Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 25 LA ÚLTIMA ORDEN
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CAPÍTULO 25 LA ÚLTIMA ORDEN

El cauce antiguo olía a metal mojado y raíces quemadas.

Isolde avanzaba delante de la columna con una lámpara en una mano y la espada en la otra.

La ruta se estrechaba a cada paso. Algunos carros tuvieron que quedarse atrás; los heridos continuaron sobre puertas arrancadas, escudos y mantas tensadas entre lanzas.

Cada objeto del campamento encontraba una función distinta bajo tierra.

Cael cerraba la marcha. Congelaba las filtraciones más fuertes para impedir que el agua alcanzara a quienes no podían caminar. El esfuerzo había vuelto azul la piel bajo sus ojos.

—Si sigues haciendo eso, tendrán que cargarte a ti —dijo Isolde.

—He oído que nuestras puertas improvisadas son muy cómodas.

—Una experiencia regia.

—Skarde necesita urgentemente mejores tradiciones.

La broma se perdió cuando Rheskan golpeó el techo con un ala. El dragón avanzaba agachado, irritado por la falta de espacio y por el silencio que había empezado a crecer dentro del vínculo. Isolde sentía su presencia. Detrás de ella se abría un vacío donde antes había estado Ydrael.

La última imagen del dragón antiguo había sido una pupila dorada cerrándose tras una pared de piedra.

Isolde llamó otra vez. El vínculo devolvió frío.

—Sigue sin responder —dijo Cael.

Ella asintió. Decirlo en voz alta habría dado al silencio un peso que todavía no podía cargar.

Encontraron la primera puerta de los guardianes una hora después. Llevaba grabadas dos manos abiertas, una rodeada de llamas y otra de escarcha. Entre ambas había una línea vacía.

Cael apoyó los dedos en la marca de hielo. Isolde hizo lo mismo en la de fuego. La piedra permaneció quieta.

—Falta el cauce —dijo él.

—O falta Ydrael.

Rheskan acercó el hocico a la línea central. Su aliento recorrió el grabado sin encenderlo.

Desde el otro lado llegó un golpe.

Tres veces.

Morna levantó el arco. Los soldados capaces de luchar formaron una barrera alrededor de los heridos. Isolde acercó el oído a la puerta.

—¿Quién está ahí?

—Gente que preferiría no ahogarse —respondió una voz de mujer.

Los mecanismos cedieron cuando Cael derritió una bisagra con cambios rápidos de frío y calor. Al otro lado esperaban treinta habitantes de Halen. Se habían escondido en las galerías cuando la Guardia ocupó las casas. Entre ellos había niños, ancianos y dos soldados blancos desarmados.

La mujer que había hablado se llamaba Lessa. Llevaba un martillo de herrera y una quemadura azul en el cuello.

—Esos dos nos ayudaron a cerrar la puerta —explicó, señalando a los guardias—. Podéis juzgarlos arriba si encontramos dónde está arriba.

Isolde miró a los hombres. Uno era el muchacho que había dejado caer la lanza en el barrizal.

—Viajáis con nosotros.

—¿Como prisioneros? —preguntó él.

—Como dos personas que tendrán que demostrar varias veces qué han elegido.

El grupo creció. También lo hizo la lentitud.

Las galerías se bifurcaban y muchas señales habían sido destruidas.

Lessa conocía los conductos de ventilación de las minas, pero los derrumbes habían cambiado las pendientes.

Cada vez que dudaban, Isolde pensaba en el decreto de Darian y en la orden secreta que Aelyn había conseguido enviar mediante un halcón de Orla.

ENTREGA A LA HEREDERA EN LA COMPUERTA.

La compuerta norte era la salida más cercana. También era el lugar donde el pacto necesitaba su sangre.

—Iremos allí —decidió.

Morna se volvió con furia.

—Acabamos de confirmar que es una trampa.

—Y que Darian espera que lleguemos con los heridos. Sacaremos a la gente por el respiradero de Halen. Nosotros iremos a la compuerta con una columna falsa.

—Otra retirada doble.

—La primera le ha funcionado. Creerá que estoy intentando corregirla.

Cael estudió el mapa trazado por Lessa en el polvo.

—Puedo sellar este cruce cuando los civiles pasen. La Guardia tendrá que seguirnos.

—Podrías quedar del lado equivocado.

—Eso suele depender de quién escribe la historia.

La frase hizo que Lessa soltara una risa breve. El sonido recorrió a la columna. Algunas personas levantaron la cabeza. Llevaban horas viendo a Isolde como una figura cubierta de sangre y autoridad. La risa de la herrera les recordó que todavía eran gente caminando junta bajo una montaña.

Dividieron el grupo en el siguiente cruce. Morna protestó hasta quedarse sin insultos; después aceptó llevar a los civiles. Sigrid se ofreció a acompañarla. Rheskan debía ir con ellos porque el respiradero tenía espacio suficiente para sus alas y los heridos necesitaban protección.

El dragón enseñó los dientes cuando Isolde explicó que se separaban.

—Escúchame. Si Darian me necesita viva en la compuerta, allí estaré más segura que ellos.

Rheskan le mostró la plataforma derrumbándose.

La visión llegó con tanta claridad que Isolde perdió el equilibrio. Cael la sostuvo por el codo y retiró la mano en cuanto ella recuperó el pie.

—¿Qué has visto?

—Una caída. Agua debajo. Darian en el borde.

—Podría ser una advertencia o un recuerdo de algo que todavía no ha ocurrido.

—Rheskan nunca ha distinguido bien esas cosas.

El dragón golpeó la roca con la cola.

Isolde rodeó su hocico con los brazos. Bajo las escamas, el calor temblaba.

—Confío en que saques a estas personas. Tú confía en que encontraré una salida.

Rheskan respondió con dolor y una aceptación incompleta. Permitió que Morna lo guiara hacia el respiradero. Antes de desaparecer, volvió la cabeza. La luz de la lámpara convirtió sus ojos en dos monedas doradas.

El vínculo se estiró con cada paso.

Isolde siguió hacia la compuerta con Cael, Lessa, los dos antiguos guardias blancos y doce soldados capaces de combatir. Arrastraron capas sobre sacos para simular camillas. Desde lejos, la columna parecía proteger a decenas de heridos.

La Guardia atacó en el puente interior.

Las primeras ballestas atravesaron sacos de harina. Una nube blanca llenó el túnel. Isolde utilizó la cobertura para cruzar. Lessa golpeó las rodillas de un guardia con el martillo. Cael levantó una pared de hielo detrás del grupo enemigo y los dejó encerrados entre dos frentes.

—Rendíos —ordenó Isolde.

El capitán blanco activó una piedra azul.

El muchacho que había abandonado la lanza lo derribó. La piedra rodó por el suelo. Isolde la atrapó con la punta de la bota antes de que alcanzara el agua.

—Primera vez —dijo al joven.

—¿Qué?

—La primera vez que demuestras lo que has elegido. Aún te quedan varias.

Él respiró con dificultad y asintió.

Al final del puente encontraron la compuerta abierta. Detrás esperaba Darian con cincuenta hombres y el estandarte de la regencia.

La marca azul cubría ya todo su brazo.

—Has traído menos heridos de los que esperaba —dijo.

Isolde dejó caer la primera camilla falsa. La capa se abrió y mostró los sacos.

—Tú has traído más traidores de los que yo esperaba.

Algunos soldados apartaron la mirada. Darian contempló el túnel por el que debían llegar los civiles y comprendió el engaño.

—Siempre aprendías deprisa.

—Tu error fue creer que solo aprendía de ti.

Darian levantó la mano marcada. Las piedras azules de la compuerta respondieron.

—Varek tiene a tu padre y a Aelyn. Si avanzas, los ejecutará.

—Aelyn ha conseguido enviarme tu orden secreta. El palacio no está tan cerrado como pensáis.

Por primera vez, el control de Darian se quebró. Miró hacia uno de los oficiales. La sospecha apareció entre sus hombres.

Isolde aprovechó el instante.

—Vuestro regente os prometió una retirada y colocó arqueros sobre los heridos. Os habla de estabilidad mientras utiliza a un rey enfermo y a una mujer desarmada como rehenes. Si seguís aquí cuando abra la compuerta, vuestra elección quedará escrita junto a la suya.

El muchacho de Halen arrojó su brazalete blanco al agua.

Otros cinco lo imitaron.

Darian cerró el puño. El cauce empezó a temblar.

—No necesito que me sigan todos —dijo—. Necesito que tú cruces el círculo.

La pared detrás de Isolde se encendió. El sello tenía la forma de la corona Valarys. La trampa requería su presencia, su sangre y la autoridad que Varek pretendía robar.

Cael abrió la caja de Skarde.

—Entonces va a decepcionarte —dijo.

El hielo cubrió la mitad del círculo. El fuego de Isolde alcanzó la otra. Dos fuerzas opuestas presionaron el sello hasta agrietarlo.

El vínculo con Ydrael se abrió durante un latido.

La criatura estaba rodeada de cadenas, muy lejos, descendiendo hacia una profundidad que Isolde no podía seguir. Antes de desaparecer le entregó una sensación: libertad y pérdida mezcladas como agua de dos ríos.

Después se cortó.

Isolde gritó su nombre. El círculo estalló. La onda lanzó a todos contra las paredes.

Cuando recuperó el sentido, la compuerta estaba rota, Darian había desaparecido y la montaña guardaba un hueco inmenso donde antes vivía una voz.

* * *

El silencio de Ydrael fue más aterrador que un rugido.

Los soldados de Caleryon apretaron los escudos.

Los guerreros de Skarde sujetaron las lanzas con ambas manos.

Los civiles que quedaban en los campamentos se refugiaron detrás de carros y rocas.

Había niños mirando entre los abrigos de sus madres.

Había hombres que habían perdido casas, hermanos y cosechas en los últimos días.

Isolde no podía pedirles que no tuvieran miedo de un dragón que acababa de salir de una montaña rota.

Podía pedirles que miraran con atención.

Varek aprovechó la pausa.

—¡Es demasiado tarde! —gritó—. La heredera ha destruido los pactos. Ha entregado Cendral a criaturas que no responden ante ninguna ley. Si no tomamos el control ahora, no habrá reino que salvar.

Algunos hombres de la Guardia golpearon los escudos con las espadas. El ritmo se extendió por la llanura.

Orden. Orden. Orden.

Era una palabra fácil de corear cuando no tenías que preguntarte quién quedaría debajo de ella.

Isolde descendió de la plataforma sola.

Morna intentó detenerla.

—No puedes ir ahí abajo.

—Sí puedo.

—Varek tiene arqueros.

—Lo sé.

Cael la miró desde el borde. La herida de su costado había empapado la capa, pero sus ojos estaban claros.