Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 26 BAJO EL AGUA NEGRA #2
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CAPÍTULO 26 BAJO EL AGUA NEGRA #2

—Hay una ruta superior —dijo—. No lleva a la cámara, pero sí al observatorio. Si Varek vuelve a tener acceso a las piedras de señal, puede encenderlas desde dentro.

—El observatorio está con Maelia —dijo Isolde.

—Estaba.

El silencio cayó.

Serah apareció desde la pendiente, caminando con dificultad. No llevaba a Maelia.

—La piedra se ha fundido —dijo—. El observatorio ha cedido. Maelia salió antes de que cayera, pero no sé por qué ruta.

Isolde sintió un vacío frío. No podía permitirse buscar otra vez a su madre mientras el valle entero dependía de una decisión. Era la misma trampa, una y otra vez, aunque Varek no la hubiera preparado directamente.

—¿Dónde crees que irá? —preguntó.

—A donde tú irías si quisieras detener a Varek sin que nadie decidiera por ti.

Isolde miró Cendral.

—La última puerta.

Darian se puso de pie, apoyado en la espada.

—No puedes volver ahí con Varek esperando.

—No puedo dejar que convierta la montaña en su último refugio.

—No digo que no vayamos. Digo que no puedes ir sin un plan.

La frase era razonable. También le recordó demasiadas decisiones tomadas a su espalda. Isolde notó que él lo entendía por la forma en que bajó la mirada.

—Tú no harás el plan por mí —dijo.

—No. —Darian respiró con dificultad—. Lo haremos con todos los que tendrán que vivir con él.

Morna se cruzó de brazos.

—Qué concepto novedoso.

Reunieron a Edras, Varyn, Cael, Sigrid, Serah y los capitanes que quedaban. Fue un círculo de personas cansadas junto a un puente roto, con cadáveres aún cubiertos por mantas y el humo del valle metiéndose en los ojos.

Decidieron no entrar con un ejército. Edras mantendría a los civiles fuera del alcance de las piedras. Varyn cerraría la ruta norte. Cael y Sigrid tomarían el camino superior. Morna dirigiría la entrada oeste. Isolde, Serah y Darian irían a la última puerta.

Nadie estaba contento.

Eso hizo que Isolde confiara un poco más en el plan.

Antes de partir, una mujer de Halen se acercó a ella. Era la madre del niño que había salvado en el puente.

—No sé si podéis ganar —dijo.

—Yo tampoco.

—Pero gracias por no dejarnos en el río.

Isolde cerró los ojos un instante.

Era una persona viva dando las gracias por algo pequeño frente a una guerra enorme.

Le dio una razón para seguir.

La última puerta de Cendral esperaba.

Y Varek estaba detrás de ella.

La última puerta

La última puerta estaba abierta de par en par, como si Varek hubiera decidido que ya no necesitaba ocultar nada. Más allá se extendía un corredor descendente iluminado por lámparas azules. En las paredes habían escrito frases con tiza blanca:

LA SEGURIDAD TIENE UN PRECIO.

EL ORDEN EXIGE SACRIFICIOS.

EL MIEDO NECESITA UN GUARDIÁN.

Morna escupió al suelo.

—Es peor cuando los hombres malos se creen poetas.

Isolde recorrió las palabras con la mirada. Había visto esas ideas en los contratos, en los decretos falsos, en las voces que pedían una comisión porque el mundo era demasiado difícil. Varek no había inventado nada. Únicamente había convertido las excusas de todos en una religión.

—No separarnos —dijo.

La orden era sencilla. No significaba que fuera fácil de cumplir.

Edras quedó fuera con los soldados de Caleryon. Varyn tomó la entrada norte con sus guerreros. Cael y Sigrid se desviaron por la ruta superior, buscando los conductos de las piedras azules. Morna avanzó con Isolde, Darian, Serah y Maelia por el corredor principal.

Rheskan se quedó ante la puerta. Ydrael, dentro de la montaña, respondía con una presencia tensa. Los dragones no podían acompañarlos por aquellos pasillos. Por primera vez desde que habían llegado a Cendral, Isolde sintió la ausencia de su guardián como una parte física del cuerpo.

—No me gusta dejarte —murmuró al dragón.

Rheskan rozó su hombro con el hocico.

Vuelve, fue la respuesta que recibió.

Era una petición.

El corredor descendía en espiral. A cada nivel, encontraban nuevas lámparas y más frases.

Algunas estaban escritas con la letra de los hombres del Círculo.

Otras, con caligrafía de escribanos del reino.

Aquello había sido una institución antes de ser una conspiración. Una idea aceptada por demasiadas manos.

Maelia caminaba despacio. Isolde se colocó a su lado sin tocarla.

—¿Sabías que existía este lugar? —preguntó.

—Sabía que había una sala bajo Cendral. No sabía cuánto habían construido alrededor de ella.

—¿Por qué no se lo dijiste a mi padre?

Maelia tardó en responder.

—Porque Ardan quería salvarme. Y yo sabía que, si volvía, el Círculo usaría a los dos para abrir la puerta. Creí que desaparecer era una forma de protegeros.

—¿Y lo fue?

La pregunta no llevaba rabia. Era peor: llevaba verdad.

Maelia no se defendió.

—No lo sé. A veces proteger es solo una palabra más bonita para el miedo.

Isolde sintió que algo se aflojaba dentro de ella. No perdón. Todavía no. Pero el comienzo de una conversación que no terminaría antes de que la montaña cayera.

Al final del corredor encontraron una puerta de metal negro. En el centro había un hueco con la forma de una llama y una marca de sangre seca alrededor.

Darian se quedó inmóvil.

—Es mi sangre.

—Varek ha usado la marca —dijo Serah—. El propósito era hacer que solo tú puedas cerrarla, lejos de abrir la puerta.

—¿Qué pasa si no lo hago? —preguntó Darian.

—La puerta quedará abierta cuando la montaña se rompa.

—¿Y si la cierro?

Serah bajó la mirada.

—Alguien tiene que quedarse al otro lado para sostener el cierre.

El silencio cayó sobre ellos.

Varek no necesitaba que Darian lo nombrara otra vez. Únicamente necesitaba que eligiera quién se quedaba atrás.

Isolde miró la puerta negra.

—No vamos a decidir eso todavía —dijo—. Entramos. Encontramos a Varek. Y después veremos qué parte de su pregunta está hecha para asustarnos.

Morna sonrió sin humor.

—Al fin una heredera hablando como una persona sensata.

Darian apoyó la palma sobre la marca.

La puerta se abrió.

Y el aire que salió de dentro olía a agua profunda y ceniza.

* * *

La retirada de Varek condujo a Isolde hasta el salón de las promesas, una cámara abierta sobre el valle donde las Casas antiguas juraban proteger Cendral. Los mosaicos del suelo mostraban coronas entregando espadas a hombres arrodillados. Darian esperaba bajo el emblema de Rhyne.

Llevaba la caja de Skarde en una mano y el anillo de compromiso en la otra.

—La Guardia ha tomado el puente —dijo—. Cael conserva una ruta para los civiles, aunque se cerrará cuando llegue la crecida. Ardan ha firmado la cesión temporal del mando.

—Mi padre jamás firmaría.

—Firmó después de que Varek llevara a los niños de la plaza al patio interior.

La crueldad apareció en la frase sin adornos. Isolde imaginó a su padre ante el documento, el veneno aún en el cuerpo, Aelyn retenida a pocos pasos y la ciudad mirando.

—¿Y tú estabas allí?

—Mi sello estaba.

—Siempre consigues estar lejos del daño que autorizas.

Darian dejó la caja sobre el altar.

—He pedido que te permitan conservar tu título si entregas el vínculo y reconoces la regencia.

Isolde observó el anillo. Él lo había elegido porque el metal procedía de una veta compartida por Rhyne y Valarys. Le había hablado de dos casas gobernando juntas, de puertas abiertas, de un futuro en el que ella no cargaría sola con la Corona.

—¿Lo llevabas cuando alteraste las patrullas?

La pregunta lo hizo bajar la vista.

—Sí.

—¿Cuando permitiste que Varek usara mis órdenes?

—Sí.

—¿Cuando me pediste matrimonio?

Darian tardó más en responder.

—Ya existía el pacto.

Isolde sintió que el suelo permanecía firme bajo sus pies. Esperaba una caída interior, una grieta capaz de partirla. Llegó una quietud fría.

—Entonces nunca me ofreciste un futuro. Me ofreciste una habitación dentro del tuyo.

—Te ofrecí un lugar desde el que podías cambiarlo.

—Bajo tu permiso.

Darian apretó el anillo en la palma.

—Bajo una estructura que sobrevivirá a nosotros.

—Eso dice Varek.

—Varek entiende el miedo del reino. Tu padre lo desprecia. Cael quiere que Skarde tenga una voz igual incluso cuando sus generales cruzan nuestras fronteras. Tú crees que la gente elegirá bien si le damos suficiente verdad. Yo he visto lo que hace la gente cuando tiene hambre.

—También yo. Les di grano. Tú les diste un enemigo.

Las trompas de la Guardia sonaron fuera. Darian miró hacia la puerta.

—Se acaba el tiempo.

—Se acabó cuando pronunciaste su nombre.

Isolde se quitó el anillo. Lo dejó sobre el mosaico entre ambos.

Darian lo observó durante un largo momento.

—La última orden es sencilla —dijo—. Depondrás la espada, entregarás a Rheskan y volverás a Caleryon bajo custodia.

—Rheskan no pertenece a una corona.

—La regencia lo considera un arma de guerra.

—La regencia considera arma todo lo que no puede encerrar.

Darian extendió la mano.

—Ven conmigo. Puedo impedir que Varek te mate.

Isolde dio un paso hacia él. Durante un instante, la esperanza iluminó su rostro. Ella golpeó la caja de Skarde con la empuñadura. El cierre se abrió y la llave de hielo cayó al suelo. Isolde la pateó hacia la galería lateral, donde Morna esperaba oculta.

Los arqueros entraron.

Morna recogió la llave y disparó a la lámpara central. La sala quedó a oscuras. Isolde corrió hacia la salida del barranco. Darian la siguió guiándose por la marca.

—¡La ruta termina en el río! —gritó.

—Entonces aprenderé a nadar sin ti.

* * *

La compuerta se cerró con un golpe seco y definitivo.

El salón de las promesas se partió por la mitad.

Las placas de metal que contenían los nombres de reyes y lords se desprendieron de las paredes y cayeron hacia el cauce antiguo.

Algunos nombres se apagaron al tocar el agua.

Otros siguieron brillando bajo la corriente, como si se negaran a desaparecer aunque el mundo que los había hecho importantes se estuviera viniendo abajo.

—¡Corred! —gritó Morna.

No hizo falta repetirlo.

El corredor por el que habían entrado ya no existía. Una pared de roca lo había bloqueado. Serah los condujo por un pasaje estrecho que descendía hacia el agua.

—¿Adónde vamos? —preguntó Isolde.