Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 23 EL PUENTE ROTO #2
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CAPÍTULO 23 EL PUENTE ROTO #2

Los capitanes obedecieron. Isolde ayudó a bajar los sacos hasta que el costado le ardió y las manos quedaron cubiertas de grasa.

Ese trabajo le permitió pensar. Darian conocía la velocidad de una columna con heridos, la resistencia del puente y las rutas secundarias del bosque.

Habían estudiado juntos aquellos mapas durante el invierno.

Él recordaría cada cifra que ella le había dado.

El pensamiento llegó con una precisión desagradable: también conocería la forma en que ella organizaría la retirada.

—Morna, cambia el orden de la columna. Los carros vacíos irán delante. Los heridos cruzarán entre compañías ligeras y abandonarán el camino antes del primer recodo.

—El desvío termina en un barrizal.

—La lluvia lo habrá llenado. Podemos usar las tablas de los carros para hacer pasarelas.

Cael se acercó mientras ajustaba una venda alrededor de su antebrazo. Había escuchado las órdenes sin interrumpir.

—Darian esperará que vayas al puente —dijo.

—Cuenta con ello.

—También contará con que descubras la trampa.

Isolde miró la línea de árboles. Aquel era el problema de combatir a una persona que había aprendido a pensar a su lado. Cada decisión podía contener otra decisión dentro, como las cajas de madera que los mercaderes del este guardaban unas en otras.

—Entonces le daremos dos retiradas —respondió—. Una que pueda ver y otra que tendrá que adivinar.

Cael llamó a Sigrid. Entre ambos formaron un grupo de jinetes con capas de Caleryon y estandartes visibles. Marcharían hacia el puente con los carros vacíos. Morna llevaría a los heridos por el barrizal. Isolde permanecería entre ambas rutas hasta comprobar cuál atacaba la Guardia.

—Si elige a los carros, ganamos tiempo —dijo Sigrid.

—Si elige a los heridos, sabremos que alguien le ha transmitido la orden —añadió Morna.

La capitana recorrió con la vista a los oficiales cercanos. Algunos llevaban años sirviendo a Ardan. Otros habían recibido el rango durante la movilización. La desconfianza pasó de un rostro a otro como una sombra.

—Basta —dijo Isolde—. Nadie acusa a nadie mientras las flechas sigan cayendo. Dividid la información. Cada grupo conocerá su tramo cuando empiece a moverse.

Rheskan alzó la cabeza. El dragón respiraba con dificultad. La herida del ala había dejado un reguero oscuro sobre las escamas, y el vínculo transmitía una presión constante detrás de los ojos de Isolde. Aun así, se incorporó cuando ella se acercó.

—Tú tampoco vas al puente —susurró, apoyando la frente contra su hocico.

La respuesta fue una imagen: Isolde sobre una torre, pequeña y enfadada, ordenándole que regresara mientras él aprendía a volar. Rheskan guardaba recuerdos que ella había olvidado.

—Aquella vez tenías seis meses y te estrellaste contra tres tejados.

El dragón le mostró los tres tejados. Desde arriba parecían mucho menos importantes.

—Te necesito en el cielo, lejos de las piedras azules. Si los guardias atacan la ruta verdadera, quemas el bosque delante de ellos. El humo cubrirá a los heridos.

Rheskan aceptó con un resoplido. Aquello distaba de ser obediencia. Era la decisión de permanecer a su lado por un camino que todavía podía escoger.

La columna empezó a dividirse al toque de una corneta. Los carros visibles avanzaron hacia el este. Los heridos desaparecieron entre árboles, tablones y barro. Isolde montó un caballo gris porque Rheskan necesitaba reservar fuerzas. Cael cabalgó a su derecha; Morna se perdió tras la ruta oculta.

Esperaron.

Durante varios minutos, la batalla quedó reducida al ruido de ruedas, respiraciones y botas hundiéndose en tierra mojada. Después llegó el primer silbido.

Las flechas cayeron sobre los carros vacíos.

—Ha elegido el señuelo —dijo Cael.

Isolde sintió un alivio breve. La segunda descarga cambió de dirección en el aire. Las puntas pasaron sobre los árboles y descendieron hacia el barrizal.

—Ha elegido los dos.

Guardias blancos surgieron a ambos lados de la ruta oculta. Llevaban tablas ligeras para cruzar el barro. Darian había preparado la emboscada antes de ofrecer la retirada.

Rheskan rugió desde el cielo. Una llamarada abrió una pared de humo delante de los arqueros.

Los soldados dispararon a ciegas. Cael clavó la mano en el suelo y congeló la superficie del barrizal alrededor de las botas enemigas.

El hielo no alcanzó a los carros; dibujó anillos estrechos que atraparon a los perseguidores.

Isolde entró entre el humo con la espada desnuda.

Un guardia la reconoció y bajó la lanza. Tendría dieciocho años. En la manga llevaba el hilo blanco de la comisión y, debajo, el bordado de una aldea del sur.

—Nos dijeron que el dragón había atacado Caleryon —balbuceó.

—Mira a tu alrededor.

El muchacho vio los carros, los heridos y a Rheskan usando el fuego para cerrar el paso sin quemar a nadie.

—Nos dijeron que la heredera había entregado el valle a Skarde.

Cael apareció entre la niebla de hielo.

—Skarde está sacando del barro a vuestros soldados —dijo.

El guardia dejó caer la lanza. Otros imitaron el gesto. Un capitán blanco ordenó que continuaran el ataque y mató al primero que se negó. Isolde lo alcanzó antes de que levantara de nuevo la espada. El golpe lo derribó; Morna se encargó de desarmarlo.

—Quienes abandonen el brazalete podrán cruzar con los heridos —gritó Isolde—. Quienes sigan disparando responderán por cada persona de estos carros.

La mitad de la línea enemiga vaciló. La otra mitad retrocedió hacia el puente.

El combate terminó con una rapidez desconcertante. La propaganda de Varek había unido a aquellos hombres; ver el barro y la sangre de cerca rompió una parte del hechizo. Isolde ordenó que nadie persiguiera a quienes huían. Necesitaba cada brazo para mover los carros.

Cuando la última rueda alcanzó terreno firme, la corneta del puente emitió tres notas.

Cael levantó la mirada.

—La señal de cierre.

Darian había acortado la hora.

Desde el camino alto, un mensajero blanco alzó una bandera. El paño mostraba el halcón de Rhyne sobre un círculo azul. Bajo el emblema colgaba una tablilla con un decreto recién grabado.

La heredera quedaba privada de autoridad militar mientras durase la emergencia. Cualquier orden pronunciada por ella sería tratada como colaboración con el enemigo. Darian Rhyne asumía el mando de los pasos orientales en nombre de la regencia.

Isolde leyó las líneas dos veces. Reconoció la fórmula jurídica. Ella misma le había enseñado a Darian dónde aparecía en los archivos antiguos.

El mensajero dejó la tablilla junto al camino y se marchó antes de que pudieran detenerlo.

—Quiere que tus oficiales duden —dijo Morna.

—Quiere que yo dude.

Isolde arrancó el decreto de la madera. Lo dobló y lo guardó dentro de la armadura.

—¿Para qué lo conservas? —preguntó Cael.

—Para recordar las palabras exactas cuando tenga ocasión de hacérselas responder.

Rheskan aterrizó con torpeza. La llamarada había abierto de nuevo la herida del ala. Isolde colocó una mano sobre las escamas calientes y sintió la furia del dragón, dirigida hacia el este, hacia Darian y hacia el puente que empezaba a encenderse de azul.

Los pilares llevaban piedra de demolición.

La retirada visible, la oculta y la hora concedida formaban parte del mismo mecanismo. Darian necesitaba reunirlos junto al puente antes de romperlo.

Isolde ordenó girar hacia el norte.

—El puente ha dejado de ser una salida. Buscaremos el cauce antiguo.

Morna palideció.

—Ese camino entra en Cendral.

—Y Darian cuenta con que temamos regresar a la montaña.

La heredera miró a los heridos que habían sobrevivido a la emboscada. Después contempló el humo que cubría el valle y las líneas azules bajo el puente.

Durante años había creído que conocer a Darian era una forma de refugio. A partir de aquel momento, conocerlo sería un arma que ambos podían usar.

* * *

Darian llegó al campo cuando Rheskan cayó, acompañado por una línea de guardias blancos.

La marca azul de su muñeca brillaba a la vista de los dos ejércitos. Varek había elegido bien el símbolo: el hombre que iba a casarse con la heredera avanzaba bajo el estandarte de la regencia mientras el dragón de Caleryon sangraba en el barro.

Isolde mantuvo una mano contra el ala herida de Rheskan. A través del vínculo le llegaban punzadas de fuego, imágenes rotas del cielo y una furia animal que buscaba un blanco. Ella respiró hasta separar su dolor del de la criatura.

—Quédate conmigo —le pidió.

Rheskan golpeó el suelo con la cola. El barro salpicó los escudos.

Darian se detuvo fuera del alcance de la espada de Cael. Tenía ceniza en el cabello y el rostro agotado de alguien que llevaba horas intentando convertir una decisión en algo soportable.

—La regencia ha sido proclamada —dijo—. Ardan será protegido en el palacio. Varek detendrá el avance si entregas Cendral y vuelves conmigo.

Isolde oyó las palabras con una serenidad que la asustó.

—¿Vuelvo como heredera?

La pausa de Darian respondió antes que su voz.

—Volverás viva.

—Como prisionera.

—Como garantía de que el reino no se rompe en dos.

Cael soltó una risa sin humor.

—Ya lo habéis roto. Ahora discutís quién cobrará por recoger los pedazos.

Los soldados blancos tensaron las lanzas. Darian levantó la mano y los contuvo. Todavía tenía autoridad sobre ellos. Esa obediencia hizo más daño a Isolde que la marca.

—He visto las órdenes —dijo ella—. Las patrullas desviadas. Los almacenes cerrados. Los mensajes falsos. Llevabas meses abriendo el camino.

Darian sostuvo su mirada.

—Llevaba meses intentando impedir una guerra que tu padre ya no podía controlar.

—Usaste mi confianza para entrar en mis decisiones militares.

—Sí.

La admisión fue limpia. Carecía de la súplica que ella había esperado encontrar.

Isolde comprendió que el hombre al que amaba seguía allí, con sus recuerdos, su voz y la cicatriz pequeña junto a la boca.

También comprendió que había elegido aquello mucho antes de que Varek acercara una daga al pecho de lord Rhyne.