CAPÍTULO 25 LA ÚLTIMA ORDEN #3
Cael se dejó caer sobre una roca.
—Entonces cortaremos las piedras.
—Han tomado vuestra llave.
—Han tomado una caja. Skarde existía antes de que alguien guardara su autoridad dentro de un objeto.
El tono seguía siendo seco. Isolde agradeció que no añadiera consuelo. Llamó a los capitanes y extendió el mapa sobre el barro.
El puente de Halen constituía la última vía para sacar a los civiles del valle. Varek movía la Guardia hacia allí. Darian había dejado libre un sendero demasiado evidente y la montaña enviaba pulsos hacia el barranco del sur.
—Quiere que elijamos el puente —dijo Isolde—. Mientras lo defendamos, activará la red desde el barranco.
—Dividimos fuerzas —propuso Morna.
—Dividimos objetivos. Cael llevará a los civiles al puente. Yo buscaré el núcleo.
—Acabas de salir de una emboscada preparada con la voz de tu amiga —dijo Sigrid.
—Y por eso sé que Varek ya no espera convencerme. Quiere encerrar mis opciones hasta que una parezca inevitable.
Rheskan abrió el ala sana. El ala herida tembló.
Isolde apoyó la frente en sus escamas.
—Volaremos una vez más.
* * *
Rheskan aterrizó en la plataforma rota de Cendral con el pecho pegado a la piedra. El vuelo había agotado lo que quedaba de su fuerza. Isolde desmontó y retiró con cuidado un fragmento azul clavado junto al hueso del ala. La herida expulsó un humo oscuro.
Serah apareció desde la galería con la cadena rota alrededor de la cintura.
—La red se está cerrando sobre Ydrael —dijo—. Varek lleva las señales hacia el observatorio y el barranco. Si activa ambos puntos, cada movimiento del dragón parecerá un ataque.
—¿Dónde está mi madre?
Serah evitó la mirada de Isolde.
—El eco procedía de una prisión al oeste de la Cicatriz. La ruta desapareció cuando se rompió la esfera.
La noticia dejó una herida distinta. Maelia estaba viva en algún lugar y seguiría fuera de alcance. Isolde guardó el dolor porque el suelo tembló bajo sus botas.
Ydrael levantó una garra desde la grieta. Las escamas negras y doradas estaban cubiertas de marcas azules. El dragón intentó subir; la red lo arrastró hacia abajo.
Isolde extendió la mente hacia él.
La respuesta fue un rugido dentro de su cráneo. Vio cadenas, agua, una jaula de sal y el recuerdo de reyes que habían llamado vínculo a la obediencia. Ydrael reconocía su presencia, pero la magia de Varek copiaba cada hilo entre ambos.
—Tengo que apartarme de él.
Serah asintió.
—Si el vínculo se corta ahora, quizá no vuelva.
—Si lo conservo, lo convertirán en un arma.
Isolde apoyó la palma sobre la roca caliente.
—Ydrael. Escúchame.
El dragón dejó de luchar durante un latido.
—Busca una salida que yo no pueda ver. No regreses por mi voz. No permitas que mi miedo te indique el camino.
La presencia inmensa se acercó. Isolde sintió una última imagen: Rheskan bajo un cielo rojo, Maelia detrás de la sal y ella misma frente a una corona cubierta de ceniza.
Después Ydrael rompió el vínculo.
El vacío la derribó.
Rheskan rugió y trató de alcanzarla. La fractura se extendió también hacia él. Isolde perdió el calor familiar de su mente y quedó junto al dragón como si una pared invisible se hubiera levantado entre los dos.
Ydrael golpeó la montaña. Una grieta nueva se abrió hacia el norte. Su cuerpo desapareció en una tormenta de vapor, roca y fuego. Las señales de Varek siguieron la dirección equivocada.
Serah ayudó a Isolde a ponerse en pie.
—Es libre.
—Está perdido.
Ambas cosas podían ser ciertas. Isolde miró a Rheskan. El dragón seguía frente a ella, pero la conexión se había convertido en un silencio.
—Tenemos que llegar al observatorio —dijo.
* * *
En el puente de Halen, Cael perdió la paciencia por primera vez.
La compañía de Skarde que no obedecía a Varyn había tomado la mitad norte. Decían que el príncipe se había arrodillado ante el fuego. Los soldados de Caleryon al sur creían que era una maniobra para cruzar el río. Entre ambos, los carros de civiles no podían pasar.
Cael avanzó hasta el centro del puente con el brazo vendado y la capa rota.
—Bajad las armas —ordenó.
El capitán de Skarde sonrió.
—No eres rey.
—Gracias a los dioses.
—Tu padre te desheredará por esto.
—Quizá. Pero al menos sabrá que he hecho algo digno de desheredar.
El capitán levantó la espada. Cael levantó la suya.
—No luches por Varek creyendo que luchas por Skarde —dijo—. No vuelvas a casa con los hombres que te siguen en una tumba solo porque alguien te enseñó a odiar el color correcto.
—¿Y tú? ¿Vas a volver con la heredera de fuego?
Cael miró las carretas atrapadas. Una mujer sostenía a un bebé bajo una manta. Un anciano intentaba calmar a un caballo aterrado. Los civiles no pertenecían al norte ni al sur en aquel puente. Únicamente necesitaban cruzarlo.
—Voy a volver con quien siga vivo cuando esto acabe.
El capitán atacó.
Cael desvió el golpe. Podría haberlo herido de gravedad. No lo hizo. Usó el hielo bajo sus botas para girar, le golpeó la muñeca con el plano de la espada y lo derribó sin atravesarlo.
Los guerreros de Skarde se tensaron.
Varyn apareció por la retaguardia con cinco hombres leales.
—¡Bajad las armas! —rugió—. Quien ataque a civiles bajo una bandera de Skarde no lleva mi bandera.
El capitán en el suelo escupió sangre.
—No eres mi jarl.
—No. Pero hoy soy el hombre que te impedirá convertirte en un cobarde.
Las palabras hicieron más daño que la espada. Uno a uno, los guerreros del capitán bajaron las lanzas.
Los carros empezaron a cruzar.
Cael se apoyó un instante en la barandilla. La herida del hombro ardía. Varyn se acercó con expresión sombría.
—No somos amigos —dijo.
—Qué alivio. Estaba preocupado.
—Pero no dejaré que Varek use a Skarde para matar niños.
—Eso tendrá que bastar.
Varyn asintió. Luego miró hacia Cendral, donde una luz roja empezaba a reflejarse en las nubes.
—¿Qué es eso?
Cael no respondió enseguida.
Sabía que era la tercera señal.
El rey y la plaza
La tercera señal también se vio desde Caleryon.
Una luz roja atravesó el cielo del norte y se reflejó en las ventanas del palacio. En la plaza, los hombres blancos gritaron que el dragón había atacado. Algunas personas les creyeron antes de saber por qué. El miedo era rápido. La verdad tenía que caminar.
Aelyn estaba en los almacenes reales, repartiendo sacos de grano junto a Orla y los ciudadanos que habían decidido quedarse. La señal hizo que una mujer dejara caer una cesta.
—¿Está muerta la heredera? —preguntó alguien.
Aelyn sintió el golpe en el pecho. No sabía. Eso era lo peor.
El rey Ardan salió al balcón de los almacenes. Caminaba despacio, pero sin ayuda. La plaza se calló al verlo.
—No sé qué ha ocurrido en Cendral —dijo—. No voy a mentiros para que dejéis de tener miedo. Pero sé esto: lord Varek os ha pedido que elijáis el terror antes que la verdad. Os ha pedido que entreguéis a vecinos, hermanos y niños por una promesa de orden.
Un hombre de brazalete blanco gritó que el rey había perdido el juicio. Orla lo detuvo antes de que pudiera acercarse.
—Yo he perdido muchas cosas —continuó Ardan—. No voy a perder también el derecho de mi pueblo a decidir sin una espada en la garganta.
La plaza permaneció en silencio. Luego una mujer levantó un saco de grano y lo entregó a la familia que tenía al lado. Un panadero abrió su carro y empezó a repartir pan sin cobrar. Pequeños gestos. Ridículos frente a una guerra. Inútiles, habría dicho Varek.
Pero los hombres blancos se quedaron sin la multitud que necesitaban.
Neral apareció con una carta arrugada. Venía de una torre del río, enviada antes de que las líneas se cortaran.
—Es de Isolde —dijo.
Aelyn la abrió con dedos temblorosos.
No era una carta larga. Únicamente cuatro líneas escritas con prisa.
Aelyn: no dejes que usen mi nombre para pedir obediencia. No necesito que ganes una batalla por mí. Necesito que sigas haciendo que la gente se vea entre sí. Si vuelvo, te encontraré. Si no, que no les pertenezca mi ausencia.
Aelyn cerró los ojos.
Después levantó la carta ante la plaza.
—La heredera sigue luchando —dijo—. Y no luchará sola.
El rey puso una mano sobre su hombro.
En la distancia, la luz roja se apagó.
* * *
Varek esperó hasta que el observatorio empezó a arder.
Desde la ladera, junto a Rheskan, levantó la mano hacia el cielo. Los lanzadores de piedra azul que sus hombres habían instalado alrededor del dragón se encendieron uno a uno. Las puntas giraron hacia las nubes, preparadas para crear otra tormenta de fuego y hielo sobre el valle.
—¡Ahora! —gritó.
No ocurrió nada.
Las piedras azules emitieron un destello rojo y se apagaron.
Varek se quedó inmóvil. Miró hacia la torre. El humo salía de las ventanas altas, pero la tercera señal no cruzaba el cielo. La piedra del observatorio se estaba fundiendo bajo la mano de Maelia.
El señor de las deudas no gritó. No perdió la compostura. Únicamente volvió el rostro hacia Rheskan.
—Entonces tendremos que hacerlo a la antigua —dijo.
Sus hombres dispararon contra el dragón.
Arpones unidos a cables de hierro reemplazaron las piedras azules. Las puntas se clavaron en la tierra frente a Rheskan y en el ala sana. El dragón rugió y arrancó dos cables de un tirón, pero el tercero lo sujetó a una roca de la ladera.
Isolde salió del bosque justo cuando el primer cable se tensaba.
—¡Rheskan!
El vínculo le devolvió dolor y furia. También miedo. El dragón podría quemar el claro entero. Podría destruir a los hombres de Varek y a los civiles atrapados tras ellos. No lo hizo.
Varek contaba con esa contención.
—Mira cómo se domina —dijo, al verla—. Únicamente necesitas darle algo que no pueda permitirse perder.
Isolde atacó.
Varek retrocedió detrás de sus guardias.
Morna y Sigrid llegaron desde la pendiente.
La pelea se extendió entre los arpones y los pinos.
Isolde cortó un cable. Sigrid derribó al hombre que manejaba el torno.
Morna disparó al segundo operador antes de que pudiera tensar la cadena sobre el cuello de Rheskan.
El dragón arrancó el último cable. La roca se partió. El latigazo de hierro cruzó el claro y lanzó a dos hombres contra los árboles.