Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 26 BAJO EL AGUA NEGRA
89%

CAPÍTULO 26 BAJO EL AGUA NEGRA

Rheskan regresó al amanecer sin los civiles.

El dragón salió del respiradero cubierto de polvo, con la herida del ala abierta y una tira de tela azul atada alrededor de una garra. Morna utilizaba aquellas tiras para confirmar que cada grupo había alcanzado la superficie. La gente de Halen estaba fuera.

Isolde apoyó ambas manos sobre el hocico del dragón. La alegría del reencuentro duró lo que tardó en notar el vacío dentro del vínculo.

Rheskan también había sentido desaparecer a Ydrael.

La bestia lanzó un rugido hacia las profundidades. Ninguna respuesta cruzó la roca. Isolde cerró los ojos y permitió que el dolor del dragón entrara en ella. Compartieron la ausencia sin intentar darle una explicación.

Cael se acercó con una antorcha. La explosión de la compuerta le había abierto una herida en la frente.

—Los exploradores han encontrado una salida superior —dijo—. Conduce al barranco del este.

—Darian estará allí.

—Sí.

—Y Varek.

—Él estará donde pueda ver caer el reino.

El camino superior ascendía mediante escalones tallados para piernas más largas que las humanas. Rheskan tuvo que buscar otra salida. Antes de separarse, Isolde sostuvo su mirada.

—Encuéntrame al otro lado.

El dragón proyectó la imagen de su mano cerrándose alrededor de ella.

—Esta vez no vueles bajo la plataforma. Las piedras están preparadas para ti.

Rheskan se resistió. Isolde insistió hasta que recibió una promesa que ardía y dolía dentro de ambos.

La escalera desembocó en una terraza natural.

Desde allí se veía el valle entero. Los carros de heridos avanzaban hacia Halen; pequeñas figuras caminaban a ambos lados para impedir que las ruedas volcaran.

Los hombres de Edras mantenían el norte.

Los de Varyn cubrían el río. La Guardia blanca controlaba las dos rutas hacia Caleryon.

En el centro del barranco, una plataforma de piedra sostenía el mecanismo de demolición. Darian esperaba junto a la palanca. Varek contemplaba el valle desde una elevación protegida por escudos.

—Ha querido que lleguemos a pie —dijo Cael.

—Quiere que todos vean quién me entrega.

Descendieron con los doce soldados. El muchacho de Halen seguía con ellos. Se llamaba Soren; Isolde lo había averiguado mientras vendaban su hombro.

—Podéis quedaros en la terraza —les dijo.

—También podéis quedaros vos —respondió Lessa.

La herrera cargó el martillo sobre el hombro.

—No parece que ninguno vaya a hacerlo.

Siguieron juntos.

Los guardias de la plataforma abrieron un corredor. Varek había ordenado permitir el paso. Quería una ceremonia, la imagen de una heredera caminando hacia el decreto que la borraría.

Darian llevaba una espada, aunque mantuvo las manos lejos de la empuñadura.

—Los civiles han salido —dijo Isolde al detenerse frente a él.

—Lo sé.

—Has perdido los rehenes.

—Varek conserva otros.

Señaló una esfera suspendida sobre la plataforma. Dentro aparecieron Ardan y Aelyn, cada uno en una habitación diferente del palacio. La imagen de Aelyn estaba borrosa; parecía dormir junto a la ventana. Isolde conocía la postura. Su amiga fingía.

—La esfera muestra lo que él quiere que veamos —dijo.

—También puede transmitir una orden.

—¿La darás tú?

Darian miró hacia Varek. El señor de las deudas no hizo gesto alguno. Su quietud bastó para recordar quién sostenía la vida de lord Rhyne.

—Cruza la plataforma —pidió Darian—. Renuncia a la corona ante las Casas. Tu padre seguirá vivo. Aelyn saldrá del palacio. Caleryon tendrá una regencia hasta que la frontera se estabilice.

—¿Y tú serás regente?

—Sí.

La palabra careció de vergüenza.

—Durante meses me dijiste que intentabas proteger a tu padre. Después dijiste que querías limitar a Varek. Ahora puedes admitir qué parte deseas para ti.

Darian sostuvo su mirada.

—Deseo un reino que sobreviva a las decisiones de una familia. Deseo terminar con la autoridad de los dragones sobre nuestras fronteras. Deseo demostrar que un hombre sin sangre Valarys puede gobernar.

—Podías haberlo defendido ante el Consejo.

—Tu padre habría cerrado la puerta. Tú habrías prometido escuchar y, al final, habrías elegido a Rheskan.

—Elegiste por mí para evitar que pudiera decepcionarte.

—Elegí antes de que el reino se quedara sin opciones.

Cael dio un paso. Las lanzas blancas descendieron a la vez.

—La heredera todavía tiene una opción —dijo—. Vos teméis cuál será.

Darian lo miró con un rencor que Isolde nunca le había visto.

—El príncipe de hielo que llegó para exigir un dragón y terminó escondiéndose detrás de ella.

—Llegué creyendo que la fuerza otorgaba derechos. He tenido ocasión de ver adónde conduce esa idea.

—Qué conveniente aprender cuando la corona en juego pertenece a otro reino.

—Mi corona también caerá si Varek controla Cendral.

Varek levantó una mano. La esfera mostró a un guardia entrando en la habitación de Ardan con una daga.

—Se acaba el tiempo —dijo Darian.

Isolde miró la imagen de su padre. Ardan parecía dormido, frágil bajo las mantas. Recordó la forma en que le enseñaba a montar, la dureza con que había ocultado verdades y el esfuerzo reciente por confiar en ella. También vio la mano de Varek moviendo cada elemento de la escena.

—Si renuncio, lo mataréis cuando deje de ser útil.

—Yo lo protegeré.

—Tu protección siempre exige que alguien se entregue.

El fuego recorrió las palmas de Isolde. Los guardias tensaron las lanzas. Cael dejó caer la temperatura alrededor de la plataforma hasta que el vapor cubrió el suelo.

Darian desenvainó.

—Quedas apartada de la sucesión por colaborar con Skarde, liberar a Ydrael y conducir fuerzas extranjeras contra la Guardia de Caleryon.

—Y tú quedas en mi memoria por cada palabra que acabas de pronunciar.

Isolde atacó.

Darian conocía su forma de combatir. Había entrenado con ella durante años, aprendido cuándo cargaba el peso sobre la pierna izquierda y cómo bajaba el hombro antes de una finta.

También conocía sus escrúpulos. La llevó hacia el borde usando guardias heridos como obstáculos, seguro de que ella frenaría antes de ponerlos en peligro.

Isolde cambió el ritmo.

Golpeó el suelo con fuego, creó una línea que obligó a los guardias a retirarse y dejó que Cael congelara la barandilla. Darian perdió pie. Ella apoyó la espada contra su garganta.

—Ordena que suelten la palanca.

—Ya la han soltado.

Isolde oyó el mecanismo bajo sus botas.

El peso de los soldados sobre la plataforma formaba parte del cierre. Cada hombre que retrocedía liberaba un contrapeso. Darian había convertido su compasión en la llave otra vez.

—¡Fuera! —gritó.

Lessa y Soren corrieron hacia la terraza. Los otros los siguieron. La piedra empezó a inclinarse.

Varek activó la esfera. El guardia del palacio acercó la daga al cuello de Ardan.

Isolde pudo matar a Darian. La punta estaba apoyada en su piel. Un movimiento bastaba.

Él la miró sin miedo.

—Sabía que elegirías a tu padre.

—Has confundido mi amor con obediencia demasiadas veces.

Isolde retiró la espada y lanzó una llamarada contra la esfera. La imagen del palacio se quebró. Cael levantó hielo bajo la plataforma, intentando sostenerla.

Darian cayó de rodillas, libre de la hoja.

—¡Ahora! —gritó hacia los guardias.

Las ballestas apuntaron a Rheskan cuando el dragón apareció sobre el barranco.

Isolde sintió el terror dentro del vínculo. Había pedido que se mantuviera lejos. Rheskan había elegido acudir de todos modos porque la plataforma ya cedía bajo sus pies.

Las piedras azules se encendieron.

Rheskan plegó el ala herida y atravesó la primera descarga. Dos proyectiles rebotaron en las escamas. Un tercero se clavó junto al hombro. El dragón rugió y perdió altura.

—¡Basta! —gritó Isolde.

Darian levantó la mano. Los arqueros esperaron.

—Renuncia.

—Déjalo marchar.

—Renuncia y vivirá.

La plataforma bajó otro palmo. El hielo de Cael se agrietó. El príncipe mantenía ambas manos contra el suelo; sangre oscura le corría desde la nariz.

Isolde observó el mecanismo, los contrapesos y las líneas azules. La plataforma podía liberarse si rompía el pilar occidental. Caería hacia el río, lejos de la terraza de los heridos. Rheskan podría escapar si dejaba de intentar alcanzarla.

Transmitió la decisión mediante el vínculo.

El dragón se negó con una furia que le llenó la boca de hierro.

Confía en mí, pensó.

Era una petición terrible después de todo lo ocurrido. Rheskan comprendió que ella no le pedía obediencia. Le pedía vivir con una elección que ambos detestaban.

El dragón lanzó fuego sobre el pilar.

Darian comprendió demasiado tarde. Ordenó disparar. Cael extendió la última barrera de hielo. Las flechas chocaron contra ella mientras el pilar se abría.

La plataforma se inclinó hacia el río.

Varek retrocedió a terreno firme. Darian saltó hacia la terraza. Isolde intentó seguirlo, pero él se volvió y golpeó la unión de piedra con la empuñadura.

El paso se partió entre ambos.

Durante un latido, sus manos quedaron a poca distancia.

Darian podía haberla alcanzado.

Eligió apartarse.

—Caleryon necesita creer que has muerto —dijo.

La plataforma cayó.

Rheskan se lanzó tras ella. La piedra azul del hombro explotó y desvió su vuelo. El dragón chocó contra la pared del barranco. El vínculo se llenó de dolor, alas y una última imagen de Isolde extendiendo la mano.

Después llegó el agua.

* * *

La retirada era peor que una carga.

La Guardia de Estabilidad no huía. Se movía en filas cerradas hacia las entradas de Cendral, llevándose consigo las piedras azules que aún podían recuperar.

Varek había perdido hombres, propaganda y el control de la tercera señal.

Pero aún tenía una fortaleza rota, corredores subterráneos y una montaña que podía convertir en tumba.

—Quiere encerrarse dentro —dijo Edras.

—Quiere que lo sigamos —respondió Isolde.

Varyn se limpió la sangre de la cara.

—No veo la diferencia.

—La diferencia es que él ha preparado el interior.

Cael se acercó con el brazo rígido y el rostro gris. Había usado demasiado hielo. Isolde lo vio en la forma en que le temblaban los dedos cuando intentaba cerrar la caja de Skarde.