CAPÍTULO 29 EL VIEJO GUERRERO
Kaoran había pasado cuarenta años evitando los lugares donde los reinos dejaban sus muertos.
Sabía encontrarlos demasiado bien. Había sido soldado cuando las Casas todavía llamaban “campaña de frontera” a la costumbre de mandar muchachos a morir por piedras que nadie había visto.
Había sido guardián cuando los reyes decidieron que Cendral necesitaba hombres capaces de escuchar el río y obedecer sin preguntar por qué una orden cambiaba cada vez que alguien nuevo se sentaba en el trono.
Había sido maestro durante unos años, hasta que comprendió que enseñar a pelear sin enseñar a desobedecer era fabricar herramientas para otra persona.
Después de eso, se había ido al oeste.
La gente de los pueblos cercanos decía que era un ermitaño.
Otras personas lo llamaban mercenario, cazador, loco de montaña.
Kaoran no corregía a nadie. Los nombres eran maneras de pedir que una persona se quedara en el lugar que otros entendían.
Él había pasado demasiado tiempo llevando nombres que le quedaban grandes.
El día que Cendral rugió, estaba arreglando una red de alambre alrededor de una huerta pequeña junto a la garganta.
No cultivaba mucho: raíces, hierbas amargas, cebada que crecía baja por el viento.
Lo suficiente para vivir sin deber nada a lord alguno.
La primera sacudida hizo caer una fila de tarros.
La segunda abrió una grieta en el suelo.
La tercera trajo una corriente caliente por el río y un olor que no había sentido desde la última vez que una puerta antigua se había abierto.
Sangre de dragón.
Kaoran dejó la red sin reparar y subió al risco desde el que podía ver el valle de lejos.
No vio a Ydrael entonces. Vio humo sobre Cendral y columnas moviéndose en las riberas.
Vio luces azules que no eran tormenta ni señal de pescador.
Vio personas corriendo sin saber hacia qué lado era más peligroso ir.
Conocía esa escena. La había visto demasiadas veces con otros colores.
Volvió a la cabaña y preparó la mochila sin pensar demasiado: cuerda, piedra y acero, dos vendas limpias, aguja curva, hilo de tripa, sal, una cantimplora, pan duro, aceite de lámpara, una manta de piel.
No llevaba medicina suficiente para una guerra.
Nadie la llevaba nunca. Pero sabía atender a una persona hasta que pudiera elegir si seguía respirando.
Cuando llegó al borde de la garganta, la batalla ya estaba terminando o empezando de otra forma.
Desde la altura vio el puente roto, los grupos dispersos, los dragones sobre la montaña y la figura roja que cayó hacia el río cuando la plataforma cedió.
No podía reconocer un rostro desde tan lejos. Reconoció la caída.
Era la de alguien que había dejado de tener suelo.
Durante un instante se quedó quieto. La parte de él que había sobrevivido a todas las guerras le dijo que no bajara.
Que había demasiadas personas buscando, demasiados soldados, demasiadas Casas que convertirían a cualquier superviviente en una bandera antes de que pudiera beber agua. Que no era su asunto.
Luego vio una pequeña llama aparecer bajo la corriente.
No ardía como una antorcha. Ardía como una negativa.
Kaoran había conocido a Maelia Valarys una sola vez.
Ella era joven, llevaba una capa de viaje y hablaba demasiado rápido cuando estaba enfadada.
Había llegado a la vieja casa de los guardianes con un mapa bajo el brazo y la pregunta de quién había construido los primeros cierres de Cendral.
Kaoran le había dicho que las preguntas peligrosas no se hacen si no estás dispuesto a vivir con las respuestas.
Maelia lo había mirado con una mezcla de desprecio y curiosidad.
—Eso es una forma muy larga de decir que no quieres ayudarme.
—Es una forma corta de decir que si te ayudo, ambos tendremos que pagar algo.
Ella había sonreído entonces. La razón estaba en que entendía el idioma de quien no quería venderle una certeza, lejos de le gustara la respuesta.
Después de aquella noche, Kaoran oyó rumores. La heredera había tenido una hija. Maelia había desaparecido. Cendral había vuelto a guardar secretos. Había decidido que no volvería a mirar hacia el este.
La brasa bajo el río le demostró que las decisiones viejas tenían una manera desagradable de seguir esperando.
Kaoran siguió la corriente sin acercarse al camino principal.
Vio a los hombres de Varek retirarse antes de que supieran que Varek había caído.
Vio guardias de Caleryon formar un círculo alrededor de heridos de Skarde.
Vio una mujer con el pelo oscuro correr hacia el barranco y un hombre joven arrodillarse sobre una tira de tela roja.
Reconoció el dolor aunque no conociera los nombres.
No se presentó.
Le importaba, y por eso evitó que demasiadas personas destruyeran el rastro durante la búsqueda. Porque quien cae de una montaña no necesita una multitud gritando su nombre. Necesita a alguien que vea lo que el suelo intenta decir.
Pasó la primera noche bajo un saliente, esperando que la corriente bajara un poco.
No durmió. El río llevaba objetos: una rueda de carro, un escudo partido, un cuerpo con un brazalete blanco, una espada sin mano que la sostuviera.
Cada cosa contaba una versión de la batalla.
Ninguna explicaba por qué una chica de sangre de fuego había logrado encender una brasa en agua helada.
Al amanecer encontró la capa roja enganchada en un espino.
Estaba cortada, no arrancada. La persona que la llevaba había usado el borde para vendar algo o para dejar una marca.
Kaoran la dejó donde estaba durante unas horas, observando la dirección de la corriente y las gotas de sangre que se acumulaban en las piedras.
Luego la recogió y la dobló dentro de la mochila.
Guardó la tela para devolverla a su dueña si llegaba a encontrarla.
Quizá la dueña necesitaría saber que alguien había seguido el camino correcto.
* * *
Kaoran Thennar llegó a Cendral dos días después de que los ejércitos empezaran a llamarlo victoria.
Había visto demasiadas victorias para confiar en el nombre. Siempre olían a madera mojada, sangre vieja y escribas trabajando deprisa.
Desde la loma occidental observó a la Guardia de Estabilidad retirar cadáveres del campo.
Los cuerpos con brazalete blanco iban a carros cubiertos.
Los soldados de Caleryon y Skarde quedaban alineados junto al río, mezclados por la misma lluvia.
Varios hombres recogían piedras azules con pinzas de hierro. Otros quemaban documentos en una zanja.
Kaoran desmontó lejos del camino. Su caballo, una yegua gris llamada Bruma, había aprendido a caminar entre ruinas sin asustarse por el olor. La dejó en un pinar con agua y grano.
—Si alguien intenta llevarte, muérdele —le dijo.
La yegua movió una oreja.
Kaoran se cubrió la cabeza con la capucha y descendió a pie. Vestía una capa sin colores, botas reparadas varias veces y una espada corta que parecía demasiado sencilla para pertenecer a un hombre peligroso. Aquella impresión le había resultado útil durante cuarenta años.
Encontró el primer rastro junto a un altar roto.
Una línea de sangre descendía hacia el barranco. Había demasiada para un animal pequeño y demasiado poca para un cuerpo arrastrado. Alguien había avanzado herido. Las huellas desaparecían donde la plataforma se había desprendido.
Dos guardias vigilaban el borde.
—La búsqueda terminó —dijo uno al verlo—. El camino está cerrado.
—Busco a mi sobrino —respondió Kaoran—. Llevaba capa roja.
El guardia miró su barba gris y decidió que la tristeza explicaba cualquier incoherencia.
—Los de Caleryon están junto al río.
—¿Encontraron a la heredera?
La pregunta endureció al segundo hombre.
—Murió.
—Entonces encontrarían el cuerpo.
—La corriente se lo llevó.
—Las corrientes suelen llevar los cuerpos a algún sitio.
El guardia puso una mano en la espada.
—Seguid vuestro camino.
Kaoran bajó la cabeza y se alejó. Esperó detrás de una pared caída hasta que los hombres cambiaron de turno. Después regresó por debajo de la repisa.
La piedra guardaba señales que los soldados habían ignorado. Una mancha en el borde. Dos arañazos de uñas. Un hilo rojo atrapado en una grieta. Kaoran tocó el hilo y miró el río.
La plataforma había caído hacia el cauce principal. Un cuerpo inconsciente habría seguido la corriente hasta el pozo. Una persona capaz de moverse podía haber alcanzado el remanso de raíces.
Descendió usando una cuerda corta. A mitad de camino encontró una marca azul quemada sobre la roca y otra de garras varios metros más arriba. Un dragón había intentado llegar al agua. El rastro terminaba bajo un derrumbe reciente.
Kaoran evitó sacar conclusiones. Las conclusiones pesaban y hacían que un hombre dejara de mirar.
En el remanso encontró una bota.
La suela llevaba el sello de los talleres reales de Caleryon. Cerca flotaban fibras de una capa roja. Las raíces de la orilla estaban rotas hacia arriba: alguien había salido del agua.
Kaoran se agachó y apoyó dos dedos en el barro. Las lluvias habían desdibujado la huella, pero el talón seguía visible. Pie izquierdo desnudo. Arrastre en el lado derecho. Una mano usada como apoyo.
La persona había sobrevivido a la corriente.
El rastro subía hacia la repisa.
Kaoran encontró el cuerpo del soldado, la bolsa abierta y un brazalete blanco colocado con cuidado junto a las cenizas. La fogata estaba apagada desde hacía horas. Debajo de la tierra quedaba una brasa.
—Bien —murmuró.
Quien había encendido aquel fuego conocía el frío. Quien había ocultado la brasa esperaba necesitarla de nuevo.
Revisó la venda abandonada. Sangre oscura, olor dulce alrededor de los bordes. La herida empezaba a infectarse.
Las huellas conducían hacia una abertura entre raíces. Kaoran preparó la lámpara y marcó la entrada con tres piedras. Antes de pasar, oyó voces en la orilla.
Los guardias habían regresado con un oficial.