CAPÍTULO 24 LA BESTIA PERDIDA
Las puertas del palacio resistieron hasta el anochecer.
En la plaza, los hombres de Varek no llevaban estandartes.
Gritaban que querían grano, seguridad y una respuesta al dragón.
Algunos creían lo que decían. Otros eran guardias blancos mezclados entre la multitud, empujando, rompiendo ventanas, convirtiendo el hambre en una piedra lanzada contra un balcón.
Aelyn estaba con Orla en el corredor principal. El rey Ardan había sido llevado a las habitaciones interiores con dos sanadores. Neral quemaba copias de documentos que no podían caer en manos de la comisión.
—No podemos contenerlos toda la noche —dijo Orla.
—No necesitamos contenerlos todos —respondió Aelyn—. Únicamente a los que quieren que esto se convierta en una masacre.
Abrió las puertas laterales del palacio.
—¿Qué hacéis? —preguntó la capitana.
—Dejando entrar a quienes han venido a hablar.
La primera mujer que cruzó llevaba un niño dormido en brazos. No pidió la caída del rey. Pidió comida. El segundo era un panadero que había perdido la harina cuando los almacenes cerraron. El tercero era un soldado que quería saber si su hermano estaba vivo en Cendral.
Detrás de ellos, los guardias blancos intentaron empujar. Orla los detuvo con la espada desenvainada.
—No entra nadie armado —dijo.
Aelyn se subió a la escalera de mármol.
—El palacio no puede alimentar a todo el reino —dijo—. Pero puede dejar de mentiros sobre quién ha escondido el grano. Entrad quienes queráis respuestas. Los que queráis sangre, buscad a Varek. Él es quien os la ha prometido.
No fue un discurso perfecto. Algunos se burlaron. Otros siguieron gritando. Pero la multitud dejó de moverse como una sola cosa. Y cuando una multitud se divide, deja de ser fácil de usar.
Un guardia blanco sacó una daga. Orla lo derribó antes de que llegara a Aelyn.
En el bolsillo del hombre encontraron una nota.
Cuando Cendral caiga, tomad al rey. La heredera no volverá.
Aelyn leyó la última frase sin que la voz le temblara.
—Entonces tendremos que demostrarles que se equivocan.
Muy lejos, en la montaña, una luz azul empezó a apagarse.
* * *
Aelyn comprendió que el palacio había caído cuando los criados dejaron de mirarla a los ojos.
Hasta esa mañana, la derrota había tenido sonidos: golpes en las puertas, cristales rotos, órdenes contradictorias en los patios.
Después de la proclamación de la regencia llegó un silencio organizado.
Los guardias blancos sustituyeron a los hombres de Orla en las escaleras.
Los escribas recibieron tinta nueva y listas cerradas.
A cada sirviente se le indicó por dónde caminar y qué nombre debía utilizar al hablar del rey.
Ardan pasó a ser «el monarca protegido». Isolde, «la heredera ausente». Darian, «regente provisional por consenso de las Casas».
El consenso tenía nueve firmas y tres manchas de sangre.
Aelyn vio el documento desde el extremo del salón del consejo. Varek lo sostenía con guantes negros. Darian permanecía a su lado, vestido con una sobrevesta gris que ocultaba la marca azul de la muñeca. Detrás de ambos, lord Rhyne contemplaba el suelo.
—Lady Aelyn —dijo Varek—, vuestra presencia ayudará a calmar a la ciudad.
—Mi presencia no convierte una amenaza en acuerdo.
—Las palabras importan especialmente cuando la gente tiene hambre.
—Por eso habéis ocupado las cocinas antes que las murallas.
Una sonrisa cruzó el rostro de Varek. Darian mantuvo la expresión quieta.
Aelyn esperó que él la mirara. Había imaginado aquella conversación durante el camino de regreso: le preguntaría dónde estaba Isolde, le exigiría que explicara la Guardia, le recordaría cada tarde en que los tres habían compartido mapas, bromas y proyectos de futuro.
Ninguna de esas frases servía frente a un hombre que había aceptado situarse junto al usurpador.
—La ciudad recibirá grano antes del anochecer —anunció Darian—. Las puertas del almacén del río se abrirán bajo supervisión de la regencia.
—El grano que cerrasteis para provocar los disturbios.
Lord Rhyne levantó la cabeza. Varek movió un dedo, y los guardias de la pared dieron un paso hacia Aelyn.
Darian alzó la mano.
—Lady Aelyn permanecerá en palacio como huésped de la Corona.
—¿De qué Corona?
La pregunta atravesó el salón. Algunos consejeros bajaron la mirada. Otros observaron a Darian con el interés de quienes ya estaban calculando cuánto duraría un regente de veintidós años sin sangre real.
—De la que quede cuando termine la emergencia —respondió él.
Aelyn reconoció la voz que usaba al negociar: cálida, medida, construida para que cada persona creyera haber recibido una parte de lo que pedía. La había admirado. Ahora podía ver el hueco que ocultaba.
—Isolde confiaba en vos.
El músculo junto a la mandíbula de Darian se tensó.
—Esta sesión ha terminado.
—Confiaba en vos cuando os entregó las rutas. Cuando defendió a vuestra Casa ante su padre. Cuando aceptó un compromiso que os habría convertido en rey.
—Llevadla a sus habitaciones —ordenó Varek.
Dos guardias se acercaron. Aelyn no se resistió. Necesitaba seguir dentro del palacio. Allí estaban los archivos, Ardan y las personas que todavía podían contar cómo se había construido la mentira.
Al pasar junto a Darian, habló lo bastante bajo para que Varek no la oyera.
—Si la matáis, nunca lograréis que su muerte diga lo que queréis.
Darian la miró por fin.
—Ya está muerta para el Consejo.
El golpe de aquellas palabras habría detenido a otra persona. Aelyn siguió caminando. Guardó la frase junto a la hora, el lugar y los testigos. Neral le había enseñado que la memoria podía ser un archivo cuando las puertas estaban vigiladas.
Sus habitaciones tenían tres guardias, las ventanas cerradas y una bandeja con comida. También conservaban el viejo conducto por el que Isolde se colaba durante las noches de verano. Los constructores lo habían cegado veinte años atrás, aunque dejaron una losa suelta detrás del armario.
Aelyn esperó a que la última campana cubriera el ruido. Movió el mueble poco a poco y encontró la losa. Detrás había polvo, una araña enorme y el espacio suficiente para introducir un brazo.
Al otro lado, alguien le puso un papel en la mano.
—Neral —susurró.
—Hablad menos.
La voz del archivero llegó amortiguada. Aelyn abrió el papel junto a la vela. Contenía una lista de nombres: consejeros que habían firmado, guardias sustituidos, criados detenidos, rutas cerradas. Al final aparecía una nota.
El rey vive. Piso inferior, torre oeste. Sedación vigilada por la comisión.
—Necesito verlo.
—Os detendrían antes de bajar una escalera.
—Entonces llevadle un mensaje.
Aelyn arrancó el borde del papel y escribió con un trozo de carbón: Isolde sigue luchando mientras no nos entreguemos a la versión de sus enemigos. Resiste. Yo registraré los nombres.
Enrolló la tira y la devolvió por la abertura.
—Quiero copias de todo —dijo—. Decretos, órdenes, cuentas de grano, listas de patrullas. Si no podéis sacar el papel, memorizadlo.
—Eso llevará semanas.
—Tendremos años si ellos ganan.
Neral guardó silencio al otro lado.
—Vuestra amiga estaría orgullosa.
Aelyn apoyó la frente contra la pared fría.
—Prefiero que vuelva y me lo diga ella.
El archivero se retiró. Aelyn colocó la losa y empujó el armario hasta su sitio antes del cambio de guardia. Después comió el pan de la bandeja, se lavó el rostro y se sentó junto a la ventana como una prisionera resignada.
Desde allí vio abrirse los almacenes. Carros cargados de grano avanzaron por las calles bajo el estandarte de la regencia. La multitud aclamó cuando repartieron los primeros sacos. Varek había provocado el hambre y Darian aparecía ahora como el hombre capaz de terminarla.
Aelyn contó los carros. Doce salieron hacia la plaza. Otros treinta siguieron hacia el barrio de las Casas.
Registró la cifra con la uña sobre la madera de la mesa.
Al anochecer llegaron noticias del frente. La heredera había rechazado la protección de la regencia. El dragón había atacado a soldados de Caleryon. El príncipe de Skarde la mantenía bajo influencia enemiga. El puente oriental sería demolido para impedir una invasión.
Cada frase contenía una porción de realidad torcida hasta servir a otro dueño.
Aelyn pidió tinta para escribir a su padre. Los guardias revisaron la carta antes de dejarla salir. Ella habló de salud, de clima y de las flores que Isolde había plantado junto a la muralla. En la primera letra de cada línea ocultó un mensaje para Orla: TORRE OESTE. REY VIVO. NUEVE FIRMAS.
El guardia leyó dos veces y se llevó el papel.
Esa noche, Darian acudió a verla.
Entró sin escolta, aunque los hombres permanecieron al otro lado de la puerta. Se había quitado la sobrevesta de regente. Bajo la camisa, la marca azul subía por su antebrazo como una vena enferma.
—Varek vigila tus cartas —dijo.
—También vigila las vuestras.
—Puedo sacar un mensaje del palacio.
Aelyn se quedó sentada.
—¿Para Isolde?
—Para Morna. Deben evitar el puente.
—Deben evitaros a vos.
Darian recibió la frase sin defenderse.
—La demolición ocurrirá antes del amanecer. Varek quiere encerrarlos en el cauce. Si llegan a la compuerta norte, todavía pueden salir.
—¿Y después?
—Después tendré autoridad para detener a la Guardia.
—Ya tenéis autoridad sobre una parte. La utilizáis para sostener al hombre que amenaza a vuestro padre.
Darian caminó hasta la ventana. Abajo, los carros de grano regresaban vacíos.
—Si rompo el pacto, lord Rhyne muere y Varek entrega la regencia a otra Casa.
—Isolde ofreció su vida muchas veces. Nunca os ofreció la de los demás.
—Estoy intentando que sobreviva el mayor número posible.
—Los números os permiten olvidar los nombres.
Él cerró los ojos. Durante un instante, Aelyn vio al muchacho que compartía dulces con ellas detrás de la biblioteca. Después abrió los ojos y el regente volvió a ocupar su lugar.
—¿Llevarás el mensaje?
—Lo llevaré porque puede salvarla. Eso no nos convierte en aliados.