CAPÍTULO 27 LA MUERTE DE LA HEREDERA #2
—El libro de cuentas —dijo Aelyn—. La versión que se llevó Orla contiene los nombres de sus deudores. Si Varek controla el grano, convertirá esa lista en un censo de lealtad.
—Orla intentará sacarla de la ciudad.
—Que no lo haga todavía. Necesitamos saber quién firma las nuevas órdenes y qué rutas utilizan.
Neral la observó con cautela.
—Estáis encerrada.
—Por eso dejarán de vigilar a quienes creen menos importantes.
—Varek sabe que sois importante.
—Varek cree que mi importancia depende de Isolde.
Aelyn miró la plaza. La Guardia separaba a las familias en filas y marcaba sus documentos con tinta blanca.
—Dejaremos que siga creyéndolo.
Un golpe en la puerta puso fin a la conversación. Neral volvió a cubrirse la mano y adoptó la expresión cansada de un anciano que llevaba comida a una prisionera.
Antes de salir, señaló el papel bajo el pan.
Aelyn esperó hasta que los pasos desaparecieron. Desdobló la nota.
El texto llevaba la firma de Darian.
Lady Aelyn conservará sus aposentos y su rango mientras se abstenga de cuestionar la versión oficial de Cendral. Cualquier intento de contactar con Skarde, Vayren o los antiguos capitanes de la heredera será considerado sedición.
Debajo había añadido una línea de su puño y letra.
Lamento que ella te dejara este peso.
Aelyn leyó la frase dos veces. Después acercó el papel a la vela y lo dejó arder sobre un plato.
—Ella no me dejó nada —dijo al humo—. Vosotros se lo quitasteis.
La ceniza conservó el borde de la firma durante unos segundos.
Al mediodía llevaron a Aelyn al salón del trono para presenciar la investidura.
La Corona de Caleryon permanecía sobre un cojín.
Darian no se la puso. Varek había comprendido que una corona habría revelado demasiado pronto la naturaleza del golpe.
El nuevo regente vestía de negro y plata, con la marca azul visible sobre la muñeca.
Lord Rhyne ocupaba un asiento a su derecha, pálido y sostenido por almohadas.
Los consejeros que habían aplaudido la proclamación llenaban la primera fila.
El trono de Ardan estaba vacío.
Varek habló de paz, reconstrucción y sacrificios compartidos. Anunció controles de viaje, un impuesto de emergencia y la integración de la Guardia Real en la Guardia de Estabilidad. Prometió investigar los excesos cometidos en Cendral. Ningún nombre apareció unido a esos excesos.
Darian recibió el sello del reino.
Cuando levantó la cabeza, encontró a Aelyn entre los testigos. El dolor que mostró parecía sincero. También lo había parecido su amor por Isolde.
—Lady Aelyn —dijo Varek—, vos conocíais mejor que nadie a la difunta heredera. El reino agradecerá unas palabras.
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
Aelyn caminó hasta el centro del salón. Podía acusarlos y terminar en una celda antes del anochecer. Podía guardar silencio y permitir que usaran su quietud como aprobación. Eligió el espacio estrecho entre ambas cosas.
—Isolde amaba Caleryon —dijo—. Conocía los nombres de sus puentes, el precio del pan y la forma en que el río cambia antes de una crecida. Confiaba en que este reino sabría reconocer la verdad aunque tardara en llegar.
Varek entrecerró los ojos.
—¿Y reconocéis la autoridad del regente?
Aelyn miró a Darian.
—Reconozco que ocupa ese lugar.
La respuesta provocó un murmullo. Varek carecía de una razón pública para castigarla. Darian entendió el desafío y aceptó el golpe sin mover el rostro.
Aelyn regresó a su sitio.
El escriba continuó leyendo los nombres de los nuevos gobernadores. Las Casas aliadas de Varek recibieron rutas, almacenes y fortalezas. Rhyne obtuvo la custodia de Cendral. Los oficiales leales a Ardan fueron suspendidos. Aelyn memorizó cada nombramiento.
Aquella noche, ya de vuelta en su habitación, arrancó un hilo rojo del borde de una cortina y lo ató alrededor de la pieza de obsidiana.
Luego escribió la primera línea de un registro nuevo.
Isolde Valarys. Cuerpo no recuperado. Versión oficial contradictoria. Investigación abierta.
Ocultó la página bajo una tabla del suelo.
Fuera, Caleryon celebraba por orden de sus nuevos dueños el final de la batalla.
* * *
La ceremonia de la regencia se celebró antes de que terminara la búsqueda.
Varek eligió el patio de las audiencias porque podía llenarse con ciudadanos, guardias y testigos escogidos por la comisión.
Retiraron los estandartes Valarys de la galería central.
Dejaron uno junto al trono vacío, cubierto por una franja negra.
La tela convertía a Isolde en luto antes de que nadie hubiera encontrado su cuerpo.
Aelyn observó desde una ventana cerrada.
Dos guardias permanecían dentro de la habitación y otros cuatro vigilaban el pasillo.
Habían retirado los muebles que pudieran ocultar mensajes, aunque ignoraban las letras talladas bajo la mesa.
Durante la noche, ella había añadido los nombres de los oficiales enviados al río y la hora en que Darian suspendió la búsqueda.
En el patio, un heraldo leyó el decreto.
La princesa Isolde Valarys había muerto durante una acción militar contra las fuerzas que amenazaban Caleryon.
Su sacrificio demostraba el peligro de permitir que los vínculos con dragones prevalecieran sobre las instituciones humanas.
Para preservar la paz, Darian Rhyne aceptaba el cargo de regente y protector del rey hasta que las Casas determinaran una sucesión estable.
Cada frase robaba algo distinto.
La primera le robaba la posibilidad de seguir viva. La segunda convertía a Rheskan en el culpable. La tercera transformaba a Darian en un servidor renuente de un reino que él mismo había entregado.
Los invitados aplaudieron cuando el nuevo regente entró.
Darian vestía de negro y plata. Había dejado visible la marca azul.
Aelyn entendió el propósito: el vínculo con Varek se presentaba ahora como una herida recibida por proteger al reino.
Lord Rhyne caminaba detrás de su hijo, vivo y pálido, convertido en la prueba de que el pacto cumplía sus recompensas.
Varek se quedó entre los consejeros. Aquella distancia le permitía fingir que el poder pertenecía a Darian.
El heraldo le entregó la vara de regencia.
—¿Juráis proteger la vida del rey Ardan, defender las fronteras y devolver la autoridad cuando termine la emergencia?
Darian apoyó una mano sobre el libro de las Casas.
—Lo juro.
Aelyn recordó la promesa que había pronunciado ante Isolde durante la fiesta: caminaré a tu lado cuando las puertas se cierren. Las palabras antiguas y las nuevas cabían en la misma voz. La diferencia residía en la persona a la que servían.
Un guardia abrió la puerta de la habitación.
—El regente solicita vuestra presencia.
—Entonces puede subir.
—Debéis bajar al patio.
Aelyn miró a los hombres que la rodeaban. Resistirse allí terminaría con sus manos atadas y ofrecería a Varek una imagen de desorden. Tomó la capa y caminó con ellos.
La multitud la reconoció cuando apareció en la galería. Los murmullos obligaron al heraldo a detenerse. Aelyn había sido la voz más cercana a Isolde durante los disturbios. Su participación daría al juramento un barniz de continuidad.
Darian extendió la mano para ayudarla a subir al estrado.
Ella ignoró la mano.
—Lady Aelyn —dijo él—, el reino comparte vuestro duelo.
—Todavía están buscando el cuerpo.
La frase alcanzó las primeras filas. Varek hizo una señal al heraldo, que elevó la voz para anunciar tres días de luto.
—La corriente desemboca en las gargantas occidentales —continuó Aelyn—. Suspender la búsqueda deja una pregunta abierta.
Darian se acercó. Desde abajo podía parecer que intentaba consolarla.
—Tu amiga cayó delante de cien soldados —murmuró—. Necesitamos impedir que su nombre prolongue la guerra.
—Necesitas que todos aceptemos tu versión antes de que ella pueda contradecirla.
La sonrisa de ceremonia permaneció en el rostro de Darian.
—Ten cuidado.
—Estoy teniendo memoria.
Varek intervino con un gesto amable.
—Lady Aelyn ha sufrido una pérdida. Su esperanza honra la amistad que la unía a la princesa. Permitiremos que los exploradores locales continúen observando el río.
Permitir. La palabra entregaba a Varek autoridad incluso sobre el duelo.
Aelyn se volvió hacia la multitud.
—Isolde me enseñó que una historia cambia según quién cierre la puerta —dijo—. Guardad lo que habéis visto. Guardad los nombres de quienes trajeron el grano después de esconderlo, de quienes proclamaron una muerte sin cuerpo y de quienes cambiaron los estandartes antes de que terminara la batalla.