Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 28 LA CICATRIZ
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CAPÍTULO 28 LA CICATRIZ

El río devolvió a Isolde cuando ya había dejado de parecer una persona.

La corriente la golpeó contra una lengua de piedra y la hizo girar hacia un remanso cubierto por raíces. Su cuerpo quedó atrapado entre ramas, con la cara fuera del agua. Durante un tiempo solo existieron el frío, el peso de la ropa y un latido irregular bajo las costillas.

Despertó al intentar respirar.

El aire entró acompañado de agua. Tosió hasta sentir que la herida se abría. Quiso llevarse una mano al costado y descubrió que dos dedos apenas respondían. La tela blanca con la que Darian había vendado la herida seguía alrededor de su cintura, teñida de rojo y barro.

Recordó sus manos anudando aquella tela.

Después recordó la espada golpeando el soporte.

La orden llegó completa desde algún lugar de su memoria.

Dejad que el río se lleve el cuerpo.

Isolde apoyó la frente en la piedra. El agua seguía tirando de sus piernas. Podía soltarse y permitir que la corriente terminara el trabajo. La idea carecía de dramatismo. Se presentó como una forma de descanso.

Una raíz se partió bajo su peso.

El sonido la devolvió al peligro inmediato. Si todas cedían, el río la arrastraría hacia el pozo que rugía unos metros más abajo. Clavó el codo en el barro y empujó. El cuerpo avanzó el ancho de una mano.

El esfuerzo llenó su visión de puntos blancos.

Esperó. Respiró. Volvió a empujar.

El barro retenía la capa. Isolde buscó el broche con dedos torpes y consiguió abrirlo. La tela roja desapareció en la corriente. Durante un instante flotó como un estandarte. Luego el agua la dobló sobre sí misma y se la llevó.

Sin aquel peso, Isolde arrastró el pecho fuera del remanso. Las botas seguían sumergidas. Se desabrochó una, luego la otra. La segunda cayó al río. Conservó la primera porque sus dedos se cerraron alrededor sin recordar cómo soltarse.

Alcanzó una zona de grava y se quedó boca arriba.

El cielo era una grieta gris entre las paredes del barranco. Ceniza y nieve descendían juntas. Cada copo se derretía al tocarle la cara.

Buscó a Rheskan.

El vínculo no respondió.

Abrió la mente con la desesperación con que habría gritado su nombre.

Encontró un espacio frío. La fractura provocada por Ydrael había cortado los caminos conocidos.

Quizá Rheskan estaba muerto. Quizá la red lo había arrastrado dentro de la montaña.

Quizá seguía llamándola desde un lugar al que ella ya no podía llegar.

Isolde apretó los dientes para impedir que el dolor se convirtiera en un grito. La garganta necesitaba aire.

—Rheskan.

El nombre salió débil.

Nada cambió en el cielo.

Pensó en Aelyn. Imaginó a su amiga recorriendo el palacio con una lista en la mano, exigiendo respuestas a hombres que ya habían preparado sus mentiras.

Pensó en su padre, enfermo y rodeado. En Cael al otro lado del puente.

En Morna cayendo junto a la cadena. En Maelia viva detrás de una jaula de sal.

Todos quedaban lejos.

Isolde giró hacia un costado. La piedra le pareció moverse. Tardó varios intentos en ponerse de rodillas. La herida sangraba a través de la venda. Presionó con la mano sana y miró la pared del barranco.

Una repisa estrecha subía hacia una zona de raíces. Si llegaba allí, saldría del alcance de la próxima crecida. La distancia era corta para una persona sana. A ella le pareció una frontera.

Avanzó apoyando una rodilla y una mano. La grava se hundía. Cada dos movimientos tenía que detenerse para escuchar su pulso.

En la mitad del camino encontró un casco de la Guardia de Estabilidad. El metal estaba abollado y vacío. Más arriba había una lanza rota, una bolsa de cuero y el cuerpo de un soldado joven atrapado entre dos rocas.

Isolde se quedó junto a él.

El muchacho llevaba un brazalete blanco. También llevaba una cinta verde alrededor de la muñeca, el color de los agricultores de Halen. Tendría familia. Quizá había aceptado la Guardia porque prometían pagar sus deudas. Quizá había elegido a Varek. El río había borrado la diferencia.

La bolsa contenía pedernal, un trozo de queso envuelto en tela y una venda limpia. Isolde cerró los ojos antes de tomarla.

—Lo siento.

La voz se perdió bajo el agua.

Subió hasta la repisa y se refugió detrás de las raíces. El hueco olía a tierra caliente. Una veta roja atravesaba la piedra y conservaba una temperatura tenue. Isolde apoyó la espalda contra ella.

Con el pedernal encendió fibras secas de la bolsa. La primera chispa murió. La segunda prendió en un hilo. La tercera levantó una llama pequeña.

Sus manos recordaban los ejercicios del patio: proteger el fuego del viento, alimentar primero con fibras, después con ramas finas. Aquellas lecciones habían pertenecido a una heredera que viajaba rodeada por soldados. Ahora servían a una mujer sin botas, sin espada y con sangre ajena en los dedos.

El queso le produjo náuseas. Comió un trozo del tamaño de una moneda y guardó el resto.

La fiebre llegó con la oscuridad.

Vio a Darian sentado al otro lado del fuego. Vestía la camisa blanca de la noche en que le había pedido matrimonio. El anillo brillaba en su mano.

—Puedo mantenerte viva —dijo la imagen.

Isolde arrojó una piedra. Atravesó la figura y apagó parte de la llama.

Cuando volvió a mirar, estaba sola.

Reparó el fuego. Ató la venda limpia alrededor de la herida y apretó hasta que el dolor la obligó a detenerse. La tela se oscureció casi de inmediato.

—Una cosa —murmuró—. Haz una cosa.

Respirar. Mantener el fuego. Beber unas gotas. Seguir despierta.

La lista se convirtió en una cuerda.

Durante la noche oyó pasos sobre la orilla inferior. Voces de hombres. Isolde apagó la llama con tierra y se tendió contra la piedra.

Tres soldados entraron en el remanso con lámparas azules.

—La capa apareció río abajo —dijo uno.

—El regente ha ordenado suspender la búsqueda.

—Varek quiere el cuerpo.

—Darian ha firmado que la corriente basta como prueba. Mañana retiramos los puestos.

Los hombres iluminaron las raíces. Isolde contuvo la respiración. Una gota de sangre cayó de la venda a la grava.

El soldado más joven avanzó hacia la repisa.

Otro lo llamó.

—Déjalo. Si sobrevivió a la caída, la fiebre terminará el trabajo.

Las luces se alejaron.

Isolde mantuvo los ojos abiertos hasta que las voces desaparecieron. Después volvió a encender la llama con las brasas ocultas bajo la tierra.

Darian había firmado su muerte.

El conocimiento encontró un lugar dentro de ella y se quedó allí. La rabia llegaría más tarde, si lograba sobrevivir. Aquella noche carecía de fuerza para odiarlo.

Al amanecer, la crecida alcanzó la parte baja de la repisa.

Isolde se puso en pie apoyándose en la lanza rota. La pierna izquierda tembló. El paisaje se inclinó, recuperó su forma y volvió a inclinarse.

Las raíces continuaban hacia una abertura en la pared. Al otro lado entraba una corriente de aire tibio.

Recogió el pedernal, la venda sobrante y el trozo de queso. Dejó el casco y el brazalete del soldado junto al fuego apagado.

Avanzó hacia la abertura.

Cada paso la alejaba del nombre que los traidores acababan de enterrar.

* * *

Despertó con el río salpicándole la cara.

No había madre. No había torre. No había corona.

Únicamente una raíz roja junto a su mano, caliente como una brasa.

Isolde la tocó.

El vínculo con Rheskan respondió desde muy lejos.

Le llegó una imagen de tierra húmeda, una cueva pequeña y una llama protegida del viento. Rheskan todavía era incapaz de encontrarla. Podía recordarle que bajo la montaña existían lugares donde una vida resistía hasta estar preparada para volver.

Ella siguió la raíz.

La estrechez desembocó en una cavidad donde alguien había dejado ramas secas años atrás.

Quizá guardianes. Quizá contrabandistas.

Quizá una persona que también había necesitado un lugar donde no la encontraran.

Isolde no tenía piedra ni acero. Usó el calor que escapaba de su mano, una chispa mínima que no obedecía del todo.

Costó varios intentos. Cuando las ramas prendieron, el fuego fue tan débil que apenas calentaba la palma.

Le pareció una victoria.

Se quitó parte de la capa y apretó el vendaje improvisado sobre la herida. El movimiento la hizo marearse. Bebió unas gotas de agua de una pequeña filtración en la pared. La mayor parte volvió a salir cuando tosió. Aun así, siguió intentando.

No sabía cuánto tiempo podía durar.

No quería saberlo.

En una pausa entre respiraciones, oyó voces lejanas.

Las palabras quedaban fuera. El río deformaba todo. Podían ser pescadores, soldados, piedra cayendo. Isolde intentó llamar. No pudo. Golpeó la pared con una piedra pequeña. Una vez. Dos. Tres.

El sonido desapareció bajo el agua.

La brasa de su mano se encendió con el esfuerzo y proyectó un reflejo rojo sobre las raíces. Quizá alguien lo vería. Quizá no.

La idea de que nadie llegara no la asustó tanto como debería. El cansancio había vuelto el miedo lento, distante. Lo que la aterraba era morir sin haber dicho cosas que aún pesaban dentro de ella.

Quería decirle a Aelyn que el miedo jamás la había convertido en una mala heredera.

Quería alcanzar el eco de Maelia y preguntarle por cada año perdido.

Quería decirle a Rheskan que salvarla cada vez que caía quedaba fuera de sus deberes.

Quería mirar a Darian hasta comprender en qué momento el amor se había convertido en la herramienta de una traición.

Sobre todo, quería volver a elegir por sí misma.

El reino quedaba fuera de aquella decisión.

Ella quería vivir.

La convicción le dio fuerzas para avanzar una vez más. Arrastró el cuerpo hasta el túnel bajo donde el agua entraba y salía. La corriente había subido. El refugio ya no era seguro. Tomó una rama encendida, la protegió con la capa y siguió la pendiente hacia una cavidad más alta.

Se cayó dos veces. La segunda, la llama se apagó. La tercera vez que intentó levantarse, las piernas no respondieron.

La brasa de su mano se apagó también.

Isolde se quedó tendida sobre la piedra, con la cabeza apoyada en una raíz roja. El agua le rozaba los dedos. Cada respiración era más corta que la anterior.

Pensó en soltar.

La rendición se le presentó como una forma de descanso.

Entonces, desde muy lejos, oyó un golpe contra una roca.

Una vez.

Dos.

Tres.

Rheskan.

La brasa volvió a encenderse, minúscula y obstinada.

Isolde no podía gritar. No podía levantarse. Únicamente cerró los dedos sobre el colgante roto que aún tenía en la mano y dejó que el resplandor rojo escapara entre ellos.

Si alguien estaba buscando, tendría una señal.

Si nadie estaba buscando, al menos el río sabría que ella no había dejado de luchar.