CAPÍTULO 23 EL PUENTE ROTO
Varek acercó la daga al pecho de lord Rhyne.
—No hace falta que digas mi nombre completo —dijo—. Basta con que reconozcas a quien puede preservar la estabilidad. La magia hará el resto.
Darian no respondió.
Su padre estaba de pie, pero apenas. La herida del costado había vuelto a abrirse y la cadena azul que le rodeaba el cuello brillaba con cada respiración. Era sangre en una camisa, un rostro que él conocía desde que era niño y una vida que Varek había colocado sobre una balanza.
—No lo hagas —dijo lord Rhyne.
—Callad —ordenó Varek.
—No. —El viejo miró a Darian—. He pasado años enseñándote que una Casa se salva protegiendo lo suyo. Estaba equivocado. No nos salves así.
La puerta de la sala retumbó. Al otro lado se oían golpes, espadas, voces. Isolde estaba cerca. Demasiado cerca y demasiado lejos.
Varek sonrió.
—Ella llegará a tiempo para ver qué elegís. Eso será útil.
Darian miró el círculo de piedra. Las tres Casas estaban grabadas en él, unidas por grietas azules. No pensó que Varek fuera un hombre capaz de traer paz. No creyó que Halen recibiría grano ni que la guerra se detendría. Pero su padre moriría si decía que no.
Y Darian estaba cansado de escuchar que siempre tenía elección cuando cada una tenía un cadáver al final.
—La Casa Rhyne da paso al guardián —dijo.
Varek inclinó la cabeza.
—¿A quién reconoces?
Darian cerró los ojos.
—A Varek.
La sala estalló en luz.
Las letras del círculo se encendieron bajo sus rodillas. Un hilo azul salió de la boca de Darian y recorrió la piedra hasta los pies de Varek. La marca no se detuvo allí. Subió por la pared, atravesó la montaña y se extendió hacia el valle como una red de hielo falso.
Lord Rhyne gritó.
Varek soltó una risa suave, casi agradecida.
La puerta se abrió de golpe.
Isolde entró con Cael detrás, la espada en la mano y el terror ya dibujado en el rostro.
Vio a Darian en el centro del círculo.
Vio a Varek rodeado de luz azul.
Vio a lord Rhyne caer al suelo, vivo pero libre de la cadena.
Y entendió.
—¿Qué has hecho? —preguntó.
Darian levantó la mirada. No intentó mentir.
—Lo he nombrado.
El mundo se detuvo un instante.
Después Varek dio una orden a sus hombres y escapó por la grieta de la pared, llevando consigo la luz de un pacto nuevo.
Cael quiso seguirlo. Isolde lo detuvo.
La persecución de Varek podía esperar.
Porque Darian seguía en el círculo, y ella no sabía si quería tocarlo o dejarlo allí para siempre.
La traición tiene una voz
—Lo hiciste —dijo Isolde.
No gritó. Eso fue peor.
Darian salió del círculo con las piernas inestables. La luz azul había dejado una marca alrededor de su muñeca, como una pulsera de ceniza. Lord Rhyne respiraba en el suelo mientras Cael y Sigrid intentaban detener la sangre de su herida.
—Iba a matarlo.
—Y tú le diste Cendral.
—Le di un nombre. No el dragón.
—Le diste el derecho de decir que el dragón le pertenece. Le diste una puerta, un ejército y una historia para contar. ¿Qué crees que hará con eso?
Darian no respondió. No había respuesta que no sonara como una excusa.
—Dijiste que no volverías a decidir por mí —continuó Isolde—. Y no solo decidiste por mí. Decidiste por cada persona que está afuera intentando no matarse porque todavía cree que podemos ser algo distinto.
—No sabía qué hacer.
—Eso no te vuelve inocente.
La frase lo golpeó. Isolde vio que lo sabía. Vio que una parte de él quería que ella lo perdonara porque había sufrido al hacerlo. Esa parte la enfureció más que el pacto.
—No me pidas perdón ahora —dijo—. No cuando todavía estás pensando en si habría otra manera de salvarlo.
Darian miró a su padre. Lord Rhyne, pálido, apartó la vista.
—No te lo pediré.
—Bien.
Varek había dejado algo en el suelo del círculo: una tira de pergamino que empezaba a arder en los bordes.
El guardián ha sido reconocido. La comisión provisional asume la custodia de Cendral y la administración de Caleryon hasta restaurar el orden.
La firma de Varek se extendía bajo la de Darian, convertida en una sombra azul.
Cael leyó por encima del hombro de Isolde.
—Ha enviado esto a las torres.
—A todas —dijo Morna desde la puerta—. Ya se ve la señal en el valle.
Isolde miró a Darian una última vez.
—Quédate con tu padre. Ayúdale a vivir con esto.
Salió de la sala antes de que él pudiera decir su nombre.
Fuera, Cendral ya parecía una corona de guerra.
* * *
La señal azul atravesó todas las torres del río al mismo tiempo.
En el valle, los hombres de la Guardia de Estabilidad la recibieron como una orden.
Levantaron estandartes negros con el círculo abierto por cuatro cortes.
Los soldados de Caleryon que aún dudaban vieron la luz salir de Cendral y escucharon que un heredero Rhyne había reconocido a Varek. Para muchos, eso bastaba.
La Guardia avanzó.
Edras reunió a los suyos. Varyn hizo lo mismo. El río quedó entre dos ejércitos y una tercera fuerza que no respondía a ningún rey.
Isolde regresó a la orilla con la marca azul aún reflejada en los ojos. Morna vio su rostro y no preguntó qué había pasado.
—¿Dónde está Darian? —preguntó Edras.
—No viene.
La respuesta viajó entre las filas más rápido que una flecha.
Cael llegó detrás de ella. No explicó nada. Únicamente se colocó en la línea de defensa, espada en mano.
—¿Qué hacemos? —preguntó Sigrid.
Isolde miró a los hombres de Varek que cruzaban el campo. Entre ellos había guardias de ciudades, campeaunque sís con escudos nuevos, deudores que no veían otra salida. También había quienes sonreían, quienes habían esperado años una oportunidad de ponerse un brazalete y mandar a alguien.
—Defendemos el río —dijo—. Evacuamos a quienes queden en Halen. Y no perseguimos a los que se rindan.
—¿Incluso después de esto? —preguntó Morna.
—Precisamente después de esto.
La primera carga llegó con un grito de “orden”.
Edras la recibió con los escudos de Caleryon.
Varyn golpeó el flanco de la Guardia antes de que alcanzara el paso.
Cael levantó hielo bajo los caballos para obligarlos a frenar, no para hacerlos caer.
Isolde peleó en medio de su propia gente, sin permitir que la rabia por Darian se convirtiera en una excusa para matar.
Rheskan descendió sobre la ladera. El dragón no quemó a nadie. Extendió las alas y rugió tan cerca que las líneas de Varek se abrieron por miedo. La Guardia respondió con ballestas cargadas de piedras azules.
Una alcanzó el ala herida de Rheskan.
El dragón gritó.
Isolde sintió el dolor atravesarle el cuerpo. Cayó de rodillas en el barro. La batalla siguió alrededor de ella, demasiado rápida, demasiado cruel.
La guerra de Varek ya tenía su imagen.
El dragón de fuego herido sobre el campo.
Y la heredera caída a sus pies.
La regencia
Varek proclamó la regencia desde la sala del Consejo de Caleryon.
No estaba allí en persona. Su voz llegó a través de una lámpara azul colocada sobre la mesa. Las llamas dibujaron su rostro y la marca de Darian brillaba detrás de él como prueba.
—El heredero de la Casa Rhyne ha reconocido mi autoridad en Cendral —dijo—. El rey está incapacitado. La heredera ha usado fuerzas extranjeras contra el pueblo. Por la seguridad de Caleryon, asumo la administración provisional.
La mitad del Consejo aplaudió. La otra mitad guardó silencio.
Aelyn estaba de pie junto al rey Ardan. Había dejado de parecer una dama de compañía hacía días. Ahora llevaba una espada corta bajo el abrigo y tenía el libro de cuentas abierto sobre la mesa.
——La marca de Darian es la voz de la ley —respondió un consejero que debía dinero a Varek.
—Entonces la ley necesita aprender a escuchar a quien está usando como tinta.
Varek sonrió desde la lámpara.
—Lady Aelyn, vuestra lealtad a la heredera es conmovedora. Pero los pueblos están ardiendo. La gente necesita un adulto.
El rey se puso de pie con esfuerzo.
—No os concedo nada.
La lámpara parpadeó.
—No necesito que lo hagáis, Majestad.
Las puertas del Consejo se abrieron. Guardias con brazales blancos entraron desde el corredor. Orla dio la orden de proteger al rey, pero algunos de sus propios soldados dudaron.
Aelyn sintió el miedo recorrer la sala. No podía ganar una batalla allí. No con el rey débil y los consejeros divididos.
—Neral —susurró—. Las copias.
El archivero asintió y desapareció por una puerta lateral con el libro de cuentas. Si Varek tomaba el palacio, no tomaría la verdad completa.
Orla hizo retroceder a los primeros guardias. Aelyn tomó al rey del brazo.
—No vamos a dejar que os arresten en vuestro propio salón.
—Ya lo han hecho antes —dijo Ardan, con una tristeza seca.
La plaza del trigo rugía fuera. Los ciudadanos habían oído la proclamación. Unos gritaban el nombre de Varek. Otros el de Isolde.
La guerra llegaba a la capital sin necesidad de una sola catapulta.
* * *
El primer carro de heridos llegó al bosque oriental con una rueda rota y dos flechas clavadas en el pescante.
Isolde corrió a su encuentro antes de que Morna pudiera impedírselo.
Bajo la lona viajaban siete soldados de Caleryon, tres de Skarde y una muchacha de Halen que había ayudado a vendar a los demás.
La joven mantenía las dos manos sobre el vientre de un lancero y repetía que siguiera mirándola.
A su alrededor, la sangre se mezclaba sin respetar los colores de los uniformes.
—El puente sigue abierto —dijo el carretero—, pero los guardias blancos están marcando los pilares.
—¿Con piedra azul?
El hombre asintió.
Darian había concedido una hora. Cada marca sobre el puente convertía aquella hora en una cuerda alrededor de sus gargantas.
Isolde ordenó que cambiaran la rueda por la de un carro de suministros. Dos capitanes protestaron: las flechas, el agua y las mantas tendrían que cargarse a hombros. Ella señaló a la muchacha de Halen, que seguía sujetando la herida del lancero.
—Las provisiones pueden esperar bajo un toldo. Ellos no.