CAPÍTULO 24 LA BESTIA PERDIDA #2
Darian dejó sobre la mesa una tira de papel sin sello. La ruta estaba dibujada con tres líneas. Aelyn esperó a que saliera y la acercó a la vela.
La tinta fresca ocultaba otra marca debajo. Calentó el papel y aparecieron palabras trazadas con zumo de limón.
ENTREGA A LA HEREDERA EN LA COMPUERTA. EL PACTO TERMINA CUANDO VAREK TENGA SU SANGRE.
Aelyn dejó que el papel ardiera dentro de un cuenco.
Darian le había dado una advertencia visible y una orden secreta para conducir a Isolde hacia la trampa. Aún intentaba conservar ambas versiones de sí mismo.
Cuando las cenizas se enfriaron, Aelyn escribió la frase completa en la madera bajo la mesa.
* * *
La figura de Maelia pendía sobre el abismo como una memoria obligada a respirar.
Las cadenas entraban y salían de su cuerpo sin herirlo.
Cada vez que el círculo recuperaba fuerza, la proyección levantaba la cabeza y repetía el mismo movimiento: una mirada a la esfera, otra a Isolde, los labios formando una advertencia que llegaba incompleta.
—La grabaron —dijo Cael—. Varek está usando un recuerdo para abrir tu vínculo.
—Los recuerdos también pueden responder —murmuró Isolde.
Se acercó a la luz. El rostro de su madre se volvió hacia ella.
—Isolde.
La voz tenía imperfecciones, pequeños vacíos donde la magia había perdido una sílaba. Conservaba el tono que Isolde recordaba de la infancia: firme, cálido, incapaz de fingir que el miedo no existía.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—Lejos de esta puerta. Cerca del fuego que ellos buscan.
Varek tiró de una cadena desde el otro lado de la esfera. La imagen se dobló y volvió a la postura inicial.
—No le des tu sangre —repitió Maelia.
Isolde observó el patrón. Aquel consejo pertenecía a una conversación pasada, pero la primera respuesta había sido nueva. Una parte de su madre seguía enlazada al eco.
—¿Ydrael está contigo?
La luz tembló.
—Ydrael está donde decide estar.
La frase abrió una presión detrás de los ojos de Isolde. Bajo la cámara, una mente inmensa despertó entre roca y agua. El contacto llegó con dolor, hambre y siglos de cautiverio.
Varek sonrió.
—Gracias. Acabas de mostrarme el camino.
* * *
La grieta se abrió hasta dividir la sala en dos.
Varek retrocedió hacia el pasillo mientras el eco de Maelia oscilaba dentro de las cadenas de luz. Isolde intentó seguirlo, pero una columna cayó entre ellos. Darian la apartó de la lluvia de piedra. Cael congeló los bordes de la grieta para contener la abertura.
—¡No podemos alcanzarles! —gritó Sigrid.
—Entonces llegamos a la cerradura antes —dijo Isolde.
El hueco central se había convertido en una escalera descendente. De abajo subía calor, vapor y el sonido de cadenas que no terminaban de romperse. Rheskan rugió desde el exterior. Ydrael respondió.
Dos dragones heridos llamándose a través de la piedra.
—Varek quiere que vayas —dijo Cael.
—Lo sé.
—Puede estar preparando otra trampa.
—Lo sé.
—Entonces dime que tienes una idea mejor que bajar a su trampa.
Isolde lo miró.
—No tengo una idea mejor. Tengo una decisión.
Cael apretó la mandíbula. Después sacó la caja de Skarde.
—La llave de hielo puede cerrar una compuerta cuando lleguemos. No abrirla. Cerrar lo que él intente abrir.
—¿Estás seguro? —preguntó ella.
—No. Pero estoy aquí.
La frase fue sencilla. No exigía nada. No escondía una promesa que alguien más tendría que pagar.
Darian estaba al otro lado de la grieta. La piedra se había separado entre ellos.
—Isolde —dijo.
Ella levantó la mirada.
—No voy a pedirte que confíes en mí —continuó él—. Pero no voy a dejar que bajes sola.
—No puedes cruzar.
—Puedo encontrar otra ruta.
—No llegues tarde.
La frase le cambió el rostro. Era el eco de todos los mensajes del Círculo. Esta vez era una verdad.
Isolde descendió con Cael, Morna y Sigrid.
Arriba, la batalla por el río seguía creciendo.
Abajo, la última cerradura esperaba.
* * *
La escalera terminaba en una cámara de agua y piedra.
—Has venido —dijo.
—Suéltala —respondió Isolde.
—No puedo. Ella sostiene la puerta.
—Tú la estás usando para sostenerla.
Varek sonrió.
—Esa es la diferencia entre una heredera y un administrador. Tú ves una persona. Yo veo una estructura.
Cael se movió hacia la pared de hielo. La caja de Skarde vibraba contra su costado. Morna y Sigrid se abrieron hacia los flancos, buscando a los guardias blancos ocultos entre las columnas.
—No le des la sangre —dijo de nuevo—. La puerta no necesita tu sangre. Él necesita que creas que la necesita.
—¿Entonces qué necesita?
—Una elección libre. Eso es lo que los fundadores no entendieron. Crearon cerraduras porque tenían miedo de que alguien eligiera mal. Y después todos los reyes quisieron ser quien tuviera la llave.
Varek apretó la cadena. La esfera descendió un poco. Desde abajo, Ydrael rugió. La cámara se llenó de vapor.
—La libertad es una palabra hermosa cuando no tenéis que impedir que un dragón destruya un valle —dijo Varek—. Dadme la llave y haré lo que nadie de vosotros se atreve a hacer: decidir.
—Eso es lo único que sabes hacer —dijo Isolde.
Varek soltó una risa breve.
—Porque funciona.
En ese instante, una voz respondió desde la pared de hielo.
—No tanto como crees.
Serah salió de una grieta con la cadena rota entre las manos. No llevaba máscara. Tenía el rostro marcado por quemaduras y la misma tristeza feroz de siempre.
—No vuelvas a tocarlo —dijo a Varek.
Él la miró con desprecio.
—La guardiana que rompió el ancla. Qué oportuno.
—Rompí una prisión. Tú construiste una guerra.
La batalla por la última puerta comenzó.
Nadie manda al dragón
Morna derribó al primer guardia antes de que sacara la espada.
—No puedes tenerla y salvar la montaña —dijo—. Ese es el problema de amar demasiado.
Isolde golpeó la barrera. El impacto le recorrió los brazos como fuego.
—No sabes nada de amar.
—Sé que todo amor termina en una decisión de propiedad. Los hijos pertenecen a sus padres. Las esposas a sus maridos. Los dragones a sus reyes. Los pueblos a quien puede defenderlos.
—No.
La voz de Isolde fue firme.
—Eso es lo que tú has construido para poder vivir dentro de ello.
Serah la miró, desesperada.
—¿Cuánto tiempo más tienes que pagar por todos nosotros?
—El tiempo suficiente para que Isolde elija sin que nadie la obligue.
Varek tomó una daga y se acercó a la esfera.
—Entonces la obligaré yo.
Cael se interpuso. La daga de Varek chocó con su espada. El señor de las deudas no era un gran guerrero, pero peleaba con la precisión de alguien que siempre llevaba una salida escondida. Su hoja rozó el brazo de Cael. El príncipe respondió con un golpe que le abrió el hombro.
La sangre de ambos cayó sobre la piedra.
Fuego de Isolde. Hielo de Cael. La esfera se abrió como un ojo.
Dentro apareció Ydrael como una presencia inmensa. No pidió órdenes. No pidió dueño. Miró a cada uno de ellos con un cansancio tan profundo que Isolde entendió que la libertad tampoco era una cosa simple.
¿QUÉ QUERÉIS DE MÍ?
La pregunta golpeó a todos dentro de la mente.
Varek cayó de rodillas, pero sonrió.
—Quiero que protejas el reino.
—Yo quiero que seas libre —dijo Serah.
—Quiero que el hielo no vuelva a ser una excusa para una guerra —dijo Cael.
Isolde miró a su madre, a la cámara que se caía, a los hombres que todavía luchaban por decisiones ajenas.
—Quiero que puedas elegir. Y quiero que nos dejes vivir con las consecuencias de nuestras propias elecciones.
La presencia de Ydrael se quedó quieta.
Por primera vez, la esfera dejó de responder a Varek.
* * *
La esfera se inclinó hacia Isolde y absorbió el hilo del vínculo. Ydrael respondió con una visión del valle: el puente oriental cerrado, los heridos avanzando por el cauce, soldados blancos ocultos en las dos salidas y Darian esperando sobre la plataforma superior con la mano apoyada en la marca.
El pacto había convertido su retirada en una figura dibujada de antemano.
—Cael —dijo Isolde—. Abre la compuerta del río.
El príncipe miró la rueda situada al otro lado del abismo.
—El agua inundará esta cámara.
—También borrará las líneas que están copiando el vínculo.
Morna llevó a Sigrid hacia la galería alta. Serah surgió de una grieta con la cadena rota enrollada al brazo y disparó el metal contra la esfera. La luz dorada se deformó. El eco de Maelia se multiplicó en decenas de figuras, todas mirando a Isolde desde momentos distintos de su vida.
—Hazlo —dijo una de ellas.
Cael cruzó sobre una franja de hielo. Varek lanzó una piedra azul contra sus pies. La superficie estalló y el príncipe cayó contra el borde, sujetándose con una mano. Isolde corrió hacia él. Serah tensó la cadena y le ofreció un apoyo.
—La rueda —insistió Isolde.
Cael consiguió levantarse y clavó la llave de Skarde en el eje. El hielo se extendió hacia el mecanismo. La compuerta dio media vuelta.
El agua entró en la cámara como una pared negra.
Varek protegió la esfera con una barrera. Su ropa se agitó bajo el golpe, pero sus pies permanecieron secos dentro del círculo azul. Darian apareció por el corredor superior acompañado por arqueros.
—¡Cerrad la salida de la heredera! —ordenó.
Morna disparó hacia él. La flecha golpeó el borde de la marca y se convirtió en ceniza. Darian bajó la mirada hacia Isolde. El agua ya les alcanzaba las rodillas.
—Entrégate —dijo—. Todavía puedo detener esto.
—Llevas meses ayudando a ponerlo en marcha.
—Y por eso sé cómo frenarlo.
Isolde apoyó las dos manos sobre la esfera. Buscó la presencia de Ydrael y encontró una criatura cuya voluntad llenaba el espacio entero. La magia de Varek intentó convertir aquel contacto en una orden. Ella abrió los dedos.
Elige, pensó.
Ydrael golpeó desde el fondo.
La esfera se partió. Una garra atravesó la roca y arrancó las cadenas del abismo. El rugido barrió la cámara, derribó a los arqueros y apagó varias piedras azules. La proyección de Maelia se volvió transparente.
—Sigo viva —alcanzó a decir.
La luz se dispersó antes de que Isolde pudiera preguntar dónde.