Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 27 LA MUERTE DE LA HEREDERA
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CAPÍTULO 27 LA MUERTE DE LA HEREDERA

Cuando el agua se lleva un nombre

Rheskan golpeó el agua con las alas antes de que nadie pudiera detenerlo.

El dragón descendió al barranco en una espiral torpe, con el ala herida pegada al cuerpo y el rugido convertido en un sonido bajo, roto, que no se parecía a ninguna voz que Isolde hubiera oído en él.

Maelia cayó de rodillas en el borde de la plataforma, con las manos extendidas hacia el vacío.

No gritó el nombre de su hija al principio.

El dolor era demasiado grande para convertirse en palabra.

Después lo hizo.

—¡Isolde!

El barranco no respondió.

Abajo, el cauce antiguo arrastraba agua negra, piedra y restos de las plataformas. La luz azul se había apagado. No quedaban pulsos en las paredes. No quedaba Varek. No quedaba la mano de Isolde buscando un borde.

Darian llegó cojeando por la ladera cuando Rheskan volvió a subir sin ella.

El dragón traía una tira de tela roja atrapada entre las garras. Parte de la capa de Isolde. Nada más.

Darian se quedó inmóvil.

La tela cayó en la nieve entre los dos.

—No —dijo.

Fue una negación pequeña, infantil, dirigida a un mundo que no iba a escucharla.

Morna llegó detrás de él con dos cuerdas y cuatro soldados. Miró el barranco, miró la corriente y empezó a dar órdenes porque sabía que, si se detenía, alguien más tendría que hacerlo.

—Buscad las repisas. No bajéis al cauce sin estar atados. Dos por cuerda. Nadie entra donde el agua corre azul.

Edras envió a sus exploradores. Varyn mandó guerreros de Skarde a las laderas norte. Cael llegó con el brazo inmovilizado y la cara blanca, pero insistió en bajar por la ruta más helada. Sigrid lo sujetó del cuello del abrigo.

—No vas a caerte por un barranco solo para demostrar que estás triste —dijo.

—No estoy intentando demostrar nada.

—Entonces deja de actuar como si lo estuvieras.

Cael no respondió. Se soltó con cuidado y empezó a congelar pequeñas plataformas sobre el borde del agua para que los rescatistas pudieran avanzar. Cada vez que el hielo tocaba la corriente, se deshacía con un siseo. El río seguía demasiado caliente por dentro.

* * *

La noticia llegó a Caleryon en tres versiones.

La primera decía que la heredera había muerto cuando su dragón la arrojó al río.

La segunda decía que había entregado el valle a Skarde y huido bajo tierra.

La tercera, la que más rápido repetían los hombres de Varek antes de que nadie pudiera contradecirlos en las plazas, aseguraba que Isolde había sacrificado su vida para detener la amenaza que ella misma había liberado.

Aelyn escuchó las tres antes del mediodía.

No creyó ninguna.

Estaba en la sala de mapas del palacio, con el abrigo todavía manchado de harina de los almacenes.

El rey Ardan dormía en una habitación próxima, exhausto después de haberse mantenido en pie durante la revuelta.

Neral había puesto sobre la mesa los mensajes llegados de Cendral.

Algunos eran de Edras. Otros de comerciantes.

Uno venía de un campeaunque solo escribía tres frases: La heredera cayó.

El dragón lloró. El río se llevó el cuerpo.

Aelyn leyó ese último una y otra vez.

—No hay cuerpo —dijo.

Neral no levantó la mirada de los mapas.

—No.

—Entonces no está muerta.

El archivero tardó demasiado en contestar.

—Entonces no sabemos que esté muerta.

—No es lo mismo.

—No.

Aelyn cerró los ojos. Había pasado tantos años con Isolde que podía recordar cosas pequeñas con una precisión cruel: la forma en que su amiga se mordía el interior de la mejilla cuando estaba a punto de discutir con alguien; cómo dejaba siempre la última fruta en los platos porque decía que nadie debía quedarse con una sola cosa dulce; el peso de su cabeza sobre su hombro la noche en que Maelia desapareció definitivamente de los cuentos que los adultos se atrevían a contar.

No sabía cómo vivir en un mundo donde esos detalles pertenecieran al pasado.

—¿Qué hacemos? —preguntó Orla desde la puerta.

Aelyn abrió los ojos.

La pregunta era sobre el reino. Fuera, la ciudad esperaba un anuncio redactado por la regencia.

Algunos consejeros querían declarar luto.

Otros querían usar la ausencia de Isolde para repartirse la sucesión.

Varek seguía en el palacio y la Guardia de Estabilidad ocupaba las rutas.

La guerra continuaba aunque una heredera hubiera caído.

Eso era lo más injusto de todo.

En el valle, la noche cayó sobre Cendral sin fuego azul.

Edras había establecido puestos de guardia alrededor de los caminos.

Varyn mantenía a sus guerreros en la orilla norte como una fuerza que también buscaba.

Cael se negó a descansar. Pasó horas sobre el borde del barranco, usando pequeñas placas de hielo para explorar las grietas que la corriente no había destruido.

Cada vez que encontraba una cavidad, bajaba una cuerda.

Cada vez que volvía, sus manos estaban más pálidas y sus ojos más vacíos.

—No puedes seguir así —dijo Sigrid.

—Puedo.

—Eso no responde a lo que he dicho.

Cael siguió mirando la oscuridad.

—No la conozco como vosotros.

Sigrid se sentó a su lado, sin pedir permiso.

—No. Pero conoces la clase de persona que es. Eso basta para que te duela.

Él apretó los dedos sobre una placa de hielo hasta que se partió.

—Siempre pensé que el amor era la razón por la que los gobernantes se equivocaban —dijo—.

Veía a mi padre elegir la Casa por encima de todo y pensaba que era una forma de amor.

Después vi a Darian elegir a su padre y abrir una puerta.

Ahora veo a Isolde caer porque no quiso elegir entre personas.

No sé qué se supone que hacemos con eso.

Sigrid lo miró con la paciencia de quien había crecido a su lado.

—Aprender que amar no es decidir por alguien. Y que no amar no te protege de perderlo.

Cael cerró los ojos.

* * *

La noticia de la muerte de Isolde llegó a Caleryon antes que los supervivientes.

Las campanas comenzaron a sonar al amanecer. Una por la heredera. Otra por los soldados caídos en Cendral. La tercera anunció el cambio de gobierno.

Aelyn escuchó las tres desde la habitación donde la Guardia de Estabilidad la mantenía encerrada. La ventana daba al patio oriental y apenas permitía ver una esquina de la plaza. Allí habían sustituido los estandartes rojos por telas blancas cruzadas con el círculo de Varek.

Un escriba leyó el decreto desde el balcón.

La princesa Isolde Valarys había muerto durante un intento desesperado de controlar a los dragones de Cendral.

El príncipe Cael de Skarde había conducido tropas extranjeras contra la Guardia legítima.

El rey Ardan, debilitado por el veneno y el dolor, había cedido temporalmente sus funciones.

El Consejo reconocía a Darian Rhyne como regente de Caleryon bajo la supervisión del guardián Varek.

Cada frase estaba construida alrededor de un fragmento cierto. Isolde había estado en Cendral. Cael había llevado soldados de Skarde. Ardan seguía enfermo. Darian había recibido un reconocimiento mágico.

La mentira ocupaba el espacio entre aquellos hechos.

La puerta se abrió. Dos guardias dejaron pasar a Neral con una bandeja de comida. El archivero caminaba encorvado y llevaba una venda alrededor de la mano izquierda. Esperó a que cerraran.

—Han registrado el archivo —dijo en voz baja.

—¿Las copias?

—Tres salieron del palacio. Una está bajo el altar del templo. Otra viaja hacia Vayren. La tercera la tiene Orla.

Aelyn se acercó a la bandeja. Debajo del pan había un trozo de papel doblado.

—¿Y mi padre?

—Lord Sevran permanece en su casa con guardias en la puerta. Varek llama protección a todo lo que necesita encerrar.

—¿El rey?

Neral tardó en responder.

—Vivo. Le obligaron a sellar la cesión después de llenar el patio con familias de la plaza. Amenazaron con acusarlas de saqueo y colaboración con Skarde. El rey firmó para evitar las ejecuciones.

Aelyn apretó los dedos contra la mesa.

—Quiero verlo.

—Lo trasladaron a la torre del río. Darian permite visitas de los sanadores. Nadie más entra.

—Darian permite.

Pronunciar el nombre cambió el aire de la habitación.

Aelyn recordaba al joven que había llevado pasteles a Isolde durante una semana porque ella se había roto dos dedos entrenando y odiaba comer frente a los sanadores.

Recordaba su forma de escuchar, su prudencia en el Consejo y el cuidado con que elegía las palabras cuando Isolde estaba furiosa.

También recordaba las facturas firmadas con una inicial incompleta, las rutas alteradas y el silencio que aparecía siempre un segundo antes de determinadas respuestas.

Habían confundido la delicadeza con la bondad.

—¿Hay cuerpo? —preguntó.

—Ninguno.

Aelyn levantó la mirada.

—Entonces carecen de heredera muerta.

—Tienen testigos.

—Tienen hombres que obedecen al regente. Pregunto por un cuerpo.

—El río se lo llevó.

—Eso dice el decreto.

Neral abrió la mano vendada. Dentro ocultaba una pequeña pieza de obsidiana con un signo grabado. Aelyn la reconoció: pertenecía al bolsillo interior de la capa de Isolde.

—Un mensajero la trajo con el primer informe —explicó—. Darian ordenó quemar todas sus pertenencias después de catalogarlas. El muchacho que llevaba la caja dejó caer esto junto a la cocina.

Aelyn tomó la pieza. La piedra estaba fría.

—Isolde nunca la guardaba en ese bolsillo durante una batalla. La llevaba cosida al forro, junto al corazón.

—¿Qué significa?

—Que alguien descosió la capa. O que la encontraron después de perderla.

—También puede significar que murió.

—Puede.

Aelyn sostuvo la posibilidad sin dejar que la aplastara. Necesitaba verdad, no esperanza ciega. Guardó la obsidiana en el dobladillo de la manga.

Las campanas terminaron. En la plaza comenzó otro sonido: cientos de personas obligadas a jurar obediencia. Los funcionarios de Varek habían instalado mesas frente a los almacenes. Cada familia debía registrar sus nombres para recibir grano. Quienes se negaban quedaban fuera de las listas.