CAPÍTULO 21 LOS QUE SOSTIENEN LA CORONA #2
Entonces un cuerpo cayó desde la pared de Cendral y se estrelló contra las piedras del río.
Llevaba una capa blanca.
En su espalda había clavada una flecha roja.
Alguien gritó desde la orilla norte que Caleryon había atacado. Alguien respondió desde el sur que Skarde había disparado primero.
Las lanzas volvieron a levantarse.
Isolde corrió hacia el cuerpo. Entre sus dedos encontró un papel mojado.
LA TREGUA ERA LA ÚLTIMA JAULA.
Ydrael rugió dentro de la montaña.
La primera flecha cruzó el río.
La primera sangre
La flecha que cruzó el río no alcanzó a nadie.
Se clavó en el barro entre las dos líneas, pero el sonido bastó. Un soldado de Caleryon levantó el escudo. Un guerrero de Skarde respondió con la lanza. Después alguien gritó que los del norte estaban avanzando, aunque nadie se había movido.
La guerra no empezó con odio.
Empezó con miedo buscando un cuerpo donde caer.
Isolde corrió hacia el centro del río, donde las piedras sobresalían del agua. Morna gritó detrás de ella. Cael hizo lo mismo desde la otra orilla. El agua les golpeaba las botas y el barro trataba de arrastrarlos, pero ambos llegaron a la isla de piedra antes que las primeras cargas.
—¡Bajad las armas! —gritó Isolde.
Nadie la oyó o nadie quiso oírla.
Un capitán de Skarde lanzó una jabalina. Edras la desvió con el escudo, pero la punta alcanzó a un soldado de Caleryon en el brazo. El hombre cayó. Sus compañeros respondieron con flechas.
Cael levantó una pared de hielo sobre el río. Las flechas se incrustaron en ella.
—¡No disparéis! —rugió en la lengua de Skarde.
El capitán que había lanzado la jabalina lo miró con furia.
—¡Ellos han matado a los nuestros!
—¡No! —dijo Cael—. Varek ha matado a los nuestros y os ha dado enemigos cómodos.
La frase no detuvo a todos. Pero detuvo a algunos.
Entonces las piedras azules enterradas bajo el agua se encendieron. La corriente se levantó en columnas heladas. Dos hombres de Caleryon fueron arrastrados. Uno de Skarde cayó al intentar rescatarlos. Las aguas no distinguían banderas.
Isolde se lanzó hacia el primero. La corriente intentó llevarla bajo el hielo. Sintió a Rheskan rugir desde la orilla. Una llamarada atravesó la niebla y calentó el agua lo suficiente para romper el hielo falso. Cael agarró al segundo soldado por el cuello de la armadura y lo arrastró a una roca.
Cuando lograron sacar a los tres, ambos ejércitos habían dejado de pelear para mirar.
La primera sangre no había venido de una espada enemiga.
Había venido de las piedras de Varek.
Isolde se puso de pie en mitad del río, empapada y temblando.
—¡Miradlos! —gritó—. Mirad quién ha intentado mataros. No hay una flecha de Skarde en sus cuerpos. No hay una espada de Caleryon. Hay la misma luz azul que habéis visto en cada mentira.
Edras levantó la piedra que había sacado del agua. Varyn hizo lo mismo desde la otra orilla. Los dos la mostraron a sus tropas.
No hubo paz.
Pero las líneas retrocedieron un paso.
Ese paso salvó vidas.
* * *
La tregua después de la primera sangre no fue bonita.
Los soldados se quedaron en sus orillas, con los arcos bajos pero las manos tensas.
Nadie celebraba. Los heridos de ambos lados fueron llevados a las mismas tiendas porque las sanadoras tenían más vendas que banderas.
Varyn y Edras discutieron durante una hora sobre quién vigilaría las piedras azules recuperadas del río.
—Las destruimos —dijo Morna.
—Y si están conectadas a una compuerta, hacemos que se abra otra grieta —respondió Cael.
—Entonces las arrojamos lejos.
—Al río que acabamos de salvar de ellas. Excelente estrategia.
Isolde dejó que discutieran. Estaba sentada junto a Rheskan, con una manta sobre los hombros. El dragón le rozaba la espalda con el hocico cada vez que ella tiritaba. No podía curarle el ala. Él no podía quitarle el frío del río. Se acompañaban en la incapacidad.
Darian se acercó con una taza de agua caliente.
—No sabía que podías nadar así —dijo.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí.
La respuesta no pretendía herir. Por eso lo hizo.
—Lo sé —dijo él.
Se sentó a una distancia cuidadosa. No le ofreció la taza hasta que ella extendió la mano.
—Mi padre ha despertado —dijo después—. Pregunta por la puerta exterior.
—¿Qué le has dicho?
—Que sigue abierta.
—¿Y?
Darian miró el río.
—Dice que la abrió su abuelo durante la última gran guerra. El propósito era dejar que entrara un ejército, lejos de liberar un dragón. El Círculo no creó el pacto de Rhyne. Lo heredó.
Isolde sostuvo la taza entre las manos.
—¿Qué más sabe?
—Que la puerta responde a una frase, no solo a la sangre. “La Casa Rhyne da paso al guardián.” Si yo la pronuncio en la cámara correcta, no se abrirá para Varek. Se abrirá para quien yo nombre.
—No la pronunciarás.
—No.
Él lo dijo sin vacilar. Isolde le creyó. Eso la asustó.
Morna llegó con el rostro duro.
—Un explorador ha visto tropas de Varek en la cara este de Cendral. Mucha gente. Guardias de almacenes, compañías de casas menores, hombres de las rutas. Lleva estandartes de Caleryon.
—¿Cuántos? —preguntó Darian.
—Suficientes para que quien mire desde lejos crea que es el ejército del rey.
Isolde se puso de pie.
Varek no había logrado que las dos orillas se destruyeran. Entonces iba a darles un ejército al que no pudieran ignorar.
La verdadera batalla no se acercaba.
Ya estaba marchando.
El pacto antiguo
Lord Rhyne pidió hablar con Isolde antes de que partieran hacia la cara este.
Estaba más débil que la noche anterior, pero había insistido en ponerse el abrigo de su Casa. Darian permaneció junto a la puerta de la tienda. El propósito era no huir de lo que pudiera decir su padre, lejos de escuchar a escondidas.
—No voy a pediros que perdonéis a mi hijo —dijo lord Rhyne.
Isolde lo miró con atención.
—Bien.
El viejo aceptó el golpe.
—El pacto que firmó mi familia no dice “obedece al Círculo”. Dice que la Casa Rhyne mantendrá el paso para la fuerza que asegure la estabilidad de Caleryon. Es una frase vacía. Eso es lo que la hace peligrosa.
—Varek puede llamarse estabilidad y reclamar la puerta.
—Sí. Pero necesita que Darian lo reconozca o que la heredera parezca haber perdido el derecho a oponerse.
—Por eso falsificó mis sellos.
—Y por eso necesita una guerra. Si los dos reinos se desangran, cualquiera que prometa detener el dragón parecerá necesario.
Darian dio un paso adelante.
—No lo nombraré.
Su padre lo miró con una tristeza profunda.
—Puede que no tengas que hacerlo. Varek ha preparado algo peor: hacer que pronuncies la frase creyendo que nombras a otra persona.
—¿Cómo? —preguntó Isolde.
—Con el sello de una orden, con una promesa de rescate, con cualquier palabra puesta en una boca desesperada. No necesita que quieras traicionar. Únicamente necesita que hables antes de comprender.
El silencio cayó sobre la tienda.
Isolde sintió una rabia limpia. La emoción apuntaba contra la idea de que una vida podía ser una gramática para obligar a otra persona a destruirse, lejos de Darian por tener miedo.
—No irás a la cámara sin mí —dijo.
—No quería ir sin ti —respondió Darian.
La respuesta era un cambio. No una reparación. Pero un cambio.
Lord Rhyne sacó un objeto de su bolsillo: una pequeña llave de hierro, sin adornos.
—Esto abre la sala donde guardaban los textos originales. Está bajo la torre este. Si llegáis antes que Varek, podéis destruir la cláusula de reconocimiento.
—¿Destruir un pacto escrito detendrá una magia antigua? —preguntó Isolde.
—No. Pero impedirá que Varek se esconda detrás de él cuando todo termine.
Era una razón suficiente.
Cuando salieron, la columna de Varek ya se veía en el horizonte, una mancha roja y blanca avanzando bajo la nieve.