CAPÍTULO 26 BAJO EL AGUA NEGRA #3
—A la ruta de los guardianes —dijo Serah—. No está en ningún mapa porque los guardianes no debían tener rutas de salida. Se suponía que se quedaban cuando todo caía.
—Qué tradición tan conveniente —murmuró Morna.
—No dije que fuera una buena tradición.
El pasaje se estrechó hasta obligarlos a avanzar de lado.
El agua les llegaba primero a los tobillos, luego a las rodillas.
Era otra corriente, caliente y cargada de ceniza.
A través del vínculo, Isolde sentía a Ydrael moverse en las cavidades de la montaña.
El dragón estaba empujando la roca, sosteniendo con su propio cuerpo zonas que de otro modo se habrían desplomado sobre ellos.
No puedes quedarte ahí, pensó.
La respuesta llegó como una sensación de alas extendidas contra piedra.
No quiero que nadie quede.
—Ydrael —pensó, buscando la presencia enorme bajo la piedra—. No eres responsable de todos nosotros.
El dragón no respondió con palabras. Le mostró el valle: Rheskan sobre la ladera, civiles corriendo, agua acumulándose bajo los cimientos de Halen, Varek descendiendo por un túnel de mantenimiento hacia una salida que conocía mejor que ellos.
Después, una pregunta:
¿Y QUIÉN LO ES?
No había una respuesta limpia.
—Todos —dijo Isolde en voz alta—. Todos los que estamos aquí.
El pasaje desembocó en una sala de pilares bajos. Allí encontraron un carro de herramientas, cuerdas podridas y una puerta de hierro cubierta por marcas de uñas. Serah se detuvo frente a ella.
—La salida está detrás.
—¿Por qué te detienes? —preguntó Isolde.
Serah miró el techo. Una grieta atravesaba la piedra justo encima de la puerta. Cada sacudida la abría un poco más.
—Porque si todos cruzamos al mismo tiempo, el peso rompe el arco. Alguien tiene que sostener la palanca del cierre hasta que pasen.
—No —dijo Isolde de inmediato.
—Es una palanca.
—Se parece demasiado.
—A veces las cosas se parecen y no son lo mismo. —Serah sonrió apenas, una expresión cansada—. La diferencia es que esta vez lo elijo yo.
—No vas a quedarte sola.
—No. Voy a quedarme con él.
La guardiana miró hacia la pared. Detrás de la roca, Ydrael volvió a rugir. No había posesión en ese sonido. Había reconocimiento.
—He pasado demasiado tiempo creyendo que romper cadenas era suficiente —continuó Serah—. No lo es. Después de romperlas hay que aprender a no construir otras. Quizá él y yo podamos empezar por ahí.
Isolde quiso decir que había otro camino. Que encontrarían más manos, más palancas, otra magia. Pero el techo cayó unos centímetros y la discusión se convirtió en polvo.
—Primero Cael y Sigrid —ordenó Serah.
Cael protestó. Serah lo ignoró. Morna empujó a los dos hacia la puerta. Detrás de ella había una pendiente de piedra que subía hacia una abertura de luz gris. Sigrid cruzó. Cael se volvió desde el otro lado.
—No cierres hasta que estén todos —dijo.
—Ese es el plan.
—No pienso ir sin ti —dijo a Serah.
La guardiana puso una mano ensangrentada sobre su mejilla.
—Eso es porque todavía crees que salvar a alguien significa impedir que elija. No repitas los errores que nos trajeron aquí.
La frase dolió. Por eso era necesaria.
—¿Y si eliges morir? —preguntó Isolde.
—Entonces tendrás que dejar de hacer de mi muerte una forma de encadenarte.
La montaña rugió. La grieta del techo se abrió.
—¡Serah! —gritó Isolde.
La mujer puso ambas manos sobre la palanca. El mecanismo crujió. La puerta empezó a bajar entre ellas.
—Dile a Ydrael —dijo Serah, y la sonrisa que le ofreció no tenía miedo— que no le debo nada. Que quiero volver a verlo porque quiero.
La puerta se cerró.
El arco se derrumbó detrás de ella.
Isolde cayó de rodillas en la pendiente. La luz exterior le golpeó los ojos. El aire frío del valle olía a humo, nieve y sangre. Rheskan rugió al verla, pero el sonido estaba atravesado de dolor.
No tenía tiempo para llorar.
No podía prometer que Serah estaba muerta. Tampoco podía prometer que vivía.
Lo único que podía hacer era salir de la montaña y evitar que Varek convirtiera todas aquellas pérdidas en otra razón para gobernar.
Subieron por la pendiente mientras el suelo temblaba bajo ellos.
Al alcanzar el exterior, Isolde vio que el valle había cambiado.
La Guardia de Estabilidad ya no estaba retirándose hacia Cendral.
Había rodeado el campamento de civiles.
Y Varek estaba en el centro, con una bandera blanca en una mano y un artefacto azul en la otra.
La bandera blanca
La bandera blanca era la mentira más limpia que Varek había usado.
Flotaba sobre el campamento como una promesa de tregua.
Debajo, los civiles de Halen, los heridos de la batalla y las familias de los pueblos del río estaban agrupados entre carros volcados.
La Guardia de Estabilidad los rodeaba con las armas bajas, pero no guardadas.
No necesitaban apuntar a nadie para que todos entendieran qué ocurriría si alguien atacaba.
Edras y Varyn estaban al otro lado del campo, separados por una línea de piedras azules enterradas. Si intentaban avanzar, las piedras podían explotar. Si no avanzaban, Varek tendría a los civiles.
Rheskan descendió junto a Isolde, pero no podía acercarse sin poner a los rehenes en peligro. Ydrael seguía dentro de Cendral; su presencia se sentía como un latido débil detrás de la montaña.
Varek alzó el artefacto azul. Era una pequeña esfera atravesada por hilos de metal.
—Heredera —llamó—. Me alegra que hayas salido. Empezaba a pensar que la montaña se había quedado contigo.
—Suelta a la gente —dijo.
—Lo haré. Cuando me entregues la caja de Skarde y renuncies públicamente a cualquier autoridad sobre Cendral.
Cael apretó la caja contra el costado.
—No.
Varek sonrió.
—No te lo he preguntado a ti, príncipe. Tu padre será informado de que has elegido apoyar a una heredera que ha liberado un dragón. Estoy seguro de que le resultará instructivo.
—Mi padre no está aquí —dijo Cael—. Y tú tampoco estarás mucho tiempo.
Varek tocó la esfera. Una de las piedras azules junto al campamento brilló.
Un niño lloró.
—Cada vez que alguien hace una amenaza, siempre hay alguien que dice que no durará mucho —respondió Varek—. Es una frase muy cómoda cuando no sois vosotros quienes sostenéis el detonador.
Isolde miró a los civiles. Reconoció a la mujer del puente. Reconoció a Taren, el niño de la casa de caza, sentado junto a un carro con una manta sobre los hombros. Varek no había elegido rehenes al azar. Había elegido a todos los que ella había salvado para convertir su compasión en debilidad.
—¿Qué quieres realmente? —preguntó.
Varek la miró como si al fin hubiera hecho la pregunta correcta.
—Que todos vean que incluso tú eliges una vida por encima de un reino. Que elijas la rendición. La razón estaba en que es humana, lejos de sea necesaria. Después de eso, nadie podrá fingir que el orden no necesita a alguien dispuesto a hacer lo que tú no harás.
—No quieres orden. Quieres que todos se parezcan a ti.
—Quiero que dejen de mentirse sobre lo que son.
—La humanidad es la capacidad de negarse a creer que esa es la única opción.
Varek giró la esfera hacia ella.
—La madre que abandonó a su hija viene a dar lecciones.
—Mi madre cometió errores —dijo Isolde—. La diferencia es que ella no construyó un reino para obligar a otros a repetirlos.
La Guardia murmuró. Varek vio el cambio y apretó la esfera.
La piedra azul del campamento empezó a brillar con más fuerza.
—Llévame a mí —dijo.
Isolde se volvió hacia él.
—No.
—La marca de mi sangre todavía responde a algunas puertas. Tú lo sabes. Puedes usarme como rehén y dejar salir a los civiles.
Varek lo observó con interés.
—Siempre dispuesto a convertir el sacrificio en un modo de seguir siendo importante.
—No lo hago para ser importante. Lo hago porque ellos no deberían pagar por lo que yo hice.
Isolde sintió que algo en su rabia cambiaba de forma. No desaparecía. Pero ya no era lo único que veía.
—No vamos a entregarte —dijo.
—Entonces elegid —replicó Varek.
El artefacto azul emitió un pulso.
En ese instante, una flecha salió de las rocas detrás de la Guardia. No era de Caleryon ni de Skarde. Llevaba una cuerda enrollada. Alcanzó la esfera de Varek y la arrancó de su mano.
La explosión azul estalló hacia arriba, no hacia el campamento.
Morna había disparado.
El caos se abrió de nuevo.
Los civiles corrieron hacia las brechas que Edras y Varyn habían abierto al mismo tiempo. La Guardia disparó. Sigrid cubrió a los niños con el escudo. Cael levantó una barrera de hielo tan rápido que sangró por la nariz. Rheskan rugió, pero no descendió sobre los rehenes.
Varek recogió una segunda esfera del bolsillo. Isolde lo vio.
Corrió hacia él.
El señor de las deudas sonrió.
Esta vez, la trampa era para ella.
* * *
La segunda esfera encerró a Isolde y Varek dentro de un círculo de luz. Las flechas de Morna chocaron contra la barrera. Cael golpeó el borde con la llave recuperada de Skarde, abriendo grietas que se cerraban al instante.
Varek caminó alrededor de Isolde con una daga corta.
—El reino ya tiene un regente —dijo—. Tu padre ha cedido el mando. Tu prometido ha reconocido la ley. Tu dragón ha huido y el otro apenas puede sostenerse. Podrías terminar aquí con una firma.
—Has necesitado hambre, veneno, rehenes y una batalla para conseguir esa firma.
—Los gobiernos nacen de cosas peores.
La esfera tiró del vacío que Ydrael había dejado. Isolde sintió cómo la red buscaba un vínculo que ya no existía. Cada intento le arrancaba calor del cuerpo y lo enviaba hacia el barranco.
—Lo has perdido —dijo Varek, sorprendido—. Has liberado al dragón de ti.
—Se ha liberado de todos.
Varek atacó. Isolde desvió la primera cuchillada y recibió la segunda bajo las costillas. El dolor le cortó el aire. Su sangre cayó sobre la luz y la esfera aprendió el pulso de Valarys.
La red despertó en todo el valle.
Darian apareció detrás de la barrera. Puso la palma marcada sobre ella y la abrió desde fuera.
Isolde creyó durante un latido que venía a sacarla. Darian entró, sujetó su brazo herido y la obligó a arrodillarse.