Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 25 LA ÚLTIMA ORDEN #2
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CAPÍTULO 25 LA ÚLTIMA ORDEN #2

—No hagas que tenga que ir a buscarte otra vez —dijo.

No era una petición romántica. No necesitaba serlo. Isolde asintió y bajó por la pendiente de roca hasta quedar en el espacio vacío entre las tres líneas.

El barro se pegaba a sus botas. Tenía las manos manchadas de ceniza y sangre. No llevaba corona. Aquel detalle le pareció importante. Varek había construido toda su fuerza sobre la idea de que alguien debía tener derecho a decidir. Ella no quería parecer otra persona pidiendo ese derecho.

—No os voy a decir que no tengáis miedo —dijo, alzando la voz—. Yo también lo tengo.

La Guardia siguió golpeando los escudos.

—No os voy a pedir que confiéis en un dragón porque yo lo conozco. No os voy a pedir que olvidéis las casas quemadas ni las personas que habéis perdido. Pero mirad lo que hace ahora.

Ydrael seguía quieto sobre la pared. Su mirada recorrió el valle sin acercarse a nadie.

—Podría haber bajado sobre vosotros. Podría haber quemado a quien le encadenó durante siglos. No lo hace. Porque él no necesita que le deis un dueño. Nosotros sí necesitamos dejar de entregarnos a quien nos promete seguridad a cambio de alguien más.

Varek bajó de la roca.

—Hablas bien para alguien que acaba de desatar una amenaza —dijo—. Pero el dragón no ha atacado porque aún no ha decidido a quién destruir primero. ¿Quién asumirá la responsabilidad cuando lo haga? ¿Tú? ¿El príncipe de Skarde? ¿El heredero que me nombró guardián?

La palabra nombró atravesó la llanura.

—Yo —dijo Isolde—. Asumiré la responsabilidad de mis decisiones.

Pero no asumiré las tuyas, Varek. No fuiste tú quien sostuvo las compuertas.

No fuiste tú quien sacó a civiles de Halen.

No fuiste tú quien evitó que Caleryon y Skarde se mataran en el río.

Únicamente llegaste después para decir que el miedo te pertenecía.

Varek sonrió con cansancio.

—Y aun así me están escuchando.

Tenía razón. El miedo era una lengua que todos comprendían.

Una mujer salió de la línea de la Guardia. Isolde la reconoció. Era la mujer del puente que había sido obligada a llevar una piedra azul. Llevaba el brazo vendado y un niño de la mano.

—Yo os escucho —dijo la mujer, mirando a Varek—. Pero ya no os creo.

El niño tenía los ojos grandes y oscuros. No apartó la mirada del dragón. Ydrael bajó un poco la cabeza, muy despacio, hasta que el niño pudo verlo de cerca sin que la criatura cruzara la línea de piedra.

Nadie respiró.

El niño levantó una mano.

Ydrael no se movió.

—No me ha quemado —dijo el niño.

La frase fue pequeña.

Romper un ejército con una frase pequeña era imposible. Pero algo se quebró en la formación de la Guardia. Un hombre bajó el escudo. Otro miró a Varek con una duda que antes no estaba allí.

Varek vio el cambio. Su rostro no mostró pánico. Únicamente cálculo.

Sacó una piedra azul de la manga.

—Entonces haré que os recuerden por qué deberían temerle.

La arrojó hacia Ydrael.

Cael gritó una palabra en Skarde. Rheskan descendió con un rugido. Isolde corrió hacia el niño. La piedra explotó en el aire entre los dos dragones, liberando una tormenta de hielo y fuego que cayó sobre el valle.

Fue un ataque contra todos.

Las líneas se rompieron.

La batalla final empezó.

Lluvia de fuego y hielo

La explosión no eligió un bando.

El hielo cayó sobre las filas de Skarde y el fuego golpeó las tiendas de Caleryon.

Las piedras azules se abrieron en el aire como flores enfermas, liberando ráfagas que quemaban y congelaban al mismo tiempo.

La Guardia de Varek estaba preparada: llevaban capas tratadas con una resina negra que desviaba parte del impacto. Los demás no.

Isolde llegó al niño antes que el fuego.

Lo cubrió con su cuerpo detrás de una roca. La madre cayó junto a ellos, gritando su nombre. Un fragmento de hielo atravesó el barro a un palmo de su mano. Sobre la ladera, Rheskan intentaba bajar, pero el ala herida no le respondía.

Ydrael rugió.

Esta vez el dragón no se quedó quieto. Abrió las alas sobre la pared de Cendral y lanzó una corriente de calor hacia el cielo.

El fuego y el hielo de Varek chocaron contra ella y se dispersaron en una lluvia de vapor.

No fue perfecto. Algunos fragmentos siguieron cayendo.

Pero miles de personas tuvieron tiempo de correr.

—¡A los carros! —gritó Morna—. ¡Fuera del centro!

Edras organizó a los soldados de Caleryon para sacar a los heridos. Varyn hizo lo mismo en la otra orilla. Nadie tenía ya tiempo de preguntar de qué reino era la mano que arrastraba a alguien fuera de una tienda en llamas.

Isolde llevó al niño hasta su madre. Cuando se incorporó, vio a Varek al otro lado de la llanura. No estaba peleando. Miraba.

Siempre miraba.

Él levantó una piedra azul en señal de saludo. Después señaló a Rheskan.

Tres ballestas de la Guardia giraron hacia el dragón.

—¡No! —gritó Isolde.

Corrió, pero estaba demasiado lejos. Cael llegó antes desde el flanco norte. Extendió ambas manos y levantó una pared de hielo que atrapó las saetas en el aire. La cuarta le atravesó el hombro.

El príncipe cayó de rodillas.

Rheskan rugió con una furia tan grande que las primeras filas de la Guardia retrocedieron. Ydrael respondió desde la montaña. El valle entero tembló bajo las dos voces.

Varek había querido una bestia fuera de control.

Pero lo que todos vieron fue un dragón herido intentando no quemar a quienes le disparaban.

La mentira empezó a perder otra grieta.

Varek dejó caer la piedra azul y desapareció entre la Guardia.

Isolde entendió demasiado tarde que estaba moviendo el campo para que ella lo siguiera.

* * *

El mensaje de Aelyn llegó desde el bosque con su voz exacta.

—Isolde, han tomado la puerta sur. Mi padre está herido. Ven sola.

La lámpara azul colgaba entre dos árboles. La imagen de Aelyn parpadeaba sobre una tela blanca y repetía las mismas palabras. Morna encontró el hilo de cobre que descendía hacia el suelo.

—Es una grabación.

Isolde vio huellas recientes alrededor del claro. Los arqueros ya las rodeaban.

Darian salió de entre los troncos sin desenvainar la espada.

—Sabía que reconocerías la voz.

—También sabías que vendría.

—Sí.

Cael se situó a la izquierda de Isolde. Sigrid protegió el flanco derecho. Rheskan permanecía lejos, demasiado herido para atravesar el bosque sin derribarlo.

—Varek quiere que vuelvas al círculo —dijo Darian—. El vínculo con Ydrael está dañando la red. Puedes estabilizarlo.

—Quieres decir que puedo convertirme en otra cadena.

—Puedo mantenerte viva hasta que encontremos una forma de liberarte.

—La forma siempre llegará mañana. La obediencia siempre la quieres hoy.

Darian bajó la voz.

—La capital ha aceptado la regencia. Los sellos de la Guardia Real responden a mi Casa. Ardan conserva sus habitaciones y Aelyn sigue con él. Si continúas, Varek ordenará que los acusen de colaborar con Skarde.

Cael avanzó un paso.

—Habéis construido una amenaza y pretendéis llamarla protección.

—Esto no os concierne, príncipe.

—Vuestros arqueros apuntan a mis soldados. Me siento incluido.

La imagen de Aelyn volvió a pedir ayuda. Isolde mantuvo los ojos en Darian.

—¿La carta de hielo también fue tuya?

—Algunas cartas. Otras pertenecían a Varek.

—¿La advertencia de mi madre?

—La encontramos antes que tú. Dejé que la conservaras porque necesitábamos que llegaras a Cendral por voluntad propia.

Cada confesión retiraba una piedra del pasado y mostraba el hueco que había debajo.

Isolde recordó los momentos en que Darian había aparecido con la respuesta adecuada, las puertas que había abierto, la ternura que nunca parecía pedir un precio.

Parte de aquello había sido verdadero. Esa verdad había convertido el engaño en una herramienta perfecta.

—Me amabas —dijo.

Darian cerró los ojos un instante.

—Te amo.

—Y aun así elegiste esto.

—Por eso lo elegí. Con Varek puedo conservar una parte de ti con vida. Si ganaba tu padre, te enviaría a morir cada vez que el reino necesitara una bandera.

Isolde sintió cómo la última esperanza se consumía sin ruido. Darian no veía la contradicción. Había convertido el amor en permiso.

—Ya tienes mi respuesta.

Alzó la espada.

Darian levantó dos dedos. Los arqueros dispararon hacia el suelo. Las flechas formaron un círculo azul alrededor del grupo. La magia subió por los troncos y cerró el claro con una pared de luz.

Morna lanzó una flecha contra la lámpara. La imagen de Aelyn desapareció. Cael congeló la base de dos árboles y Sigrid golpeó el hielo con el escudo. Los troncos cayeron sobre la barrera. La luz osciló.

—¡Ahora! —gritó Cael.

Isolde atravesó el hueco. Una flecha rozó su costado. Morna y Sigrid salieron detrás. Cael fue el último. Darian pudo alcanzarlo con la espada; eligió cortar la correa de la caja de Skarde. El objeto cayó dentro del círculo.

El príncipe se volvió, pero Isolde lo sujetó.

—Déjala.

—Es la llave de mi Casa.

—También es lo que quieren.

Cael miró a Darian a través de la barrera. El heredero Rhyne recogió la caja y se la entregó a un guardia.

—Dile a Varek que la llave de hielo está asegurada —ordenó.

Isolde y los demás se internaron en el cauce seco. Detrás, la voz de Darian los siguió.

—Cuando llegues al puente, quedará una salida. Es la última que puedo darte.

Isolde mantuvo el paso.

—Guárdala para ti.

* * *

Morna encontró la ruta de regreso siguiendo las marcas que los refugiados habían dejado entre las piedras.

Sigrid caminaba con el brazo pegado al costado.

Cael había perdido la caja de Skarde y una parte de su sangre, pero rechazó el apoyo hasta que la pendiente lo obligó a aceptar el hombro de un soldado.

Rheskan los esperaba junto al cauce. El dragón bajó el hocico hacia Isolde y aspiró el olor de la flecha que le había rozado el costado. La cólera llegó a través del vínculo como una llamarada.

—Estoy viva —dijo ella.

La presencia de Ydrael apareció detrás de la de Rheskan, enorme y distante. La red de Varek tiró de ella. Isolde sintió que algo se desgarraba y retiró la mano del dragón.

—Cada vez que me busca, las piedras lo encuentran.