Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 23 EL PUENTE ROTO #3
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CAPÍTULO 23 EL PUENTE ROTO #3

—Mi padre fue la última presión —continuó Darian—. El pacto existía antes. Creí que podría limitar a Varek desde dentro, darte tiempo y evitar que Caleryon se consumiera en una guerra con Skarde.

—Decidiste que yo sería el precio.

—Decidí que una corona podía perder poder y conservar un reino.

—La corona estaba sobre mi cabeza.

La voz de Isolde apenas se elevó. Rheskan volvió el hocico hacia Darian y dejó escapar una columna de humo oscuro.

Darian miró al dragón. Luego señaló el este.

—El puente de basalto permanece abierto. Tienes una hora para retirar a los heridos. Después la Guardia cerrará el paso.

Morna apareció detrás de Isolde con el arco preparado.

—Podría atravesarle la garganta antes de que sus hombres llegaran a nosotros.

—Y las piedras azules explotarían —respondió Darian—. Varek enlazó mi pulso a la primera línea. Si muero aquí, el valle arde.

Isolde vio un destello bajo las mangas de los soldados. Decenas de pequeños núcleos azules respondían a la marca.

—Siempre tienes una razón para obligarnos a dejarte vivir —dijo Cael.

—Hoy también la tengo para dejaros marchar.

Darian retrocedió un paso. Sus hombres abrieron un corredor hacia la ladera oriental.

Isolde conocía aquella ladera. El camino atravesaba un bosque estrecho y desembocaba en el puente de basalto. También conocía a Darian. Había confiado en su forma de encontrar salidas cuando todos los demás veían muros.

Ahora cada salida que él ofrecía parecía una boca.

—Evacuaremos a los heridos —dijo—. Cael irá con ellos.

—Isolde —protestó el príncipe.

—Tienes el hombro abierto y soldados de Skarde que todavía te obedecen. Sácalos del alcance de las piedras.

Cael entendió la orden y el motivo que había debajo. Se inclinó hacia ella lo suficiente para que Darian no oyera.

—El puente puede ser una trampa.

—Lo sé. Busca una segunda ruta antes de cruzarlo.

—¿Y tú?

Isolde miró las torres de Cendral, donde la luz del juramento se extendía hacia Caleryon.

—Voy a descubrir cuánto de la montaña ha entregado.

Darian oyó la respuesta. Durante un instante, algo semejante al miedo quebró su compostura.

—Si vuelves a entrar, Varek te usará para abrir la última cámara.

—Entonces procuraré que le cueste más de lo que ha pagado por ti.

Isolde montó sobre Rheskan. El dragón se incorporó con un rugido dolorido. Ganó altura a fuerza de rabia, rozando las copas de los árboles. Desde arriba, ella vio a Darian llevarse dos dedos a la muñeca marcada.

La señal que envió fue breve.

En la distancia, el puente de basalto comenzó a cerrarse.

* * *

La sala del juramento seguía encendida cuando Isolde regresó a ella. Los muros mostraban imágenes de la batalla, de la plaza de Caleryon y del puente oriental. Sobre aquella última superficie, varias figuras diminutas empujaban carros de heridos hacia una puerta que descendía con lentitud.

Cael había descubierto el engaño a tiempo. Sus soldados desviaban los carros hacia el cauce seco, pero la Guardia ya bajaba por el bosque para cortarles el paso.

Varek esperaba junto al círculo.

—Has vuelto —dijo, satisfecho—. Darian aseguró que lo harías.

—Darian cree que conoce todas mis decisiones.

—Conoce las que importan. Sabe a quién protegerás, qué pérdida no aceptarás y cuántas veces elegirás entrar en una habitación si dentro hay alguien sufriendo.

La imagen de una mujer apareció sobre el hueco central. Maelia estaba rodeada por cadenas doradas, con el cabello lleno de canas y una herida antigua en la frente. La proyección respiraba, parpadeaba y alzaba la mirada hacia Isolde. Aun así, la luz atravesaba sus manos.

—Es un eco —dijo Isolde.

—Es una puerta abierta hacia el lugar donde la guardamos.

—¿Sigue viva?

Varek dejó que la incertidumbre durara.

—Lo estaba cuando tomamos este recuerdo.

El círculo se iluminó detrás de Isolde. Darian entró con cuatro guardias y ocupó el borde de la piedra. La marca de su muñeca se unió a las líneas del suelo.

Ella se volvió despacio.

—El puente.

—Tus heridos han encontrado el cauce —respondió él—. Cael es más desconfiado de lo que Varek calculó.

—Tú calculaste lo suficiente.

Darian no discutió. Entregó a Varek una tablilla sellada.

—La Casa Rhyne reconoce la regencia de emergencia mientras Ardan permanezca incapacitado y la heredera actúe contra la estabilidad del reino.

—Estoy aquí —dijo Isolde—. Mírame y pronuncia mi nombre.

Él la miró.

—Isolde Valarys, heredera de Caleryon, queda apartada del mando hasta que el Consejo determine su responsabilidad en Cendral.

La magia aceptó las palabras. En los muros, varios estandartes rojos se oscurecieron. Los capitanes del valle alzaron la cabeza al sentir que sus sellos de mando cambiaban de dueño.

Isolde apretó la empuñadura de la espada.

—Has entregado mis tropas.

—He impedido que mueran defendiendo una cámara que no comprenden.

—Las has entregado a quien provocó la batalla.

—Las he puesto bajo una autoridad capaz de terminarla.

Varek observaba a Darian con el orgullo de un maestro que ve repetida su lección. Isolde comprendió que Darian aún se imaginaba ocupando un lugar dentro del nuevo orden desde el que podría moderar cada crueldad. Aquella esperanza era el cimiento del pacto.

—Te hará regente —dijo ella.

El silencio de Darian bastó.

—Y tú creerás que cada orden injusta evita otra peor.

—Creeré lo que consiga mantener a la gente viva.

—También yo estoy viva.

La marca azul recorrió el brazo de Darian. Él cerró la mano.

—Entrégale la llave de la cámara. Podré sacarte de aquí.

Isolde alzó la espada y la apoyó contra el círculo. El fuego de su sangre recorrió el metal. Las líneas azules titubearon.

—Tendrás que aprender a gobernar sin mí.

Golpeó la piedra.

La sala se abrió bajo sus pies. Varek retrocedió hacia el pasadizo de la última cámara. Darian ordenó que la sujetaran, pero Morna y Sigrid entraron desde la galería lateral y derribaron a los primeros guardias. Cael apareció detrás de ellas, pálido por la pérdida de sangre.

—El cauce sigue libre —dijo—. Por ahora.

Isolde vio la proyección de Maelia descender con el círculo roto. Saltó tras ella.

Cael, Morna y Sigrid la siguieron.

Darian llegó al borde y se detuvo. Varek le agarró la muñeca marcada.

—Déjala bajar —ordenó—. La cámara necesita que crea que todavía elige.