CAPÍTULO 25 LA ÚLTIMA ORDEN #4
Varek huyó hacia una plataforma de madera sobre el barranco. Isolde lo siguió hasta el borde. Detrás de él, el valle estaba abierto: la Guardia, los ejércitos, Ydrael sobre la montaña y miles de ojos que no podían saber qué parte de la escena era verdad.
—¡Míralos! —dijo Varek—. Todos esperan que alguien les diga a quién temer. Yo puedo hacerlo. Tú no.
—No quiero hacerlo.
—Eso es por lo que perderás.
Varek activó una pequeña piedra azul bajo la plataforma. La madera crujió. Isolde saltó hacia atrás mientras el borde se derrumbaba. Él aprovechó el humo y desapareció por la escalera que bajaba al río.
No pudieron atraparlo.
Pero Rheskan era libre.
El dragón se elevó con dolor. No atacó a Varek. Voló sobre el valle y dejó caer una sombra enorme sobre la Guardia de Estabilidad. Al ver que no lanzaba fuego, algunos hombres soltaron las armas. Otros dispararon igual.
La batalla siguió.
Pero la señal que Varek necesitaba no había prendido.
El lugar donde se rompe el río
El río de Cendral se dividía en dos antes de llegar a Halen.
Un brazo corría hacia las tierras de Caleryon. El otro se perdía al norte, bajo una garganta de Skarde. Durante siglos, los reyes habían usado ese punto para dibujar fronteras y cobrar peajes. Varek lo usó para colocar una línea de piedras azules bajo el agua.
Cuando las activó, los dos brazos del río empezaron a subir.
El agua se levantaba desde el fondo como una pared, con un movimiento ajeno al de una crecida.
Edras gritó órdenes para evacuar la orilla sur. Varyn hizo lo mismo al norte. Los carros de civiles quedaron atrapados en el centro, sobre el viejo puente de madera. Era exactamente el tipo de lugar donde el agua podía llevarse a ambos reinos sin distinguirlos.
—¡El puente! —gritó Morna al llegar con Isolde.
Rheskan descendió sobre una colina cercana, incapaz de volar mucho más. Ydrael se movió en la pared de Cendral, pero no podía acercarse sin arrastrar media montaña.
Cael llegó desde Halen a caballo, con la herida del hombro sangrando de nuevo. Varyn venía detrás.
—Hay piedras en ambos brazos —dijo Cael—. Si destruimos una, el agua del otro arrasará el valle.
—¿Y si destruimos las dos a la vez? —preguntó Isolde.
—Necesitaríamos fuego y hielo sincronizados.
Varyn miró a Cael. Cael miró el puente. Ninguno habló de confianza. No hacía falta.
—Yo tomo el norte —dijo Varyn.
—Yo el sur —dijo Cael.
—No podéis hacerlo solos —dijo Isolde.
—No —respondió Cael—. Pero podemos hacerlo juntos.
Corrieron hacia lados opuestos del río. Varyn llevó a sus guerreros por la orilla norte. Cael cruzó el agua hasta la cintura por el sur. Las piedras azules ya estaban brillando bajo la corriente. Cada una parecía un pequeño corazón enfermo.
Isolde se dirigió al puente. Los carros no podían avanzar porque una rueda había quedado atrapada entre dos tablas. Una madre sostenía a un bebé. Un anciano intentaba soltar al caballo sin conseguirlo. Los soldados que aún estaban allí no sabían si obedecer a Edras o correr hacia su propia orilla.
—¡Todos al lado oeste! —ordenó Isolde—. ¡Dejad los carros!
—¡Hay gente debajo! —gritó un soldado.
La tabla central había cedido. Dos personas se aferraban a las vigas mientras el agua subía alrededor de ellas.
Isolde se arrodilló y extendió el brazo. Una de las personas era la mujer del puente, la que había dicho que ya no creía a Varek. El niño iba sujeto a su espalda.
—Dame al niño —dijo Isolde.
—No puedo soltarlo.
—Puedes. Yo no lo voy a dejar caer.
La mujer la miró. Después soltó una mano. Isolde tomó al niño y lo pasó a Morna. Tiró de la mujer mientras un soldado sostenía la viga. El puente crujió.
Al otro lado del río, Cael y Varyn llegaron a las piedras. El hielo se extendió desde las manos de Cael. El fuego de Ydrael, no de Isolde, descendió en una línea fina sobre la piedra norte. Varyn lo guio con su espada, usando el hielo para contenerlo.
Las dos piedras se quebraron al mismo tiempo.
El río cayó.
No desapareció. Bajó con una fuerza tan enorme que arrancó parte del puente. Isolde empujó a la mujer y al soldado hacia la orilla. La tabla bajo sus pies se partió.
Una mano la agarró del abrigo.
Darian.
Había llegado cojeando, pálido por las quemaduras. Se clavó contra una viga y la sostuvo con las dos manos mientras Isolde quedaba suspendida sobre el agua.
—No me sueltes —dijo ella.
—No lo haré.
Por un segundo, todo se redujo al brazo de Darian, a la cuerda de su abrigo y al río rugiendo abajo. Isolde recordó todas las veces que él había usado la palabra proteger para decidir por ella. Ahora no había decisión que tomar. Únicamente una vida que no quería perder.
Morna y dos soldados llegaron desde la orilla. Entre todos la sacaron.
Darian cayó de rodillas. Isolde también.
No se abrazaron.
El puente se derrumbó detrás de ellos.
Pero los civiles estaban a salvo.
Varek, desde la otra orilla, aplaudió lentamente.
—Qué inspirador —dijo—. Ahora ved cuántos puentes más podéis perder antes de admitir que necesitáis una mano firme.
Luego se volvió hacia Cendral.
Y la Guardia de Estabilidad comenzó a retirarse hacia la montaña.