Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 22 LA RUTA DE DARIAN
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CAPÍTULO 22 LA RUTA DE DARIAN

La torre este de Cendral había sido un puesto de vigilancia antes de convertirse en ruina.

Estaba inclinada hacia el valle, con las ventanas negras y una grieta abierta en la base. La nieve había cubierto los escalones, pero no las huellas recientes. Varek ya había enviado hombres.

Isolde, Darian, Cael y Morna entraron por un pasadizo lateral mientras Sigrid mantenía a los guerreros de Skarde fuera, listos para cubrir la retirada.

Rheskan se quedó oculto detrás de la ladera.

El dragón estaba demasiado herido para una batalla larga, pero su presencia seguía siendo una amenaza que Varek no podía ignorar.

La llave de lord Rhyne abrió una puerta de hierro bajo la escalera.

Dentro había una sala circular llena de tablillas de piedra. Cada una llevaba una fecha, un nombre de Casa y un juramento. No eran leyes. Eran las huellas de todos los que habían intentado gobernar Cendral antes.

—Aquí —dijo Darian.

Encontró la tablilla Rhyne. La cláusula estaba grabada en letras pequeñas.

La Casa dará paso al guardián que preserve la estabilidad de los reinos.

Isolde la leyó y sintió un escalofrío.

—No hay nombre.

—Nunca lo hubo —dijo Cael—. Así cualquiera puede fingir ser necesario.

Morna levantó el martillo.

—Decidme que la rompa.

Darian puso una mano sobre la piedra.

—Rómpela.

El martillo cayó.

La tablilla se partió en dos. La torre entera tembló. Una línea azul salió de la grieta y recorrió las paredes, apagando una a una las letras de los pactos antiguos.

—No era solo la de Rhyne —dijo Isolde—. Están conectadas.

Las tablillas comenzaron a resquebrajarse. Algunos nombres se borraron. Otros ardieron. El sonido de siglos de acuerdos rompiéndose fue más triste de lo que Isolde esperaba.

Una voz habló desde la escalera.

—Qué gesto tan noble.

Varek estaba arriba, rodeado de soldados.

—Ahora nadie podrá reclamar la puerta legalmente —continuó—. Lo cual significa que solo quedará quien tenga la fuerza para tomarla.

La torre se llenó de hombres blancos.

Darian levantó la espada. Isolde hizo lo mismo.

Por primera vez, Varek no intentó convencerlos de que eligieran.

Únicamente dio la orden de matar.

La torre en llamas

La primera fila de hombres blancos bajó por la escalera sin gritar.

Eso fue lo que hizo que Morna tensara el arco de inmediato. Los soldados que atacaban en silencio no buscaban intimidar. Buscaban matar antes de que alguien pudiera llamar a los demás.

La primera flecha de Morna encontró a uno en el cuello. La segunda se clavó en la pared. Darian y Cael tomaron el pasillo estrecho, obligando a los hombres de Varek a avanzar de uno en uno. Isolde protegió la sala de las tablillas con Sigrid.

—¡No dejéis que las toquen! —gritó.

Varek no necesitaba una cláusula legal si podía usar los fragmentos de pacto como piedras de señal. Ya había arrancado algunas tablillas del suelo. Cada vez que un soldado las pisaba, una luz azul corría por las grietas de la torre.

La pelea fue brutal y pequeña. No había espacio para maniobras heroicas. Únicamente golpes contra piedra, respiraciones cortas y el miedo de que una espada perdida alcanzara a quien estaba detrás.

Cael recibió un corte en el hombro. Darian derribó al hombre que lo había hecho. No intercambiaron palabras. No tenían tiempo.

Entonces Varek apareció en el balcón superior con una antorcha azul.

—¡La heredera ha destruido los pactos que mantenían la frontera! —gritó hacia el valle—. ¡Que todos vean quién ha liberado la montaña!

No hablaba a Isolde. Hablaba a los hombres de su ejército, visibles abajo entre la nieve. A quienes necesitaban una excusa para creer que la catástrofe tenía un rostro.

Isolde subió las escaleras hacia él.

—¡Varek!

Él arrojó la antorcha a la sala de tablillas.

El fuego azul prendió en la piedra rota. Las runas estallaron. La torre se inclinó con un crujido terrible.

—¡Fuera! —gritó Cael.

Morna arrastró a Sigrid hacia la salida. Darian llegó a Isolde justo cuando una viga cayó entre ella y Varek. Intentó cruzar, pero la escalera se partió bajo sus pies.

Varek desapareció por el balcón exterior, bajando por una cuerda que sus hombres habían preparado.

—¡Déjalo! —dijo Darian, sujetando a Isolde por el brazo—. La torre cae.

Ella quiso pelear. Quiso alcanzar al hombre que estaba convirtiendo cada pérdida en una noticia. Pero el suelo se abrió debajo de ellos.

Salieron por una ventana rota y cayeron en la nieve segundos antes de que la torre este se derrumbara.

El polvo cubrió el valle.

Cuando se disipó, las tablillas antiguas eran escombros.

Varek había huido otra vez.

Y, desde la distancia, las compañías que llevaban sus colores empezaron a avanzar hacia el río.

* * *

Los hombres de Varek se llamaban a sí mismos la Guardia de Estabilidad.

No era un ejército oficial. No llevaba los estandartes del rey ni la insignia completa de ninguna Casa. Por eso Varek podía negar que les diera órdenes. Pero avanzaban con suministros de sus almacenes, armaduras compradas con sus préstamos y capitanes que aparecían en la lista de Miren.

Eran un ejército en todo salvo en el nombre.

Edras reunió a las compañías de Caleryon junto al río. Varyn hizo lo mismo en la orilla norte. Ninguno quería marchar con el otro. Ambos entendían que, si no lo hacían, la Guardia de Estabilidad los aplastaría por separado.

Isolde caminó entre las filas con el polvo de la torre aún en el cabello. La miraban soldados que había conocido de niña, guerreros de Skarde que podían haber sido sus enemigos y aldeanos con armas prestadas. Algunos creían en ella. Otros solo creían que Varek era peor.

Era suficiente para empezar.

—No os pido que luchéis por un dragón —dijo cuando las dos líneas estuvieron en silencio—. Ni por mi familia. Os pido que luchéis para que nadie pueda volver a prender fuego a vuestros hogares y luego venderos el agua.

Varyn resopló detrás de ella.

—Eso no rima —murmuró.

—No estoy escribiendo una canción.

Algunas personas rieron. La tensión no desapareció, pero se aflojó.

Darian se quedó a unos pasos. Desde la torre, no había dejado de mirar sus manos, como si todavía sintiera el sello azul subiéndole por la piel.

Lord Rhyne fue llevado hasta una silla junto al puesto de mando. Insistió en estar presente pese a la herida.

—Varek no atacará el río primero —dijo—. Querrá que parezca que nosotros lo hacemos. Mandará a los blancos a una aldea o a un campamento, y dejará una prueba de Skarde o Caleryon.

—¿Qué aldea? —preguntó Morna.

El anciano miró la montaña.

—La que esté más cerca de la puerta exterior.

Una exploradora llegó sin aliento.

—¡Halen! —gritó—. La Guardia marcha hacia Halen. Hay civiles dentro y no tienen defensas.

Halen estaba en la orilla sur, justo donde el río se estrechaba antes de Cendral.

Varek había escogido bien.

Si Caleryon enviaba tropas, Skarde pensaría que quería asegurar el paso. Si Skarde cruzaba primero, Caleryon lo llamaría invasión. Y mientras ambos discutían, Halen ardería.

Isolde montó.

—Entonces llegaremos antes.

Esta vez, Edras y Varyn no discutieron.

Halen

Halen estaba rodeada cuando llegaron.

La Guardia de Estabilidad no atacaba las murallas. Había prendido fuego a los campos exteriores y esperaba. Dentro del pueblo, la gente veía las llamas cerrar los caminos y no sabía que la verdadera trampa era el tiempo.

—Quieren que pidan ayuda a Varek —dijo Cael.

—O que huyan hacia el río —respondió Isolde—. Entonces podrán decir que Skarde los expulsó.

El capitán de la Guardia levantó una bandera blanca cuando los vio.

—¡Heredera! —gritó—. Venid sola y dejaremos pasar a los civiles.

—Qué generoso —dijo Morna.

—No es una negociación —dijo Darian.

Pero Isolde ya había visto las puertas de Halen. Tras ellas había niños, ancianos y familias atrapadas. Varek volvía a hacer la misma pregunta: una vida u otra, una persona o un pueblo. Había construido un reino entero con esa crueldad.

—No iré sola —dijo Isolde—. Pero hablaremos.

Avanzó con Darian a un lado y Cael al otro. No parecían un ejército. Parecían precisamente la imagen que Varek había querido usar contra ella: fuego, hielo y una Casa comprometida. Esta vez no se escondieron.

—¿Qué queréis? —preguntó el capitán.

—Abrir las puertas y apagar el fuego.

—El lord Varek quiere que admitáis que no podéis proteger el valle.

—Varek no protege nada. Lo sé porque cada vez que llega, alguien tiene que rescatar a los que deja atrás.

El capitán sostuvo su mirada. Era joven. Demasiado joven para llevar el brazalete blanco con tanta convicción.

—Mi hermana está en una de sus casas —dijo en voz baja—. Si no obedezco, muere.

Isolde entendió. No lo absolvió. Pero entendió.

—Dime dónde.

El hombre parpadeó.

—¿Qué?

—Dónde está tu hermana.

—No lo sé.

—Entonces abre las puertas y buscaremos los nombres juntos. Varek necesita que creas que una amenaza te convierte en suyo. No es verdad.

El capitán miró las llamas. Miró Halen. Miró a los hombres detrás de él.

Una flecha azul le atravesó el pecho desde las filas de la Guardia.

Cayó en los brazos de Isolde.

El caos estalló.

La Guardia había silenciado a su propio capitán para que nadie más pensara en rendirse.

Edras cargó por el flanco sur. Varyn envió a sus guerreros por el norte contra los arqueros blancos.

Cael congeló los canales de riego para contener el fuego.

Rheskan descendió desde la ladera y rugió sobre los campos sin lanzar una sola llama.

Las puertas de Halen se abrieron desde dentro.

Los civiles salieron corriendo hacia la línea de Isolde.

Por primera vez, la Guardia de Estabilidad retrocedió.

Pero en la confusión, Darian desapareció.

* * *

Isolde no lo buscó de inmediato.

Odiaba que fuera lo primero que quería hacer. Halen seguía ardiendo. Había heridos en las puertas. Morna necesitaba ayuda para organizar la evacuación y Edras tenía que impedir que los soldados de ambos reinos convirtieran la retirada de la Guardia en una persecución sin control.

Así que Isolde hizo lo que una heredera debía hacer.

Ayudó a sacar a los vivos.

Solo cuando el último carro cruzó el río preguntó:

—¿Alguien ha visto a Darian?

Nadie respondió.

Cael encontró la primera pista junto a un pozo seco. Una tira de tela negra, esta vez atada a una piedra azul apagada. No había mensaje. Únicamente una gota de sangre.

—Es suya —dijo el príncipe.

—O quieren que lo creamos.

—También.

Lord Rhyne, llevado desde el campamento a pesar de las protestas, vio la tela y perdió el color.

—La sala del juramento —susurró—. Bajo la puerta exterior. Varek lo habrá llevado allí.

—¿Para qué? —preguntó Morna.

El viejo no respondió.

Isolde se acercó.

—¿Para qué?

—Porque si Darian habla la frase en esa sala, la puerta no se abre hacia fuera. Se abre hacia el corazón de Cendral.

—¿Y qué hay en el corazón?

—La última cerradura de Ydrael.

El aire se volvió frío.

Cael se llevó una mano a la caja de Skarde.

—Entonces Varek no necesita un ejército. Necesita que Darian llegue a tiempo.

Isolde montó antes de que nadie pudiera discutir.

—No iremos todos. Morna, quédate con Halen. Edras y Varyn, mantened la línea. Cael, Sigrid y yo bajamos a la sala.

—¿Y si es una trampa? —preguntó Sigrid.

Isolde miró el rastro de sangre.

—Entonces esta vez no llegarán a elegir qué parte de nosotros separan.

Pero mientras cabalgaba hacia Cendral, una pregunta no dejaba de crecer dentro de ella.

Darian había desaparecido.

¿Lo habían llevado?

O había decidido ir solo una vez más.

El juramento que queda

Darian despertó atado a una silla de hierro.

No recordaba el golpe que lo había dejado allí. Recordaba el fuego de Halen, una mano con guante blanco sobre su boca y una voz que decía que su padre no sobreviviría otro invierno si seguía resistiendo.

La sala del juramento era más antigua que cualquier parte de Cendral que hubiera visto. No tenía cadenas. Tenía un círculo de piedra con tres nombres grabados: Valarys, Halvar, Rhyne. En el centro, un hueco negro descendía hacia una luz dorada.

Varek estaba de pie junto al borde.

—No he querido hacerte daño —dijo.

Darian soltó una risa sin humor.

—Tienes una forma extraña de demostrarlo.

—Te he dado oportunidades. Siempre has escogido mal porque confundes amor con obediencia. Quieres salvar a tu padre, pero no quieres aceptar el precio. Quieres a Isolde, pero no quieres entender que una heredera siempre debe sacrificar algo.

—No hables de ella.

—Ella te ha hecho débil. Eso es lo que temen los hombres de tu Casa. Temen la lección que ella te ha dado: una promesa jamás concede el derecho a decidir por otra persona. Tu amor queda al margen.

Darian lo miró con odio. Varek sonrió como si fuera un elogio.

—Di la frase —continuó—. Nombra al guardián que preservará la estabilidad. Nómbrame y tu padre recibirá médicos, Halen tendrá grano, la guerra se detendrá antes de empezar.

—Mientes.

—Probablemente. Pero tu padre puede morir mientras decides si quieres descubrirlo.

La puerta se abrió detrás de ellos.

Lord Rhyne entró escoltado por dos hombres blancos.

Estaba de pie por su propio pie, pero la cara tenía el color de la ceniza.

—Padre.

—No lo hagas —dijo el viejo.

Varek suspiró.

—Siempre tan dramáticos. Yo solo pido una frase.

Darian miró el círculo de piedra. Las palabras estaban ahí, esperando ser pronunciadas. Podía negar. Podía resistir. Podía ver cómo su padre moría otra vez por una promesa que nunca había pedido.

Y entonces recordó a Isolde en la puerta oeste: Siempre tienes una elección.

La verdad era que sí.

Solo que ninguna elección le permitiría seguir siendo quien había sido.