CAPÍTULO 24 LA BESTIA PERDIDA #3
Ydrael levantó la cabeza entre agua y fuego.
Sus ojos se posaron en Isolde con una mezcla de reconocimiento y dolor.
Durante un latido, el vínculo se abrió por completo.
Ella vio montañas desde una altura imposible, una prisión de sal, un cielo cubierto de ceniza y la silueta de Maelia detrás de barrotes que no pertenecían a Cendral.
Varek hundió una barra de cobre en el mecanismo roto.
La red azul mordió el vínculo.
El dolor arrancó a Isolde de la mente del dragón. Ydrael rugió y golpeó la pared. Las piedras copiaron su fuego, lo enviaron hacia el valle y encendieron las torres de señal. Desde fuera llegaron gritos. Los dos ejércitos creerían que el dragón atacaba.
—Eso era lo único que necesitaba —dijo Varek.
Darian bajó a la plataforma. Isolde esperaba verlo horrorizado. Encontró resolución.
—Saca a tus hombres del cauce —ordenó él a Cael—. La regencia permitirá que Skarde se retire por el norte.
—¿Y ella? —preguntó Cael.
—Responderá ante Caleryon.
—Vuestro Caleryon cabe dentro de una celda.
Cael levantó la espada. Darian hizo lo mismo. El choque de las hojas sonó bajo el rugido del agua. Ambos estaban heridos, pero Darian tenía arqueros y la marca amplificaba cada orden. Sigrid arrastró a Cael hacia el pasaje cuando una línea de flechas azules descendió sobre ellos.
Isolde se quedó junto a Ydrael. La red tiraba del dragón hacia la grieta y copiaba cada intento de liberarse. Rheskan rugió desde la ladera, contestando al dolor. La conexión entre los tres se tensó hasta volverse insoportable.
Serah cortó una de las líneas con la cadena.
—El conducto del este —dijo—. Llévalos fuera. Yo cerraré la compuerta.
—Vendrás con nosotros.
—Si termino a tiempo.
Serah golpeó otra línea. El agua subió hasta la cintura de Isolde. Morna la agarró del brazo y tiró de ella hacia el túnel. Cael cubría la retirada. Sigrid cargaba la caja de Skarde contra el pecho.
Detrás, Darian ocupó el círculo de control.
—Cierra el conducto cuando hayan cruzado los soldados de Skarde —le dijo Varek—. La heredera debe quedar en el lado del río.
Darian tardó un segundo en contestar.
—Entendido.
Isolde oyó la palabra.
Continuó avanzando porque aún quedaban personas detrás de ella.
* * *
El agua entró como una pared.
Isolde miró la esfera. Ydrael seguía allí, inmenso y despierto. El dragón no podía escapar por la cámara. Si el agua lo cubría, las paredes caerían sobre él.
VETE, le dijo a través del vínculo.
Ydrael respondió con una imagen de Rheskan, herido afuera, y de los ejércitos atrapados en el valle.
No se iría.
—Tenemos que cerrar la compuerta —dijo Cael.
—Está al otro lado del agua —respondió Morna.
—La llave de Skarde puede congelar el eje —dijo el príncipe—. Pero necesitaré llegar hasta él.
—No solo —dijo Isolde.
—No podéis cruzar los dos. La esfera se está rompiendo.
La decisión volvió a presentarse, disfrazada de urgencia.
—Déjale elegir su parte —dijo.
Cael miró a Isolde. No le pidió permiso. No quería que ella cargara con eso.
—Volveré —dijo simplemente.
Luego se lanzó al agua.
—No puedes salvar a todos cruzando cada río.
Ella se volvió hacia él, furiosa.
—No digas eso como si supieras lo que se siente.
—Lo sé ahora.
Al otro lado de la cámara, Cael alcanzó la rueda. La gota de sangre de Skarde brilló sobre el metal. El hielo se extendió por el eje.
El agua frenó.
Pero la esfera dorada se partió.
Ydrael rugió.
El sonido atravesó el valle, la capital y cada torre del río.
La última cerradura había cedido.
El despertar de Ydrael
La esfera se rompió sin hacer ruido.
Después Ydrael abrió los ojos.
No dentro de una visión. No en el reflejo dorado de la esfera. Los abrió en la oscuridad que se extendía bajo la grieta, dos pozos de fuego tan grandes que hicieron pequeño a todo lo que Isolde creía conocer.
El dragón no subió de golpe.
Primero levantó una garra. Las uñas atravesaron la roca como si Cendral fuera barro húmedo.
Luego alzó la cabeza. Su cuerpo emergió de la profundidad en secciones de escamas negras y oro fundido, más grande que la cámara, más grande que cualquier historia que Isolde hubiera leído sobre él.
Las cadenas que quedaban se desprendieron de la piedra y cayeron sobre el agua sin que nadie las tocara.
Morna bajó el arco.
Sigrid dio un paso atrás.
Cael se quedó quieto junto a la rueda congelada, una mano presionada contra el costado donde Varek lo había herido. Ni siquiera él hizo un comentario.
La mujer seguía sujeta por una última hebra de luz que salía de la esfera rota. Era algo más sutil: un hilo que unía su pecho al corazón de la montaña.
El hilo no se apagó.
Isolde se acercó a ella. El suelo tembló bajo sus botas, pero no se apartó.
Llevaba años soñando con esta mujer, odiándola por una ausencia que no había sabido nombrar y buscándola en cada pista que encontraba.
Ahora estaba a un paso, exhausta y real, y ninguna de las palabras que había imaginado servía.
—No tienes que demostrarlo sola —dijo Isolde.
—No quería que crecieras en esto.
—Crecí en esto de todos modos.
La verdad las dejó sin defensa.
La respuesta no reparó los años. No devolvió las noches en que Isolde había preguntado por qué su madre no volvía ni las veces que Ardan había guardado silencio porque no sabía qué decir. Pero era una respuesta. Una persona eligiendo no esconderse detrás de una causa.
Isolde apoyó la mano sobre el hilo de luz.
No tiró de él. No trató de romperlo con fuego. Cerró los ojos y buscó a Ydrael en el vínculo que compartían.
El dragón era una mente inmensa, vieja y herida, llena de memorias que no pertenecían a Isolde. Por primera vez, no intentó llegar a él pidiéndole algo.
Está cansada, pensó.
La luz que la ataba se apagó.
El abrazo duró solo unos segundos. La cámara se sacudió con violencia y las dos tuvieron que separarse.
—No hemos terminado —dijo Cael, señalando la compuerta.
Tenía razón. El hielo que había extendido sobre el eje empezaba a agrietarse. El agua seguía entrando en la cámara, más lenta pero constante. Por el pasillo del que había escapado Varek se oían pasos lejanos y una campana de piedra golpeando bajo los muros.
—Ha llegado a la salida de mantenimiento —dijo Morna—. Si sale por la pared este, puede unirse a su Guardia antes de que sepamos dónde está.
Isolde lo miró. La marca de su muñeca seguía roja, aunque ya no brillaba. Llevaba polvo en el rostro, sangre en la manga y una expresión que no pedía perdón porque ya sabía que no podía merecerlo tan rápido.
—No —dijo ella—. No podemos.
—La salida este conduce a una plataforma sobre el valle. Si Varek llega allí, verá a los ejércitos. Podrá usar al dragón como prueba de todo lo que ha estado diciendo.
—¿Y si llegamos antes? —preguntó Sigrid.
—Entonces veremos si los ejércitos han venido a luchar o a mirar.
Ydrael se movió. El cuerpo enorme no podía atravesar la salida estrecha, pero con un golpe de ala abrió la pared lateral de la cámara. La roca cayó hacia un túnel natural que llevaba al exterior. El aire de la montaña entró frío y lleno de nieve.
Isolde sintió una pregunta a través del vínculo.
No era una orden.
¿CAMINAMOS JUNTOS?
Ella levantó la mirada hacia el dragón.
—Sí —dijo—. Pero El propósito era que nadie vuelva a caminar solo con una cadena, lejos de que nos sigas.
Ydrael inclinó la cabeza.
Cuando alcanzaron la plataforma exterior, el valle se abrió bajo sus pies.
Los dos ejércitos se habían detenido.
La Guardia de Estabilidad ocupaba el centro de la llanura. Edras y Varyn mantenían sus líneas junto al río. Rheskan estaba en la ladera opuesta, herido pero de pie. Y Varek, con el abrigo negro rasgado y sangre en el hombro, estaba sobre una roca alta frente a todos ellos.
Había llegado antes.
Y estaba hablando.
—¡Mirad lo que ha liberado la heredera! —gritaba—. ¡Mirad el arma que dice que no puede controlar! Si no actuamos ahora, nuestros hijos morirán bajo fuego y hielo.
La multitud no respondió de inmediato. Eso era bueno. Significaba que algunos ya dudaban.
Entonces Ydrael salió de la montaña.
No voló. Bajó por la pared de Cendral, clavando las garras en la piedra. Cuando su cuerpo entero quedó visible, el valle perdió el aliento. Sus alas se abrieron, enormes, heridas y doradas contra el cielo gris.
Varek sonrió.
Isolde entendió que aquella era la imagen que él quería.
Un dragón libre.
Una heredera junto a él.
Un valle aterrorizado.
Pero Ydrael no miró a Varek.
Miró a las personas.
Y se quedó quieto.