas trazadas con un dedo.

La persona había elegido subir.

Kaoran recogió la lanza. La madera conservaba calor.

Siguió el ascenso hasta una cámara pequeña. Allí había otra fogata, alimentada con tela. La llama se había consumido. Junto a las cenizas aparecían huellas de una sola bota, después de un pie desnudo y finalmente marcas de arrastre.

En la pared, alguien había escrito una palabra con carbón.

AELYN.

Kaoran pasó el pulgar por las letras.

Conocía ese nombre. Toda Caleryon conocía a la amiga de la heredera, la joven que había abierto los almacenes cuando los hombres del Consejo debatían sobre quién tenía derecho a hacerlo.

El sobrino imaginario dejó de servirle incluso como mentira privada.

Kaoran sabía a quién seguía.

También sabía que los guardias regresarían con más hombres.

Tomó la mochila, llenó una cantimplora en un hilo de agua limpia y siguió las raíces.

La brasa roja volvió a latir.

Esta vez estaba cerca.

* * *

Antes de entrar en la garganta, Kaoran se detuvo en el último claro donde los árboles dejaban ver el río.

La luna iluminaba la corriente lo suficiente para que pudiera observar sus tres colores.

En la superficie había agua negra, procedente de las tierras altas.

Más abajo corría un hilo gris, cargado de ceniza de Cendral.

Entre ambos aparecían destellos rojos que solo se veían cuando el agua giraba en los remolinos.

La sangre de una persona herida podía teñir un río durante un rato.

El fuego de una heredera vinculada a dos dragones podía hacer algo más extraño.

Kaoran se agachó y tocó la orilla.

El barro estaba caliente en un punto y helado a dos dedos de distancia.

—No te has apagado —murmuró.

Sacó de la mochila una tira de cuero marcada con nudos.

Cada nudo era un día de marcha hacia o desde Cendral.

Había empezado a usarla después de perder a tres hombres en una tormenta de nieve por confiar en un mapa viejo.

Los mapas decían dónde los reinos querían que hubiera caminos.

Los nudos decían dónde alguien realmente podía poner el pie.

Marcó una nueva muesca.

Luego dejó una piedra blanca en el borde del claro, con una línea de ceniza sobre ella. Si volvía acompañado, sabría que debía girar allí. Si no volvía, quizá alguien la encontraría y entendería que un hombre había descendido hacia el agua por voluntad propia.

Era una costumbre de supervivencia.

La garganta se estrechaba después del claro.

Los árboles se inclinaban sobre el río, haciendo que las ramas formaran un túnel.

Kaoran no caminó por la orilla; la corriente podía tragarse tierra bajo sus botas sin aviso.

Avanzó por las raíces más altas, apoyando el peso primero en la lanza, luego en el talón, después en la parte exterior del pie.

El movimiento era lento. No elegante. Repetido hasta que el cuerpo lo hacía antes de que la mente pudiera tener miedo.

Encontró la primera señal de Isolde en un espino negro.

No era la capa roja. Esa estaba más abajo. Era una hebra de cabello oscuro atrapada en una espina, pegada por sangre seca. Kaoran la soltó sin arrancarla. La montaña guardaba cosas mejor cuando no intentabas poseer cada prueba.

Después halló una huella de mano sobre una roca inclinada. Los dedos se habían deslizado hacia abajo, pero en el centro había una marca más profunda donde la palma había hecho fuerza. La persona había detenido su caída allí. Kaoran colocó la mano sobre la huella.

Pequeña. Herida. Persistente.

—Eso está mejor —dijo.

Había tenido alumnos que confundían sobrevivir con parecer invencibles.

La mayoría moría joven o se convertía en capitán de alguna Casa y llevaba a otros a morir por ellos.

Los buenos alumnos eran los que aprendían a dejar rastros, a pedir ayuda sin palabras, a saber cuándo una mano extendida era una cuerda y cuándo era una cadena.

No sabía qué clase de alumna sería Isolde. No la había conocido lo suficiente. Pero el rastro le contaba cosas.

La heredera no había dejado marcas al azar.

Había usado sangre donde la piedra era clara.

Había roto tela donde el camino se bifurcaba.

Había golpeado tres veces una pared cuando el ruido del río podía tragarse una voz.

No eran acciones de una persona derrotada.

Eran las de alguien que quería ser encontrada y aún tenía fuerza para enseñarle a otro cómo hacerlo.

Kaoran siguió el golpe de tres marcas hasta una galería lateral. Allí el río se partía en un hilo bajo de agua caliente y un canal alto de piedra seca. La mayoría de los heridos escogería el canal seco. Isolde había elegido el agua. Su mano estaba marcada en el borde, entrando al cauce.

Era una decisión extraña hasta que Kaoran vio la grieta del techo. El canal seco terminaba en un derrumbe. El agua pasaba por debajo.

—No solo quieres vivir —dijo hacia el vacío—. Quieres llegar a algún sitio.

Se metió en el agua.

El frío le subió hasta las rodillas. El cauce era estrecho, pero no profundo.

La corriente tiraba hacia abajo, intentando girar sus piernas.

Kaoran avanzó de lado, usando la lanza como tercer punto de apoyo.

A cada paso, imaginaba el cuerpo de Isolde haciendo lo mismo con menos fuerza, una herida abierta y ninguna herramienta salvo las manos.

La encontró en su mente antes de encontrarla en la piedra: una figura roja, arrastrándose entre raíces, furiosa porque su cuerpo no obedecía la orden de levantarse. Era el tipo de imaginación que nace de haber visto demasiadas personas heridas intentar negar sus límites.

La cueva de las ramas secas confirmó parte de la historia. Había ceniza reciente en el suelo. Una rama quemada. Una venda improvisada hecha con tela roja y negra. Kaoran recogió la venda. La sangre era oscura, pero la brasa que había quemado el borde seguía tibia.

Se quedó sentado junto a las cenizas unos minutos, escuchando el río.

La razón quedaba lejos de estuviera cansado.

Porque necesitaba decidir si seguía la ruta de la persona herida o se adelantaba a ella.

Había dos salidas de aquella cueva. Una bajaba hacia la corriente y llevaría a alguien de vuelta al valle. La otra subía por una chimenea de raíces y terminaba en la cavidad más alta de la garganta. Isolde podía haber escogido cualquiera. Pero el rastro de sangre iba hacia arriba.

No buscaba salir.

Buscaba permanecer por encima del agua.

Kaoran se puso en pie y empezó a subir.